¿HA MUERTO DE ÉXITO SORRENTINO? (La grazia, Paolo Sorrentino, 2025)
Vaya por delante, incluso para los que no gustan ir a las salas de cine, que es muy aconsejable ver esta película. Por la escenografía y el perfeccionismo estético de su propuesta ética; por la intensidad de la ironía y los diálogos; por los cambios de luz, sus auras tibias y los matices en los personajes… Hay quizá un exceso de oficio y un déficit de resquicios. Todo ello sobre una propuesta vital un poco larga y blanda, hay que decirlo, al menos comparada con La grande bellezza y La giovinezza. Pero el conjunto es, con todo, de una efectividad que no deja indiferente a nadie. El primer día de las dos visitas a la cinta, los jóvenes revoltosos de la fila siguiente quedaron literalmente planchados en los primeros diez minutos de planos y frases abrumadoras. Además de la muerte y los espectros, a Sorrentino le interesa la belleza del espectáculo. Y la logra muy bien, con matices visuales y conceptuales que no se ven todos los días.
Una osada metafísica existencial, sin complejos, es una de las claves en buena parte de la estética depurada de este director. También ahora, aunque en La grazia tome cuerpo una propuesta más sobria. En todo caso, aunque algunos de nosotros seamos fervientes partidarios de la metafísica, eso no puede justificar una obra cinematográfica. Y ello aunque el autor detalle su programa filosófico en las «Notas del director» con las que se presenta la cinta.
Dicho esto, hay que reconocer que La grazia roza el manierismo, por no decir la siesta de los laureles conquistados. El resultado final es «impresionante», pero también de algún modo mediocre. No es sólo que le sobre oficio, sino ante todo que le falta exterior, un afuera de aventura y penumbra que no se puede simular con la mejor producción. Si la última entrega de Sorrentino no envuelve es porque en ella todo está milimétricamente colocado.
Aunque hay momentos de emoción indudables. La agonía lenta del caballo Elvis; la belleza de Isa Rocca, esa condenada por matar a su pareja; el dubitativo jefe de los guardaespaldas; la escena del astronauta solitario que, creyéndose inobservado, deja caer una lágrima… Y más de una sentencia: «No hablemos más de mí, soy el tema más aburrido que conozco». Bien por Mariano de Sentis, kantiano hasta en esto. Y sin embargo, él es a la vez (quizá como el mismo Kant) un megalómano. Primero, a la mínima se arroga la gracia, algo que en principio sólo conceden los dioses. Aunque él la defina, lo que no está nada mal, como «la belleza de la duda», su personaje central se pasa esta entera historia usurpándola. Y la gracia es un don, que se recibe o no, nunca una conquista consciente.
No hablemos ya de la proliferación de banderas italianas, de enérgicos cánticos alpinos y un paseo final, de vuelta a casa, donde los vecinos poco menos que le besan. Es demasiado, incluso con una supuesta propuesta moral de fondo. Si Mariano se acuerda una y otra vez de Aurora, la madre de sus dos hijos, es también como quien evoca un barrio de sí mismo. Hasta sus agudos celos retrospectivos parecen ser parte de esta autorreferencia constante. Circularidad egocéntrica que, por cierto, no es curable con el Derecho, la gran vocación de nuestro Presidente. Falta en esta larga y lenta historia lo inesperado, casi cualquier cosa parecida a los renglones torcidos de Dios. Que una de las frases más bellas de La grazia, pronunciada por su hija, ¿De quién son nuestros días?, tenga al final la respuesta más convencional y tranquilizadora (De nosotros), confirma que este encuentro grandioso con la gracia gira, a diferencia de otras entregas del autor, sobre el autismo de una élite urbana que lleva décadas distribuyendo los bienes en el lado correcto de la historia.
Como buen presidente y buen jurista, Mariano de Sentis es un narcisista que sólo cree en él y en los suyos. Parecía más interesante, la verdad, Jep Gambardella, el falso cínico, desgarrado y sentimental, de La gran belleza.
Por otra parte, visto lo visto, ¿pueden quedar en algún lugar políticos así de humanos? Algunos tenemos serias dudas. Pero no importa, ni al público ni a la crítica, pues Sorrentino usa muy bien el indudable magnetismo de Toni Servillo. Hay más. A pesar de que la pornografía, Israel y EE.UU. hagan todo lo posible para reanimarnos, la verdad es que estamos bastante aburridos. De manera que La grazia tiene a su favor el hartazgo de cierto público culto, que siempre ha visto en Sorrentino una bocanada de atrevimiento ético y aire fresco. Esto explica quizá que una película mediana como esta, y hasta cierto punto falsa, pueda resultar hechizante.
