Esta peligrosa escasez de infierno (Sobre "Los odios y los días")

Queridos Á., P., P. y V.,

Sois de una cordialidad que ya no tiene equivalente en este mundo. Es un poco abrumadora, Á., tu procesión de acuerdos y elogios hacia ese libro que tanto me ha costado… y que quizá todavía me resisto a entender. La tuya es además la primera impresión que recibo de Los odios y los días, por ello una visión doblemente valiosa. Voy a repasar esa colección de fragmentos del libro, que me enviaste en el otro correo, como si fueran señales para su relectura. Para una comprensión sintética que es urgente, pues tras tantos meses casi no conozco a mi criatura. Durante su creación y después, los libros crecen al margen de uno y más tarde no sabes muy bien qué es lo que has escrito.

Hablas de escribir con y desde el cuerpo. En mi caso siempre ha sido así, tal vez por una mezcla más bien inconfesable de sencillez y arrogancia. No hay más ambición que la de convertirse a lo inmediato. No tengo más que mi cuerpo y sus sensaciones, esos «pensamientos en conmoción» (Bergamín) que vienen de vivir con los cinco sentidos. En cada lapso de tiempo, como si fuera el último. El pensamiento, la escritura y la filosofía vinieron después como una forma de organizar lo vivido, de sobrevivir a su vorágine.

Por eso siempre he entendido muy bien esa idea vuestra de que la cultura y el pensamiento no deben añadir nada a la vida, a la entereza mortal de existir. Esto ya es inmenso y no deja lugar a más ambiciones. Tal vez la gente analfabeta, los niños y las personas sencillas, están más cerca de esa verdad que los intelectuales, burócratas y expertos que viven del fasto cultural.

Para los que escribimos por estricta necesidad, buscando satisfacer algo muy parecido al hambre, se trata siempre de volver a cómo las cosas fueron. No hay otro horizonte, no hay otro cielo que ser fieles a una realidad que, si no adviene a la forma para ser anotada al pie de la letra, puede matarnos, pues en ella nos jugamos la vida.

Todo lo que no sea poner el cuerpo, con la dosis de sacrificio y alegría que esto implica, es apostar por la indiferencia, por la celebrada diversidad y un perpetuo «cambio de canal» que algún día nos pasará factura. La realidad, con los rostros y los nombres queridos que hay en ella, no perdona, pues es lo único que tenemos para acercarnos a nosotros mismos.

Y a «Dios». Dios es ese absoluto mortal, la inmediatez común del enigma. Ni siquiera hace falta ser especialmente «creyente» o ir a misa. Hoy la fe se dilucida y se pone a prueba en esa conversión a lo inmediato que nos aconseja a la contra, por razones de salud, la dañina ficción social que nos envuelve. Se trata de volver a creer en lo visible, en una eternidad que cabe en la más breve duración. Sin necesidad de templos lujosos, concentraciones multitudinarias ni espectaculares recibimientos al Santo Padre.

Me gusta la gente religiosa, las personas que sienten el misterio en la clandestinidad de lo diario. En tal aspecto, como dice un clásico del pasado siglo, «todo lo malo que le pase a esta cultura me parece bien». Aborrezco la frivolidad, la indiferencia que implica la diversidad informativa y cultural. Prefiero el odio, me parece más humano. Además, no existe tal diversidad, es sólo un mito de la época: en todo lo importante no hay nada que elegir. No «elijo» a mis amigos, la amistad surge de un encuentro que no se puede abandonar. Y antes por razones médicas que morales.

Igual con la escritura. Esta sólo está justificada, como dices con Rilke, si no se podía hacer otra cosa. En ese sentido, tienes razón en que se debe escribir «de vuelta a casa», tratando un viento exterior que debe ser por fin habitable. Igual que vivir, escribir debe depurarnos de todas las adherencias, permitirnos volver a la simplicidad en la que las almas se juegan la vida. Esta «seriedad» es, por lo demás, compatible con el juego. Es incluso el gran juego en sí misma: conseguir un pensamiento que se disuelva en existir, que sea igual a devenir.

Nuestro gran pecado es hoy la escasez de pecado, de riesgo y de traumas. Padecemos una escandalosa precariedad de infierno. Precisamente porque hemos retrocedido ante la muerte viva, nos pasamos el día enredados en matanzas. Las redes son eso, la información es eso, la cultura es eso. Interminables matanzas sumergidas.

Todo estaría cumplido si fuéramos capaces de vivir esta vida como única, sin estar siempre mirando para otro lado, hacia la siguiente entrega en la serie social que nos convierte en público cautivo.

En fin, Á., me he enrollado mucho, pero sólo quería agradecerte el homenaje que es tu lectura. Y agradecerla con la humilde elementalidad de quien sabe que no ha escrito nada más que un eco de lo que todos hemos vivido.

Hay una frase de Amiri Baraka (Leroy Jones) que me importa y a la que siempre vuelvo: «La música de John Coltrane es algo de tal intensidad que hace que la idea de suicidio resulte aburrida». Esta es mi religión, creer que en cada minuto nos jugamos a Dios, este absoluto que late mezclado con la ganga de un día cualquiera.

