Amar en tiempos de miedo - Amor y fidelidad. Ciclo de conferencias a cargo de Ignacio Castro Rey

Fundación Caja Murcia – Las Claras
Ciclo de conferencias a cargo de Ignacio Castro Rey

Hay un viejo dilema que asedia también a la humanidad moderna. Freud lo resumió así: «Si no amas, enfermas; si amas, enloqueces». Tal vez nunca como ahora, en el páramo de esta soledad nueva en medio de la masificación, hemos estado más precavidos ante el amor, una posibilidad que siempre nos ha rondado con la mala fama de poder alterar las facultades racionales. Unas estrategias de identidad muy requeridas hoy para mantenernos sujetos, refugiados en el secreto que es indispensable para resistir esta sociedad de estruendo. El cineasta Sokurov se atrevía a decir: «Nos quejamos continuamente de la falta de amor. Ahora bien, ¿qué podemos hacer nosotros, de piel tan fina, cuando por fin llega?». Tal vez el amor pasional sólo es lícito cuando ya somos capaces de estar solos. No obstante, ¿Cómo vivir o sentir a solas, lo que sea, si nosotros nos hemos educado en el incansable colectivismo de la interactividad? Cinco recomendaciones fílmicas: Azul oscuro casi negro (D. S. Arévalo); Lost in translation (S. Coppola); Amores perros (A. G. Iñárritu); Un hombre soltero (T. Ford); El cartero de Pablo Neruda (M. Radford). Cinco recomendaciones literarias: Soledades (A. Machado); Cartas a un joven poeta (R. M. Rilke); El rayo que no cesa (M. Hernández); Esto es agua (D. F. Wallace); La hora de la estrella (C. Lispector).

PROGRAMA

26 de enero ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
27 de enero El significado de tener un cuerpo
28 de enero Amor y fidelidad


"Carta sobre la violencia necesaria"

Querido T.,

Sobre la violencia activa y pasiva de escribir, te diré que yo no lo logré (mal que bien, con los límites barrocos de mi propio estilo) hasta que conseguí acotar mi ambición, limitándola a decir esto o aquello, no todo. Sin pretender decirlo TODO a la vez. Esta ambición desmedida trabó durante años mis intentos. Es bueno, para curarse de esa ambición omnipotente, escribir modestamente sobre una película o hacer la reseña de un libro.

                Tiene gracia, pues al video lo titulas «Violencia imposible». Reconoces incluso que tuviste que hacerte una violencia que no lograste (romper con la procastinación, la pereza, quizá la vanidad…). Y sin embargo, la grabación es violenta en sí misma. Se te ve violentado, incómodo, nervioso. No eres una víctima, T., ni vas de eso, pero ninguno de nosotros está libre de lo peor.

                Quizá esa tensión ocurre porque toda tu exposición es demasiado teórica, demasiado pendiente de lecturas… en vez de estar atenta a tu vivencia; a tu violencia, la que sufres y la que ejerces. En ese sentido, perdóname, es una exposición un poco universitaria. Después, tal vez por eso mismo, creo que es abstracta, desenfocada. No sé qué diría hoy Pablo Iglesias, pero yo pienso que no existe poder, no hay en realidad existencia, sin violencia. Tener poder (tú, yo, el Estado español) es ejercer una violencia: aunque sea sonriente, no sangrienta, irónica, a través de derroteros oblicuos, etc. El propio Deleuze, hablando sobre lo que él llama control, no niega que se haga en esa sociedad un tipo de violencia, aunque distinta a la disciplinaria: la violencia de una rivalidad inyectada e interminable, la violencia de la velocidad obligatoria de la tabla de surf (ese estresante «estar al día»), la violencia de geometría variable en una cárcel sin paredes que se confunde con nuestras formas de diversión y nuestros modos de percepción. No hay nada peor que un prisionero que no sepa de qué le están hablando cuando nombran su prisión. Esto tiene que ver algo con el mito de la caverna… y con Esto es agua, de F. Wallace.

                Pero no quiero hablarte de lecturas. Esta sociedad no sólo no ha abandonado la cinegética de lo local, sino que ejerce sobre lo local (los cuerpos, los territorios, las culturas) la más fanática y cruel de las agresiones. No hace falta pensar otra vez en Gaza, en los inmigrantes de París o Madrid, en la gente «fea» de Venezuela e Irán. Cada uno de nosotros, como existencia singular, es sometido cada día a toda clase de humillaciones (por goteo, eso sí) para que se rinda, se homogenice y se aísle en una diferencia narcisista. Para que, desde un desarraigo profiláctico, interactúe, entre en una agotadora interactividad. Pero la interpasividad es previa: el individuo (son sólo el varón) deber renunciar a cualquier noción primitiva de autonomía, debe abandonar cualquier relación atávica con sus raíces y hacer una «vida sana» que le ponga en manos de la sociedad médica del conocimiento, esta gran madre, el poder uterino de la época. Las mujeres están de moda. ¿Por qué? Porque hoy el poder ha de ser doméstico y subjetivo. La información, para conformarnos, nos sirve por fuera lo mal que le va a los otros, los que persisten en una vía elemental.

