Impotencia real y arrogancia del pensar del filósofo Ignacio Castro Rey

"Impotencia real y arrogancia del pensar" del filósofo Ignacio Castro Rey

7 Miralls al Dau presenta el vídeo documento de la charla «Impotencia real y arrogancia del pensar» del filósofo Ignacio Castro Rey realizada en el seminario Joan Lluís Vives en la facultad de filosofía de la U.B de Barcelona, el pasado 10 de Abril de 2026. Vídeo realizado por Jordi Traperho con la colaboración de Parigi.

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Metapsicología de la guerra en curso. Ignacio Castro Rey

Metapsicología de la guerra en curso*

¿No hay necesariamente analogías entre la crueldad civil y la militar? A veces una simple reunión de vecinos hace presagiar lo peor. Pero si cada época tiene sus enfermedades, igual que sus tecnologías propias, tiene también unas formas de hacer la guerra. Tal vez no cambia un fondo de crueldad en la historia, que casi siempre es una pesadilla sobre la espalda de los humanos. Sí cambian, y mucho, las maneras, a veces obscenas, con las que ese fondo se ejerce. La saña con la que los juicios mediáticos persiguen hoy a los que parecen haber caído del lado del mal, ¿no indica ya una caída en picado del respeto hacia el otro? Acaso también la ferocidad de unas guerras donde el enemigo puede ser violado por perros, defenestrado, quemado o enterrado vivo.

En cuanto a las formas actuales de matar y nuestros servicios de la agonía, pensemos primero en un capitalismo patriarcal y disciplinario, con sus correspondientes formas de enfrentamiento entre grandes cuerpos de ejército. El paso posterior a un capitalismo disperso y de «geometría variable», más inclusivo que vociferante, más de corte «femenino» que toscamente masculino, tuvo asimismo que provocar mutaciones en el orden bélico. Debemos ante todo recordar una obviedad. Los preparativos bélicos son la primera prueba de la IA fuerte (ya el nombre prometía lo mejor), más aún de lo que siempre ha ocurrido con la tecnología. No la medicina o la investigación científica, aunque también, sino sobre todo las ingentes sumas invertidas en el poder geoestratégico. De un frente mecanizado y guiado por una disciplina que enfrenta a grandes unidades militares, hemos pasado a otro ondulatorio y digital (paralelo a lo que Deleuze llamó control) donde ya es difícil distinguir la tregua del enfrentamiento, las fuerzas armadas de la población civil, los grandes cuerpos regulares de las pequeñas unidades de combate destinadas a la infiltración. En una época donde el hard power se ejerce a través del sofware y la disuasión tiende a pasar de ser nuclear a ser inteligente, será también difícil mantener las distinciones bélicas tradicionales, que permitían cierto garbo militar, y servían hasta ayer para orientarnos. Lo que sí se mantiene, y es la conclusión final de esta investigación, es el triunfo final del cuerpo por encima de todas las fantasmagorías. Lo más vulnerable, la carne de los seres humanos, es el bien más preciado en cualquier clase de contienda y el mayor depósito de potencia tecnológica.

 

I

Múltiples señales que apenas tienen precedentes permiten que el analista ruso Dmitri Trenin hable del fin de 500 años de dominio militar occidental y de 40 de dominio norteamericano. Posiblemente por vez primera se propone incluso una guerra nuclear de ámbito regional. No terminal, con una «destrucción mutua asegurada» que era el factor clave de la disuasión. No olvidemos que, si la función principal de las armas estratégicas (capaces de alcanzar una enorme distancia) es la disuasión, las tácticas, de las cuales Rusia conserva una cantidad ingente, pueden pasar más fácilmente a un uso limitado y regional. Se discute incluso qué fueron las bombas de Hiroshima y Nagasaki, si una cosa o la otra. A pesar de su inmensa y desconocida potencia industrial y militar, China ha estado mucho tiempo «lejos»; es casi una recién llegada y probablemente todavía una relativa incógnita en el campo de las operaciones tácticas y estratégicas. De Rusia, gracias a la URSS y a la guerra fría, podríamos saber lo suficiente. Dotada del primer arsenal de armas nucleares tácticas (de 1450 a 1600 ojivas, frente a las 230 estadounidenses), si la Federación Rusa no es entre nosotros un gran temor que invite a la prudencia se debe en parte a la arrogancia insular de esta Europa y a la consiguiente confianza, demasiado tradicional, en que Rusia no se atrevería a usar armas nucleares contra su antigua y admirada cuna. Hay además otro factor. Con Afganistán, Irak, Libia, Serbia o Venezuela, obviamente, el Occidente oficial ha sido maleducado por enemigos demasiado fáciles.

 

II

Hace unos diez años se habría producido la transición a lo que podríamos considerar una nueva guerra mundial, que ya está en marcha. Abierta en Ucrania, Oriente Medio y Próximo; encubierta en Latinoamérica y Extremo Oriente. Amplias zonas de destrucción total, de 20 a 30 km. de profundidad, transparentes a la vigilancia, a drones y misiles guiados, impiden la antes habitual concentración de tropas. Más bien la dispersión es ahora la ley, con la infiltración a veces de pequeña unidades de muy pocos combatientes. Tampoco hay claramente una línea de contacto entre los contendientes, sino una amplia zona gris (Trenin) donde ellos se disponen como en capas alternativas de un pastel, pero con localidades que continuamente cambian de bando y de dominio.

 

III

Posterior a la balcanización contemporánea y a su fisión, la fusión (tanto en cocina y música como en la guerra) casi no conoce fronteras en el plano bélico. Guerra y treguas, disparos y conversaciones, matanzas y entretenimiento se intercambian, tanto en nuestros escenarios reales cuanto en la imaginación de las pantallas. No hace falta recurrir a Trump para resaltar la última banalidad del mal en las matanzas recientes. Resulta ciertamente difícil, en medio de una educación esencialmente mediática, entre breves twits presidenciales y un permanente show televisivo, que los líderes políticos europeos conserven algo del «pensamiento estratégico» que echa en falta Serguei Karagánov. Las guerras se mezclan hasta con Eurovisión, pareciendo incluso que lo bélico favorece y aumenta la popularidad de los concursos. El propio representante israelí en el certamen de este años llega a decir que los abucheos son parte del encuentro y de la rivalidad. Esta general banalización de la muerte, la de los otros, convive curiosamente con la más ridícula hipocondría entre nosotros. Mientras vemos sin inmutarnos imágenes diarias de niños partidos en trozos, Europa entera delira con la posibilidad de que haya un solo muerto por hantavirus en ese barco fantasma que nadie quiere dejar atracar. Es tal la endogamia autista que produce el bienestar que, mientras miles de personas mueren cerca, en España se discute esencialmente cómo afectará el cierre de Ormuz a las próximas vacaciones. A veces Europa recuerda al Titánic, con aquella orquesta que sigue tocando mientras el agua entra por debajo a raudales. Así pues, balcanización, pero también de las conciencias.