Un abrazo muy fuerte, para ti y para P., para V. y P.,


CVPVLA CLUB. Ignacio Castro Rey habla sobre Una Violencia Necesaria.

Versión 25 minutos Exposición Ignacio Castro

Versión completa. Exposición Ignacio Castro, exposición Lluís Pla y debate

En este mundo tan democrático y «pacifista», políticamente tan correcto, atento a lo minoritario e inclusivo, ¿existe sin embargo una violencia necesaria, justa, justificable? Fuera de la inevitable hipocresía de cualquier sociedad, de nuestra pose progresista, la idea es si podemos prescindir totalmente de la fuerza. O de una decisión brusca que nos evite el retorno de una violencia mayor. Nos pasamos el día anatemizando la violencia de los otros, los «malos» más o menos oficiales, pero olvidamos que tendemos una sutil cortina de humo sobre los crímenes que nosotros cometemos, a veces banales.

¿No indica este doble rasero, además de la hipocresía inevitable de una sociedad que se pretende moderna, que hay unos límites reales en nuestro pacifismo? ¿Existe entonces una violencia primaria y justa de la que no podemos ni debemos prescindir?

Una conversación entre Ignacio Castro Rey y Lluís Pla Vargas sobre la violencia, la responsabilidad, los límites de la convivencia democrática y algunas de las contradicciones fundamentales de nuestro tiempo. Ignacio Castro Rey Filósofo, ensayista y crítico cultural. Autor de numerosos libros y una de las voces más reconocidas del pensamiento contemporáneo español, su obra explora cuestiones como la tecnología, la política, el arte, la experiencia cotidiana y las transformaciones de la sociedad actual.

Lluís Pla Vargas Doctor en Filosofía, autor, escritor y coordinador de Filosofía de la Universidad de Barcelona.


Penumbra encendida (En torno a

Penumbra encendida (En torno a "Siempre, todavía", de Antonio Montalvo. Espacio Mínimo, Madrid. Hasta finales de julio)

Penumbra encendida (En torno a

Si a veces ocurre que la sombra se adelanta a los cuerpos y, por así decirlo, los delata, aquí es el halo, al fin y al cabo una sombra invertida, lo que salva a los sólidos hacia una gracia indecidible, sin reino.

 

I

Solaz de una noche común que irradia a través de las criaturas, una soledad manantial une a estas cosas. Aunque en una radiación más oscura que la de una tranquila inmanencia. Aperos abandonados. Un queso, un pan, un vestido, una cabellera. Como si la vida siempre hubiera estado ahí, inverosímil, y no hubiera más que creerla.

 

II

El aire de llegada hace de cada bulto un enigma que no demanda de nadie. Lo que configura un tono de anunciación en estos cuadros es la relación secreta con un resto implícito, como si nada estuviera excluido. Las cabezas, las caras, la piel, las cabelleras son el eco de algo ausente, una concentración silenciosa que no necesita conciencia.

 

III

El milagro de estas presencias es el de un ser que ni requiere ser visto. No se pintan exactamente volúmenes, semblantes y cuerpos, materias quietas o animales. Se anota ante todo un tránsito, una espera que no precisa esperanzas. Mezcla de humildad y pillería, las siluetas muestran la dulce conformidad de un existir que acaba de llegar y se queda, sin tener que ir a ninguna parte.

 

IV

No se atestiguan tanto figuras, tampoco su paso imperceptible, cuanto una conmovedora caducidad. Una presencia, por lo demás, acompasada a la más breve duración y a las más recatadas tareas: leer, vestirse, descansar, estar ante el espejo, en una sala o junto a una mesa. Pillamos a los seres inadvertidos, igual que de pequeños nos volvíamos para comprobar si el mundo seguía ahí.

 

V

La acción de los cuerpos consiste en poco más que en seguir con la insignificancia de sus rutinas. No hay apenas acción, apenas pasión. Inobservados, humanos, enseres y animales tampoco han de conocerse a sí mismos. Cierto resplandor de inutilidad se apodera de las anatomías y les brinda ese aire invulnerable, de pureza recién recobrada.

 

VI

Arbustos, palomas, fardos de paja. Lo que insufla vida en estos entes es no tener ninguna deuda pendiente. Es posible que la luz provenga de esta inocencia límbica, de una sagrada forma que desciende en cada cuerpo. Lo corruptible se reconcilia con un pueril yacer, al margen de cualquier espectador. La esencia coincide con el mutismo. Tal es la luz de estos cuadros, una suspensión que exime a sus objetos de entender nada de sí.

 

VII

Tal vez el amarillo aluda a una certeza onírica, a cierta atmósfera de metamorfosis. Si una impresión de lejanía se hace palpable es porque, en este ruidoso orbe interpretado, persiste de pronto un resto de dicha sin ideas, de gracia distraída.

 

VIII

La realidad ni siquiera es sorprendida en una pose, pues para ello tendría que tener una orientación, un testigo que anote el gesto. No hay tal gesto, sólo bultos descansan en un halo que se adelanta al cuerpo y lo envuelve. Una bienaventuranza que procede del abismo absuelve lo demoníaco que pueda haber en cualquier aparición.

