Meir Margalit, escritor israelí: “La mayoría de la sociedad israelí quiere ver a los palestinos humillados” (Entrevista en El País)
El historiador y exconcejal izquierdista en Jerusalén asegura que el Gobierno “no quiere solo destruir a Hamás” sino también “acabar con la Autoridad Palestina”
ÓSCAR GUTIÉRREZ
Madrid – 08 OCT 2025 –
Toda guerra tiene su batalla por doblegar el lenguaje. En esa contienda anda enfangado el escritor e historiador israelí Meir Margalit (Buenos Aires, 73 años). Es prudente al conversar. Le cuesta admitir que hablar como él lo hace en Jerusalén, ciudad a la que emigró hace medio siglo, es peligroso. “Corro riesgos”, reconoce en esta entrevista telefónica. Confiesa que su esposa lo mira en ocasiones con cierto temor cuando se pronuncia sobre Israel y la barbarie en Gaza. Piensa que le puede costar muy caro. “No puedo callar, no quiero ser cómplice”, prosigue Margalit. “No puedo escaparme, tengo hijos y nietos. Lo mínimo que puedo hacer es denunciar las cosas y llamarlas por su nombre”.
Exconcejal en Jerusalén por el partido pacifista de izquierda Meretz, Margalit imparte hoy clases en un centro académico de la ciudad, donde, según relata, trata de comprender a los jóvenes. Es muy duro hacia el Gobierno israelí y hacia su propio pueblo. El próximo sábado, Margalit publica El delirio de Israel (editorial Catarata), su último ensayo. “Ningún país se convierte en asesino de la noche a la mañana”, dice en una de las páginas. Una frase por la que quizá su esposa le mire de nuevo algo preocupada.
Pregunta. ¿Cómo convive con ese intento diario de comprender lo que ha pasado en Israel, su país, en estos dos últimos años?
Respuesta. Usaría la palabra angustia. Vivimos todavía en el 7 de octubre [de 2023], ese día no ha concluido. Es perpetuo, un dolor que llevamos encima y que no se cerrará, primero hasta que no vuelvan los secuestrados, pero también hasta que Israel no se retire de Gaza. Nos cuesta comprender las cosas más cotidianas, porque conceptos que teníamos en mente hasta entonces han decaído, como que no se puede matar así porque sí a mujeres y niños, o que, si ciudadanos israelíes caen presos, el Gobierno hará lo posible y lo imposible para liberarlos. Nos cuesta entender la realidad, comprender qué pasa alrededor. Estamos confundidos. ¿Cómo es posible que nuestra gente sea capaz de cometer barbaridades de esta magnitud? No nos permite vivir tranquilos, razonar de forma sensata.
P. Pero ¿ese esfuerzo de entendimiento es mayoritario en la sociedad israelí?
R. La gran mayoría no solamente no quiere saber, sino que está muy orgullosa de grandes actos heroicos al estilo Hollywood, como introducir un misil a 2.000 kilómetros por la ventana de una casa para matar a una persona. Los que estamos profundamente dolidos somos pocos. Es triste decirlo. La mitad del país quiere acabar con esta guerra, pero por el regreso de los secuestrados, no porque haya algún tipo de empatía hacia Gaza. Hay quien dice que primero devolvemos a los rehenes y después, si es necesario, seguimos combatiendo.
P. Cuando se habla de castigar a Israel se trata de evitar el daño al pueblo israelí, a la gente. ¿Lo comparte?
R. Leí un artículo en el diario Haaretz de Nir Hasson, que ya hace años que lucha contra la ocupación. Usa la palabra “comunidad de criminales”, y agrega: “Yo también soy parte de ella”. Es muy valiente. Yo repito una y otra vez: no en mi nombre. Vivo en el exilio en la misma ciudad en la que vivía antes del 7 de octubre, en la que he vivido desde hace 50 años. No todos somos parte de la barbarie, pero el pueblo tiene que sentir [el efecto de] las sanciones o el Gobierno no cambiará sus posturas. Cada año podemos salir de vacaciones a Barcelona o a cualquier otra playa de Europa y, como la economía funciona, no hay incentivos para que el israelí comprenda que algo está funcionando mal.
P. Habla en su libro de “predisposición homicida”, una expresión muy dura. ¿A qué se refiere?
R. Los documentos históricos me demuestran que Israel siempre se propuso crear un gran Estado, lo más grande posible. Y para ello había que echar a los palestinos, y para echarlos había que asustarlos, y para asustarlos había que matar. Es una actitud. Lo vemos a lo largo de toda la historia de Israel, con la diferencia de que antes nos daba vergüenza. Nadie salía a publicarlo, nadie estaba orgulloso de entrar en una aldea palestina y matar a civiles con la intención de que todos abandonasen sus casas y así poder ocupar. Ahora esas cosas se dicen en Facebook. Los soldados, cuanto más matan, más orgullosos están. Desde que Israel decidió crear un Estado y no conformarse con las fronteras que la ONU le dio en noviembre de 1947, empezó a desarrollarse esa predisposición a matar. El fin justifica los medios.
P. Recuerda a la “banalización del mal” de la que hablaba Hannah Arendt al referirse al nazismo. No sé si es exagerada la comparación con lo que sucedió hace 80 años.
R. A usted le cuesta usar la palabra Holocausto. Estuvo dando vueltas para no pronunciarla y yo estoy en la misma situación.