 

IV

Asistimos igualmente a la expansión regional de antiguos conflictos más locales: Donbás-Ucrania-Rusia, Colombia-Venezuela, Palestiba-Líbano-Siria… Se hacen difusas las fronteras de cualquier teatro de operaciones, con un papel clave del espacio aéreo (sobre el que ya insistían Heidegger y Virilio) y el de los aliados, explícitos o escondidos. Prolongando una mentalidad civil que ha hecho desaparecer el espacio físico a manos del tiempo cronometrado, se dice que la distancia ha dejado de ser determinante en los conflictos bélicos. Pensemos ahora en el ataque estadounidense a una fragata iraní en Sri Lanka, en el bombardeo iraní de la isla Diego García… Por lo pronto, sino Irán, todo el territorio de Israel está expuesto a una guerra constante que se libra desde el ciberespacio. Hace ya años que Rusia fulminó desde muy lejos a un líder de la resistencia chechena a raíz de una simple llamada telefónica (ella guiaba al misil) que duró más de lo conveniente. O quizá la clave fue que la inteligencia satelital acortó el tiempo de detección. Como en el caso de las drogas deportivas, siempre por delante de la ley, las armas intentan hacerse invisibles (en estos tiempos de visibilidad máxima) y adelantarse a la detección.

 

V

De las plataformas de combate hemos pasado entonces a las soluciones variables de software, que integran inteligencia, designación de objetivos y destrucción en tiempo real. Los enjambres de drones (en los que son pioneros Ucrania, Irán y Rusia) son el signo de una guerra lowcost, informal y con frecuencia de baja intensidad. Los pilotos israelíes (y Trump) han confesado que a veces disparan, o sueltan las bombas, sólo por diversión. Aunque no sólo se trata de guerras asimétricas, sino con frecuencia de una pesadilla para la mentalidad militar tradicional. Por ejemplo, esa flota de mosquitos iraníes, cientos de lanchas en Ormuz equipadas con sistemas de misiles y torpedos, complejos antiaéreos, kits de guiado y sistema antidrones. Los sensores de navegación (GPS, láser, infrarrojos, radar, computadora de control) más las superficies móviles con aletas, y los sistemas de estabilización y corrección de trayectoria, transforman las municiones convencionales en inteligencias frías. El Joint Direct Attack Munition, de Boeing, convierten bombas convencionales en cabezas guiadas por GPS. Como en tantas ocasiones, apenas sabemos nada todavía del equivalente ruso, chino o iraní de esta inteligencia sin corazón. Al tiempo. Entretanto, con las nuevas armas el zumbido no es el anuncio terrorífico que precede al ataque y paraliza al enemigo (al estilo de los bombardeos en picado del Stuka nazi) sino que, antes inaudible, el silbido es simultáneo a un estallido que cae fulminante desde un cielo sereno. Cuando se oye el aullido de un misil hipersónico, ya está entre nosotros su carga explosiva.

 

VI

Los UAV ucranianos llegan hasta los Urales. Los drones iraníes, hasta Chipre. Bandadas de esos pájaros mortíferos, cada vez con mayor autonomía (de 1000 a 3000 km.), disuelven en cierta medida la noción intocable de retaguardia y la consiguiente inviolabilidad (garantizada por la Convención de Ginebra) de la población civil. Los jóvenes ucranianos tienen poderosas razones para eludir el frente, pero atrás tampoco les espera un lecho de rosas. Cualquiera puede ser víctima en estas nuevas guerras, dado un carácter aleatorio, casi cuántico que es parte de la preparación terrorista de los estados. Ni se habla ya de «daños colaterales», como en la ofensiva de la OTAN sobre Serbia. Si acaso (en los hospitales de Gaza, en las escuelas de Irán) durante días y días se discute la autoría, bajo una posible «falsa bandera» que es constante gracias a la lluvia de información que acompaña a la lluvia de drones. Lo que antes era metralla ocasional, ahora es una llovizna continua de fragmentos metálicos, de noticias y alarmas que impiden orientarse en el campo de batalla. Para estresar a las poblaciones (un buen soldado y un buen ciudadano han de estar estresados), hace mucho tiempo que la información, también las de las ONG, es casi siempre bélica, muy cercana a los centros de mando y a sus intereses geopolíticos. Ayer mismo, casualmente, Amnistía Internacional informó que la pena de muerte ha aumentado en el mundo… por culpa de Irán y China.

 

VII

Mientras tanto, decíamos, drones de combate y de reconocimiento hacen imposible una guerra clásica de movimientos a gran escala, congelando el campo de batalla. Paradójicamente, la visibilidad casi infinita de la vigilancia se superpone también a una casi infinita guerra oculta, poco menos que sideral o subterránea. Como ocurrió antes en Vietnam, así es ahora en Gaza e Irán. Si Hamás tiene todavía 500 km. de túneles, ¿cuántos tendrá lo que llamamos con desenvoltura «el régimen de los ayatollás»? Tal vez el precedente es el Vietkong y su guerra de toperas, donde los agentes defoliantes de los estadounidenses no servían de mucho. Como sea, la alta transparencia del teatro de operaciones hace difícil el antiguo factor sorpresa y las grandes iniciativas con intención terminal. Entramos así en guerras de desgaste doblemente cruentas, similares quizá (otra vez) a los mecanismos civiles de desgaste de la nueva gobernanza. Recuerden que en la pandemia también estábamos «en guerra». En algunas regiones, por tanto, la guerra se hace crónica: ¿como tantas de nuestras enfermedades sociales? Y acaso también horizontal y sin centros de decisión elevados, lo que sugiere una guerra inmanente que recuerda otra vez la polarización civil de la paz democrática. Por doquier, se produce una fusión de los antiguos polos. Si antes la guerra era la continuación de la política por otros medios, ahora la política podría parecer la continuación de la guerra por otros medios.

 

VIII

La cultura de la alarma o del estado de excepción, con el «ni… ni» de un estrés continuo, recuerda a la precarización de los estados de ánimo. Ahora eres feliz con tu Dry Martini; de pronto, tras la siguiente noticia, lloras. ¿Se da también una uberización de las contiendas, a imagen y semejanza de la precarización de la economía? En la cultura del rendimiento, todo se pone a rendir dividendos, también el miedo y los rumores. Si la precarización ha llegado al frente se entiende entonces que se multiplique el intrusismo de falsa bandera, las guerras prosy y por delegación. Israel y el ISIS, Emiratos Árabes y Arabia Saudí son entidades con varios pisos, algunos de ellos inescrutables. ¿Para quién trabaja, por ejemplo, a quién obedece el actual gobierno de Siria?