 

IX

Asombro de ser, con una mansedumbre que no precisa testimonio. No cuerpos gloriosos; apenas organismos, poco más que seres borrosos. Una cantinela infantil que recorre las estancias permite pintar a la vez la decrepitud, una joven nuca rubia o una herramienta apoyada en la pared.

 

X

La sensación de distancia no procede sólo de la nube del color, velado en figuras que a veces hace falta mirar tres veces. No tanto de eso como del clima de un reposo sin meta, a solas con el parpadeo de su propio encuentro.

 

XI

Si nuestras cifras son febriles en esta era de escala colosal, no está mal volver al misterio de la mera presencia. Una luz difusa mezcla contornos y semblantes en un amanecer que se libera del reloj, se prolonga más allá del mediodía y sigue pulsando. ¿Mañana? ¿Tarde? No hay hora, sólo la que marca un alba que no cesa.

 

XII

Como si los pesos fueran cautivos, con cierta desgana, de un purgatorio que les libra del infierno y hace innecesario ningún cielo. La redención viene de un simple estar ahí, una impasibilidad que no necesita demostrar nada ni sostener discurso alguno.

 

XIII

Cualquier exterior late en estos seres que han renunciado a escapar de su cárcel terrena. Lo que inunda de luz es tal vez esa santa conformidad, el coro de un martirio consentido.

 

XIV

El aura tibia de los cuerpos procede de su más íntimo allende, de un tormento de la materia vuelto al calor de cada peso. Confundiendo el sueño con la vigilia, el gualdo ilumina una sombra, acoge un haz de tiniebla. Nos invita a volver a creer en lo visible, en una realidad que equivale a la niebla.

 

XV

La manida crisis de la pintura no se resolverá disimulando su irremediable sosiego, plegado al enigma de las superficies, sino volviendo descaradamente al silencio del lienzo. Sin complejos, se trata de dejar que cada peso descanse en su propio vértigo.

 

XVI

Y destruir así la nitidez mediante la nitidez; la indefinición, con la indefinición. Esto es lo que da lugar a tales criaturas en trance, en tránsito. No por el miedo legítimo de cada una, sino porque todo fue dicho desde el comienzo. El silencio ha tallado desde abajo los perfiles y lo que se pueda decir después viene sin oídos que lo atiendan.

 

XVII

Noche salvada desde sus goznes. Nada de la revelación. Si estas vidas no nos miran es por no necesitar aprobación. Sostenido en un interior abandono, el día procede con las oscilaciones modales de una tiniebla de fondo. La luminosidad difusa, sin foco de emanación, brota de una latencia de umbría.

 

XVIII

Durmiendo, leyendo, doblando ropa. Tal pareciera que lo que irradia es una íntima entrega a una existencia vacante. Con frecuencia, en espacios domésticos: también ahí hay dioses. Y en una cercanía tan trivial que resulta poco menos que inapresable. ¿Es una pueril entrega a la gravedad la que se enciende, prometiendo un vuelo? Con tal luz que, a la fuerza, linda con la sombra, como en algunas estampas japonesas. A la manera del Tao, un buen caminante no debe dejar huellas.

 

XIX

Lo que constituye el aire de lejanía es el vínculo con cualquier posible fuga. Podríamos no estar aquí, aunque al fin estamos. Más sugeridos que impuestos, en los enseres de Montalvo está suspendido un nimbo profano que mezcla erotismo y llaneza. Tal vez no hay otro afrodisíaco que el de esa inocencia.

 

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 29 de mayo de 2026


Impotencia real y arrogancia del pensar del filósofo Ignacio Castro Rey

"Impotencia real y arrogancia del pensar" del filósofo Ignacio Castro Rey

7 Miralls al Dau presenta el vídeo documento de la charla «Impotencia real y arrogancia del pensar» del filósofo Ignacio Castro Rey realizada en el seminario Joan Lluís Vives en la facultad de filosofía de la U.B de Barcelona, el pasado 10 de Abril de 2026. Vídeo realizado por Jordi Traperho con la colaboración de Parigi.

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Metapsicología de la guerra en curso. Ignacio Castro Rey

Metapsicología de la guerra en curso*

¿No hay necesariamente analogías entre la crueldad civil y la militar? A veces una simple reunión de vecinos hace presagiar lo peor. Pero si cada época tiene sus enfermedades, igual que sus tecnologías propias, tiene también unas formas de hacer la guerra. Tal vez no cambia un fondo de crueldad en la historia, que casi siempre es una pesadilla sobre la espalda de los humanos. Sí cambian, y mucho, las maneras, a veces obscenas, con las que ese fondo se ejerce. La saña con la que los juicios mediáticos persiguen hoy a los que parecen haber caído del lado del mal, ¿no indica ya una caída en picado del respeto hacia el otro? Acaso también la ferocidad de unas guerras donde el enemigo puede ser violado por perros, defenestrado, quemado o enterrado vivo.