P. Tiene razón.
R. No creo que el Holocausto sea comparable al genocidio. No hay cámaras de gas en las que se esté metiendo a gente. No quiero hacer comparación con nada. Lo único cierto es que, por ser yo hijo de supervivientes del Holocausto, la vergüenza me consume. Estoy sumergido en una vergüenza infinita. Es claro que hay cosas que me recuerdan a lo que mis padres pasaron en la Europa de los años treinta. Mi familia vivió pogromos y de pronto tengo aquí a jóvenes que se autodenominan religiosos organizándolos. Y con eso y todo, no estoy en condiciones anímicas de hacer una comparación entre el Holocausto y lo que está pasando ahora. Es indescriptible e insoportable. Me pregunto a diario cómo es posible que nosotros, el pueblo judío, después de tanto sufrimiento, seamos capaces de producir un sufrimiento de esta magnitud a otro pueblo.
P. ¿Qué significa para la sociedad israelí ganar esta guerra?
R. Al israelí le gustaría ver a los combatientes de Hamás salir de sus túneles con las manos en alto, con el miedo en la mirada y arrodillados. Pero el problema es que ni siquiera el ejército sabe qué significa una victoria total. El mismo general en jefe del ejército le pide al Gobierno objetivos claros; el ejército dice que una guerra sin una perspectiva o un horizonte político no sirve para nada. La mayoría quiere ver a los palestinos humillados. Pero incluso la derecha más o menos racional comprende que esto es imposible. El Gobierno no quiere solo destruir a Hamás, lo que quiere es acabar con la Autoridad Palestina, con la opción de dos Estados para dos naciones; anexionarse Cisjordania para terminar para siempre con la idea de un Estado palestino.
P. Ha defendido, como idea utópica, un solo Estado binacional, pero más que utopía suena a un imposible en el actual contexto.
R. Recuerdo cuando vino aquí el presidente egipcio Anuar el Sadat. Dos semanas antes, nadie podía imaginarse que algo así pudiera suceder. También me acuerdo de la caída del muro de Berlín, la Unión Soviética o el apartheid. Con esos ejemplos históricos, tengo la esperanza de que toda esta idea de un Estado pueda llegar a suceder cuando la masa crítica de sanciones y protestas llegue a un punto en el que caiga el Gobierno y alguien se dé cuenta de que hay que cambiar de dirección.
P. ¿Dónde quedó el sionismo que defendía con 20 años?
R. El sionismo, desde sus inicios, tuvo por lo menos dos vertientes claras: una de ellas, la humanista. Su exponente más conocido es el filósofo Martin Buber, que estaba a favor de un Estado binacional. Yo me enganché a ese sionismo humanista. Llegué al país en 1972 y un año después tuvo lugar la guerra del Yom Kipur [donde resultó herido]. A partir del momento en el que me sumergí en la sociedad israelí, comprendí que el sionismo humanista no existía, que pasó a ser militarista. No lo puedo compartir. El 7 de octubre dejó clarísimo que el objetivo principal del sionismo, proteger al pueblo de Israel para que no suceda algo similar al Holocausto, se ha desplomado.
NAZA
Anoche vimos Naza. Para algunos de nosotros no hay nada que pueda ser revelado en cuanto a las atrocidades cometidas en los últimos noventa años por el sionismo. Pero existen en Europa y en América millones de ciudadanos biempensantes para los cuales este documental va a ser traumático e inolvidable. Mejor no entrar en otras polémicas: no podemos permitirnos el lujo de rechazar, por parcial que sea, una crítica humanista que al fin sale de Israel.
Rodada en el secreto nocturno de una terraza, lo mejor de Naza es la constante relación entre la opulencia capitalista de Tel Aviv, donde la moral y la religión no importan nada, y un genocidio que lleva décadas en marcha y es muy anterior al 7 de octubre. Nadie llora durante las confesiones, ni siquiera tiembla. Que los oficiales que confiesan liquidar a un supuesto miembro de Hamás justifiquen derribar un edificio entero con quinientos civiles dentro (niños y viejos incluidos), y lo hagan sin remordimiento y confiando ciegamente en el sistema, indica hasta qué punto las matanzas israelíes están imbricadas en la más amoral normalidad.
De los defectos mayores de Naza es no arraigar el espanto del 7 de octubre en décadas anteriores de humillaciones y matanzas. En este punto, Palestina 36 es infinitamente superior, pues muestra un incansable terrorismo sionista ya desde los años treinta. Lo mejor de Naza es que, sin estridencias, explica la indiferencia pasmosa del pueblo israelí y su vanguardia militar (a veces de izquierdas) en las masacres indiscriminadas que aseguran la «defensa de Israel».
Naza demuestra también que el Estado israelí está tan obsesionado con combatir el terrorismo de Hamás, que ellos mismos han incentivado, como cualquier iniciativa política que pueda facilitar un futuro Estado Palestino. Las mismas unidades de élite que asesinan niños a mansalva también buscan falsas acusaciones sexuales que puedan desacreditar a todo aquel que intente una presión diplomática que cuestione la política israelí.