Otra muestra de cierto delirio de grandeza es que esta historia funcione con la lógica de bazar del «Todo en uno». A decir verdad, algo de esto ya estaba en películas anteriores que hemos tenido que revisar. Pero ahora se acentúa, y no siempre con gracia. Fijémonos en que esta cinta contiene un interminable muestrario de lo actual: Vogue y el rap; la muerte, el crimen y la eutanasia, resuelta además al modo más justo; lo sublime y lo ridículo, pequeños vicios, el tabaco y la duda; un papa muy moderno y un astronauta existencial… Más los hijos y la difícil paternidad de hoy, más la espiritualidad de los animales, más fantásticos robots y la fidelidad a la memoria… Así hasta el infinito. Como en La grande bellezza y Youth, pero peor hecho. Es cierto que La grazia nos deja también una intensa sentimentalidad, un canto a la despedida incesante que es la vida, también a su misterio. Pero esta no es la clave. El público finalmente lo acepta todo porque el protagonista, aunque católico, es intuitivamente progresista y firma una ley de eutanasia. La metafísica de una gracia, todos los posibles demonios de un dios son domados en un resultado político.
Mientras, ni las escenas de danza son lo que eran en La grande bellezza. O quizá estamos más advertidos. Sorrentino intenta salvarse volviendo al tempo y la textura de esa película, pero no lo consigue. El conjunto, larguísimo, naufraga en una agotadora mezcolanza. El personaje de Coco repite a la genial editora enana de La gran belleza igual que Sorrentino se repite a sí mismo. Aunque sin convicciones intensas, más extasiado consigo mismo y convencional. Desde El joven papa, en realidad, aquella serie ingeniosa y correcta tan alabada por la crítica; desde Silvio, La mano de Dios y la pretenciosa Parténope, algunos de sus antiguos seguidores teníamos serias dudas de si Sorrentino seguía vivo o no. La gracia prolonga esta duda, llevándola al pronóstico reservado de un coma crónico. ¿Cronificado por el narcisismo?
Lo veremos. O no. Paolo Sorrentino tiene un alto concepto de sí mismo. En buena medida estamos de acuerdo, pero nadie sabe si eso no ha sido exactamente su entierro.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 27 de abril de 2026
Este bendito infierno
Hola, T.,
Bienvenido por fin a lo real. Abrupto, preocupante, peligroso. La vida va en serio, decía el poeta. Pero piensa también que si no fuese por eso, por este peligro mortal, ninguna emoción sería posible. Ninguna experiencia, ningún éxtasis.
La nana de la mora. El coco que viene, que puede venir, es también la promesa que viene. No tenemos otra posible salvación que la de empuñar nuestro pavor para convertirlo en infancia y en juego. La tarea es, creo, la de conquistar una y otra vez cierta inocencia que sea capaz de trasmutar en soltura nuestra más íntima indefensión.
«Yo sólo creería en un dios que fuese capaz de bailar», dice Zaratustra. Esto implica otra vez la mística de una beatitud, es cierto, pero nadie ha demostrado hasta ahora que la mística no sea la única ciencia posible del ser singular. Aquí, ahora.
Como sabes, vengo de la muerte de mi hermanita. También en cierto modo, mi primera hija. Y asimismo mi madre, con todo un ejemplo moral irrenunciable: su simplicidad, su presencia plena sin estrategia, su alegría de vivir. Y esto con lo mínimo, con un pañuelito jugando en la mano, con unas revistas del corazón apenas hojeadas, sin poderlas leer. A ella, sin embargo, no le faltó nada para existir.
La vida es infinitamente cruel, T. Por eso mismo es también única e inolvidable. Y por en medio, con momentos de dicha absurdos y grandiosos, hasta en su pequeñez. No hay otra eternidad que esta intensidad de la finitud. Cuando nuestros antepasados hablaban de Dios, y ellos no eran más estúpidos que nosotros, tal vez sólo se referían a este infierno asumido, por fin convertido en bondad.
Ya no sé si esta frase es mía o la robé, pero creo que toda la tarea moral de un ser humano es apurar la vida hasta las heces. Para que la muerte al final apenas tenga nada que llevarse.
