La lluvia, los caminos
Querido A.,
No hay nada que disculpar. Nadie, y menos que nadie yo, entendió tu aportación como ofensiva. Todo lo contrario, creo que a todos nos sonó seria, profunda y sentida. Y además, tu intervención tenía un tono religioso que para nada era ajeno a ciertos registros de mi exposición.
La idea de que hay muchas formas de no llegar pero una sola de llegar recuerda a aquello, abundante en la bibliografía cristiana, de que el camino al bien es solitario, áspero y difícil; mientras, la vía del mal está plagada de oportunidades. Creo recordar que Aristóteles, tan deformado por el empirismo británico moderno, dice algo similar al respecto. Dicho esto, aunque no sé muy bien con qué intención lo dejaste caer tú, reconozco que uno mismo es partidario de la simplicidad, de una sencillez que se plantee preguntas e intente responder alguna. Estoy harto de una manida «complejidad» que con frecuencia es solamente una engañifa, la coartada para depositar nuestras vidas en la consigna de los Expertos.
En principio estamos bastante de acuerdo. Hay infinitas formas de no llegar, pero la «infinitud» es parte de nuestra velocidad de escape, de la huida occidental de la finitud, de cualquier referente real o punto fijo. La, por decirlo así, teología barata de la diversidad ha convertido la democracia en una ficción donde nadie cree en nada y nadie apuesta a fondo por nada. De ahí la eternidad fofa de los términos medios. Y la radicalidad paradójica de la tibieza, un habitual «extremismo de centro» que conecta directamente con el nihilismo del sistema. Nada podía ser peor que un baile de máscaras perpetuo donde nunca sabes con quién te la juegas. Cuando uno, medio en serio medio en broma, hablaba en Barcelona de recuperar la infantería se refería a precisamente a rescatar un cuerpo a cuerpo con la verdad. Y con los otros. Tiene gracia que esto suene a fundamentalista en medio de este esencialismo de la dispersión y el aplazamiento perpetuo.
Después, en cuanto a llegar. Uno cree en la llegada, en los puertos, en la intensidad de los puntos y en su posterior conexión. Intuición y deducción, diría Descartes. De hecho, una verdad, una de esas que parte el día en dos y divide una biografía, es la intensidad de un punto, un puerto de llegada que establece un hito en una singladura. El problema, creo, es que no hay puertos definitivos. Hay una teología tontamente positiva de la diversidad; no la hay de lo Uno, donde toda teología es negativa. Cada vez que llegamos a un puerto, dice Leibniz, pronto fuimos arrojados otra vez a alta mar. Quizá los puertos son como las verdades, y parecidos a los hallazgos: se pierden enseguida (en las rutinas, en el afán de cristalizar propio del concepto), casi en la misma medida en que se encuentran. Aparte de Unamuno y Zambrano, un pensador del pasado siglo, Lacan, ha dicho mil cosas preciosas al respecto. Al final tenemos que resignarnos a vivir en una «puntuación sin texto», en una discontinuidad que no puede aspirar a un Dios Supremo que nos libre de las crisis, la inestabilidad y una angustia que vuelve.
Aunque también es cierto que un puerto no se olvida nunca, que una verdad encontrada no se pierde nunca del todo. Somos hijos de lo que mamamos, de las pocas verdades que hemos hallado. Pero siempre han de perderse (la vía crucial del pecado) para poder retornar. En este sentido, la llegada que algunos defendemos nunca está libre de otra partida que anida en su corazón. La cólera cabe en la serenidad. Lo múltiple cabe en lo uno, cuando lo contrario no es cierto. Hay una frase maravillosa que Deleuze siempre cita de Toynbee: «Nómadas son los que se aferran a una región central que no cabe en ningún sitio». Así es nuestro dios, empujándonos a un perpetuo peregrinaje. Es un Dios que revive al andar. Creo que esta idea de un camino, único e interminable, no es ajena ni al Tao ni, desde luego, al cristianismo. A mi manera de ver, es una verdad más «católica» que «protestante», pues en el cristianismo del sur no existen los Elegidos, una hipotética predestinación que nos salve del trabajo de los sentidos y pueda ser de una vez por todas conquistada. Eso es «Israel», pero es una idea despiadada.