Si el público se queda al final en silencio, viendo sin moverse todos los créditos, es para tener unos minutos para reponerse tras ver lo que han sido capaces nuestras democracias. La «banalidad del mal» que Arendt fustigaba hace sesenta años ha quedado disuelta en una actual orgía de impunidad donde los oficiales de las unidades de élite confiesan pasárselo en grande escuchando, a través de los móviles intervenidos, los «alaridos» [sic] de los niñas quemadas vivas junto con sus padres.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 13 de octubre de 2026
Reseña en QUE LEER de Miguel Ángel Hernández Saavedra: "Sobre los odios y los días, de Ignacio Castro Rey"
sobre los odios y los días, de ignacio castro rey
miguel ángel hernández saavedra
Los odios y los días, subtitulado La subversión cultural y política del cristianismo (Pre-Textos, Valencia, 2026), prologado por Juan Manuel de Prada, es el último libro dentro de la prolija bibliografía de Ignacio Castro Rey, filósofo, escritor y crítico de arte. A lo largo de su obra, indiscernible de su vida, el autor ha hecho acopio de esa infinidad de materiales, visibles o invisibles, que la vida proporciona a quien, como él, siempre ha tenido la firme voluntad, compatible con las dudas que suscita todo verdadero pensamiento, de empuñar la vida, la existencia, en lo bueno y en lo malo, acaso con la convicción, como se expone repetidamente en su último libro, de que el mal es “la riqueza del bien, un desvarío para alcanzar la perfección. Tal vez una ocasión del bien, a la manera en que la cosa era una ‘ocasión’ para la Idea platónica, sobre todo en su lectura gnóstica” (p. 118). O dicho con una fórmula magistral: “Empuñar la perdición como única forma posible de salvación”; he aquí de lo que se trata.
He aquí la subversión cultural y política del cristianismo en el modo singularísimo, si es que la singularidad acepta superlativos, en que Ignacio Castro Rey lo contempla, en relación con su historia, y lo pone en relación con nuestra actualidad y su tendenciosamente inadvertida dimensión mesiánica, que “hace de la acción una escalinata para la cima de la contemplación” (p. 230). Ahora bien, ante un libro como este, el comentarista solo tiene dos opciones: o insistir en la necesidad de su lectura y evitar cualquier juicio de valor, o copiar el libro enteramente como único homenaje posible al mismo, lo cual, tratándose de 283 páginas, multiplicaría por setenta (“setenta veces siete”, leemos en Mateo 18:21-22) la extensión máxima y acostumbrada de una reseña literaria.
Así pues, para no incurrir además en problemas editoriales, simplemente insistiré en la necesidad y, más aún, en la urgencia de acometer su lectura. Sea usted cristiano o no lo sea, sea usted lo que fuere, lector, este libro es imprescindible. Si no fuera porque su autor no estaría en absoluto de acuerdo con la expresión popular, o tal vez me equivoque, diría que es un libro “caído del cielo”. Mas no proviene de ningún cielo, de ningún séptimo cielo tampoco, sino de la tierra, del agua, del aire y del fuego, por simplificarlo conforme a la tabla básica de los elementos presocráticos, y, eso sí, de una caída (llámese “pecado” si se quiere) que, además “de hacer necesario el mal como sendero tortuoso del bien” (p. 99), trata de vencer a la muerte “a través de la muerte” y de restituir “el nombre de un comunismo no histórico ni doctrinario, más bien carnal, intuitivo y afectivo” (p. 263). Quizá los lectores de Ignacio Castro Rey encontrarán en este libro una forma definitiva de escritura, en relación con los anteriores y abundantes libros del autor, o dicho en armonía con las propias tesis de la obra: una “encarnación” de la escritura del hombre, del hombre Ignacio, del autor Castro Rey, donde se disuelven todas las contradicciones de las que frecuentemente se sirve el crítico (Ignacio Castro Rey también lo es) para alimentar sus comentarios: el fondo y la forma, el accidente y la sustancia, el cielo y la tierra, la muerte y la vida.
Pero yo, aquí, algo debo decir. Con el libro completamente subrayado (no queda una página sin anotaciones), ¿qué puedo decir? Quizá pueda hacer algunas consideraciones al margen del libro, en los márgenes de la convulsa, espantosa y a la vez anodina actualidad, sin entrar en la profundidad del texto, lo cual me obligaría a traicionarlo por medio de un montón de frases maravillosas, que sin duda lo son, degradando la intensidad de los pensamientos y vivencias de los que constituyen su precipitado. Así, por ejemplo, me viene a la memoria reciente una nota de la Iglesia española en la que los vicarios de Dios previenen contra la tendencia, tan propia de los evangelismos irredentos (pero esa es otra cuestión), a convertir la fe en, simplemente, alborotadamente, una “experiencia emocionante”. No faltan referencias culturales próximas, en el mundo del arte, de la canción, del cine, también en el seno del catolicismo. Bastaría con revisitar el espectáculo de la fe que ha rodeado la visita de León XIV a España, desde Hakuna a la inenarrable actuación de un grupo de muchachos abanderado por un tal Antonio que llegó a definirse delante del Papa, no sabemos si en un alarde malagueño de narcisismo hollywoodense, como “víctima del hechizo de Dios”. Rosalías mediantes, ¡que Dios nos pille confesados! Empero, no hagamos sangre de los entresijos del espíritu… que sopla donde quiere.