En cuanto a las formas actuales de matar y nuestros servicios de la agonía, pensemos primero en un capitalismo patriarcal y disciplinario, con sus correspondientes formas de enfrentamiento entre grandes cuerpos de ejército. El paso posterior a un capitalismo disperso y de «geometría variable», más inclusivo que vociferante, más de corte «femenino» que toscamente masculino, tuvo asimismo que provocar mutaciones en el orden bélico. Debemos ante todo recordar una obviedad. Los preparativos bélicos son la primera prueba de la IA fuerte (ya el nombre prometía lo mejor), más aún de lo que siempre ha ocurrido con la tecnología. No la medicina o la investigación científica, aunque también, sino sobre todo las ingentes sumas invertidas en el poder geoestratégico. De un frente mecanizado y guiado por una disciplina que enfrenta a grandes unidades militares, hemos pasado a otro ondulatorio y digital (paralelo a lo que Deleuze llamó control) donde ya es difícil distinguir la tregua del enfrentamiento, las fuerzas armadas de la población civil, los grandes cuerpos regulares de las pequeñas unidades de combate destinadas a la infiltración. En una época donde el hard power se ejerce a través del sofware y la disuasión tiende a pasar de ser nuclear a ser inteligente, será también difícil mantener las distinciones bélicas tradicionales, que permitían cierto garbo militar, y servían hasta ayer para orientarnos. Lo que sí se mantiene, y es la conclusión final de esta investigación, es el triunfo final del cuerpo por encima de todas las fantasmagorías. Lo más vulnerable, la carne de los seres humanos, es el bien más preciado en cualquier clase de contienda y el mayor depósito de potencia tecnológica.

 

I

Múltiples señales que apenas tienen precedentes permiten que el analista ruso Dmitri Trenin hable del fin de 500 años de dominio militar occidental y de 40 de dominio norteamericano. Posiblemente por vez primera se propone incluso una guerra nuclear de ámbito regional. No terminal, con una «destrucción mutua asegurada» que era el factor clave de la disuasión. No olvidemos que, si la función principal de las armas estratégicas (capaces de alcanzar una enorme distancia) es la disuasión, las tácticas, de las cuales Rusia conserva una cantidad ingente, pueden pasar más fácilmente a un uso limitado y regional. Se discute incluso qué fueron las bombas de Hiroshima y Nagasaki, si una cosa o la otra. A pesar de su inmensa y desconocida potencia industrial y militar, China ha estado mucho tiempo «lejos»; es casi una recién llegada y probablemente todavía una relativa incógnita en el campo de las operaciones tácticas y estratégicas. De Rusia, gracias a la URSS y a la guerra fría, podríamos saber lo suficiente. Dotada del primer arsenal de armas nucleares tácticas (de 1450 a 1600 ojivas, frente a las 230 estadounidenses), si la Federación Rusa no es entre nosotros un gran temor que invite a la prudencia se debe en parte a la arrogancia insular de esta Europa y a la consiguiente confianza, demasiado tradicional, en que Rusia no se atrevería a usar armas nucleares contra su antigua y admirada cuna. Hay además otro factor. Con Afganistán, Irak, Libia, Serbia o Venezuela, obviamente, el Occidente oficial ha sido maleducado por enemigos demasiado fáciles.

 

II

Hace unos diez años se habría producido la transición a lo que podríamos considerar una nueva guerra mundial, que ya está en marcha. Abierta en Ucrania, Oriente Medio y Próximo; encubierta en Latinoamérica y Extremo Oriente. Amplias zonas de destrucción total, de 20 a 30 km. de profundidad, transparentes a la vigilancia, a drones y misiles guiados, impiden la antes habitual concentración de tropas. Más bien la dispersión es ahora la ley, con la infiltración a veces de pequeña unidades de muy pocos combatientes. Tampoco hay claramente una línea de contacto entre los contendientes, sino una amplia zona gris (Trenin) donde ellos se disponen como en capas alternativas de un pastel, pero con localidades que continuamente cambian de bando y de dominio.

 

III

Posterior a la balcanización contemporánea y a su fisión, la fusión (tanto en cocina y música como en la guerra) casi no conoce fronteras en el plano bélico. Guerra y treguas, disparos y conversaciones, matanzas y entretenimiento se intercambian, tanto en nuestros escenarios reales cuanto en la imaginación de las pantallas. No hace falta recurrir a Trump para resaltar la última banalidad del mal en las matanzas recientes. Resulta ciertamente difícil, en medio de una educación esencialmente mediática, entre breves twits presidenciales y un permanente show televisivo, que los líderes políticos europeos conserven algo del «pensamiento estratégico» que echa en falta Serguei Karagánov. Las guerras se mezclan hasta con Eurovisión, pareciendo incluso que lo bélico favorece y aumenta la popularidad de los concursos. El propio representante israelí en el certamen de este años llega a decir que los abucheos son parte del encuentro y de la rivalidad. Esta general banalización de la muerte, la de los otros, convive curiosamente con la más ridícula hipocondría entre nosotros. Mientras vemos sin inmutarnos imágenes diarias de niños partidos en trozos, Europa entera delira con la posibilidad de que haya un solo muerto por hantavirus en ese barco fantasma que nadie quiere dejar atracar. Es tal la endogamia autista que produce el bienestar que, mientras miles de personas mueren cerca, en España se discute esencialmente cómo afectará el cierre de Ormuz a las próximas vacaciones. A veces Europa recuerda al Titánic, con aquella orquesta que sigue tocando mientras el agua entra por debajo a raudales. Así pues, balcanización, pero también de las conciencias.