Hay que seguir caminando, desde y hacia una llegada que se pierde tantas veces como ha vuelto. El significado está en la espera, decía un poeta casi desconocido. Una espera que a mi entender no excluye la acción. Todo lo contrario, la intensifica, pues el sentido de la acción no es entonces construir, edificar algo insólito, sino volver a la escucha; trazar una y otra vez un camino de vuelta a un hallazgo, a una parusía que nunca debimos olvidar. Los clásicos, de Cristo a Borges, de Cervantes y Ortega a Lispector, son solamente la actualización fulgurante de un ancestral camino de vuelta.
Y claro, antes y después de las mil vueltas está la cuestión de la muerte. Una incesante resurrección que sólo puede venir de ella. Cuando Lispector y Cristo hablan de Renuncia no es para rendirse. Todo lo contrario, se trata de una toma de distancias irónica con la gloria mundana (el espectáculo, la fama, el dinero, el sexo, los cargos…) en aras de otra ambición superior que sólo busca la intensidad, el poder de la finitud. Esa pobreza, la de una sola idea, la de una sola llegada, es quizá lo que finalmente todos buscamos. Tratamos en el fondo de alcanzar cierto grado de apatheia, de resignación o serenidad, que sea la fuente de un humor y un amor insobornables. De una fortaleza que sólo consiste en nuestra fragilidad empuñada.
Gracias de nuevo por tus reflexiones, A. Aparte de su valor, en sí mismas, me han ayudado a pensar de otro modo lo que intenté defender aquella estupenda mañana barcelonesa a la que se me invitó.
Los dos estamos en una lucha espiritual. En primer lugar, contra nosotros mismos, contra el personaje civil que hay en nosotros, que no cree en lo sagrado de la lluvia y de los caminos. Un abrazo fuerte y hasta muy pronto,
Madrid, 14 de abril de 2026
Terror a las agujas
Querido À.,
Perdona el leve retraso en responder a tus atentas preguntas, las dos nacidas de tu intensa presencia en mi charla barcelonesa, seguro que armada con los cinco sentidos.
Sobre la primera cuestión de la obediencia. De acuerdo en que toda sociedad es una forma de obediencia. Pero la nuestra, quise insistir en ello, es rizomática, es decir: diversa, alegre, progre, informada, elitista… incluso sexy y de geometría variable. De ahí su nulo complejo de culpa. ¿Leíste Los engreídos? Del engreimiento masivo de nuestro progresismo urbanita deriva también esta inflexibilidad supremacista, condenadora (y canceladora) de todo lo que sea otra opinión, otra versión de las cosas. Sea en el caso Errejón, en el holocausto nazi, sobre la película Tardes de soledad, sobre el cambio climático, lo que pueda ser Irán o la gestión de la pasada pandemia andamos siempre con el dedo en el gatillo de la cancelación. ¿A qué viene esta suficiencia política nuestra, el narcisismo sonriente de una nueva casta sacerdotal de políticos y periodistas que dictamina a diario lo que está bien y lo que está mal, y por tanto, «el lado correcto de la historia»? Viene de una masiva obediencia minoritaria (valga el oxímoron) y culta que, gracias a su «diversidad», se puede permitir el lujo de un nulo complejo de culpa a la hora de dictaminar. Los verdes alemanes están a fondo con el actual Israel, incluso después de Gaza; y se quedan tan frescos, nunca mejor dicho.
Ninguna sociedad que conozcamos ha sido tan estúpidamente creyente, ni ha carecido de tal manera de dudas a la hora de cancelar todo lo que sea otra versión de las cosas. ¿Por qué hablamos del «régimen de los ayatolás» y no del «régimen de Epstein», del «régimen de Israel» o del «régimen de Kaja Kallas»? Comenté en Barcelona que nunca estuve enamorado de Pablo Iglesias (sin duda, ha hecho mucho daño a la izquierda), pero pienso que tenía razón cuando dejó caer hace poco que la vergüenza de Venezuela (nuestra televisión estatal sigue hablando de «captura» de Maduro, en vez de «secuestro») no se habría producido sin una sistemática demonización del «régimen de Maduro» en la que participó a fondo el grueso institucional de la izquierda.
Así pues, en cuanto a censura y obediencia estamos como queremos. Ninguna sociedad ha sido más creyente: creemos en cualquier cosa, desde el parte del Tiempo para mañana hasta las últimas tonterías que ayer cualquier académico dijo sobre Agamben, un hombre al que ese profesor no ha leído ni podría entender. Nuestra censura funciona así, sin pestañear, con un narcisista bucle endogámico. La izquierda socialdemócrata condena; la derecha pone después las bombas de fragmentación. Jamás he visto tal colaboracionismo de la izquierda, incluso en lo peor. ¿Esto no tiene que ver con las nuevas formas intensivas y diversas de obediencia democrática? Hace poco, comiendo con un amigo de CCOO, buena persona y culto, me dice sin pestañear, en plena agresión contra Irán (recuerda que Jameini fue asesinado en plenas negociaciones), que él está contra los ayatolás porque persiguen a las mujeres, a los homosexuales y a los comunistas. Lo mismo que la tele, fíjate. Y hablando sin ninguna duda, cuando es obvio que ahí él sigue sólo la información que sirven los grandes medios, es decir, en última instancia la CIA.