En las postrimerías del libro (decirlo no es hacer espóiler, como no lo es rememorar por escrito una historia, la de Cristo, infinitas veces contada… y que ya sabemos cómo acaba), hacia el final, digo, afirma Ignacio Castro Rey lo siguiente: “A pesar de ser este un libro de filosofía, en él se apuesta por esa intensidad cognitiva de lo religioso; por una condensación sapiencial que se puede permitir el lujo de ignorar las largas y eruditas digresiones del pensamiento filosófico”. Y es justamente en este punto, imposible aquí de desarrollar, siquiera de enunciar con rigor minimalista, donde empieza la cuestión que a un filósofo, siendo además poeta (como Ignacio lo es, al margen de que no abunden los versos en su obra, pues, como decía John Ashbery, “si está escrito en prosa, puede ser poesía” con mayor probabilidad), donde empieza el asunto, sigo diciendo, que ha concernido a la filosofía desde sus orígenes. Cuando Ignacio Castro Rey reivindica una “vulgaridad no intelectual” que nos aproxima a la vivencia más auténtica de la fe, ¿no está practicando una especie de averroísmo latino, llevando la teoría de la doble verdad (más de Sigerio de Brabante que de Ibn Rushd) a un ámbito de existencias cualesquiera (en la línea de Giorgio Agamben, por ejemplo) que la propia realidad, esa dimensión histórica y doctrinaria del cristianismo, desmiente en casi cualquiera? ¿De verdad se pueden contar esos “vulgares” con los dedos de un siglo mutilado? ¿No serán esos “vulgares” la crema de una inteligencia que, cuando no se pierde en untuosos academicismos, hace del pensamiento lo que Ignacio –empezando por Aristóteles– afirma que es: una forma de vida?
Sin duda que en la cuestión de la vida eterna, que Castro Rey resuelve en la aprehensión intensa de la finitud, de la vida mortal, a través de una profunda disquisición sobre el tiempo y “el instante”, se juega el sentido, desde luego doctrinario e histórico, de la fe cristiana. “Después vendrá lo que sea”, afirma el autor, lo que recuerda ese apotegma, no tan conocido como el del río, de Heráclito de Éfeso donde afirmaba que la muerte es cualquier cosa menos lo que imaginamos. Y, sin embargo, como también afirmaba san Pablo en la Primera Carta a los Corintios (15, 14): “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe”. ¿Qué es “resucitar”? Ay, el cuerpo glorioso… Al margen de lo que afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (¡doctores tiene la Iglesia!), recuerdo una encíclica de Benedicto XVI donde el hombre, el hombre Joseph Ratzinger, tal vez desconcertado ante la seguridad de su propia fe (en la perdición está la salvación, nos recuerda Castro Rey una y otra vez) y la proximidad de su muerte, describía la vida eterna como una especie de ola sobre la que encaramarnos (¡una metáfora surfista!), lo cual también recuerda, en sentido contrario, el desmontaje freudiano de la fe como un “sentimiento oceánico” producto del desamparo infantil. Freud, contra el que el autor de Los odios y los días se despacha a gusto, en contraste con su admiración por Lacan.
Por cierto, aunque el autor se arrogue el lujo (que, en su caso, estaría más que poéticamente justificado) “de ignorar las largas y eruditas digresiones”, lo cierto es que el libro está lleno de referencias filosóficas a favor y en contra de su visión del cristianismo, que no es un ejercicio de revisionismo espiritual a la moda, sino todo lo contrario. Especialmente relevantes son las alusiones a un Nietzsche que, parafraseando las célebres “transformaciones del espíritu”, habría acabado siendo más León que Niño, inadvertiendo la profundidad inmanente contra la doctrinaria verticalidad trascendente (separada de “la vida”) del mensaje, vida y obra de Jesús de Nazaret. Otros muchos autores aparecen a lo largo del libro y en las también imprescindibles notas al final de cada capítulo, además de los evangelistas (con especial predilección por san Juan): Agustín de Hipona, Hegel, Kierkegaard, Benjamin, Unamuno, Heidegger, Sartre, Ortega y Gasset, Zambrano, Bobin, Lacan, Badiou, Todd… Y, por supuesto poetas, entre los que finalmente el autor cita, como si se encomendara, como si nos encomendara a ellos después de leer su enorme libro y quedarnos ávidos de más, a Rilke y Whitman. Simone Weil y nuestro san Juan de la Cruz no dejan de estar muy presentes. Y como sombra a la luz de la luna, que diría Mike Oldfield, a veces comparece Kant para recordarnos que no es ilustrado todo lo que reluce y que él, Castro Rey, ha asumido el reto de mostrar esa otra dimensión nouménica que el viejo “chino de Königsberg”, como lo llamaba Nietzsche, relegaba al uso práctico y formalista de la razón. Pero aquí no es posible entrar en discusión con Ignacio Castro Rey a propósito de Kant… ni con Swedenborg, al que el autor de La Religión dentro de los límites de la mera Razón dedicó los Sueños de un visionario…
Decía Antonio Machado en una página perdida que, mientras que el filósofo no debe decantarse por ninguna de las tesis que sostiene su balanza dialéctica, en un ejercicio crítico de kantismo coherente (del que también Castro Rey hace gala cuando, al final del libro, recuerda que ciencia y religión discurren por vías o “pistas” diferentes), se le permite y hasta se le exige al poeta, sin embargo, que tome partido cordial por una de esas tesis, que la acoja, que se abrace a ella y que nos haga saber a través de un saber que no se coagula en razones abstractas y frías, sino que sabe lo que dice porque, además de decirlo, lo siente y lo expresa con la belleza o el mal del que es capaz (el mal como “sendero tortuoso del bien”, se dice en Los odios y los días), que nos haga saber, termino de decir, lo que todos sabemos y hemos olvidado a la vez.