 

IV

Asistimos igualmente a la expansión regional de antiguos conflictos más locales: Donbás-Ucrania-Rusia, Colombia-Venezuela, Palestiba-Líbano-Siria… Se hacen difusas las fronteras de cualquier teatro de operaciones, con un papel clave del espacio aéreo (sobre el que ya insistían Heidegger y Virilio) y el de los aliados, explícitos o escondidos. Prolongando una mentalidad civil que ha hecho desaparecer el espacio físico a manos del tiempo cronometrado, se dice que la distancia ha dejado de ser determinante en los conflictos bélicos. Pensemos ahora en el ataque estadounidense a una fragata iraní en Sri Lanka, en el bombardeo iraní de la isla Diego García… Por lo pronto, sino Irán, todo el territorio de Israel está expuesto a una guerra constante que se libra desde el ciberespacio. Hace ya años que Rusia fulminó desde muy lejos a un líder de la resistencia chechena a raíz de una simple llamada telefónica (ella guiaba al misil) que duró más de lo conveniente. O quizá la clave fue que la inteligencia satelital acortó el tiempo de detección. Como en el caso de las drogas deportivas, siempre por delante de la ley, las armas intentan hacerse invisibles (en estos tiempos de visibilidad máxima) y adelantarse a la detección.

 

V

De las plataformas de combate hemos pasado entonces a las soluciones variables de software, que integran inteligencia, designación de objetivos y destrucción en tiempo real. Los enjambres de drones (en los que son pioneros Ucrania, Irán y Rusia) son el signo de una guerra lowcost, informal y con frecuencia de baja intensidad. Los pilotos israelíes (y Trump) han confesado que a veces disparan, o sueltan las bombas, sólo por diversión. Aunque no sólo se trata de guerras asimétricas, sino con frecuencia de una pesadilla para la mentalidad militar tradicional. Por ejemplo, esa flota de mosquitos iraníes, cientos de lanchas en Ormuz equipadas con sistemas de misiles y torpedos, complejos antiaéreos, kits de guiado y sistema antidrones. Los sensores de navegación (GPS, láser, infrarrojos, radar, computadora de control) más las superficies móviles con aletas, y los sistemas de estabilización y corrección de trayectoria, transforman las municiones convencionales en inteligencias frías. El Joint Direct Attack Munition, de Boeing, convierten bombas convencionales en cabezas guiadas por GPS. Como en tantas ocasiones, apenas sabemos nada todavía del equivalente ruso, chino o iraní de esta inteligencia sin corazón. Al tiempo. Entretanto, con las nuevas armas el zumbido no es el anuncio terrorífico que precede al ataque y paraliza al enemigo (al estilo de los bombardeos en picado del Stuka nazi) sino que, antes inaudible, el silbido es simultáneo a un estallido que cae fulminante desde un cielo sereno. Cuando se oye el aullido de un misil hipersónico, ya está entre nosotros su carga explosiva.

 

VI

Los UAV ucranianos llegan hasta los Urales. Los drones iraníes, hasta Chipre. Bandadas de esos pájaros mortíferos, cada vez con mayor autonomía (de 1000 a 3000 km.), disuelven en cierta medida la noción intocable de retaguardia y la consiguiente inviolabilidad (garantizada por la Convención de Ginebra) de la población civil. Los jóvenes ucranianos tienen poderosas razones para eludir el frente, pero atrás tampoco les espera un lecho de rosas. Cualquiera puede ser víctima en estas nuevas guerras, dado un carácter aleatorio, casi cuántico que es parte de la preparación terrorista de los estados. Ni se habla ya de «daños colaterales», como en la ofensiva de la OTAN sobre Serbia. Si acaso (en los hospitales de Gaza, en las escuelas de Irán) durante días y días se discute la autoría, bajo una posible «falsa bandera» que es constante gracias a la lluvia de información que acompaña a la lluvia de drones. Lo que antes era metralla ocasional, ahora es una llovizna continua de fragmentos metálicos, de noticias y alarmas que impiden orientarse en el campo de batalla. Para estresar a las poblaciones (un buen soldado y un buen ciudadano han de estar estresados), hace mucho tiempo que la información, también las de las ONG, es casi siempre bélica, muy cercana a los centros de mando y a sus intereses geopolíticos. Ayer mismo, casualmente, Amnistía Internacional informó que la pena de muerte ha aumentado en el mundo… por culpa de Irán y China.