 

IX

Frente y retaguardia, guerra y paz conviven, así como el «amigo» y el «enemigo». Quizá esto ocurrió siempre, pero ahora sucede de una manera más híbrida, más inmoral e indiscernible. Todo ello, si hace falta, a través de la destrucción de infraestructuras y vías de transporte, con ataques a hospitales y escuelas, a centros de energía y centros de datos. Y la economía, claro está, más las oscilaciones bursátiles y sus ganancias, es imbricada como nunca en las contiendas. Se llegaron a imponer unas 30.000 sanciones y restricciones a la Federación Rusa. Aparte del bloqueo a Cuba y a Siria; más el sabotaje al agua, la electricidad y las comunicaciones de Gaza y Cisjordania. Llegado el caso, de la infancia a las peluquerías, todo lo que pueda hacer pervivir a una nación debe ser pulverizado. Las guerras en curso son mucho más cruentas que las convencionales. Sin ningún reparo, Pete Hegseth proclama en los primeros días de euforia impresionista ante Irán: «No es una guerra justa. Los estamos castigando». Mal que le pese a Putin, no hay prácticamente líneas rojas en las actuales guerras. Porque además el barullo de la información puede enturbiar cualquier crimen, como aquel primer ataque a un hospital palestino en Gaza. Ni siquiera la energía nuclear goza de inmunidad: pensemos en Zoporizha, en Dimona.

 

X

Gracias a la atomización y la fisión, repetimos, es la época de una fusión expandida. Fusión sintética que sirve rápidamente para la difusión, igual que los discos de Rosalía. Esto también implica una alianza insólita entre el progresismo informativo y la violencia conservadora, entre el New York Times, CNN y FOXnews. Fusión también en el llamado extremo centro, pues son Merz y los democristianos quienes (con el silencio de Die Linke) atizan el fuego alemán contra Rusia, no precisamente la extrema derecha. En todas partes, incluso en España, mucho antes de la agresión a Yugoslavia, Venezuela e Irán, la izquierda ha demonizado a fondo esos respectivos países, su cultura antigua y sus regímenes actuales. Olvidémonos pues, antes todavía de que los verdes alemanes apoyaran sin complejos a Israel, de una distinción nítida entre el pacifismo civil y la beligerancia del complejo militar-industrial. La información, empotrada en la censura férrea con la que funciona cada bando, es parte de un frente difuso que incluye una convivencia diaria de paz y guerra, de línea de combate y retaguardia, de información y disparos. El ejemplo extremo es una vez más Israel, donde está severamente penalizado filmar la destrucción que causan los misiles iraníes o de Hezbolá. Los elegidos, si pueden, deben fingir un cero muertos para mostrar su superioridad técnica, o sea, moral.

 

XI

Igual que el enfriamiento local es la cara oculta del calentamiento global, la atomización lo es de la globalidad. Del mismo modo que el ansia depredadora de la transparencia técnica convive, incluso se alimenta, de un ciego oscurantismo antropológico. Si puede, el hasta ahora vigente régimen global buscará instintivamente desmembrar países enteros: Yugoslavia, Yemen, Sudán, Siria, Irán, Rusia… La joven Kaja Kallas comenta un día, despreocupadamente, la idea de «partir a Rusia en trocitos». ¿Seguro que España y México, llegado el caso, estarían a salvo de esta voluntad imperial de fragmentación? Según el llamado síndrome posnacional, las élites no tienen patria. Aunque esa casi perfecta irresponsabilidad nihilista, que desprecia los territorios nacionales y cualquier sucia tierra común, soñando incluso con refugiarse en Marte, es compatible con una cabeza y unas culturas nacionales bien firmes y localizables. El papel mundial de la ferocidad nihilista de dos islas, UK y USA, ha sido clave en el uso selectivo de unas matanzas que se revelan vitales, igual que el terrorismo que precede y acompaña a las guerras. Ante todo, para imponer su mando, los elegidos han de dar miedo. Por eso no hay ningún problema para la Europa democrática en armar a los neonazis ucranianos en el Euromaidán. Como no lo hay tampoco en hundir por capricho al crucero General Belgrano durante la guerra de las Malvinas o en publicitar la fiereza de los gurkas. Del terrorismo de los estados es también parte actualmente la amenaza de espectaculares aranceles. Todo vale en la nueva guerra mundial. La propia acusación de «antisemitismo» no es ajena a este mecanismo de terror con el que, a veces sobre sus propias poblaciones, funciona el anglosionismo que dirige a Occidente.

 

XII

Por otro lado, quizá como parte de este despedazamiento inducido, excepto entre Ucrania y Europa (e Israel y USA), hasta nuevo aviso se acabaron las alianzas selladas. Por ejemplo, ¿exactamente a qué juego tajante juegan China y Rusia con Irán? ¿Y con Cuba, con Venezuela? ¿Realizan otra cosa que declaraciones? Sin apenas alianzas explícitas, salvo Corea del Norte y Bielorrusia con Rusia, cada nación lidia sola y a su aire en la balcanización que, fuera de Occidente, recorre el suelo de la globalidad. Las guerras ni se declaran, y casi todo es en ellas implícito. Cuando se declaran, tregua y guerra (Líbano), negociaciones y ataques (Qatar, Irán) conviven. La propia declaración de guerra es continuamente cambiante. Una vez más, el carácter histriónico de Trump es aquí la punta estadística de un baile tránsfuga de alianzas (hemos visto a India y Grecia con Israel), así como de una inmoralidad militar generalizada. Evidentemente, la «estupidez» de Trump conecta con la inteligencia artificial, alimentada por poco más que Wikipedia y el chat GPT, del resto de líderes occidentales que dicen estar en contra del mandatario estadounidense.

 

XIII

La incertidumbre informativa es quizá el primer servicio de la cobertura. ¿Quién mató a Kennedy, a Charlie Kirk? ¿Quién asesinó a los líderes de la banda Baader-Meinhoff? El zumbido constante de la información ha introducido un difuminado protector que permite cualquier teoría de la conspiración y mil incertezas. Es el mismo difuminado bajo el cual Israel e EE.UU. disfrazan drásticamente sus propias bajas. La nación elegida por Dios jamás volverá a cometer el error de una prensa relativamente libre que pueda fotografiar a una niña de diez años escapando, quemada, de la vorágine del Napalm. Bajo la guerra informativa, la diplomacia es en realidad una disculpa y una ocasión para el ataque, buscando un factor sorpresa que se ha vuelto más y más difícil. Se intenta bombardear a la delegación de Hamás en Qatar, se produce el asesinato de Jameini en plenas negociaciones, etc.