Sí, el mundo es más profundo de lo que el día ha pensado. Bienvenido al paraíso, T., a la fuerza rasgado por dolores incontables. A veces la hostilidad de los hombres, y las mujeres no son mejores, proviene del miedo a ese vértigo de fondo. Ese abismo que, con Rilke, hay que convertir en juego y rutinas. Creo que quien hace eso, reconciliándose con la sublime banalidad de existir, poco tiene que temer de la saña a veces bestial de los humanos.
Un abrazo y hasta pronto, hasta cuando tú digas,
Ignacio
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La vara y la mano
«¿Acaso el hacha se enorgullecerá de quien la usa? ¿O la sierra de quien la maneja? Como si la vara pudiera dirigir a quien la empuña, o el bastón pudiera levantar a quien no es de madera» (Isaías 10). Las palabras del profeta describen con exactitud lo que sucede hoy. Los dispositivos tecnológicos son la vara que pretende dirigir y, de hecho, dirige a quienes la empuñan —o, mejor dicho, a quienes creen hacerlo—. Y la inteligencia artificial surge en el momento en que la humanidad, incapaz ya de dominar las herramientas que ha creado, sucumbe a lo que Gunther Anders denominó la vergüenza prometeica y, renunciando al pensamiento, se somete a la vara que se le ha escapado de las manos.
La Vara y la Mano. G. Agamben, 16 de marzo de 2026
Aunque admiro a Agamben, no estoy seguro de que haya que verlo así. Nunca debemos disculpar a los asesinos que tienen un nombre propio. La inteligencia artificial, la de la barbarie en curso, es mucho menos sofisticada y maligna que las inteligencias naturales que la dirigen. El papel de lo personal sigue siendo la clave, y la más perversa, en todas partes. De ahí la significativa obsesión por el «magnicidio»; particularmente, la enfermiza e inútil manía israelí de acabar con los líderes iraníes. También por eso Joe Kent, director del Centro Nacional Antiterrorista recientemente dimitido en desacuerdo con la agresión a Irán, reconoce en una entrevista con Tucker Carlson que el asesinato de Charlie Kirk, que se ha prohibido investigar en EE.UU., ha sido probablemente inducido por el lobby israelí. El poder del nihilismo mundial, que ya estaba muy bien diagnosticado en Heidegger, no desdice una diabólica localización personal, geográfica y política. El anglosionismo no es una manía del escrito Prada, sino una nueva evidencia geopolítica en la perversión clásica del poder occidental. Por así decirlo, el «corazón» del actual Occidente es acéfalo: la furia genocida del nihilismo (E. Todd). Su inteligencia, sin embargo, no lo es, pues tiene la cabeza en el «Occidente global» dirigido por USA e Israhell. Sí la inteligencia sionista es temible es porque a esa sociedad no le queda ya nada de corazón ni de sentimientos. Y esto obedece a una abyecta mutación antropológica, no sólo a un dominio abstracto, a una ficción maquinal en la que toda la humanidad estaría implicada. Por el contrario, si nos queda alguna esperanza es desde los pueblos que no se sienten elegidos, todavía arraigados en los límites mortales, en el inconsciente y la pobreza que son la ley de la tierra.
Ignacio Castro Rey, 23 de marzo de 2026
El coma moral, la violencia necesaria
«Circum-stantia… Todo lo general, todo lo aprendido, todo lo logrado en la cultura, es sólo la vuelta táctica que hemos de tomar para convertirnos a lo inmediato».
Meditaciones del Quijote.
Una cosa lleva a la otra. Igual que delegamos en nuestra tropas algunas masacres vitales, transferimos a los periodistas el esfuerzo de percibir y sentir. Estamos de hecho bastante aburridos, hasta la obesidad y el malhumor, porque hemos abandonado cualquier forma de acción directa, sea en la percepción o en lo que elegimos para vestir y comer. Confiamos casi todo a la moda y a las huestes informativas, que viven del presunto horror de los otros y, a veces, también jalean las matanzas. La primera violencia desatendida es la de escuchar, la de atender a los signos y percibir qué dice el mundo en sus momentos muertos, caídos de esta gigantesca fábrica de lo sensible que es la maquinaria informativa. Para limitar tal censura sería urgente atreverse a estar solos. Sobre todo ante la información, aprendiendo a robarle segundos sueltos y, llegado el caso, a apagar las conexiones. Y no para dormitar a la caída de la tarde, sino para seguir despiertos a las 10 de la mañana.