El libro de Ignacio Castro Rey es un recordatorio bellísimo y terrible, santo y obsceno, de eso que hemos olvidado, de eso que sabemos bien, tan bien que ni siquiera sabemos que lo sabemos ni recordamos que lo hemos olvidado. Así que, para terminar, nada mejor que recordarnos una pregunta (en la pregunta y no en la respuesta está el origen) en la manera muy actual, a la vez que intempestiva, emulando a Nietzsche, como Ignacio Castro Rey la formula: “¿hay o no en la existencia cualquiera una encarnación de lo absoluto que impone un respeto incondicional por las vidas, al margen por completo de la relatividad de costumbres y culturas?”. Este pregunta nos reenvía a Atenas, la gran olvidada de nuestro tiempo, no menos que a Jerusalén. Así pues…
Gracias al autor, gracias al hombre, gracias a Ignacio Castro Rey por mostrarnos que la respuesta está siempre ya contenida en la pregunta. Después de leer este libro increíble, porque de no haber sido escrito no habría sido concebible (¡ni aun con todos los corazones en la manga!), ¿cómo no ser cristiano? Después de este libro, ¿cómo seguir siéndolo?
Sólo la adversidad puede despertarnos
Entrevista en Vozpópuli: «Los países que odiamos y bombardeamos son siempre comunitarios»
por Victor Lenore
9 de agosto, 2026
1/ Dos cuestiones previas: ¿cuál fue su motivación principal para escribir el libro? ¿Cuál es su posición espiritual o religiosa?
Mi motivación principal al escribir Los odios y los días fue estresar la cultura inmensamente creyente que me rodea con un acercamiento al vértigo de lo real, y esto a través de una sabiduría cristiana que hemos reprimido entre nosotros. El libro tiene sus antecedentes en un trabajo sobre Pasolini, autor que me marcó profundamente hace veinticinco años. Posteriormente, emprendí una investigación filosófica sobre el evangelio de san Juan para un seminario que fue legendario en los años 90. Finalmente, siguiendo a Nietzsche (y al diablo) como hermano gemelo de Cristo, mi libro se planteó el conocimiento que podemos y debemos tener hoy de lo sagrado, del laberinto de una realidad llamada analógica. ¿Análoga de qué? Del silencio, del vacío. El reto de mi libro es volver a adivinar el presente, cómo lograr una fe en lo visible y sus espectros. Hace falta mucho coraje para atravesar este espectáculo bestial de la sociedad y volver a creer en la realidad. Como puede ver, no soy primeramente un creyente. Ante todo, soy un activista, un militante de las sombras que vienen, aquellas que nunca debimos traicionar.
2/ El libro arranca con varias citas, una de ellas muy rotunda: «La secularización es, ante todo, debilitamiento de los vínculos, de todos los vínculos» (Roberto Calasso). Me ha hecho pensar en el progresismo actual, que denuncia esa fragilización de las relaciones sociales, pero defiende un programa que las acelera (feminismo, endofobia, estatismo…). ¿Apuestan por un enfoque suicida?
Eso creo. A la vez, es una apuesta genocida. Nuestra cultura está atravesada por un redoblado odio a la otredad más cercana, una aversión que hoy parece particularmente dañina. Odiamos en los otros lo que pervive en ellos de cierto «atraso» comunitario que querríamos extirpar en nosotros. La antropofobia resultante de nuestra tecnofilia acaba en un aislamiento narcisista, individual y colectivo, que tiene en la histeria de la comunicación un modo ficticio de llenarse. El espectáculo de la destrucción, con la deconstrucción de los vínculos natales, es la única salida para una cultura normativa que aborrece el exterior terrenal. Hace mucho que no somos víctimas de la religión tradicional, que era una gestión colectiva de la exterioridad, sino de un nihilismo dogmático que ha de liquidar cualquier forma de comunidad. Pensemos en los países que odiamos y bombardeamos: son siempre comunitarios. Tomar en serio el vacío, la religión en su potencia cognitiva, es la única vía de volver a respetar los límites y la multivocidad del mundo. Solamente el enigma de la desaparición puede unificar y dar sentido a la humanidad, a esta abigarrada variedad de las apariencias en el planeta contemporáneo.
3/ Juan Manuel de Prada defiende en el prólogo que «la grandeza mayor de este libro consiste en tender puentes a través de los que nuestro narcisismo pueda conectar con nuestra otredad». ¿Podría poner algún ejemplo concreto de esto? ¿Por qué le interesa?