 

XIV

La cultura del supremacismo democrático tiende a la lógica del cero muertos porque en el otro lado la muerte ha de ser masiva. Durante la guerra del Golfo, el coronel Anthony Moreno defiende incluso que los soldados iraquíes pueden ser enterrados vivos en sus trincheras por Bulldozers, ya que sus cuerpos no valían el precio de las balas; menos todavía arriesgar una sola vida estadounidense. También a los cubanos que protegían a Maduro se les puede matar como ratas, pues no merecen el riesgo de una sola vida azulada. Asimismo, se intercambian con naturalidad (a diferencia de Ucrania y Rusia, entre quienes reina cierta «equidad») 1000 presos palestinos por 10 israelíes; como si nada, indicando el precio de la vida en uno y otro bando. Incesantemente, el racismo convive con la tecnología punta. Racismo ariodigital, adaptable a todos los colores y a todas las sexualidades. Las Fuerzas de Defensa de Israel admiten cualquier tipo de raza y color, también ideologías LGTBIQ+, pues lo que unifica a las FDI es la ferocidad del nihilismo. En otras palabras, la religión cero (E. Todd habla de un judaísmo cero) y su indiferencia hacia las vidas que se deben liquidar. De ahí que se permitan vejaciones y violaciones, disparos por diversión, bromas y memes que los nazis se cuidarían de utilizar. Había cierta sobriedad en el horror; ya no la hay. Había escándalos, ya no los hay.

 

XV

¿Queda, en lo militar y lo civil, algún resto de humanismo en Occidente? Para los que piensen que la tortura era una práctica habitual sólo en la Edad Media, recordemos que la OTAN, dirigida por el socialista español Javier Solana, aún hablaba de «daños colaterales»… mientras ametrallaba las colas de gente que en Belgrado intentaban comprar tabaco. Todo vale para infundir terror en el enemigo, que además según la opinión dominante es un animal despreciable. Por eso apenas se habla de daños indirectos: Israel y USA bombardean directamente hospitales y escuelas, ambulancias, tiendas y pequeñas empresas familiares. En Irán o Líbano se aniquila un barrio entero, con cientos de personas dentro, con tal de poder asesinar a un supuesto líder enemigo. Narcinismo, se ha dicho. En la ofensiva de Israel contra Hezbolá se cargaron explosivos para detonar a distancia los buscapersonas, sin importar si el aparato lo manejaba una niña, un viejo o un combatiente. En este y en otros casos, hay que insistir, es mucho más pérfida y más sofisticada la «inteligencia natural» de los dirigentes políticos que planean minuciosamente y sufragan las operaciones que los más avanzados dispositivos de IA que se posean. Nunca los objetivos de la alta tecnología han sido más groseramente analógicos. En Gaza se ha llegado a usar drones de reconocimiento facial que permiten seleccionar con precisión los varones jóvenes a reventar… mientras van a buscar comida a los puntos señalados de encuentro. Aunque Israel, con cierta razón, siempre ha alegado que ellos ejecutan de forma abierta las operaciones expeditivas que, bajo cuerda, han sido el método sistemático de Occidente.

 

XVI

El Mossad, se dice, ha leído Mil mesetas de Deleuze. Sea cierto o no, parece claro que la crueldad bélica se ha hecho también minuciosa, incluso minoritaria. Tétricamente inclusiva, puesto que ya nadie está a salvo. Del modelo del árbol hemos querido pasar al de la hierba. Olvidamos que todo lo orgánico, también la hierba, ha de tener raíces, tronco y ramas articuladas. Así pues, hay que insistir en ello, en las guerras que vienen sigue siendo básica la población, los cuerpos y las almas de los combatientes; las resolución de las personas, en el frente y en la retaguardia… También las tropas de infantería. Lo demuestra la eliminación selectiva a través de francotiradores, sea o no ese asesinato un magnicidio. El asesinato de Bin Laden, de Sadam Hussein, de Gadaffi y Jameini; los mil intentos sobre Putin y Fidel; mañana, quizá, sobre Tucker Carlson… o el reciente secuestro de Maduro (la televisión española sigue hablando de «captura») conviven con devastaciones y genocidios masivos. De hecho, un alto cargo israelí que mantenía una relación directa con Rusia anunció en su momento, como una gran noticia, que Zelensky no sería asesinado. Quizá fue una concesión que algún día le pasará factura a Putin.

 

XVII

Por todas partes, la inteligencia autista del automatismo intenta desalojar el coraje de los cuerpos, de las cabezas y los corazones. Pero en el fondo no es tanto eso, que sería el gran sueño nihilista de estadounidenses e israelíes, como que la inteligencia digital (al menos en las resistencias) busca acompañar la bravura de la mujer y el hombre que toman las armas, dispuestos incluso a morir. Esa «unidad de combate» clásica, su valor para el cuerpo a cuerpo y para la distancia cero, su disposición al sacrificio o el martirio, es quizá el gran arma de Hezbolá, de los hutíes de Yemen y de Hamás. También de Irán, como antes lo fue de Vietnam. ¿Es necesario condenarlos, reprobar su derecho a defenderse? Todavía hay cadáveres, y en cierto modo más que nunca. Y un muerto es un muerto, diga lo que diga E. Musk desde su distancia sideral. No sólo eso, sino que los soldados de a pie, capaces de un enfrentamiento con bayonetas, siguen siendo claves para inclinar la balanza en un momento crucial de las contiendas. De hecho, la imposibilidad de un combate enfrentamiento directo limitó en la OTAN de Solana el alcance de sus incursiones aéreas. Lo mismo para Israel, ahora en Gaza y Líbano. En efecto, muchos soldados israelíes que han pisado el terreno han regresado, al menos en parte, para suicidarse; tema del que sólo habla el diario Haaretz. Lo mismo para EE.UU. en el actual conflicto con Irán. Una y otra vez el otro bando, el adversario supuestamente oscuro en estas guerras asimétricas, reta: «Acérquense, les estamos esperando». Y esto vale también para Rusia, experta en el cuerpo a cuerpo… y quizá, quizá Venezuela. Desde luego para Cuba: «Reclamo mi derecho a un Kalashnikov», dice Silvio Rodríguez escandalizando a algunos progres españoles de piel fina. Las potencias habituadas a la facilidad supremacista de la guerra aérea, sin bajas para el bando «civilizado», temen el baño de sangre de un primitivo enfrentamiento donde las personas todavía cuentan.

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 20 de mayo de 2026

 

* Este artículo debe muchas precisiones a distintos textos publicados en el blog de Rafael Poch. El primero de ellos fue «Una mala ruptura con Europa», de Serguéi Karagánov (2025). Después «Aspecto y carácter de las guerras de la nueva era», de Dmitri Trenin. He de mencionar también el reciente artículo de Alexander Neu «¿Putin bajo presión?». Y naturalmente, las incesantes intervenciones geopolíticas de Rafel Poch, John Mearsheimer, Jeffrey Sachs y Tucker Carlson. Todos estos nombres, y algún otro, han encarnado poderosas islas de clarividencia dentro de un piélago de censura occidental que apenas tiene precedentes.