Sentir es un pensamiento en conmoción (Bergamín). Sentir y pensar son en sí mismo una praxis, una senda lenta y crucial de metamorfosis. Nadie puede hacerlo sin transformarse a la vez en otra cosa. Si en el momento no se nota, se acabará notando en el valor político y existencial de la espera, de estar al acecho. Pero la primera violencia que hemos consentido que se nos arranque es el claroscuro de la duda, ese derecho a la nada que es sentir y pensar por cuenta propia. ¿Cómo no vamos a tener frecuentes ataques de pánico si nuestra normalidad, su lasitud mental, es irreal, expropiada de cualquier indefinición vital, de cualquier épica, de cualquier complejo de culpa? Hasta que ya fue muy tarde, acerca de Palestina nos ha faltado, inmoralmente, la violencia. Para empezar en nuestra forma de “escandalizarnos”, que enseguida hicimos compatible con la vida más tranquila. Igual sobre Venezuela e Irán. En estos y otros casos nos horrorizan las formas y las dimensiones de la agresión, pero (cuando no colaboramos activamente) hemos dejado hacer. Sólo con un tímido matiz, tipo: “El número de palestinos muertos es insoportable”. En realidad, estuvimos y estamos ocupados en una campaña de demonización del Otro que facilita el secuestro, la invasión, el asalto armado.
Igual que el Partido Demócrata estadounidense, somos la conciencia crítica y humanista de las matanzas. Las extractoras canadienses expolian y expulsan a los indígenas en Latinoamérica. Los urbanitas vamos detrás, con ONGs que reparten mantas y tiendas de campaña. Llevamos años en un chiringuito que parasita la agonía de los otros. Los nuevos sacerdotes, nuestros periodistas, son especialistas en eso. Reinventamos de continuo el enemigo a medida de la ultraderecha para ocultar que los progresistas, de izquierda o derecha, somos el eje del sistema. Y en íntima connivencia con lo peor de él. Pensad quién, de aquí a un tiempo, estará a salvo de la interminable lista de Epstein.
Lo personal es lo político. Pero hay una prohibición implícita de “poner el cuerpo”, de arriesgar el físico, quizá explotando o montando un número, por miedo a hacer el ridículo y sobre todo a quedarnos fuera de la foto. Sólo explotamos en la discoteca y en los cumpleaños; en las cañas, en el gimnasio o en los concursos televisivos. Es muy posible que, aparte de otros factores, la actual animadversión contra cualquier tipo de “masculinidad” esté relacionada con la prohibición de ejercer una violencia frontal contra el orden informativo de las cosas, este bendito sistema que nos sirve en el sofá favorito el confort y las injusticias, para que enviemos nuestro donativo de solidaridad a distancia. Vivimos en una parálisis interactiva. Las redes son el aliviadero de una libertad de expresión soez que oculta nuestra dimisión de la presencia y una nula libertad de acción. Está prohibido existir en un sistema que maltrata la singularidad (porque es tóxica) y protege sus restos, transformándonos a todos en inválidos equipados, en exiliados hiperactivos. La opinión pública dicta sentencia por indicios, más o menos igual que antes lo hacía la Inquisición. Recordemos que la presunción de inocencia no sólo ha desaparecido en las acusaciones de agresión sexual. También se ha esfumado en la judicialización de la vida cotidiana, en lo que ese necesario adorar u odiar. De ahí que nos pasemos el día intentando demostrar, en las redes o ante la administración, que no somos culpables.
Pensemos en la simple violencia verbal de un Gideon Levy describiendo la crudeza de la vida diaria entre los elegidos de Israel. También eso es demasiado para nosotros, ni siquiera lo buscamos para leerlo. La violencia necesaria sería primeramente un modo de estar, de intervenir, de irse. Una presencia gestual, una manifestación corporal de incomodidad, con su opinión inesperada, incluso para uno mismo. Pero tal deseable presencia física está liquidada por la culpa digital, a la que le basta mover un dedo para aliviarse. Es significativo que una joven nórdica llamada Greta Thunberg sea finalmente más violenta que todos nosotros. ¿De ahí el último silencio informativo en torno a ella?