                La horizontalidad del feudalismo tecnológico es nuestro IV Reich; en un flexible inglés, una vez que el III en alemán no funcionó. Lo siento, soy así de «pesimista». El aire sexy de nuestras formas de gobernación esconde un odio fúnebre, una fétido pesimismo frente a todo lo que sea espontaneidad, inocencia o frescura (palabras todas ellas estúpidas, lo reconozco) brotada desde las venas. Te podría citar, ya que te gustan las citas, todos los libros de Agamben, Tiqqun y el Comité Invisible. Te cito sólo una frase de nuestro amigo común Paco Carreño: nuestras élites odian la sencillez, sienten pánico ante ella. En la sencillez la vida mortal es libre, ni siquiera tiene miedo a la muerte. Ellos no pueden tolerar eso. Por eso para un buen académico Bobin es «cursi».

                La hipótesis de una violencia perfecta, sin sangre, es el eje de En espera. Pero esa hipótesis no excluye la sangre de los otros, que correrá a raudales sin que nadie proteste. Por tanto, mañana puede ser la nuestra, el día en que cometamos un error y caigamos del lado del mal. Que le pregunten a Errejón y muchos otros. Del inmanente control de Deleuze hemos pasado a una Tercera Fase, ni disciplinaria ni rizomática, que combina la obediencia cachonda y terciaria a la diversidad con el espectáculo de las matanzas lejanas, en los amplios campos de caza primarios (comunitarios, teológicos) que nos rodean.

                Ayer un camarero del gobierno de Trump presumía en público acerca de Irán: «No es una guerra justa, los estamos castigando». Y la izquierda europea sólo protesta ante la barbarie en cuanto a las formas. Ya en la superficie, está esencialmente de acuerdo en ese racismo democrático según el cual Maduro, Jameini y Putin son un asco. En sus diversas formas, la cultura de la cancelación obedece a ese odio a cualquier afuera. No sólo se cancela al actor Kevin Spacey; se cancela a un país entero: mira cómo Sánchez habla, a los tres días de que 160 niñas sean quemadas vivas, del Irán de los ayatollahs. Fíjate en Rutte y en toda la laya de ignorantes que nos intentan gobernar. Trump es sólo un epítome de la desvergüenza en la que estamos. Eso es lo global, la desvergüenza.

                Por eso me asombra que no sientas que debes defenderte, que no sientas esa violencia infinita que se ejerce cada día sobre nuestras mentes y nuestros cuerpos. Tú estás protegido (tu familia, los jóvenes, la Universidad), lo sé. Yo también estoy protegido: mi clase media, mis recursos intelectuales, mi familia, mis amigos… Aún así, no debemos perder nunca de vista a Pasolini y sus premoniciones («Todos nosotros estamos en peligro»): vivimos en medio de una secta criminal y es por tanto muy saludable, moral y políticamente, aprender a combatirla y odiarla. «Aprender» significa también dosificar nuestro veneno, adiestrarse en infiltrarse en el coma moral de nuestro entorno y retener el «paso al acto» de los golpes. En suma, saber esperar, saber esconderse y latir en la clandestinidad. Ha de haber, al menos, una teología negativa para el secreto.

                Muchas otras cosas, incluida esa división de la que hablas entre indies y gymbros, es completamente episódica y secundaria. Odiado por la filosofía académica, Badiou tenía razón cuando al comienzo de su San Pablo hablaba de un escandalosa e invisible simplicidad en las estrategias de la gobernanza en este capitalismo tardío, cada vez más «queer»: aislar y humillar todo lo real (no sólo las relaciones y la familia, también el tabaco y el alcohol han de ser malos); conectar, diversificar y divertir en todo lo virtual, una vez que la existencia está anulada. Lo anulado como singularidad real será recuperado como turístico.

                Mira simplemente al proxeneta Rutte, por no hablar de las rameras modernas Cayetana o de Ayuso. Al verlos nadie diría que las viejas formas de poder perviven. Pero sí, perviven, y con una violencia elevada a la enésima potencia, pues se ha hecho emocional e inteligente. Vivimos bajo un feudalismo de cuño horizontal e inclusivo que odia que cualquiera (individuo, nación o cultura) respire aparte. Es así de simple, lo siento. Las amenazas sobre Irán, Rusia o Cuba, no existirían sin ese odio viejuno que nace con el capitalismo. Que ahora ese odio esté dirigido por pijas que nunca han disparado ni en una barraca de feria, como Kaja Kallas o Yolanda Díaz, no debería llevarnos a engaño.

                La serpiente es la figura de Deleuze para resistir al poder-surf que se nos sirve. Es decir, ser capaces de la mayor velocidad para poder morder, incluso a la tabla de surf, y acto seguido retirarse a la clandestinidad de la hierba y recuperar el ser lento que somos. Es cierto que Deleuze y Foucault (este último tan de moda en la academia) se nos han quedado muy cortos. Pero no tanto por las formas de resistencia microfísica que proponían como por un registro ontológico y teológico que está en Agamben (odiado otra vez por la academia) y que hoy es indispensable para sobrevivir. Es urgente reinventar la relación ontoteológica con un afuera, con una trascendencia puramente enigmática, negativa, sin la cual hoy nada puede vivir tranquilo o respirar aparte, lejos de nuestro poder psíquico asfixiante.