Al mismo militante de izquierda de toda la vida le parece demagógico el «Reclamo mi derecho a un AK-M», de Silvio Rodríguez. Es un viejo y nunca lo va a usar, dice mi amigo sin complejos. ¿Por qué sin complejos? Porque el sedante de su ideología le libra de cualquier duda seria, de toda culpa. La ideología ejerce hoy el efecto de enclaustramiento oscurantista que antes ejercía la religión; pero claro, sin aquella altura literaria.
«Acusé» al público presente el pasado viernes de estar formateado por la cabeza buscadora de la información, de no buscar siquiera fuentes ajenas a la censura: RT, Al Jazeera, Hispantv, etc. Pregunté también: ¿cuántos de vosotros ha intentado leer La derrota de Occidente, de E. Todd? No hubo respuesta. ¿Crees que alguien de los presentes durmió mal esa noche? Y sin embargo dormir mal, en este panorama de obediencia bovina, es la primera obligación política. La furia con la que perseguimos a los que caen del lado del mal (negacionistas, cazadores, machistas, taurinos, religiosos…) sólo indica que vivimos a expensas de la extrema derecha y del sedante de nuestro confort ideológico. La democracia está hoy poseída, y esto no ocurrió siempre, por un dogmatismo creyente que funciona en proporción directa a nuestra engreimiento primermundista. La verdad, echo de menos los años 60, aquella pasión por la exterioridad real. También, si me apuras, echo de menos el pacto de Varsovia: dos ejes del Mal para poder elegir entre ellos; no uno solo, como ahora.
¿No te parece un escándalo significativo que se pueda averiguar, en cualquier sala y en cualquier nivel cultural, las tres películas que se van a ver y las tres películas de las cuales ni se ha oído hablar? Esto dice mucho del colaboracionismo de la cultura con la economía y con la derecha. El capitalismo (esto ya estaba en Weber) es desde hace mucho sólo la exclusión del Afuera. No tal o cual ideología, que también; no la pasión económica por el lucro, que también. Sobre todo, el totalitarismo liberal es una exclusión del afuera que se ha hecho compatible con cualquier ideología, quizá también con la de Podemos.
Por eso odiamos cualquier posibilidad real (Cuba) que represente una aguja para nuestro globo, hinchado de miedo. Toda singularidad que resista es un posible alfiler, un exterior totalitario para nuestra cárcel de ficcional y religioso bienestar. Sólo decía el pasado viernes que la derecha posmoderna no cree en Dios exactamente igual que la izquierda posmoderna no cree en el Pueblo. Creer, saber o conocer daría igual: se trata de aceptar. Dios y Pueblo (hay un precioso pasaje de Homo sacer al respecto) sólo son dos metáforas del afuera, de una exterioridad mortal e infranalógica que esta época neurótica teme como la peste.
De seguir así, esto no acabará bien. Cuando en realidad el salto que nos queda por dar no es tan difícil, aunque humillante para nuestra tradición de arrogancia: logar envolver el capitalismo y la tecnología con una cultura espiritual que se atreva a reconciliarse con la condición mortal. Sólo eso, lo que piden nuestros clásicos, de Zambrano a L. Cohen.
En fin, querido Á., gracias por tus observaciones diferidas. De hecho, te echo de menos en este tedio madrileño. En mayo sale mi libro Los odios y los días: sobre la potencia subversiva de una intensidad que hemos perdido. ¿Me harías un hueco para septiembre en tu Café Filosófico?