Tal día como hoy ni siquiera la fuga (apagar el móvil, levantarse del cine, huir de la cárcel gigantesca en la que vivimos: informativa, perceptiva, sensorial) es una violencia fácil. Y ello debido a nuestra retención psíquica, a la voluntad de protección uterina en la visibilidad, en medio de una inteligencia artificial y, lo que es peor, una emoción también artificial. Apenas estamos a solas con nada, sino aislados y muy ocupados, conectados sin cesar para mantener la empresa del yo. No estamos físicamente encerrados, sino que (cada uno con su estrategia de visibilidad) mentalmente cautivos. Y con la agenda repleta, ese signo de los tiempos que nos permite sentirnos vivos, con la identidad inflamada y dueña de su tiempo.
Sería necesario volver a pasear en solitario, por barrios apartados y sin que nadie nos vea. Volver a camuflarse, a esconderse, a desaparecer. Primero por egoísmo, porque es mortalmente creativo aburrirse, tanto, que nos ahorra gimnasio y psicólogo. Combina además muy bien con el divertido microterrorismo de volver a ser descarados, sin dejar que las aburridas estrellas de los medios acaparen la provocación. En aras de nuestra precaria salud mental, sería deseable la violencia de volver a sentirse solos y dormir mal, sin estirar más la empresa yoica, casi una fiesta a costa del sufrimiento de los otros. Nos retiene el miedo a quedarnos solos, a ser cancelados u odiados. Pero sin afrontar ese miedo, ninguna libertad es más que “de expresión”, en suma, algo bastante onanista: la libertad condicional de los encerrados, aunque en nichos distintos. Decimos algo muy parecido en todos los temas sensibles y vamos a los mismos sitios. Antes había que ver Barbie; ahora, Valor sentimental.
La violencia oblicua de confiar en la transparencia informativa, igual que antes en la palabra de Dios, nos permite tachar de negacionista a todo lo que se aparte de la versión consensuada de los hechos. El resto debe ser un discreto silencio. Silencio, estamos informando. “Silencio, estamos disparando”, dice Levy. Hemos desactivado el músculo de la cólera, que desarma a su vez el músculo de la percepción. Nuestra entera sensibilidad está guiada por los titulares. Y es además interactiva, sin tiempo para las intuiciones, para que reposen o sedimenten. Sin la violencia de una espera, que nos genera ansiedad. De ahí nuestra expresión a la vez ensimismada y tranquila, pendiente de noticias y alguna rara lectura. Y esto en vez de estar atentos a las vivencias. A tu violencia, por ejemplo, la que sufres y la que ejerces. En tal aspecto, nuestra expresión imita el modelo universitario. Por eso mismo es previsible, anodina, variable con las modas. Cuando en realidad no existe poder, ni existencia, sin violencia. Tener poder (tú, yo, el Estado español) es ejercer una violencia: aunque sea sonriente y no sangrienta, irónica y en derroteros oblicuos. El propio Deleuze, hablando sobre lo que él llamaba control, tan distinto a la disciplina patriarcal, no negaba que hubiera ahí un tipo de violencia, aunque distinta a la disciplinaria: la violencia, compatible con los estilos de crueldad femenina, de una rivalidad inyectada e interminable; la violencia de la velocidad obligatoria de la tabla de surf y su estresante actualización. La violencia de la diversidad obligatoria, la geometría variable de una cárcel sin paredes que se confunde con nuestras formas de diversión y los modos de percepción. No hay nada peor que un prisionero que no sepa de qué le están hablando cuando nombran su clausura.
Esta sociedad no sólo no ha abandonado la caza de lo local, sino que ejerce sobre los cuerpos, los territorios y las culturas, la más fanática y cruel de las agresiones. No hace falta recordar otra vez Gaza, los inmigrantes sin papeles en Madrid, la gente “fea” [sic] de Venezuela e Irán. Cada uno de nosotros, como existencia singular, es sometido día tras día a toda clase de humillaciones, aunque por goteo. Como en la parábola de las ranas felices mientras son cocidas a fuego lento, para que se rindan sonriendo; para que se homologuen, se aíslen en una pequeña diferencia narcisista que sea compatible con las mil conexiones virtuales. Hasta se podría decir que la hipertrofia agresiva del narcisismo, esta inflamación minoritaria del yo, es un mecanismo compensatorio de la masiva humillación a cámara lenta. Sobre todo, la saña con la que perseguimos a quien parece haber caído del lado del mal indica un malestar soterrado, un enemigo exterior que todos necesitamos para parecer inocentes. Nuestra vida no será impecable, decimos día a día, pero al menos no somos monstruos, ninguna de esas bestias que pueblan las afueras. Una y otra vez, el blanqueo anímico del mal exterior.