                Es urgente recuperar un modo violentamente juvenil de sentir, de pensar y vivir. De beber, follar y fumar. Sí, recuperar lo salvaje del encanto, de la inocencia, la seducción y el sexo. Y no hay otro: no existe un sexo vegano. Tiene coña, y es un poco preocupante, que tenga que decir esto a ti un señor mayor como yo. ¿Dónde están los jóvenes, aparte del onanismo virtual? ¿Apoyando con «el sexo, las drogas y el rock» el complot primermundista contra lo real?

                Así pienso, lo siento. Si yo me equivoco completamente y estoy exagerando una vez más, no pasa nada. Escuchas educadamente a una persona mayor y te quedas, de esa misa, ni con la mitad. Si yo estoy en lo cierto, salvo que mañana tengas poder (este poder perverso del cual Epstein es sólo una punta estadística), tu vida estará radicalmente en peligro. Piénsalo. No morirás, probablemente, ni se te harán sangrar en público. Pero todo lo que te rodea intentará convertirte en un muerto en vida. No es casual, insisto, que las series de zombis sigan de moda.

La discusión está servida. Un abrazo, T., y hasta la tarde,

Ignacio


Algunas cartas sobre la mesa

Querido O.,

Ya te decía que eres de lo que no hay. Tu voluntad de diálogo no tiene precio en estos tiempos sectarios, de exclusivismo partidista, de balcanización ideológica. En buena parte de lo que dices no sólo no me ofendes, sino que sólo tendría que entonar un sencillo amén.

De hecho lo peor de mí, lo más violento, es la afirmación: la apuesta por un anciano enigma común, efectivamente más nietzscheano que kantiano. Los odios y los días, sobre un cristianismo posible, sólo es la última entrega de este proceso creciente de espiritualización, que en mi caso modula (a veces en secreto) todo lo que uno piense en términos «políticos».

Es cierto que el rencor puede ser, como decía una amiga de los seminarios de cine, una prisión. Sí, la peor de las cárceles. Soy consciente de ello y bastante lo he sufrido: mi retirada de la primera línea del tema Palestina se debe a ese encarcelamiento. Me estaba enfermando, entrando en un bucle de enfrentamiento amargo y sin salida. Aunque la vehemencia imprudente de mi implicación me facilitó (como otras veces) la posterior ruptura, sin medias tintas, sin montar una empresa política con la agonía de los otros.

En mi caso, la cólera y el orgullo (que mencionas con razón) son algunas de las cosas que me han salvado la vida. Es tal mi ternura de fondo, mi ingenuidad naíf, que estaría muerto sin ellas. Es cierto que, a veces, esa cólera genera daños colaterales o víctimas indeseadas. Pero no siempre. A veces no es más que el clásico «Tú te lo guisas y tú te lo comes». Por poner un ejemplo cercano, la mañana en que me levanté de la reunión del Picón (siendo yo el anfitrión) y me fui, jurando en arameo, fue un acto de «violencia» proporcional a la generosidad con la que el mismo que se levantaba había facilitado el encuentro. Ese gesto impulsivo me permitió liberarme de un golpe. No sólo de una reunión ya insoportable, sino de todo un intento por mi parte (uno más) de crear cierto espacio de encuentro. A toro pasado, la cólera de aquel impulso, no frenado, le obliga a uno a pensar, a ser consecuente. Nunca máis, ya está.

Hace tiempo, en una película estimable oí una frase que me gustó: «No hay que hacer nada a medias, igual que los animales». Yo hago lo que puedo, con dos manos muy distintas, para combinar el rencor, el enojo y la cólera (para mí imprescindibles en un mundo de hipocresía inmensa), con la serenidad, con un sentido del humor y del amor (entre cristiano y nietzscheano) que permita mantener todos los puentes posibles.

Lo peor en mí es la afirmación, te decía. Sobre todo en medio de este nihilismo feroz, genocida, me siento filosófica y políticamente obligado a volver a una serenidad taoísta que alíe a Cristo (y Buda) con Nietzsche. De hecho, es un tema para discutir, la figura más alta del Übermensh es el Niño, no el León. Creo que a Nietzsche la modernidad le enloqueció por su dulzura, no por su cólera. No fue capaz de cumplir el mandato de Kierkegaard, según el cual el «caballero de la fe» debe parecerse a un dominguero cualquiera. En esas estamos, mejorando lentamente la propia capacidad de infiltración.

En mi caso sólo pretendo una dulzura armada. Mantener una especie de beatitud en la inocencia y, desde ella, ser capaz de una violencia inclusiva. Sé que no es la única vía, pero es la única que he encontrado (desde Roxe de Sebes) para sobrevivir en este mundo, tal como soy. Hay dos películas recientes extremadamente dulces, casi naíf, que defiendo a muerte: Rental Family y The Quiet Girl. Pero afirmarlas, en su infancia insobornable, requiere una dosis de humor, de ironía y violencia muy altas.