 

VII

Mientras tanto, decíamos, drones de combate y de reconocimiento hacen imposible una guerra clásica de movimientos a gran escala, congelando el campo de batalla. Paradójicamente, la visibilidad casi infinita de la vigilancia se superpone también a una casi infinita guerra oculta, poco menos que sideral o subterránea. Como ocurrió antes en Vietnam, así es ahora en Gaza e Irán. Si Hamás tiene todavía 500 km. de túneles, ¿cuántos tendrá lo que llamamos con desenvoltura «el régimen de los ayatollás»? Tal vez el precedente es el Vietkong y su guerra de toperas, donde los agentes defoliantes de los estadounidenses no servían de mucho. Como sea, la alta transparencia del teatro de operaciones hace difícil el antiguo factor sorpresa y las grandes iniciativas con intención terminal. Entramos así en guerras de desgaste doblemente cruentas, similares quizá (otra vez) a los mecanismos civiles de desgaste de la nueva gobernanza. Recuerden que en la pandemia también estábamos «en guerra». En algunas regiones, por tanto, la guerra se hace crónica: ¿como tantas de nuestras enfermedades sociales? Y acaso también horizontal y sin centros de decisión elevados, lo que sugiere una guerra inmanente que recuerda otra vez la polarización civil de la paz democrática. Por doquier, se produce una fusión de los antiguos polos. Si antes la guerra era la continuación de la política por otros medios, ahora la política podría parecer la continuación de la guerra por otros medios.

 

VIII

La cultura de la alarma o del estado de excepción, con el «ni… ni» de un estrés continuo, recuerda a la precarización de los estados de ánimo. Ahora eres feliz con tu Dry Martini; de pronto, tras la siguiente noticia, lloras. ¿Se da también una uberización de las contiendas, a imagen y semejanza de la precarización de la economía? En la cultura del rendimiento, todo se pone a rendir dividendos, también el miedo y los rumores. Si la precarización ha llegado al frente se entiende entonces que se multiplique el intrusismo de falsa bandera, las guerras prosy y por delegación. Israel y el ISIS, Emiratos Árabes y Arabia Saudí son entidades con varios pisos, algunos de ellos inescrutables. ¿Para quién trabaja, por ejemplo, a quién obedece el actual gobierno de Siria?

 

IX

Frente y retaguardia, guerra y paz conviven, así como el «amigo» y el «enemigo». Quizá esto ocurrió siempre, pero ahora sucede de una manera más híbrida, más inmoral e indiscernible. Todo ello, si hace falta, a través de la destrucción de infraestructuras y vías de transporte, con ataques a hospitales y escuelas, a centros de energía y centros de datos. Y la economía, claro está, más las oscilaciones bursátiles y sus ganancias, es imbricada como nunca en las contiendas. Se llegaron a imponer unas 30.000 sanciones y restricciones a la Federación Rusa. Aparte del bloqueo a Cuba y a Siria; más el sabotaje al agua, la electricidad y las comunicaciones de Gaza y Cisjordania. Llegado el caso, de la infancia a las peluquerías, todo lo que pueda hacer pervivir a una nación debe ser pulverizado. Las guerras en curso son mucho más cruentas que las convencionales. Sin ningún reparo, Pete Hegseth proclama en los primeros días de euforia impresionista ante Irán: «No es una guerra justa. Los estamos castigando». Mal que le pese a Putin, no hay prácticamente líneas rojas en las actuales guerras. Porque además el barullo de la información puede enturbiar cualquier crimen, como aquel primer ataque a un hospital palestino en Gaza. Ni siquiera la energía nuclear goza de inmunidad: pensemos en Zoporizha, en Dimona.

 

X

Gracias a la atomización y la fisión, repetimos, es la época de una fusión expandida. Fusión sintética que sirve rápidamente para la difusión, igual que los discos de Rosalía. Esto también implica una alianza insólita entre el progresismo informativo y la violencia conservadora, entre el New York Times, CNN y FOXnews. Fusión también en el llamado extremo centro, pues son Merz y los democristianos quienes (con el silencio de Die Linke) atizan el fuego alemán contra Rusia, no precisamente la extrema derecha. En todas partes, incluso en España, mucho antes de la agresión a Yugoslavia, Venezuela e Irán, la izquierda ha demonizado a fondo esos respectivos países, su cultura antigua y sus regímenes actuales. Olvidémonos pues, antes todavía de que los verdes alemanes apoyaran sin complejos a Israel, de una distinción nítida entre el pacifismo civil y la beligerancia del complejo militar-industrial. La información, empotrada en la censura férrea con la que funciona cada bando, es parte de un frente difuso que incluye una convivencia diaria de paz y guerra, de línea de combate y retaguardia, de información y disparos. El ejemplo extremo es una vez más Israel, donde está severamente penalizado filmar la destrucción que causan los misiles iraníes o de Hezbolá. Los elegidos, si pueden, deben fingir un cero muertos para mostrar su superioridad técnica, o sea, moral.

 