Desde este desarraigo profiláctico interactuamos sin cesar. Estamos todo el día ocupados porque, en medio de este complot social contra lo real, hay que demostrar que existimos. Así pues, la interpasividad es previa a la interactividad: el individuo, sobre todo si es varón, deber renunciar a cualquier arraigo en su patología, a cualquier noción primitiva de autonomía. Debe abandonar cualquier relación atávica con sus raíces (por tanto, el alcohol, el amor, el tabaco, el sexo) y hacer una vida sana que le ponga en manos de la sociedad médica del conocimiento. Hemos puesto la vida en la consigna de esa gran madre, de su poder uterino e inclusivo. Que nadie se quede atrás. Las mujeres están de moda. ¿Por qué? Porque hoy el totalitarismo liberal, para imperar sin protestas, ha de ser doméstico: en suma, psicológico, económico, tecnológico, subjetivo… Después se nos sirve una IA para sujetos sin sentimientos ni corazón, procesados en sus emociones como nuestros alimentos lo están en sus componentes. La información, por si quedase alguna duda, nos indica lo mal que le va a los otros, a los pueblos (persas y árabes, eslavos, latinoamericanos) que persisten en una vía elemental. Quizá aceptamos su holocausto, por la derecha y por la izquierda, como signo también de que lo primario, sea en versión palestina, bolivariana o iraní, no puede pervivir más que en un inofensivo clon turístico. La idea del resort de Gaza no ha venido sola.
Se nos conmina ante todo a la igualdad. Aparte de lo que es obvio, en lo laboral y social, el mensaje incluye también que seamos iguales en normalidad y obediencia informativa; en la cancelación consumista, en nuestro interior, de cualquier alteridad asocial: ni anímica, por supuesto, ni tampoco perceptiva. Con una obediencia sin precedentes, que sólo tiene el reverso de la herejía negacionista, todo lo verosímil debe estar programado. La caza y los toros son horribles igual que la tierra es redonda; Israel es la única democracia de Oriente medio, el cambio climático explica los incendios del año y los ayatolás iraníes maltratan a sus mujeres. Cualquier otra cosa es pecado de odio.
La horizontalidad del nihilismo, de su vasallaje informativo y tecnológico, es nuestro IV Reich. Y en un fluido inglés, por supuesto, ya que el III, en alemán, no era suficientemente ágil y global. El aire anglo y sexy de nuestras formas de gobernación, de relación y conducta, esconde un odio fúnebre. Oculta un fétido pesimismo ante todo lo que sea irregular y terrenal: afectos, atraso, espontaneidad sentimental, inocencia o frescura brotada en las venas. Es preciso, para nuestro bienestar enclaustrado, cerrar todas las salidas. Fijaos sólo en esto: ¿quién se atreve hoy a hablar sin leer? Ni el papa, que lee un papelito para recibir a unos niños. Nuestra violencia es esta: nadie debe existir, ser presente desde sus pasiones. Por eso la señorita que al fin de pone al teléfono, después de cuarenta y cinco minutos de espera entre robots, parece también un robot. No hace falta intentar citar los desconocidos libros de Agamben, de Tiqqun o el Comité Invisible. Es obvio que nuestro elitismo aspiracional odia la sencillez, siente pánico ante ella. En la sencillez la vida mortal es libre, ni siquiera tiene miedo a la muerte. Nosotros no podemos tolerar eso. Ya lo decía la canción: Antes muerta que sencilla. De ahí que, para un buen académico, Agamben sea un chiflado. Y Christian Bobin, un cursi.
El ansia de una violencia perfecta, sin asquerosa sangre a la vista, es el eje de nuestro entretenimiento democrático. No olvidemos que hay que entretener a los que esperan. Pero esta hipótesis nunca excluyó la sangre de los otros, que puede correr a raudales sin que nadie proteste. Como mañana podría ser la nuestra, el día en que cometamos un error y caigamos del lado del mal, es necesario redoblar las precauciones y blindarse digitalmente en una estratégica sociedad de esclavos del mañana. Del inmanente control de Deleuze pasamos así a una Tercera Fase. Aumenta el poder microfísico, el colaboracionismo subjetivo. Ni disciplinaria ni rizomática, la actual fase combina la obediencia neoestalinista al terrorismo de la moda (en todo, también en lo que hay que odiar) con el espectáculo reconfortante de matanzas lejanas en los amplios campos de caza primarios (dictatoriales, comunitarios, teológicos) que se nos sirven. Lo decía Agamben hace poco: el Estado se ha despojado ya de sus máscaras jurídicas y actúa conforme a su verdadera naturaleza, que en última instancia es el terror. Nobleza democrática obliga. Tal genocidio perpetrado por los elegidos, sea de nihilismo norteamericano o israelí, contará con la participación activa (Rutte, Merz, Meloni, Starmer) o el silencio embarazoso (Macron, Costa, Sánchez) de los países europeos.