Recuerda, querido O., la hedionda carta de Marx sobre la conquista de la India. Es sólo un ejemplo clásico, pero los hay muy recientes. Venimos de una línea de arrogancia genocida (la Ilustración, el Marxismo, el Progresismo) que exige un ejercicio de vuelta  que tiene que estar muy armado, también en su impaciencia frenada, para hacerse oír.

Otra vía sería el retiro zen, una encapsulación elitista dentro de este mundo. Pero a mí no me va. No quiero dejar la nave común, aunque a veces apeste.  Tengo que combinar entonces una creciente humildad de fondo con una paciente labor para afinar las armas. Que no siempre podrán ser silenciosas.

En realidad, en mi y en otros, la mejor arma, la auténtica arma de construcción masiva, es una reconciliación (oriental, cristiana, nietzscheana) con la muerte. Estoy convencido, Oriol, de que tenemos que desaparecer. Toda una generación debe irse para que otros, más jóvenes, hereden el mundo y lo cambien. Sin que nosotros estemos.

Mientras tanto, hemos hecho y hacemos lo que podemos. Por mi parte, insisto, sólo me queda afinar mis herramientas. Lo que dices de mi escritura, que debiera parecerse más a mi forma de hablar, está muy bien. Pero es muy difícil. Aparte de otras cosas, casi todos partimos de un gremio (la arrogancia filosófica) bastante castrante. Poco a poco me acerco cada vez más a la literatura.  A ver si en Los odios y los días he conseguido algo, otro giro. Ya lo veremos.

Un placer, querido. Tengo que estar pronto en Barcelona, de un modo u otro, con una disculpa o con otra. A ver si hoy o mañana hablamos, por teléfono o por zoom, y le damos una vuelta a todo esto.

Un abrazo fuerte, querido. Para ti, para E., A. y M.,

Ignacio


Rental family (Hikari, 2025), critica de cine Ignacio Castro Rey

Rental family (Hikari, 2025)

Es posible que después de ver una película tan sencilla y hermosa uno no sepa muy bien dónde meterse a la salida, en una noche cualquiera de este Madrid tan trepidante. A juzgar por la reacción tibia del público, puede también que esta propuesta inocente, descaradamente naíf, plantee para nosotros un problema. Y debido sobre todo a nuestra corrupción civil, a la vergüenza que hoy provoca en nosotros la ternura. Peor aún, al hecho de que esta historia deje que los sentimientos tomen el mando y destituyan por un momento las estrategias de un empoderamiento despiadado, cargado hoy con todas las bendiciones sociales. ¿El milagro de una humanidad compasiva que vuelve es incómodo para el pragmático laicismo de unos espectadores colonizados por un cinismo capitalista cada vez más queer? Pues sí, eso parece.

                En la sala se juntó la envenenada hipocresía posmoderna, que en Japón impera de un modo y entre nosotros de otro, con una propuesta sobre el poder transformador del amor. Entre estos dos polos, y la importancia existencial de mentir, se mueve la directora Mitsuyo Miyazaki. ¿Cuál es el problema? Uno gravísimo, y es que la historia de Miyazaki parece creer todavía en la humanidad. Es más, defiende que en nombre de ella, en medio de este enfriamiento antropológico de los afectos, hay que mentir. Nada podía ser peor. Es comprensible que parte del público tuerza el gesto con una pequeña mueca de suficiencia intelectual ante esta loa de los más viejos sentimientos.

                Quizá el auditorio tampoco quiere hoy que le hagan llorar. Prefiere pasar rápidamente de una emoción en otra, con una inteligencia emocional fácilmente compatible con las risas del entretenimiento consumista. Es impertinente así que Hikari, seudónimo de Miyazaki, pase de nuestras falsas emociones pasajeras, manejables con el mando a distancia, y nos haga llorar con una película descaradamente sentimental, inteligente y delicada. Esta dulce rareza, que algunos conocimos por una nota entusiasta de Ignacio Ramonet, nos empuja incluso a recuperar la fe en la humanidad. Es normal entonces que la cultura que ha dejado que miles de niños sean quemados vivos en Gaza mueva la cabeza con suficiencia y hable de sensiblería. El ciudadano quiere seguir instalado en su habitual flexibilidad cadavérica, con la navegación informativa que le permite flotar y no ser manchado por nada.

                Según algunos, Hikari ha tomado el camino fácil y previsible en un asunto social muy complicado: las dimensiones de la soledad en nuestro desierto afectivo. ¿Cuál debería ser entonces el enfoque, la condena moral de un fingimiento que en Japón toma dimensiones empresariales? ¿Un atrevido final gore en cualquiera de las escenas de ficción, ayuda y acompañamiento de la empresa? O quizá la vía informativa, donde la hecatombe continua de los otros mantiene vivo nuestro cómodo nihilismo. A la vez que dispara, de paso, el índice de audiencia.