Un abrazo y gracias por tu generosidad,
Ignacio
¿HA MUERTO DE ÉXITO SORRENTINO? (La grazia, Paolo Sorrentino, 2025)
Vaya por delante, incluso para los que no gustan ir a las salas de cine, que es muy aconsejable ver esta película. Por la escenografía y el perfeccionismo estético de su propuesta ética; por la intensidad de la ironía y los diálogos; por los cambios de luz, sus auras tibias y los matices en los personajes… Hay quizá un exceso de oficio y un déficit de resquicios. Todo ello sobre una propuesta vital un poco larga y blanda, hay que decirlo, al menos comparada con La grande bellezza y La giovinezza. Pero el conjunto es, con todo, de una efectividad que no deja indiferente a nadie. El primer día de las dos visitas a la cinta, los jóvenes revoltosos de la fila siguiente quedaron literalmente planchados en los primeros diez minutos de planos y frases abrumadoras. Además de la muerte y los espectros, a Sorrentino le interesa la belleza del espectáculo. Y la logra muy bien, con matices visuales y conceptuales que no se ven todos los días.
Una osada metafísica existencial, sin complejos, es una de las claves en buena parte de la estética depurada de este director. También ahora, aunque en La grazia tome cuerpo una propuesta más sobria. En todo caso, aunque algunos de nosotros seamos fervientes partidarios de la metafísica, eso no puede justificar una obra cinematográfica. Y ello aunque el autor detalle su programa filosófico en las «Notas del director» con las que se presenta la cinta.
Dicho esto, hay que reconocer que La grazia roza el manierismo, por no decir la siesta de los laureles conquistados. El resultado final es «impresionante», pero también de algún modo mediocre. No es sólo que le sobre oficio, sino ante todo que le falta exterior, un afuera de aventura y penumbra que no se puede simular con la mejor producción. Si la última entrega de Sorrentino no envuelve es porque en ella todo está milimétricamente colocado.
Aunque hay momentos de emoción indudables. La agonía lenta del caballo Elvis; la belleza de Isa Rocca, esa condenada por matar a su pareja; el dubitativo jefe de los guardaespaldas; la escena del astronauta solitario que, creyéndose inobservado, deja caer una lágrima… Y más de una sentencia: «No hablemos más de mí, soy el tema más aburrido que conozco». Bien por Mariano de Sentis, kantiano hasta en esto. Y sin embargo, él es a la vez (quizá como el mismo Kant) un megalómano. Primero, a la mínima se arroga la gracia, algo que en principio sólo conceden los dioses. Aunque él la defina, lo que no está nada mal, como «la belleza de la duda», su personaje central se pasa esta entera historia usurpándola. Y la gracia es un don, que se recibe o no, nunca una conquista consciente.
No hablemos ya de la proliferación de banderas italianas, de enérgicos cánticos alpinos y un paseo final, de vuelta a casa, donde los vecinos poco menos que le besan. Es demasiado, incluso con una supuesta propuesta moral de fondo. Si Mariano se acuerda una y otra vez de Aurora, la madre de sus dos hijos, es también como quien evoca un barrio de sí mismo. Hasta sus agudos celos retrospectivos parecen ser parte de esta autorreferencia constante. Circularidad egocéntrica que, por cierto, no es curable con el Derecho, la gran vocación de nuestro Presidente. Falta en esta larga y lenta historia lo inesperado, casi cualquier cosa parecida a los renglones torcidos de Dios. Que una de las frases más bellas de La grazia, pronunciada por su hija, ¿De quién son nuestros días?, tenga al final la respuesta más convencional y tranquilizadora (De nosotros), confirma que este encuentro grandioso con la gracia gira, a diferencia de otras entregas del autor, sobre el autismo de una élite urbana que lleva décadas distribuyendo los bienes en el lado correcto de la historia.
Como buen presidente y buen jurista, Mariano de Sentis es un narcisista que sólo cree en él y en los suyos. Parecía más interesante, la verdad, Jep Gambardella, el falso cínico, desgarrado y sentimental, de La gran belleza.
Por otra parte, visto lo visto, ¿pueden quedar en algún lugar políticos así de humanos? Algunos tenemos serias dudas. Pero no importa, ni al público ni a la crítica, pues Sorrentino usa muy bien el indudable magnetismo de Toni Servillo. Hay más. A pesar de que la pornografía, Israel y EE.UU. hagan todo lo posible para reanimarnos, la verdad es que estamos bastante aburridos. De manera que La grazia tiene a su favor el hartazgo de cierto público culto, que siempre ha visto en Sorrentino una bocanada de atrevimiento ético y aire fresco. Esto explica quizá que una película mediana como esta, y hasta cierto punto falsa, pueda resultar hechizante.