El racismo siempre une. Aparte de su “populismo”, lo peor de Chávez y Maduro es que eran de origen humilde y, por encima, negros. Ayer un miembro destacado del gobierno de Trump presumía en público: “La de Irán no es una guerra justa: los estamos castigando“. Enfundada en un racismo ilustrado que tiene siglos, la izquierda europea sólo puede hoy protestar, ante esta barbarie típicamente estadounidense, en cuanto a las formas. La izquierda como estilo de vida (Wagenknecht) está esencialmente de acuerdo en la masiva xenofobia democrática según la cual Xi Jinping, Maduro, Jameini y Putin son un asco “campesino” [sic] que hay que liquidar cuanto antes. En sus diversas formas, la cultura de la cancelación obedece a ese odio democrático a cualquier afuera, que para los elegidos ha de ser tiránico. No sólo se cancela al actor Kevin Spacey, a Julio Iglesias o Errejón. Se cancela a un país entero: recordemos otra vez en qué términos condenatorios Sánchez (que no es lo peor) habla, a los tres días de que 160 niñas fuesen quemadas vivas en el patio de su escuela, del Irán de los ayatolás. Fijémonos si no en Ursula von der Leyen, en Kaja Kallas y toda la laya de paletos que, sin ninguna cultura antropológica, intentan gobernarnos. Trump es hasta ahora sólo un triunfal ejemplo grotesco de la desvergüenza media en la que hemos aprendido a respirar. Eso es esencialmente lo global, el poder expansivo de la desvergüenza. Marco Rubio y Corina no son solamente unos gusanos. Son el gusano inteligente que sabe bien el gusano que podemos ser; el que queremos silenciosamente ser en lo más recóndito de cada uno de nosotros.
Asombra todavía, en esta parusía del más abyecto Anticristo, que no sintamos que debemos defendernos; que no sintamos la violencia infinita que se ejerce cada día sobre nuestras mentes y cuerpos. De acuerdo, cada uno de nosotros está aparentemente protegido: la familia, los amigos, la juventud o la vejez, la apacible Universidad, la amabilidad de España, etc. Mi clase media, mis recursos intelectuales, mi familia, mis amigos, la filosofía, algún funcionario cómplice… Aún así, no debemos perder nunca de vista a Pasolini y sus premoniciones: “Todos nosotros estamos en peligro”. Vivimos en medio de una enorme secta criminal, algún día habrá que asumirlo. Es entonces urgente, tanto médica cuanto moral y políticamente, aprender a combatirla y odiarla. “Aprender” significa también: dosificar el veneno de nuestra violencia, adiestrarse en infiltrarse y actuar en el coma moral del entorno, reteniendo el “paso al acto” de los golpes. En resumen, hay que saber esperar, aprender a esconderse y a latir, hibernando en escogidas guaridas. Tenemos que recuperar, al menos con una de nuestras manos, una teología negativa para el secreto, para la espera escondida y la clandestinidad de vivir.
“Te lo compro” se dice de un argumento político, expresando de nuevo las obvias concomitancias entre la ideología y el peor marketing comercial. Pero no, la causa de la rendición generalizada de la izquierda es una corrupción espiritual, no simplemente económica o política. Una de las primeras violencias políticas y mentales a recuperar consistiría en tomar en serio la inexistencia, la posibilidad de morir, de desaparecer, de no ser visible. Lo cual significa dar un salto por encima del miedo, de la mera ideología política, para atreverse a ser religiosos de algún modo y aceptar lo invisible, lo que nunca acaba de llegar. Lo cual sería también indispensable para combatir este simulacro furioso de la religión que es el nihilismo genocida que nos gobierna.