                Nada de esto es la opción de Hikari. Poco preparados para los argumentos que nos pongan en suspenso, hoy se suele insistir en la visibilidad de los actores. Para destacar el valor de una ficción que no debe tocarnos, los críticos, tan narcisistas como las estrellas de la pantalla, suelen resaltar el trabajo impresionante de alguna figura conocida. Se hace hincapié entonces en la actuación de Brendan Fraser, que además es estadounidense y célebre. ¿Por qué no en el coraje de esta difícil historia, en sí misma? O en el aplomo de otros protagonistas, japoneses y poco conocidos: Aiko, la compañera de Philip en la empresa, Mari Yamamoto; la niña Mia, Shannon Mahina; el jefe Shinji, Takehiro Hira… El caso es que, por encima de todo, esta trama no depende de la alta definición de las figuras estelares, que debe darse por supuesta. Depende más bien del atrevimiento humano de una directora que entra en el tema peliagudo de nuestra prostitución afectiva y sale airosa sin juzgar, sin fáciles condenas morales.

                Se ha dicho que Rental Family es sensiblera, que entra en un tema social tremendo y adopta después el camino de resolución más fácil. No es cierto. Toda esta cinta gira, en una sociedad de mutantes como la nuestra, en torno al papel milagroso de la conversión al amor. Y naturalmente, a uno de sus compañeros de viaje, el fingimiento. Una posibilidad insensata que Hikari mantiene tensa hasta el final. Y hay otra cuestión incómoda en esta historia, los actores que hoy somos todos, los buenos extras que debemos ser para mantener un mínimo de humanidad en los desolados escenarios que transitamos. Es de agradecer, también en este punto, el descaro sentimental en la propuesta de Hikari.

                Para colmo, esta mujer habituada según una crítica de piel tan fina a tomar los caminos más fáciles se atreve a hacer un apología de la adoración, del posible retorno de un dios. Literalmente, el viejecito Kikuo (Akira Emoto), que está repasando sus últimos días, le dice al protagonista: «Atrévete a adorar algo que esté fuera de ti, por encima de ti». Esto ya es demasiado. Sólo nos faltaba ahora, ocupados como estamos en defender la democracia, tener que abandonar nuestro nihilismo progresista, tan cómodamente compatible con el espectáculo de los valores humanos a distancia, la solidaridad a distancia, las matanzas a distancia.

                Hay en esta historia el canto a una honesta piedad escondida que a algunos nos gustaría que dejase un poso. ¿Sería tan grave para nuestro elitismo? En esta sociedad enfriada por el cálculo, incomoda también en Familia en renta el coraje de los niños y los viejos, en los bordes de nuestro Lager social. Y el de algunas jóvenes como Aiko, que da el resto para decir algunas verdades. ¿Es esto tan grave para nuestro radiante confort civil, para su deseable emancipación de cualquier culpa?

                La música minimalista acompaña en toda esta historia a la timidez del mensaje, con su réquiem por una humanidad restante. La película termina así: «Ya no ofrecemos servicios de disculpas». Cierto, a veces dentro del espanto un pequeño cambio permite pasar del infierno a un limbo respirable.

                Pero no, mientras esperamos la invasión de los bárbaros parece que no tenemos ni queremos remedio. ¿Qué sentiría nuestro primo Donald Trump si, por un accidente inimaginable, cayese delante de esta cinta? Ni siquiera tendría tiempo a vomitar, se quedaría dormido.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 13 de febrero de 2026


Presentación: Karel Aston. El monte y Hora Vertiente

Pórtico

El monte y Hora vertiente. Kárel Astón, Dosparedesy 1 puente

Allí donde el lienzo de nieve se eleva, el culpable de estas páginas es un varón que nunca fue muy joven y que, no obstante, siempre tuvo entre cejo y cejo la parte de noche que nos toca. Este poemario nace de un reguero de encuentros, de la fatalidad física de algo inaparente que se concentra en los lugares. Tiene así toda la brevedad, la contundencia de lo que no podía no ser hecho. Respira autenticidad por todos los poros, lo siento. Y no tanto con una extensión discursiva de verdades que pueden convencer o no, sino con la voz de quien habla en trance, próximo a un fuera de sí provocado por lo traumático. Si bien modulado, esa es su belleza estrellada, por la anuencia ética con lo que nos hiere. Quizá también con el reto, nada habitual, de escuchar la cadencia de las palabras y todo lo que el lenguaje tiene que decir en algo que una y otra vez roza el mutismo.

I

Por eso nunca se entra en la confesión impúdica, en el uso del dolor como coartada para reclamar la atención. Tampoco la expresión descansa en generalidades que sean simplemente brillantes. El conjunto navega es una musicalidad que sólo posee lo que ha estado a punto de callar, naufragando para siempre en algunos de esos umbrales inesperados que nos asedian. No sólo encontramos en este libro preciosos recuerdos vivaces, sino también el nervio de gritos pueriles, anteriores a cualquier articulación sensata y adulta. Esto es así quizá porque estos poemas, literalmente, no tienen «nada que decir» en el orden de la articulación discursiva; tampoco ninguna propuesta política al uso, ningún rencor que desahogar.

                Aunque ocasionalmente pueda ser introspectivo e íntimo, calificativos hoy llenos de tópicos, lo mejor de El monte está vivo gracias a volcarse en la exterioridad. Vive dejando hablar a una intemperie que es lo único que nos puede curar, de paso que rehace el lenguaje del hombre herido. En tal sentido, estas páginas son como un viento exterior hecho al fin habitable. Y tal vez esto es en realidad la poesía: después de todo, el desamparo de vivir convertido en morada.