Ignacio Castro Rey: «Es urgente una nueva alianza cultural, económica y militar»

Ignacio Castro Rey: «Es urgente una nueva alianza cultural, económica y militar de los que resisten»

Entrevista en educationalevidence.com
por Andreu Navarra
11 de mayo 2026

 

Ignacio Castro Rey, filósofo, crítico de cine y de arte, activista y conferenciante incansable, ha publicado Antropofobia. Inteligencia artificial y crueldad calculada (Pre-Textos, 2024), Sexo y silencio (Pre-Textos, 2021) y En espera (LaOficina, 2021), entre muchos otros.

 

¿Qué son la Antropofobia y el Transhumanismo? ¿Son la misma cosa?

Ambos fenómenos tienen al menos una evolución paralela. La técnica es tan antigua como la humanidad, tal vez como la misma tierra, puesto que los animales siempre la han usado. La tecnología contemporánea es otra historia. Acelerada a mediados del s. XX, surge como un plexo continuo que aprovecha el trasvase de la población a grandes metrópolis para inyectar la esperanza de una solución al tormento del «factor humano», a su inestabilidad patológica y a los incesantes dilemas morales que plantea. Primero fue la «doctrina de la separación» (Steiner), con respecto al virus de la tierra y sus pueblos, que funda EE.UU. como un moderno Israel elegido por Dios. Con la IA y su antecedentes, la tecnología intenta más tarde llevar la separación al corazón del sujeto, desligando la inteligencia de lo que sea corazón, cuerpo y afectos. Se busca así una inteligencia que no dependa de la experiencia, sino de una élite que maneja información privilegiada. Después, el transhumanismo y el poshumanismo expanden el sueño de romper definitivamente con lo común a la condición humana.

«Con la disculpa de abandonar el antropocentrismo, los gurús de la tecnología quieren en realidad romper con lo que la existencia común encarna de inteligencia y moralidad»

Con la disculpa de abandonar el antropocentrismo, los gurús de la tecnología quieren en realidad romper con lo que la existencia común encarna de inteligencia y moralidad, hermanada entre los hombres y con todas las criaturas. De lograrse la idea, felizmente imposible, sería el fin de todo límite moral a los planes del Estado-mercado. No es casual que el surgimiento del transhumanismo y el poshumanismo, de pretensiones tan traslúcidas, coincida en el tiempo con genocidios oscuros que apenas habíamos conocido. No sabemos incluso si las perversiones sexuales y la pornografía, que hoy lo inundan todo, no serán formas de defensa desesperada de una intimidad personal que tiene que huir hacia dentro, acosada por doquier.

¿Cómo es esa “vanguardia celeste” que denuncias en Antropofobia? ¿Cuáles son su ideología y sus objetivos?

De Kurzweil a Bezos, las cabezas que lideran los planes tecnológicos son, en cuanto a la vieja vida, de un pesimismo tétrico. Querrían unas poblaciones entregadas a una vanguardia intocable, en parte porque según ellos los viejos sentimientos, intuiciones y costumbres, ya no sirven. Esta es una cuestión clave en los nuevos planes tipo Agenda 2030: la inteligencia que se alimenta de la vida, de la voluntad de resistir, de la cólera o la indignación moral ante tal o cual presión externa, debe dejar paso a una interactividad global que parte de lo que se ha llamado interpasividad. Tal vanguardia celeste siempre tiene en mente la promesa de un mañana que confirma el imparable proceso al que debemos rendirnos. Una y otra vez se dice: «Esto no ha hecho más que empezar».

Las tecnologías de la información se hallan todavía en una fase temprana, se nos asegura. Promesa que, curiosamente, se asienta en el erial (precariedad laboral, inestabilidad psíquica, guerras) en que hemos convertido el presente, un páramo antropológico que la tecnología y la macroeconomía se han encargado de acentuar. Y no precisamente debido a la contaminación de los combustibles sólidos, sino por una liquidez informativa que nos prohíbe, de hecho, sentir y pensar por cuenta propia. «Guardaos de confiar en vuestros sentidos», dice cualquiera de estos últimos sabios ilustrados. La intuición popular es para ellos (también según Harari) un insulto, pues implicaría que nadie les necesita para existir y pensar.

¿Qué es el Sur?

Es una forma de nombrar un orbe de inteligencia y valores donde sigue primando los afectos, comunitarios e individuales, los sentimientos y la experiencia. Y esto, en México y en Italia, muy al margen de la conectividad mórbida que resulta del aislamiento inyectado por el dogma angloamericano. Este «sur» puede y debe incluir no sólo a países de la cuenca mediterránea, sino también a Latinoamérica, China, buena parte del mundo eslavo y musulmán, que todavía resiste al enfriamiento antropológico que ha sido impuesto por lo que algunos llaman «anglosionismo».

Es urgente una nueva alianza cultural, económica y militar, de las naciones históricamente ajenas al odio norteño hacia la tierra para que la tecnología pueda ser usada de otra forma. Se supone que los BRICS podrían ser un esbozo de esa alianza. O no, ya se verá. Lo que nadie sabe es qué pintaría Europa en el orden multipolar que se abre, dada la servidumbre europea al autismo de la arrogancia estadounidense.

¿Cómo es la vida humana y cómo puede dejar de serlo?

Entiendo que no puede dejar de serlo, que nunca va a «dejar de serlo». Y ello porque no depende de nosotros, que somos quizá una especie particularmente dudosa. Los humanos se alimentan de una vida exterior y mortal, una existencia terrena que no pertenece a nuestros planes, por geniales que estos sean. Estaríamos muertos como seres vivos, inteligentes y sintientes, si dejáramos de depender de un afuera que no es nuestro, ni histórico ni moderno. Fijémonos en que todo lo importante en la vida (de amar a descansar, de cavilar a comer) lo hacemos encorvados, destituyendo momentáneamente la orgullosa posición erguida. Cualquier inteligencia, cualquier percepción significativa se alimenta de algo que está a ras de suelo y no nos pertenece. Somos inteligentes en virtud de los errores, de las deformaciones que nos forman.