Prada ha hecho un prólogo muy generoso. No sé si nuestro narcisismo, forjado en una flexibilidad cadavérica, puede hoy conectar con nada que no sea el ombligo de su propio tedio. Creo que sin reventar el amurallamiento militar de las subjetividades posmodernas no hay regreso posible a la penumbra de la verdad, tampoco al dédalo de una tierra compartida. Fijémonos en el ejemplo de estos días en Argentina: hoy el prójimo ilustrado ni siquiera se entera de su irrealidad, de su ridículo. El deterioro perceptivo y cognitivo de nuestra cultura es resultado de una degradación adolescente en la relación con lo negativo, con el misterio ancestral de lo común. Lo grave es que sin una buena relación eso, con lo trágico, es imposible la comedia humana ni sus rituales de encuentro. Hace tiempo, Marlon Brando recordaba que todos necesitamos ser geniales actores para sobrevivir a la tétrica vida social que hemos construido. La otredad no es una sobreañadida cuestión moral que deba complementar la eficacia del bienestar. Se trata más bien de una cuestión de supervivencia: sin el regreso a un culto de lo otro ni siquiera podemos escuchar nuestros latidos. La dimensión psiquiátrica de nuestra deformación comienza en el racismo hacia esa alteridad íntima y oscura sin la cual no somos más que muñecos asesinos. Nuestro problema brota de una inconsciente estupidez con respecto a nosotros mismos. Fijémonos en uno cualquiera de nuestros líderes, políticos o musicales. No es sólo que sean completamente incultos, sino que han logrado incluso no saber nada de sí mismos ni del mundo que intentan gestionar. El ruido del espectáculo les tapa completamente los oídos, la realidad elemental de sus propios gestos, porque la ficción social les otorga una especie de impunidad. Ni siquiera puede imaginar hasta qué punto son previsibles. Tampoco lo ridículos que resultan en sus trajes bien cortados. Esto visión puede parecer despiadada, pero busca lo contrario, una piedad que se aproxime al laberinto de la vida más común. Pide usted ejemplos. Piense en la última vez que se encontró con alguna verdad. Hoy proceden sólo de momentos clandestinos. Nuestra intimidad, y la del prójimo, está actualmente más alejada que los antiguos polos Norte y Sur. Por eso las élites sueñan con viajar a Marte, porque han perdido cualquier vínculo anímico con la gravedad, con una simple vida mortal. En nuestra ferocidad, somos infinitamente frágiles. El retroceso ante la locura de vivir, una psicosis que fue esencial en el cristianismo primitivo, ha multiplicado hasta la enésima potencia las neurosis. Si no cambiamos a tiempo, otras culturas se encargarán de relevarnos.
4/ Cita con frecuencia a Pasolini, gran profeta de nuestra era. ¿Infravaloramos aún la potencia del «nuevo poder» progresista sobre el que nos advirtió?
Absolutamente. Vivimos cegados por la peor de las policías, la de la «visibilidad». El resultado es que no podemos ver nada, ni siquiera nuestros pies. Si estamos inmersos en el empoderamiento hasta las cejas, difícilmente podemos percibir el absurdo de aquello que nos permite sentirnos superiores, algo así como guardianes del primer mundo. Fíjese que ni en Ucrania ni en Irán, por poner dos ejemplos mediáticos, no nos enteramos prácticamente de nada, ni siquiera de datos obvios de la cruda realidad. No hace falta censura para lograr esa sordera en red, pues vivimos en un bucle perfecto donde cada quien pone su granito de arena a la hora de repetir consignas. Desde los grandes medios al último individuo, funcionamos en una ceguera narcisista que funciona como las muñecas rusas: hoy por ti, mañana por mí. Hace décadas, Pasolini advirtió en Italia y Europa de un poder uniformador, el del consumo, que la Iglesia distaba de haber tenido nunca. Naturalmente, no fue escuchado. El resultado es este orbe, previsible como pocas veces hubo. No sólo Rusia y China conocen nuestros siguientes pasos militares. Es que nosotros mismos, al viajar a Pontevedra o a Chicago, podemos adivinar las tres películas de las cuales no se ha oído hablar y las tres novelas que se leerán obligatoriamente. El efecto de este conductismo masivo puede dar lugar a mil situaciones graciosas, pero también es inquietante sospechar que Huxley y Orwell se han quedado muy cortos. La censura ya no emana hoy de un centro, sino de una espontaneidad tan diversa como nuestras costumbres.
5/ «El cristianismo no tiene exactamente enemigos. No puede tenerlos si ha de atravesar, en principio sin violarlos, todos los cuerpos». ¿En esto radica su subversión? ¿En qué si no?
Creo que en esto, en una potencia oriental de infiltrarse (que fascinaba e irritaba a Nietzsche) que es anterior al coraje para el enfrentamiento. Si alguien ha travesado la muerte, para no tenerle ya miedo y resurgir al otro lado, ¿cuál puede ser el enemigo? También los romanos, los judíos y fariseos hostiles a Cristo, han de tener oídos para una nueva que, en el fondo, sólo consiste es esto: la muerte no es nada, sólo el remoto útero materno que puede permitir una resurrección; el acceso a otro modo de percepción y de peregrinaje en este mundo. No es tan extraño que se odiase a Cristo, este hombre que se presenta como el hijo de Dios y emplea parábolas enigmáticas. No es extraño tampoco que en tres siglos el mensaje de este hijo de un carpintero derritiese los muros del exclusivismo romano y judío. Es dramático que los herederos actuales de tal universalidad, basada en una legendaria inversión de la muerte, estemos empeñados en amurallarnos en el nuevo fariseísmo tecnológico de una democracia para elegidos. Lo peor de todo es que esquivar el signo afirmativo de la muerte lleva a entender únicamente la muerte de los otros. De ahí nuestra afición a las matanzas, al espectáculo televisivo y a las nuevas formas de la guerra.
6/ Su ensayo habla del pecado y el error como caminos de perfección. Incluso pone el ejemplo de la muerte del hijo de Nick Cave, un dolor que el cantante explica que le hizo mejor persona. ¿Cómo funciona este proceso?