                No siempre será verano. De ahí la continua mezcla, en estos poemas, entre lo primario y lo vanguardista. Es la naturaleza misma la que es futurista, precisamente por amar esconderse. Lo de menos es que el autor pueda ser culto, cosmopolita y sepa usar muy bien el lenguaje. Todo eso se da hoy por supuesto. Lo importante es que no habla de nada que antes no se haya convertido en lugar, en una forma de habitar con cierto estado de gracia la ancestral fatalidad geográfica de la que han surgido las palabras. Es cierto que hay tramos inevitablemente reflexivos, enjundiosos, que entrañan un profundo pensamiento que hay que releer y desentrañar. Pero todo se resuelve en una cadencia formal que no tiene nada que demostrar ni argumentar porque ha logrado volver a la simplicidad de lo vivido, a esa especie de inocencia que nuestras élites políticas y culturales desprecian. Podríamos estar hablando de una pureza que, al decir de un clásico del pasado siglo, es el colmo de lo afrodisíaco.

 

II

A la quincalla posmoderna Kárel Astón responde sin responder, imperturbable en una metafísica de la finitud terrenal. Con toda la rabia del mundo, seguro, aunque embridada en una fortaleza épica que abraza la caridad de las cosas. Ya verán, no es fácil estar a la altura de esa beatitud con la que se comulga con la geografía, con sus piedras, flores y bestias.

                El poeta articula aquí el viento de sentir, sin apartar ese venenoso cáliz. Lejos de una poesía climatizada, y su habitual acaso anochece, Astón articula un andar, un hablar que no hiere las cosas, más bien respira en una secreción de ellas. Las palabras son así artificios que abrazan su propio derrumbe. Surgidas de la extraña realidad, uno se ha dejado caer –como fulanito de tal– para que después brote alguna palabra de esa destitución, al menos momentánea, del sujeto. No posterior, sino simultáneamente, pues aquí es la caída la que hace al jinete, al caminante y a sus órganos parlantes. En Hora vertiente puede haber algo así como una trazabilidad, una especie de relato. En El monte no, sólo una fluencia sin yo. Mero acontecimiento terrenal sin sujeto, pues la «sujeción» del hombre –que asciende y desciende– proviene del jadeo de un acaecer que borra las distancias, las prevenciones y los opuestos. Todo es memoria sin imaginación, una memoria de «lo no ocurrido» que permite recuperar el pulso de los seres. Ya me dirán cuántas mujeres, cuántos hombres brotan hoy de la geografía y se pueden confundir con ella.

                Estar a punto de caer en el ridículo y no ser nada sin ese riesgo. Este hombre, sin embargo, es lo contrario de un alma deshilachada. Atado por la atención al espíritu de un paisaje, aquí el poeta está más cerca de Juan de la Cruz que de Walser. Escribir es para él transformar algo muy pesado en casi ingrávido, convirtiéndose así en un vidente de lo inadvertido. Si el circunloquio es para algunos una cuestión de supervivencia, estamos en la dirección distinta, hacia la épica de una simplicidad que no necesita colegas. De ahí el anonimato, la fugacidad de sus protagonistas: sarrios que descienden, hojas caducas barajadas por el fango, frambuesas que podrían ser estrellas. Todas ellas criaturas crepusculares, aunque la hora sea matutina. El secreto de tales existencias consiste en su completa superfluidad, que las hace poco menos que inaudibles. Son presencias fugaces que, cuando se las quiere enfocar, casi han desaparecido.

III

La letra de este hombre –decíamos al principio– posee la brevedad, la concisión de lo que no podía no haber sido realizado. Podemos suponer que él escribe con la misma perentoriedad del hambre, con una necesidad espiritual que es tal vez el hilo de toda existencia. Kárel Astón no se ocupa de la manida fragilidad del poeta, de su ámbito de desamparo, sino de la entereza de un exterior indiferente a nuestras variaciones neuróticas. Lejos de la tribu cultural, autosatisfecha y alimentada de intertextualidad –bonito nombre para la endogamia narcisista– Astón se limita a dejar que el vértigo de la piedra hable.

                No olvidemos que un buen caminante no deja huellas: sus marcas son tan leves que se confunden con las anfractuosidades de un camino. Para el viajero que ha partido con la obsesión de no ser el mismo a la vuelta, quizá se trata incluso de ser huella, de ser hollado por esa travesía que nos reta. Mientras camina, tal humano se transfigura, labrado por la multitud del corazón que nos puebla. Incluso su virilidad puede ser –así ocurre también en su desconocido poemario Un son de sombra– sólo un rodeo, un instrumento de la placenta femenina donde todo, también hombres y bestias, se mezcla. Tanto si el tema es una pasión sexual o el ave rapaz que desciende, este hombre vive volcado en las marcas de la geología, de la botánica y la zoología. ¿Se da entonces una escucha que anula el supremacismo urbano del cerebro para poner el resto del corazón –el corazón como resto– pegado al oído de lo que podrían decir las cosas? Lo que podrían decir, si pudieran querer algo distinto a volver a una inmediatez recobrada que es en realidad el verbo de cada ser mortal.