«La IA Generativa no es criticable por sus defectos circunstanciales, sino por su voluntad estructural de perfección»

Partiendo de esta verdad común, la IA Generativa no es criticable por sus defectos circunstanciales, sino por su voluntad estructural de perfección. La lisura, el diseño ligero y elegante de un móvil o una tableta están calculados para sugerir una pulcra fluidez libre de mugre y sangre. Ya solamente esta pretensión limpia, en un orbe ahíto de dolor y de grietas, es en sí misma despiadada, por no decir insultante. Lo común a la humanidad, y posiblemente a todas las criaturas, es una relación casi inconfesable con el miedo y el denuedo, también con el éxtasis del asombro. En tal sentido, en cuanto al papel cognitivo de las pasiones, las religiones siempre han tenido razón. Conseguir que la tecnología no se ponga al servicio del totalitarismo liberal depende de que logremos o no recuperar una espiritualidad que es anterior a cualquier invención tecnológica. Sólo la escandalosa ignorancia y pesimismo de los gurús de la IA permite creer que la «Singularidad» depende de una ruptura con la existencia ancestral, para pasar a las redes que una élite ingrávida tiene en sus manos. Por el contrario, hoy más que nunca, la singularidad humana depende de que sepamos regresar a nociones y valores atemporales. Que es por otra parte lo que sugieren los clásicos de la literatura, del arte, el cine y la filosofía. Incluso, cuando hay una investigación radical y honesta (Heisenberg o Gödel, entre otros), es lo que indican las cumbres de la ciencia.

¿Cómo ves la izquierda española actual?

Rendida, sobre todo espiritualmente. Lo menos preocupante sería su corrupción económica, que sus líderes tengan sueldos de escándalo o que usen sin cesar las puertas giratorias que están al servicio de los partidos. Lo más deprimente es que la izquierda ya no crea en el pueblo, exactamente igual que la derecha no cree en Dios. Las dos nociones, no lo olvidemos, son metáforas del Afuera. Que la izquierda no apueste por la realidad popular, a la fuerza sucia e irregular, y se pase la vida girando en una ficción elitista que prolonga los hábitos más urbanitas, no puede augurar nada bueno. Esto puede tener relación con un colaboracionismo profundo del progresismo con el sistema, con un neocapitalismo que tiene en el odio al exterior real su eje. Todas las agresiones, crímenes y genocidios que en los últimos años ha perpetrado la derecha han sido acompañados, precedidos incluso por una campaña de demonización (Venezuela, Irán) que ha capitaneado la izquierda. Hay barbaridades (entrar en la OTAN, reventar Yugoslavia) que sólo la izquierda puede liderar, al menos en los países sureños. ¿No nos conviene repensar este papel siniestro del progresismo, aunque este pensamiento estratégico salga fuera de la agenda electoral?

 ¿Cómo tendría que ser nuestro sistema educativo para que propiciara una reactivación democrática?

¿Cómo tendría que ser nuestra reactivación democrática para que propiciara otro sistema educativo? Tal vez menos servil de la insularidad norteña, menos tecnocrático y antihumanista. Es posible que sea urgente invertir el veneno puritano que ha inoculado el imperio Wasp, incluso bajo el manto de los estudios culturales y decoloniales. Los pensadores trascendentalistas, ignorados hoy por «América» y el Occidente global, insistían en una libertad natural, yacente en individuos y comunidades, que debe ser anterior a cualquier libertad civil instituida. Para que la democracia recupere su vitalidad, real y popular, hay que limitarla con una vida que no es democrática: nadie ha elegido nacer, tampoco su nombre ni su carácter…

«La izquierda que viene será teológica y populista o no será»

Si a la dictadura se le opone la democracia, a la democracia se le opone la verdad. Y las verdades jamás pertenecerán a la historia, a la sociedad o a una normativa exclusivista de «derechos humanos». Las verdades brotan de vivencias casi secretas que discurren por debajo de cualquier régimen político. O limitamos la tecnocracia democracia, para que atienda a una existencia que jamás pertenecerá a la historia, o estamos abocados a un totalitarismo redoblado que sufrirán nuestros pueblos. Y no sólo en Palestina o Cuba, también en las poblaciones europeas que están bajo la burocracia de la UE. La izquierda que viene será teológica y populista o no será. Después de Gaza, creo que debemos ser así de tajantes.

¿Cómo ves nuestra ciencia y nuestra universidad? ¿Cuáles son sus fuertes y sus peligros?

¿Dónde está la ciencia y la investigación arriesgadas, libres de su servidumbre al poder económico, a los Estados, al negocio espectacular de la comunicación? Nadie sabe qué queda de aquella ciencia revolucionaria que reclamaba Thomas S. Kuhn. De modo similar, es posible que el peligro de la Universidad sea su autismo institucional, el circuito cerrado de su arrogancia. La universidad se ha convertido en un lugar aburridísimo y burocratizado, instalada en una endogamia que se nutre, una vez más, de una normativa dictada por los que dominan la cultura en Occidente. Seguro que quedan excepciones de vitalidad, islotes personales e institucionales, pero me temo que son «habas contadas». Aunque no hay que ser por completo pesimistas, pues todas las verdades han venido de fuera, de los que consideramos intrusos.

«Es posible que el peligro de la Universidad sea su autismo institucional, el circuito cerrado de su arrogancia»

¿Cuáles son tus proyectos ahora mismo? ¿Qué escribes, qué lees, qué tramas?

Primero intento sobrevivir, con cierto humor, calma e ingenuidad, a estas democracias entregadas a un conductismo masivo y rizomático. Ni los amigos buscan ya otras fuentes de información, casi todas prohibidas. No digamos ya sentir y pensar en silencio, a solas, que es algo completamente distinto a la información. Derivado de este imperativo vital, está terminado Los odios y los días, un libro sobre la religión que pronto estará en las librerías. Y está casi listo otro de estética, El clamor de lo feo, que espera su turno pare el invierno próximo. Por en medio hay mil pequeñas cosas, pues la verdad es que casi nunca digo que no a nada que se me ofrezca. Proyectos no faltan, como ves. El problema de fondo es el humus vital en el que se asientan, de algún modo cada día más cercado. Siguiendo a Heidegger, diría: «Sólo un dios puede salvarnos todavía».

¿Qué ensayistas vivos recomendarías y por qué?

La derrota de Occidente, de E. Todd, me pareció soberbio hace más de un año. Y antes el Manifiesto conspiracionista (anónimo). Y después Los engreídos, de Sahra Wagenknecht. Los tres libros han sido ignorados por el público progresista, que está bastante conformado al estado actual de cosas y tiene además la piel muy fina. Seguro que hay muchos otros autores vivos que no conozco. Bobin, tachado de cursi por algunos académicos, me parece imprescindible. Murió hace poco… pero lo siento vivo, atrevido e impredecible; un hombre libre en este burdel nuestro, minuciosamente regulado.