Otra muestra de cierto delirio de grandeza es que esta historia funcione con la lógica de bazar del «Todo en uno». A decir verdad, algo de esto ya estaba en películas anteriores que hemos tenido que revisar. Pero ahora se acentúa, y no siempre con gracia. Fijémonos en que esta cinta contiene un interminable muestrario de lo actual: Vogue y el rap; la muerte, el crimen y la eutanasia, resuelta además al modo más justo; lo sublime y lo ridículo, pequeños vicios, el tabaco y la duda; un papa muy moderno y un astronauta existencial… Más los hijos y la difícil paternidad de hoy, más la espiritualidad de los animales, más fantásticos robots y la fidelidad a la memoria… Así hasta el infinito. Como en La grande bellezza y Youth, pero peor hecho. Es cierto que La grazia nos deja también una intensa sentimentalidad, un canto a la despedida incesante que es la vida, también a su misterio. Pero esta no es la clave. El público finalmente lo acepta todo porque el protagonista, aunque católico, es intuitivamente progresista y firma una ley de eutanasia. La metafísica de una gracia, todos los posibles demonios de un dios son domados en un resultado político.
Mientras, ni las escenas de danza son lo que eran en La grande bellezza. O quizá estamos más advertidos. Sorrentino intenta salvarse volviendo al tempo y la textura de esa película, pero no lo consigue. El conjunto, larguísimo, naufraga en una agotadora mezcolanza. El personaje de Coco repite a la genial editora enana de La gran belleza igual que Sorrentino se repite a sí mismo. Aunque sin convicciones intensas, más extasiado consigo mismo y convencional. Desde El joven papa, en realidad, aquella serie ingeniosa y correcta tan alabada por la crítica; desde Silvio, La mano de Dios y la pretenciosa Parténope, algunos de sus antiguos seguidores teníamos serias dudas de si Sorrentino seguía vivo o no. La gracia prolonga esta duda, llevándola al pronóstico reservado de un coma crónico. ¿Cronificado por el narcisismo?
Lo veremos. O no. Paolo Sorrentino tiene un alto concepto de sí mismo. En buena medida estamos de acuerdo, pero nadie sabe si eso no ha sido exactamente su entierro.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 27 de abril de 2026
Este bendito infierno
Hola, T.,
Bienvenido por fin a lo real. Abrupto, preocupante, peligroso. La vida va en serio, decía el poeta. Pero piensa también que si no fuese por eso, por este peligro mortal, ninguna emoción sería posible. Ninguna experiencia, ningún éxtasis.
La nana de la mora. El coco que viene, que puede venir, es también la promesa que viene. No tenemos otra posible salvación que la de empuñar nuestro pavor para convertirlo en infancia y en juego. La tarea es, creo, la de conquistar una y otra vez cierta inocencia que sea capaz de trasmutar en soltura nuestra más íntima indefensión.
«Yo sólo creería en un dios que fuese capaz de bailar», dice Zaratustra. Esto implica otra vez la mística de una beatitud, es cierto, pero nadie ha demostrado hasta ahora que la mística no sea la única ciencia posible del ser singular. Aquí, ahora.
Como sabes, vengo de la muerte de mi hermanita. También en cierto modo, mi primera hija. Y asimismo mi madre, con todo un ejemplo moral irrenunciable: su simplicidad, su presencia plena sin estrategia, su alegría de vivir. Y esto con lo mínimo, con un pañuelito jugando en la mano, con unas revistas del corazón apenas hojeadas, sin poderlas leer. A ella, sin embargo, no le faltó nada para existir.
La vida es infinitamente cruel, T. Por eso mismo es también única e inolvidable. Y por en medio, con momentos de dicha absurdos y grandiosos, hasta en su pequeñez. No hay otra eternidad que esta intensidad de la finitud. Cuando nuestros antepasados hablaban de Dios, y ellos no eran más estúpidos que nosotros, tal vez sólo se referían a este infierno asumido, por fin convertido en bondad.
Ya no sé si esta frase es mía o la robé, pero creo que toda la tarea moral de un ser humano es apurar la vida hasta las heces. Para que la muerte al final apenas tenga nada que llevarse.
Sí, el mundo es más profundo de lo que el día ha pensado. Bienvenido al paraíso, T., a la fuerza rasgado por dolores incontables. A veces la hostilidad de los hombres, y las mujeres no son mejores, proviene del miedo a ese vértigo de fondo. Ese abismo que, con Rilke, hay que convertir en juego y rutinas. Creo que quien hace eso, reconciliándose con la sublime banalidad de existir, poco tiene que temer de la saña a veces bestial de los humanos.
Un abrazo y hasta pronto, hasta cuando tú digas,
Ignacio
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Imparte Ignacio Castro.
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