                Al subir y bajar el Moncayo el diálogo constante con los seres que no tienen nada que decir, salvo su perpetuo tránsito, insiste en que no hay ningún mensaje que emitir, ninguna dirección que tomar. Sólo pasar. La poesía es la única disciplina que está siempre al borde de lo banal pues su tarea es proclamar lo que ya había, el constante érase una vez de un inicio. De ahí este Babel despreocupado, nombrando sólo para que los seres nos recuerden qué somos en esta percepción invasiva e inesperada.

                Sólo soy dueño de  cuando estoy desprevenido, musita el filósofo. En una intimidad casi franciscana con hojas, lajas y arroyos, lejos en principio de cualquier candidez, la ascensión al Moncayo permite recuperar cierta inocencia, la de una escisión demoníaca que al fin vuelve a la pueril fluidez de un entorno. Como si Lucifer, la espalda de Dios, se reconciliase por un momento con el signo del bien, que entonces es solamente un día cualquiera con su noche dentro, en un amanecer que se prolonga. Ni que decir tiene que esto es lo contrario de nuestros parques temáticos, donde el comentario ininterrumpido de los turistas no deja hablar a las cosas.

IV

Sin necesidad de cabeza parlante, el habla paciente de las eras labra otra vez la geología, una tierra libre de las pesadas leyes en la que hemos querido enjaularla. Estamos ante una poesía descaradamente analfabeta (Bergamín) que no piensa en la poesía, menos aún en la literatura, ni ha nacido de un culto intercambio viajero. Su entera letra vive entregada a la rotundidad de lo que hay que decir, escuchando a las lajas solas y a las bestias que descienden. Es, por decirlo así, como si una bonanza viniera de sacrificar el consagrado Yo a un largo latir de piedra. Es el fin de cualquier antropocentrismo, con el hombre –pastor de vitalidades escondidas– vuelto al fin a lo que es. ¿Sirviendo de puente para que los seres se expresen? Pero no porque ellos necesiten de la humanidad, más bien porque esta necesita de aquéllos.

                Con El monte estamos ante una épica de lo inanimado. Renacemos con la tempestad, en los muladares de la luz, en sus desatadas cimas. Y a través de un hombre dispuesto a servir al absoluto sensible. Lejos de toda causa, también literaria, y a solas con la caducidad incorruptible de lo que existe. Se trata acaso de un hombre en estado de gracia por vaciamiento, por kénosis. Fuentes frías y silencio bienaventurado. El poeta puede entonces hacer lo que quiere, se permite cualquier licencia y todo le sale bien. En predios de cierzo y nieve se atiene a revivir el espíritu de la geografía, su remota y descomunal inhumanidad.

                Antes de un inevitable descenso, late en esta ascensión otro espectro, no siempre confesable. El de lograr una lascivia tan intensa que ya no necesite penetrar nada. A la espera, se trata más bien de dejarse penetrar, como si el significado viniera de abandonarse al entorno con una impaciencia filtrada. Atendiendo a su sobresalto remoto, encarnado en el silencio de esos riscos, el Moncayo está desatendido porque hoy la pura y simple eternidad de lo mortal ha de disfrazarse –turística o poéticamente– ante lo social, pasando a ser clandestina. Seres de ojos y oídos tardíos, nosotros no soportamos la duración. Nos salva entonces la precariedad, un perpetuo cambio de frecuencia que corta una continuidad que nos aterra, pues nos obligaría a ser fieles, de una pieza. Además de librarnos de cualquier compromiso, tal precariedad permite quejarse el día entero. Lo que nos salva, en esta primera línea de una España vacía que reside ante todo en las grandes ciudades, es la banal mitología de la diversidad.

V

Estamos pues ante la clandestinidad de un clásico, difícilmente visible en este burdel gigantesco de sonrisas inclusivas. Este hombre es casi inaudible, de manera similar a los helechos de cualquier senda perdida: Las estrellas se tornarán aldeasLa sed del cielo, territorio. ¿Quién puede habitar hoy el alma de esta geografía? ¿Quién se atreve a no sentirla vacía? Y sin embargo, así es la geografía, una hermandad de lo sagrado y lo profano que nos sobrepasa, infinitamente lejos de nuestra cómoda liturgia, cultural o universitaria. Callada catástrofe que se desarrolla en eras inadvertidas, la geografía es el espíritu, el alma del mundo. Y esto es un gran problema para la furia nihilista de nuestra religión social. No sólo un problema, también es un irritante cisma comunitario –para el protestantismo laico triunfante– que los lugares estén habitados por mil espectros. La tierra, sus plantas, sus bestias y sus pueblos, han ser un espanto para que el totalitarismo liberal se pueda elevar a altar de la religión verdadera.