Con el beneficio de lo traumático, la gran escuela de una adversidad exterior que hemos olvidado. Nos pasamos el día buscando seguridad, también una salud y una felicidad que obedezcan a un canon. En pos de ese fin, la información y la tecnología no acercan nada real, más bien lo alejan a través de simulacros. Las pantallas incesantes que nos rodean son un reflejo de la interioridad infinita, de cuño protestante, en la que nos hemos refugiado. La prohibición policial de cualquier épica, salvo en los videojuegos, lleva a esta latosa y estéril inflación «ética», una moralina que lo inunda todo, nos paraliza y hace al mundo muy aburrido. Algunas brujas y brujos de la tribu contemporánea (no sólo Cave o Robert Lax, también otras y otros, por ejemplo, un desconocido llamado Mariano Giménez) proponen exactamente la vía contraria: curarse con la intemperie, con un inevitable viento exterior al fin convertido en habitable. La obligatoria corrección política, trasfondo de la corrección tecnológica, entraña una tétrica propuesta antropológica de encierro. Nada podría hacernos más débiles e infelices, igual que les ocurre a los animales enjaulados o a esas castas de «pura sangre» criadas en una selección endogámica. Unos pocos artistas, herederos del antiguo hechicero, proponen otra senda perdida: no curarse liquidando la enfermedad, sino escuchándola. Es la línea de Verlaine: Ama. Sal de tu noche. Tal como estamos de anestesiados, hoy sólo podemos amar, con suerte, después de un accidente que nos sacuda y nos convierta a otra cosa. Creo que Cave se refería también a eso.
7/ ¿Qué opina de las actuales batallas de la iglesia católica? La derecha parece incómoda con ella, la izquierda intenta instrumentalizarla y se acaba de producir un cisma lefevriano. ¿Qué le interesa más del catolicismo actual?
Lo más interesante de la Iglesia es su capacidad de decir NO, de ser impermeable al espectáculo global de la barbarie. La valentía de ser tradicional, sea en la guerra o en la natalidad, me parece de lo más atractivo en la Iglesia. Cuando la eutanasia se convierte en la más radical propuesta nihilista de los estados, en vez de fomentar el nacimiento y cuidar a los vivos, me parece fundamental que una institución mundana resista y puede ser «reaccionaria», sin complejos. Hasta en la reciente encíclica papal en torno a la IA hay algo de un viejo sentido común, y unas ancestrales intuiciones, que nunca debimos olvidar. Aunque echo a veces de menos la noción de pecado e infierno, la capacidad que debía tener la Iglesia para resucitar la culpa en nosotros. Por esa ausencia de culpa vivimos en una especie de limbo congelado, sin morir ni vivir a fondo, pues nadie se siente obligado a arrepentirse de nada.
8/¿Qué opina del regreso del catolicismo cultural? No solo Rosalía y «Los domingos», sino también fenómenos previos como Sorrentino, Houellebecq y el taquillazo de Mel Gibson sobre la pasión de Cristo. ¿Subvierten o normalizan el cristianismo?
Aborrezco el espectáculo «americano» y su tergiversación de la historia. Nunca vi lo de Gibson, como tampoco veré «La odisea» de Nolan. Hace mucho tiempo además que Houllebecq, sin dejar de ser inteligente, resulta bastante abominable en su rutina islamofóbica. En cuanto a Sorrentino, he reconocido públicamente mi sospecha de que ha muerto de éxito. La grazia es un remedo torpe de La gran belleza, que posiblemente ya era un avatar de cierto Fellini. No niego que en todos estos «regresos» haya algo aprovechable, pero les falta el compromiso con lo abierto, con lo trágico que siempre ha sido la pulpa más enérgica del cristianismo. En cuanto a Rosalía y Alauda Ruíz, qué sé yo. Con su corrección política y su brillante puesta en escena de pretensiones cosmopolitas, a la postre una negación brillante de Simone Weil, Rosalía me aburre mucho. No logré ver «Los domingos», aunque tenía interés en ella. Y esto a pesar de que «Cinco lobitos» me echó de la sala, pues me pareció soporífera e inquisitorial: la natalidad es una pesadilla, los hombres somos malos… En fin, lo de siempre. Me gustaría que todos estos signos comerciales significasen algo, cierto regreso a una espiritualidad que nos haría falta para ser menos despiadados. Pero no sé, con frecuencia parecen el complemento cultural, inofensivo y elegante, de la pragmática obscenidad diaria, este genocidio antropológico que es esencial en la economía de este último Occidente de Rutte y Kaja Kallas… Es como tener esperanzas en que Shakira, finalmente (como buena latina vendida) un alma de simpatías sionistas, encarne una vuelta a algún calor sentimental. Pues no, me gustaría equivocarme, pero creo que va a ser que no. Por cierto, ¿las mujeres son hoy tan importantes porque ellas dirigen esta domesticación global, insidiosamente anticristiana? Quizá soy demasiado pesimista. Por lo pronto, cerca de hombres como Bergamín, sigo confiando en el apocalipsis. Aunque me gustaría que fuera a cámara lenta, compatible con este chiringuinihilismo que tanto juego da en los meses de julio y agosto.
Palestina 36 (Annemari Jacir, 2025)
Ninguna novela, tampoco Ulises, se juzga sólo en términos literarios. Ninguna película se lee con ojos estrictamente cinematográficos. Tanto entre sus apologetas como entre sus detractores, Palestine 36 es inseparable de la carga emocional de una tragedia que arrastra casi un siglo de sangre. Bastante ha hecho su directora para darle una forma entreverada y hasta cierto punto serena.