XI

Igual que el enfriamiento local es la cara oculta del calentamiento global, la atomización lo es de la globalidad. Del mismo modo que el ansia depredadora de la transparencia técnica convive, incluso se alimenta, de un ciego oscurantismo antropológico. Si puede, el hasta ahora vigente régimen global buscará instintivamente desmembrar países enteros: Yugoslavia, Yemen, Sudán, Siria, Irán, Rusia… La joven Kaja Kallas comenta un día, despreocupadamente, la idea de «partir a Rusia en trocitos». ¿Seguro que España y México, llegado el caso, estarían a salvo de esta voluntad imperial de fragmentación? Según el llamado síndrome posnacional, las élites no tienen patria. Aunque esa casi perfecta irresponsabilidad nihilista, que desprecia los territorios nacionales y cualquier sucia tierra común, soñando incluso con refugiarse en Marte, es compatible con una cabeza y unas culturas nacionales bien firmes y localizables. El papel mundial de la ferocidad nihilista de dos islas, UK y USA, ha sido clave en el uso selectivo de unas matanzas que se revelan vitales, igual que el terrorismo que precede y acompaña a las guerras. Ante todo, para imponer su mando, los elegidos han de dar miedo. Por eso no hay ningún problema para la Europa democrática en armar a los neonazis ucranianos en el Euromaidán. Como no lo hay tampoco en hundir por capricho al crucero General Belgrano durante la guerra de las Malvinas o en publicitar la fiereza de los gurkas. Del terrorismo de los estados es también parte actualmente la amenaza de espectaculares aranceles. Todo vale en la nueva guerra mundial. La propia acusación de «antisemitismo» no es ajena a este mecanismo de terror con el que, a veces sobre sus propias poblaciones, funciona el anglosionismo que dirige a Occidente.

 

XII

Por otro lado, quizá como parte de este despedazamiento inducido, excepto entre Ucrania y Europa (e Israel y USA), hasta nuevo aviso se acabaron las alianzas selladas. Por ejemplo, ¿exactamente a qué juego tajante juegan China y Rusia con Irán? ¿Y con Cuba, con Venezuela? ¿Realizan otra cosa que declaraciones? Sin apenas alianzas explícitas, salvo Corea del Norte y Bielorrusia con Rusia, cada nación lidia sola y a su aire en la balcanización que, fuera de Occidente, recorre el suelo de la globalidad. Las guerras ni se declaran, y casi todo es en ellas implícito. Cuando se declaran, tregua y guerra (Líbano), negociaciones y ataques (Qatar, Irán) conviven. La propia declaración de guerra es continuamente cambiante. Una vez más, el carácter histriónico de Trump es aquí la punta estadística de un baile tránsfuga de alianzas (hemos visto a India y Grecia con Israel), así como de una inmoralidad militar generalizada. Evidentemente, la «estupidez» de Trump conecta con la inteligencia artificial, alimentada por poco más que Wikipedia y el chat GPT, del resto de líderes occidentales que dicen estar en contra del mandatario estadounidense.

 

XIII

La incertidumbre informativa es quizá el primer servicio de la cobertura. ¿Quién mató a Kennedy, a Charlie Kirk? ¿Quién asesinó a los líderes de la banda Baader-Meinhoff? El zumbido constante de la información ha introducido un difuminado protector que permite cualquier teoría de la conspiración y mil incertezas. Es el mismo difuminado bajo el cual Israel e EE.UU. disfrazan drásticamente sus propias bajas. La nación elegida por Dios jamás volverá a cometer el error de una prensa relativamente libre que pueda fotografiar a una niña de diez años escapando, quemada, de la vorágine del Napalm. Bajo la guerra informativa, la diplomacia es en realidad una disculpa y una ocasión para el ataque, buscando un factor sorpresa que se ha vuelto más y más difícil. Se intenta bombardear a la delegación de Hamás en Qatar, se produce el asesinato de Jameini en plenas negociaciones, etc.

 

XIV

La cultura del supremacismo democrático tiende a la lógica del cero muertos porque en el otro lado la muerte ha de ser masiva. Durante la guerra del Golfo, el coronel Anthony Moreno defiende incluso que los soldados iraquíes pueden ser enterrados vivos en sus trincheras por Bulldozers, ya que sus cuerpos no valían el precio de las balas; menos todavía arriesgar una sola vida estadounidense. También a los cubanos que protegían a Maduro se les puede matar como ratas, pues no merecen el riesgo de una sola vida azulada. Asimismo, se intercambian con naturalidad (a diferencia de Ucrania y Rusia, entre quienes reina cierta «equidad») 1000 presos palestinos por 10 israelíes; como si nada, indicando el precio de la vida en uno y otro bando. Incesantemente, el racismo convive con la tecnología punta. Racismo ariodigital, adaptable a todos los colores y a todas las sexualidades. Las Fuerzas de Defensa de Israel admiten cualquier tipo de raza y color, también ideologías LGTBIQ+, pues lo que unifica a las FDI es la ferocidad del nihilismo. En otras palabras, la religión cero (E. Todd habla de un judaísmo cero) y su indiferencia hacia las vidas que se deben liquidar. De ahí que se permitan vejaciones y violaciones, disparos por diversión, bromas y memes que los nazis se cuidarían de utilizar. Había cierta sobriedad en el horror; ya no la hay. Había escándalos, ya no los hay.