Todavía vive Handke, ensayista y escritor al que le debo muchas horas en el límite. Y así podría citar cien nombres más. Pero debemos tener en cuenta que, a pesar de ser prisioneros de lo que Weil llamaba «superstición de la cronología», todavía siguen vivos muchas y muchos pensadores que han desaparecido. Alan Watts e Illich, por poner sólo dos ejemplos, están mucho más vivos que el mediocre Markus Gabriel. Por encima de todo, valoro infinitamente a Agamben. Su mezcla de apocalipsis histórica y confianza mesiánica me parece impagable, sobre todo en estos tiempos de obediencia bovina. Para mí su mejor libro, La comunidad que viene, permite una reconciliación con la vulgaridad, con el destino fatal de no ser nadie, hagas lo que hagas, que es inmensamente beneficiosa. El hecho de que la filosofía académica, desde sus aburridas rutinas foukantianas, odie en pleno a Agamben me parece el mejor de los presagios.


La lluvia, los caminos

Querido A.,

No hay nada que disculpar. Nadie, y menos que nadie yo, entendió tu aportación como ofensiva. Todo lo contrario, creo que a todos nos sonó seria, profunda y sentida. Y además, tu intervención tenía un tono religioso que para nada era ajeno a ciertos registros de mi exposición.

La idea de que hay muchas formas de no llegar pero una sola de llegar recuerda a aquello, abundante en la bibliografía cristiana, de que el camino al bien es solitario, áspero y difícil; mientras, la vía del mal está plagada de oportunidades. Creo recordar que Aristóteles, tan deformado por el empirismo británico moderno, dice algo similar al respecto. Dicho esto, aunque no sé muy bien con qué intención lo dejaste caer tú, reconozco que uno mismo es partidario de la simplicidad, de una sencillez que se plantee preguntas e intente responder alguna. Estoy harto de una manida «complejidad» que con frecuencia es solamente una engañifa, la coartada para depositar nuestras vidas en la consigna de los Expertos.

En principio estamos bastante de acuerdo. Hay infinitas formas de no llegar, pero la «infinitud» es parte de nuestra velocidad de escape, de la huida occidental de la finitud, de cualquier referente real o punto fijo. La, por decirlo así, teología barata de la diversidad ha convertido la democracia en una ficción donde nadie cree en nada y nadie apuesta a fondo por nada. De ahí la eternidad fofa de los términos medios. Y la radicalidad paradójica de la tibieza, un habitual «extremismo de centro» que conecta directamente con el nihilismo del sistema. Nada podía ser peor que un baile de máscaras perpetuo donde nunca sabes con quién te la juegas. Cuando uno, medio en serio medio en broma, hablaba en Barcelona de recuperar la infantería se refería a precisamente a rescatar un cuerpo a cuerpo con la verdad. Y con los otros. Tiene gracia que esto suene a fundamentalista en medio de este esencialismo de la dispersión y el aplazamiento perpetuo.

Después, en cuanto a llegar. Uno cree en la llegada, en los puertos, en la intensidad de los puntos y en su posterior conexión. Intuición y deducción, diría Descartes. De hecho, una verdad, una de esas que parte el día en dos y divide una biografía, es la intensidad de un punto, un puerto de llegada que establece un hito en una singladura. El problema, creo, es que no hay puertos definitivos. Hay una teología tontamente positiva de la diversidad; no la hay de lo Uno, donde toda teología es negativa. Cada vez que llegamos a un puerto, dice Leibniz, pronto fuimos arrojados otra vez a alta mar. Quizá los puertos son como las verdades, y parecidos a los hallazgos: se pierden enseguida (en las rutinas, en el afán de cristalizar propio del concepto), casi en la misma medida en que se encuentran. Aparte de Unamuno y Zambrano, un pensador del pasado siglo, Lacan, ha dicho mil cosas preciosas al respecto. Al final tenemos que resignarnos a vivir en una «puntuación sin texto», en una discontinuidad que no puede aspirar a un Dios Supremo que nos libre de las crisis, la inestabilidad y una angustia que vuelve.

Aunque también es cierto que un puerto no se olvida nunca, que una verdad encontrada no se pierde nunca del todo. Somos hijos de lo que mamamos, de las pocas verdades que hemos hallado. Pero siempre han de perderse (la vía crucial del pecado) para poder retornar. En este sentido, la llegada que algunos defendemos nunca está libre de otra partida que anida en su corazón. La cólera cabe en la serenidad. Lo múltiple cabe en lo uno, cuando lo contrario no es cierto. Hay una frase maravillosa que Deleuze siempre cita de Toynbee: «Nómadas son los que se aferran a una región central que no cabe en ningún sitio». Así es nuestro dios, empujándonos a un perpetuo peregrinaje. Es un Dios que revive al andar. Creo que esta idea de un camino, único e interminable, no es ajena ni al Tao ni, desde luego, al cristianismo. A mi manera de ver, es una verdad más «católica» que «protestante», pues en el cristianismo del sur no existen los Elegidos, una hipotética predestinación que nos salve del trabajo de los sentidos y pueda ser de una vez por todas conquistada. Eso es «Israel», pero es una idea despiadada.

Hay que seguir caminando, desde y hacia una llegada que se pierde tantas veces como ha vuelto. El significado está en la espera, decía un poeta casi desconocido. Una espera que a mi entender no excluye la acción. Todo lo contrario, la intensifica, pues el sentido de la acción no es entonces construir, edificar algo insólito, sino volver a la escucha; trazar una y otra vez un camino de vuelta a un hallazgo, a una parusía que nunca debimos olvidar. Los clásicos, de Cristo a Borges, de Cervantes y Ortega a Lispector, son solamente la actualización fulgurante de un ancestral camino de vuelta.

Y claro, antes y después de las mil vueltas está la cuestión de la muerte. Una incesante resurrección que sólo puede venir de ella. Cuando Lispector y Cristo hablan de Renuncia no es para rendirse. Todo lo contrario, se trata de una toma de distancias irónica con la gloria mundana (el espectáculo, la fama, el dinero, el sexo, los cargos…) en aras de otra ambición superior que sólo busca la intensidad, el poder de la finitud. Esa pobreza, la de una sola idea, la de una sola llegada, es quizá lo que finalmente todos buscamos. Tratamos en el fondo de alcanzar cierto grado de apatheia, de resignación o serenidad, que sea la fuente de un humor y un amor insobornables. De una fortaleza que sólo consiste en nuestra fragilidad empuñada.

Gracias de nuevo por tus reflexiones, A. Aparte de su valor, en sí mismas, me han ayudado a pensar de otro modo lo que intenté defender aquella estupenda mañana barcelonesa a la que se me invitó.

Los dos estamos en una lucha espiritual. En primer lugar, contra nosotros mismos, contra el personaje civil que hay en nosotros, que no cree en lo sagrado de la lluvia y de los caminos. Un abrazo fuerte y hasta muy pronto,

Madrid, 14 de abril de 2026


Terror a las agujas

Querido À.,

Perdona el leve retraso en responder a tus atentas preguntas, las dos nacidas de tu intensa presencia en mi charla barcelonesa, seguro que armada con los cinco sentidos.