A pesar del obvio compromiso moral de Annemari Jacir (Belén, 1974), militante de un pueblo martirizado, estamos ante un excelente trabajo, preciso y bien organizado. Tras una estructura divulgativa, digamos convencional, mantiene la tensión y el interés de principio a fin. No sólo el trabajo de los actores es casi impecable, sino que la directora consigue además una variedad humana sorprendente. Más una constante tensión, podríamos decir coral, entre los distintos personajes. Es notorio que a Jacir le importa mucho lo que está haciendo, lo cual no es óbice para que mantenga un adusto control sobre lo que cuenta. Y ello sin un excesivo maniqueísmo, a pesar de enfrentarse probablemente a su propio rencor y a un material explosivo: el comienzo de la rebelión palestina y árabe contra el Mandato británico y la invasión de miles de refugiados judíos. Esto último, hay que recordarlo, parcialmente en connivencia con el III Reich. Hitler consideraba que había que dar una solución final al «problema judío» y parte de esa solución consistió en ocupar una tierra que ellos, los elegidos, consideraban de nadie. Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra, reza la propaganda sionista del momento.
Nada más lejos de la realidad, se empeña en demostrar Jacir en estos 119 minutos de metraje. Lo consigue, hay que decirlo. Estamos seguramente ante el más importante intento fílmico, con abierta vocación comercial, de darle la vuelta a la victimización de los judíos que logró Éxodo (1960), la afamada cinta de Otto Preminger. Con un Paul Newman en uno de sus papeles más carismáticos, este largometraje consagró la unanimidad occidental en torno a la causa del moderno Israel. Se puede decir que la película de Jacir consigue darle la vuelta a aquella unanimidad, y no con menor tensión sentimental y épica que Éxodus, aunque en este caso se trate de la epopeya de los no elegidos.
¿Se acabará por ello con la narrativa imperante, con el incesante best seller periodístico, literario y cinematográfico de un Holocausto que acaba logrando la práctica impunidad del Estado de Israel, haga lo que haga? Ni lo sueñen. Aparte de otras mil cosas, y del tirón de taquilla de películas que no crean conflicto (Un ser querido, La bola negra ), es más que probable que Palestina 36 no lo tenga nada fácil, ni siquiera con la presencia de Jeremy Irons. Posiblemente será boicoteada a fondo, no en vano hiere de frente un relato hegemónico que tiene detrás, no lo olvidemos, el furor de unas antiguas Víctimas que hoy poseen una influencia multimillonaria.
No obstante, por esta voluntad impertinentemente política sobrepuesta a sus méritos cinematográficos, Palestina 36 merece ser vista con mucha atención. Y quizá más de una vez. Es cierto que la realización (¿cómo no?) podría haber mejorado algún pasaje; que a algún personaje le convendría una más alta definición; que la «causa judía» podría haber sido un poco más visible (¿todavía más?), y no sólo la labor pérfida de un Imperio Británico empeñado en usar al sionismo como una cuña para sus propios intereses en Oriente Medio. Es cierto algo de todo eso. Pero con el reto de contar una historia a contrapelo de las versiones dominantes, según las cuales el genocidio actual proviene de aquel octubre de Hamás, poco más se le puede pedir a la directora de esta emocionante cinta. Raramente se sienten estas ganas de gritar, de alivio y de entusiasmo, a la salida de una valiente versión del viejo «conflicto entre árabes e israelíes», al fin contado de otro modo. ¿Que falta algún elemento histórico? Imposible que no fuera así en el laberinto de esta historia, tergiversada además hasta la suciedad por décadas de propaganda occidental.
De alguna manera milagrosa, sin embargo, Jacir atraviesa incólume esa propaganda asfixiante. Nos puede brindar entonces un amplio abanico de vivencias a disposición del oído y la vista, de las sensaciones y el pensamiento. Lo cual no es poco en una historia tan política, tan ahíta de interpretaciones y tan coaccionada por todas partes.
Se crea así un fresco vivaz con el verde de los olivos rodeando una infancia feliz, con rostros bellísimos, algún inglés inolvidable y mujeres que no cesan de sostener el trabajo en las aldeas, aun bajo una constante humillación y en las peores condiciones. También, por encima de todo, encontramos héroes y mártires hechos a la fuerza. Cuando tal vez habían nacido, y así era su deseo, para una anodina vida campesina o, como máximo, una tranquila labor cultural.
Sin sentimentalismo, pero patente hasta las lágrimas, Jacir nos sirve una ternura que inunda. ¡Lo que le habrá costado a esta mujer, comprometida con su pueblo arrasado, mantener esta especie de beatitud ecuménica! E inventar el estado de gracia de Rabab y su hija Afra; de un Yusuf de ojos claros; del bondadoso y valiente padre Boulos, el sacerdote cristiano; de su niño Karim, más tarde «terrorista» a la fuerza. Hasta la forma que tiene Khouloud de despedirse de su marido, al fin y al cabo un traidor, está teñida de una enorme delicadeza. Ya nos gustaría que tuvieran algo de esta probidad nuestros contemporáneos, los mismos que han mirado hacia otro lado con el genocidio en curso. Khouloud no. Ella lucha incansablemente, pero sin una secta ideológica que la ampare. Sobre todo, sin odiar jamás. Los personajes de Palestina 36 no necesitan la Iglesia de una ideología, esta sordera programática que hoy balcaniza el mundo. Les basta con defenderse, a veces incluso con humor, frente a la ignominia.
Quedamos nosotros, los espectadores. Tan realizados, tan autoconscientes, tan soberbios. ¿Conseguiremos algún día, en los próximos años, estar a la altura de la herencia ética y estética de esta humilde historia? Nos va a costar. Que el Dios de los humanos, el de todos nosotros sin excepción (ateos, musulmanes, cristianos y judíos), atienda nuestra flaqueza. Así sea.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 30 de agosto de 2026
Texto publicado en ZAS! Madrid
31 de agosto 2026