                A decir verdad, Astón labra también su bienaventuranza cerca de una cólera continuamente modulada. Contrariados por la estupidez del mundo, a algunos poetas sólo les queda esconderse y andar, escribir, trabajar sin descanso. Sólo entremedias pueden salir al demonio social, con una especie de humor negro invulnerable que nos ha legado esa anterior y clandestina labor de minería. Es posible que el lector no pueda evitar, junto a cierto éxtasis, un inmenso rencor al leer estas páginas. Kárel Astón nos propone aceptar la caridad de las cosas, la limosna de realidad que le donan a esta estirpe flotante que somos. Esa es tal vez la paradójica salvación que promete este largo latir: que empuñemos, con una entonación sobria, nuestra inanimada condición. Estamos ante un misticismo, claro, pero nadie hasta ahora ha demostrado que la mística no sea exactamente –de ahí nuestra fascinación y nuestro rechazo– la ciencia asombrosa de lo que es, ahí.

                Como si no hubiera en esta tierra más que habitar, regresando una y otra vez desde nuestro retiro al ardor de donde partimos. Y esto para que la palabra brote, en ese descenso que asciende, como el haz que surge tras una confusión primordial. Se nos dona así una insólita cultura terrenal, poco menos que agropecuaria: canchales, cielos que se achatan, complejidades de tormenta. Altos neveros, torrentes, improntas de cierzo. Más un saber antiguo de venados castellanos: Huellas rápidas de sarrio,/ Ráfagas atropelladas sobre el blanco: haces de luz brotando del umbral de lo vivo. Esto no es cultura, a decir verdad, ni siquiera cultura antropológica, sino más bien el solo habitar dejado al fin sonar; al desnudo, helando de belleza nuestras mentes en coma, climatizadas.

VI

Estar por completo con los pies en el suelo y al tiempo, en sociedad, poder perderse en el aire. La figura enjuta del poeta proviene de un malestar congénito. Astón se consume por dentro en este mundo interpretado, ahíto de tamaños y cobertura. De ahí la ternura con las bestias, su arisca altivez ocasional con los hombres. Es cierto que, lejos del holocausto que es hoy vivir, la manada de los urbanitas tiene las manos limpias. Aunque el precio es no tener manos. A leguas de este puritanismo urbano cargado con ínfulas hedonistas, en Kárel Astón todo es manual. Primeramente lo más metafísico, que siempre está pasado por el filtro de una bendita fatalidad corporal. Desde ahí, a veces demacrado por amores no correspondidos, se pueden idolatrar incluso damas de otro planeta. No encontraremos ninguna vergüenza en tal descenso. Más bien el deseo cuasi evangélico de no poseer nada. Con una extraña pureza híbrida, la idea es mantenerse a distancia de la gente con una especie de cortesía anarquista. Y un poco solo siempre, habitando un fúlgido abismo de aldeas, estrellas y nieve.

                A fuerza de atención, se puede incluso simular torpeza con el mayor virtuosismo. De pronto el deber del poeta es el arraigo en un lugar invisible, la obediencia a una escucha. Tan moderna, que la manida emancipación que encanta a los progres sólo sería aquí una obsesión elitista. Lejos de ella, todo en este libro es relación, arraigo, metamorfosis. No existen en él los seres autógenos: sólo conspiraciones incansables y formas sumergidas de participar. El entorno y la lengua natal deben incluso permitir que lo que llamamos contexto y lenguaje puedan ser olvidados para volcar la capacidad de amar, hoy algo dañada, en seres y cosas a las que nadie más presta atención. Desnudas ramas/ a cualquier viento: Lo vivo persevera, se agarra a la piedra. La forma en que Kárel Astón reconoce un alma a cualquier esquina es mediante un acto de completa sumisión, señalando otra vez que los sentimientos más profundos se muestran en nimiedades.

                Y en un tacto constante del ojo, palpando corazones a distancia de águila. El cansancio nos hace porosos, decía Handke, sensibles a la epopeya secreta de los seres. De ahí este inmenso clamor confidencial, un gran silencio de montaña y yermo, de conciencia despertada. Lajas, sabinas y sarrios podrían parecer solos, aislados. Bien pronto se advierte en ellos cómo a su través pasa un tiempo, un viento que los convierte en órganos de los montes. Con una escucha a ras de hierba, pegada a los vericuetos de una senda, se abre entonces una plenitud donde monte y ojo son uno. Mi corazón respira donde el abeto no alcanza: caídos en un mundo más alto, la palabra se ajusta a la intrincada simplicidad de lo viviente.

                Adviene así la hermandad profunda que la distancia tensa. El poeta busca instintivamente la desprotección para acoger a los seres abandonados de una geología que, en silencio, reúne materias y leyendas. Los seres que palpitan lejos de nosotros nos curan con el beneficio de un tránsito secreto. Tanto o más que cualquier formación especializada, esas contingencias leves de un camino contribuyen a formarnos. La memoria sorda de lo trágico se reconcilia entonces con el lujo, la comedia mortal de un paisaje agreste. El poeta dona otro tipo de felicidad, más bien anómala, con la ligereza que brota de una amistad con lo desconocido sin amigos. Todo es reencontrado desde su propia umbría, en una pobreza que no necesita nada. Ni siquiera la alegría de saberse a sí misma.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 6 de febrero de 2026


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