Sobre la primera cuestión de la obediencia. De acuerdo en que toda sociedad es una forma de obediencia. Pero la nuestra, quise insistir en ello, es rizomática, es decir: diversa, alegre, progre, informada, elitista… incluso sexy y de geometría variable. De ahí su nulo complejo de culpa. ¿Leíste Los engreídos? Del engreimiento masivo de nuestro progresismo urbanita deriva también esta inflexibilidad supremacista, condenadora (y canceladora) de todo lo que sea otra opinión, otra versión de las cosas. Sea en el caso Errejón, en el holocausto nazi, sobre la película Tardes de soledad, sobre el cambio climático, lo que pueda ser Irán o la gestión de la pasada pandemia andamos siempre con el dedo en el gatillo de la cancelación. ¿A qué viene esta suficiencia política nuestra, el narcisismo sonriente de una nueva casta sacerdotal de políticos y periodistas que dictamina a diario lo que está bien y lo que está mal, y por tanto, «el lado correcto de la historia»? Viene de una masiva obediencia minoritaria (valga el oxímoron) y culta que, gracias a su «diversidad», se puede permitir el lujo de un nulo complejo de culpa a la hora de dictaminar. Los verdes alemanes están a fondo con el actual Israel, incluso después de Gaza; y se quedan tan frescos, nunca mejor dicho.

Ninguna sociedad que conozcamos ha sido tan estúpidamente creyente, ni ha carecido de tal manera de dudas a la hora de cancelar todo lo que sea otra versión de las cosas. ¿Por qué hablamos del «régimen de los ayatolás» y no del «régimen de Epstein», del «régimen de Israel» o del «régimen de Kaja Kallas»? Comenté en Barcelona que nunca estuve enamorado de Pablo Iglesias (sin duda, ha hecho mucho daño a la izquierda), pero pienso que tenía razón cuando dejó caer hace poco que la vergüenza de Venezuela (nuestra televisión estatal sigue hablando de «captura» de Maduro, en vez de «secuestro») no se habría producido sin una sistemática demonización del «régimen de Maduro» en la que participó a fondo el grueso institucional de la izquierda.

Así pues, en cuanto a censura y obediencia estamos como queremos. Ninguna sociedad ha sido más creyente: creemos en cualquier cosa, desde el parte del Tiempo para mañana hasta las últimas tonterías que ayer cualquier académico dijo sobre Agamben, un hombre al que ese profesor no ha leído ni podría entender. Nuestra censura funciona así, sin pestañear, con un narcisista bucle endogámico. La izquierda socialdemócrata condena; la derecha pone después las bombas de fragmentación. Jamás he visto tal colaboracionismo de la izquierda, incluso en lo peor. ¿Esto no tiene que ver con las nuevas formas intensivas y diversas de obediencia democrática? Hace poco, comiendo con un amigo de CCOO, buena persona y culto, me dice sin pestañear, en plena agresión contra Irán (recuerda que Jameini fue asesinado en plenas negociaciones), que él está contra los ayatolás porque persiguen a las mujeres, a los homosexuales y a los comunistas. Lo mismo que la tele, fíjate. Y hablando sin ninguna duda, cuando es obvio que ahí él sigue sólo la información que sirven los grandes medios, es decir, en última instancia la CIA.

Al mismo militante de izquierda de toda la vida le parece demagógico el «Reclamo mi derecho a un AK-M», de Silvio Rodríguez. Es un viejo y nunca lo va a usar, dice mi amigo sin complejos. ¿Por qué sin complejos? Porque el sedante de su ideología le libra de cualquier duda seria, de toda culpa. La ideología ejerce hoy el efecto de enclaustramiento oscurantista que antes ejercía la religión; pero claro, sin aquella altura literaria.

«Acusé» al público presente el pasado viernes de estar formateado por la cabeza buscadora de la información, de no buscar siquiera fuentes ajenas a la censura: RT, Al Jazeera, Hispantv, etc. Pregunté también: ¿cuántos de vosotros ha intentado leer La derrota de Occidente, de E. Todd? No hubo respuesta. ¿Crees que alguien de los presentes durmió mal esa noche? Y sin embargo dormir mal, en este panorama de obediencia bovina, es la primera obligación política. La furia con la que perseguimos a los que caen del lado del mal (negacionistas, cazadores, machistas, taurinos, religiosos…) sólo indica que vivimos a expensas de la extrema derecha y del sedante de nuestro confort ideológico. La democracia está hoy poseída, y esto no ocurrió siempre, por un dogmatismo creyente que funciona en proporción directa a nuestra engreimiento primermundista. La verdad, echo de menos los años 60, aquella pasión por la exterioridad real. También, si me apuras, echo de menos el pacto de Varsovia: dos ejes del Mal para poder elegir entre ellos; no uno solo, como ahora.

¿No te parece un escándalo significativo que se pueda averiguar, en cualquier sala y en cualquier nivel cultural, las tres películas que se van a ver y las tres películas de las cuales ni se ha oído hablar? Esto dice mucho del colaboracionismo de la cultura con la economía y con la derecha. El capitalismo (esto ya estaba en Weber) es desde hace mucho sólo la exclusión del Afuera. No tal o cual ideología, que también; no la pasión económica por el lucro, que también. Sobre todo, el totalitarismo liberal es una exclusión del afuera que se ha hecho compatible con cualquier ideología, quizá también con la de Podemos.

Por eso odiamos cualquier posibilidad real (Cuba) que represente una aguja para nuestro globo, hinchado de miedo. Toda singularidad que resista es un posible alfiler, un exterior totalitario para nuestra cárcel de ficcional y religioso bienestar. Sólo decía el pasado viernes que la derecha posmoderna no cree en Dios exactamente igual que la izquierda posmoderna no cree en el Pueblo. Creer, saber o conocer daría igual: se trata de aceptar. Dios y Pueblo (hay un precioso pasaje de Homo sacer al respecto) sólo son dos metáforas del afuera, de una exterioridad mortal e infranalógica que esta época neurótica teme como la peste.

De seguir así, esto no acabará bien. Cuando en realidad el salto que nos queda por dar no es tan difícil, aunque humillante para nuestra tradición de arrogancia: logar envolver el capitalismo y la tecnología con una cultura espiritual que se atreva a reconciliarse con la condición mortal. Sólo eso, lo que piden nuestros clásicos, de Zambrano a L. Cohen.

En fin, querido Á., gracias por tus observaciones diferidas. De hecho, te echo de menos en este tedio madrileño. En mayo sale mi libro Los odios y los días: sobre la potencia subversiva de una intensidad que hemos perdido. ¿Me harías un hueco para septiembre en tu Café Filosófico?

Un abrazo y gracias por tu generosidad,

Ignacio


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