 

XV

¿Queda, en lo militar y lo civil, algún resto de humanismo en Occidente? Para los que piensen que la tortura era una práctica habitual sólo en la Edad Media, recordemos que la OTAN, dirigida por el socialista español Javier Solana, aún hablaba de «daños colaterales»… mientras ametrallaba las colas de gente que en Belgrado intentaban comprar tabaco. Todo vale para infundir terror en el enemigo, que además según la opinión dominante es un animal despreciable. Por eso apenas se habla de daños indirectos: Israel y USA bombardean directamente hospitales y escuelas, ambulancias, tiendas y pequeñas empresas familiares. En Irán o Líbano se aniquila un barrio entero, con cientos de personas dentro, con tal de poder asesinar a un supuesto líder enemigo. Narcinismo, se ha dicho. En la ofensiva de Israel contra Hezbolá se cargaron explosivos para detonar a distancia los buscapersonas, sin importar si el aparato lo manejaba una niña, un viejo o un combatiente. En este y en otros casos, hay que insistir, es mucho más pérfida y más sofisticada la «inteligencia natural» de los dirigentes políticos que planean minuciosamente y sufragan las operaciones que los más avanzados dispositivos de IA que se posean. Nunca los objetivos de la alta tecnología han sido más groseramente analógicos. En Gaza se ha llegado a usar drones de reconocimiento facial que permiten seleccionar con precisión los varones jóvenes a reventar… mientras van a buscar comida a los puntos señalados de encuentro. Aunque Israel, con cierta razón, siempre ha alegado que ellos ejecutan de forma abierta las operaciones expeditivas que, bajo cuerda, han sido el método sistemático de Occidente.

 

XVI

El Mossad, se dice, ha leído Mil mesetas de Deleuze. Sea cierto o no, parece claro que la crueldad bélica se ha hecho también minuciosa, incluso minoritaria. Tétricamente inclusiva, puesto que ya nadie está a salvo. Del modelo del árbol hemos querido pasar al de la hierba. Olvidamos que todo lo orgánico, también la hierba, ha de tener raíces, tronco y ramas articuladas. Así pues, hay que insistir en ello, en las guerras que vienen sigue siendo básica la población, los cuerpos y las almas de los combatientes; las resolución de las personas, en el frente y en la retaguardia… También las tropas de infantería. Lo demuestra la eliminación selectiva a través de francotiradores, sea o no ese asesinato un magnicidio. El asesinato de Bin Laden, de Sadam Hussein, de Gadaffi y Jameini; los mil intentos sobre Putin y Fidel; mañana, quizá, sobre Tucker Carlson… o el reciente secuestro de Maduro (la televisión española sigue hablando de «captura») conviven con devastaciones y genocidios masivos. De hecho, un alto cargo israelí que mantenía una relación directa con Rusia anunció en su momento, como una gran noticia, que Zelensky no sería asesinado. Quizá fue una concesión que algún día le pasará factura a Putin.

 

XVII

Por todas partes, la inteligencia autista del automatismo intenta desalojar el coraje de los cuerpos, de las cabezas y los corazones. Pero en el fondo no es tanto eso, que sería el gran sueño nihilista de estadounidenses e israelíes, como que la inteligencia digital (al menos en las resistencias) busca acompañar la bravura de la mujer y el hombre que toman las armas, dispuestos incluso a morir. Esa «unidad de combate» clásica, su valor para el cuerpo a cuerpo y para la distancia cero, su disposición al sacrificio o el martirio, es quizá el gran arma de Hezbolá, de los hutíes de Yemen y de Hamás. También de Irán, como antes lo fue de Vietnam. ¿Es necesario condenarlos, reprobar su derecho a defenderse? Todavía hay cadáveres, y en cierto modo más que nunca. Y un muerto es un muerto, diga lo que diga E. Musk desde su distancia sideral. No sólo eso, sino que los soldados de a pie, capaces de un enfrentamiento con bayonetas, siguen siendo claves para inclinar la balanza en un momento crucial de las contiendas. De hecho, la imposibilidad de un combate enfrentamiento directo limitó en la OTAN de Solana el alcance de sus incursiones aéreas. Lo mismo para Israel, ahora en Gaza y Líbano. En efecto, muchos soldados israelíes que han pisado el terreno han regresado, al menos en parte, para suicidarse; tema del que sólo habla el diario Haaretz. Lo mismo para EE.UU. en el actual conflicto con Irán. Una y otra vez el otro bando, el adversario supuestamente oscuro en estas guerras asimétricas, reta: «Acérquense, les estamos esperando». Y esto vale también para Rusia, experta en el cuerpo a cuerpo… y quizá, quizá Venezuela. Desde luego para Cuba: «Reclamo mi derecho a un Kalashnikov», dice Silvio Rodríguez escandalizando a algunos progres españoles de piel fina. Las potencias habituadas a la facilidad supremacista de la guerra aérea, sin bajas para el bando «civilizado», temen el baño de sangre de un primitivo enfrentamiento donde las personas todavía cuentan.

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 20 de mayo de 2026

 

* Este artículo debe muchas precisiones a distintos textos publicados en el blog de Rafael Poch. El primero de ellos fue «Una mala ruptura con Europa», de Serguéi Karagánov (2025). Después «Aspecto y carácter de las guerras de la nueva era», de Dmitri Trenin. He de mencionar también el reciente artículo de Alexander Neu «¿Putin bajo presión?». Y naturalmente, las incesantes intervenciones geopolíticas de Rafel Poch, John Mearsheimer, Jeffrey Sachs y Tucker Carlson. Todos estos nombres, y algún otro, han encarnado poderosas islas de clarividencia dentro de un piélago de censura occidental que apenas tiene precedentes.


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