Muchas otras cosas, incluida la confrontación ideológica, o esa división juvenil entre indies y gymbros, es completamente episódica y secundaria. Odiado también por la filosofía académica, Badiou tenía razón cuando al comienzo de su San Pablo hablaba de una escandalosa e invisible simplicidad en las estrategias de gobernanza en este capitalismo tardío, cada vez más queer: aislar y humillar todo lo real (no sólo los varones, las relaciones y la familia: también el tabaco y el alcohol han de ser tóxicos); conectar, diversificar y divertir en lo virtual, una vez que la existencia ha sido anulada. Lo liquidado como singularidad real será recuperado como turístico. Un futuro burdel en Venezuela.
Por no hablar de Lagarde y Ursula, de Cayetana o Ayuso, reparemos otra vez en el proxeneta de sí mismo que es Rutte, en el lenguaje de Kusturica, esa “puta moderna”. Al verlos, a ellas y ellos, nadie diría que las viejas formas de poder perviven. Pues sí, perviven, y con una violencia elevada a la enésima potencia que se ha hecho emocional e inteligente. Vivimos bajo un feudalismo de cuño horizontal e inclusivo que odia que cualquiera (individuo, nación o cultura) respire aparte. Es así de simple. Las amenazas sobre Irán, Venezuela, Rusia o Cuba, no existirían sin ese odio viejuno que nace con el capitalismo. Que ahora ese odio esté dirigido por pijos y pijas que nunca han disparado una carabina de aire comprimido en una barraca de feria, no debería llevarnos a engaño.
Es crucial un nuevo pacto con el diablo que disuelva esta blanca espuma primermundista que nos confunde. Mientras, la TV estatal presume de índice de audiencia a raíz de la Dana valenciana o del accidente de Adamuz; mientras el PSOE presume de una sensible mejora en las encuestas a raíz de la guerra con Irán. La serpiente es la figura de Deleuze para resistir al poder-surf, deslizante y espectacular, que se nos sirve. Hay que volver a ser serpientes: ser capaces de la mayor velocidad para poder morder, incluso en la tabla de surf y, acto seguido, retirarse a la clandestinidad de la hierba. Donde podremos recuperar el ritmo del ser lento y moral que somos. Es cierto que Deleuze y Foucault, este último tan de moda en el tedio académico, se nos han quedado muy cortos. Pero no tanto por las formas de importante resistencia microfísica que proponían como por un registro teológico que está en Weil, Benjamin, Lacan y Agamben (este último, despreciado sin cesar por la academia) y que los dos pensadores amigos olvidaron. Y sin embargo, esa intensidad teológica es hoy indispensable para la violencia cuántica que nos exige vivir.
Hay que orillar de una vez por todas a la estrechez ilustrada del juicio kantiano, que ha hecho tan triste y tan despótico a Occidente. Urge reinventar una relación cognitiva con el afuera, asocial e impolítico, que es la pulpa de la tierra. Con una trascendencia puramente negativa que haga de la vida individual el absoluto sin el cual hoy nada puede respirar aparte, libre de una policía política y psíquica que se ha vuelto asfixiante.
Por la derecha y por la izquierda, nos pasamos el día injuriando a supuestas naciones despóticas. El caso es que nosotros somos ya interminablemente violentos. En nuestra forma de percibir por delegación; en nuestras fáciles prisas por condenar al otro; en nuestras opiniones protegidas, cómodamente conducidas. Volver a tener una voz, portar la frescura de una experiencia viva, oral y corporalmente presente, nos exige volver a vivir por cuenta propia. Sobre todo en cuanto a la percepción, nos exige de algún modo volver a ser vagabundos, tal como sugería la primitiva revolución política del cristianismo. ¿Estamos dispuestos a esto, hoy, en un Occidente cautivo del conductismo? ¿En una “sociedad del conocimiento” que se ocupa de todas las esquinas, desde la salud sexual al cuidado de los niños? Para responder en serio a esta pregunta tendríamos que recordar una vieja certeza según la cual los nómadas son los que se aferran a una región central, de experiencia y de verdad, que no cabe en ningún sitio. Tampoco en un sistema político, en ninguna ideología salvadora. Mal que le pese a los que se sienten elegidos, la democracia no es el descenso de Dios a la sociedad de los hombres. Es pues imperioso, al menos con un hemisferio cerebral, tomar distancias con una articulación política que ha llegado a no saber nada de la dolorosa desarticulación que es esencial a estar vivo. Eso que precisamente nos une a cualquier humanidad y a cualquier cultura, del pasado y del presente.
Texto publicado en Brownstone España
12 de marzo del 2026



