Entrevista en LA VERDAD: Ignacio Castro Rey: «La vida no es democrática ni justa, pero al menos podríamos envolverla con el amor»
LA VERDAD
Ignacio Castro Rey: «La vida no es democrática ni justa, pero al menos podríamos envolverla con el amor».
por Manuel Madrid
30 de julio, 2026
El filósofo compostelano, que acaba de publicar ‘Los odios y los días’, asegura que la religión siempre triunfa porque, bajo la ficción social, la humanidad sigue teniendo miedo.
En ‘Los odios y los días’ (Pre-Textos, 2026), Ignacio Castro Rey (Santiago de Compostela, 1952) encara el cristianismo «como una bendición, a la vez espiritual y materialista». Este ensayo sobre la importancia intelectual y corporal de lo religioso, con prólogo de Juan Manuel de Prada, el filósofo y escritor, que ejerce como crítico de arte y de cine en diversos medios, también como gestor cultural, versa sobre la subersión cultural y la política del cristianismo.
En el volumen investiga sobre la necesidad de darle un lugar en el pensamiento al espanto de lo real. Una de las claves, asegura, es «la urgencia de huir del sectarismo eclesiástico en el que el progresismo medio nos ha encerrado». En esta entrevista concedida a LA VERDAD, Castro Rey reflexiona sobre la codicia, sobre creencias actuales, sobre Cristo, sobre el celibato y sobre la dulzura.
–¿Qué importancia tienen en ‘Los odios y los días’ figuras como San Agustín de Hipona, Alain Badiou, Jesucristo, el diablo, Nietzsche y Simone Weil?
–Tal vez son demasiados nombres. El diablo es clave para que tenga sentido antropológico la palabra Dios. Sólo necesitamos pensar en Él, en Ella, a partir de que la vida es o puede ser un infierno. La exclusión de la noción de infierno como una posibilidad real ha sido una desgracia en el orbe contemporáneo, pues ahora ya no podemos ni percibir siquiera el genocidio que hemos construido con nuestra codicia. No sólo en Gaza, también en nuestros corazones. Pensemos por qué las estadísticas de suicidios siguen ocultas, eliminadas de nuestro obsesivo cómputo diario. Los demás nombres que mencionas, ante todo Nietzsche y Cristo, son en este libro figuras de lo casi innombrable, perfiles que adopta el conocimiento vertiginosos que nos atraviesa. Todo ello recuerda la etimología de la palabra persona, lo que resuena en nosotros, antes de que nos convirtiéramos en los autistas sonrientes que hoy somos.
–Puestos a pensar en la fe, ¿qué nos conviene dejar de creer?
–Nos convendría urgentemente dejar de creer en los grandes titulares de la información, en los periodistas y los expertos. También en la espectacular y venerada Ciencia. Tal apostasía de la opinión obligada supondría toda una revolución cultural; permitiría que las capas medias y altas de nuestras urbes se atrevieran a encarar los signos de nuestro tiempo como debe ser, a solas con el silencio del mundo, desde nuestros nervios desnudos. Esta sociedad dejaría de ser obediente, tan aberrantemente previsible y enemiga de cualquier otra posibilidad, si admitiera que vivimos como soñamos, solos. Es una desgracia corporal y anímica la creencia actual de que una neurótica interactividad nos puede salvar. ¿Salvar de qué? Tal vez de existir, ante la muerte. A pesar de nuestra ilustración colectivista, vivimos igual que hace mil años, a solas con nuestros errores, con las dudas y el temor a desaparecer. Todo lo que no sea entrar en esta cruda verdad primaria es ceder en la penumbra que nos hace libres; también, dicho sea de paso, ceder en lo que nos hace humanos.
–¿Cuál es el poder más desconocido de Cristo? En cierta medida, ¿la filosofía ha perpetuado ciertos mitos?
–Tal vez el poder más insólito de Cristo reside en un tipo de relación directa con el abismo que le hace libre de las presiones externas, incluidas las de su propia biografía. Este es el primer milagro, que haya alguien que no tiene miedo; mejor dicho, que no cede ante el miedo. La gente se junta alrededor del hijo del carpintero como ante quien es doble, «endemoniado» (Jn 8, 49), pues ese hombre está entre nosotros y a la vez habla desde muy lejos. Al borde mismo de lo inconcebible, dice Badiou, Cristo es el nombre de lo que nos sucede absolutamente. Frente a esta aparición anómala, el filósofo moderno representa más bien el perfil de un funcionario del saber instituido, sin más. El filósofo medio (Markus Gabriel) usa los prejuicios de todos, pero con un discurso erudito y alambicado que consigue confundir a la gente.
–¿Qué es lo que más necesita hoy el cristianismo?
–El valor de decir no. Necesitaría redoblar su fe en la exterioridad de la verdad, en el otro lado de la opinión, para poder enfrentarse a una inquisición social que ha alcanzado cotas inimaginables. Siempre existió la opinión instituida y sus emisarios oficiales, los estafadores profesionales y los falsos profetas. No obstante, el nivel en que hoy es numerosa esta casta de trileros explica que hoy las pocas verdades que nos llegan sea a través de gente de la cual nadie ha oído hablar, algo así como una estirpe anónima de nuevos vagabundos.
«Siempre existió la opinión instituida y sus emisarios oficiales, los estafadores profesionales y los falsos profetas»
–Foster Wallace decía que hay que adorar algo, y eso que no conoció esta tecnocracia que nos domina…
–Foster Wallace insistía en que en las trincheras de la vida corriente no hay ateos. La existencia común es demasiado elemental y peligrosa, insistía el escritor, como para que no haya que adorar algo. Sin embargo, repite, debemos intentar que lo que adoramos no nos devore, tal como hacen el dinero, la fama, la visibilidad y casi todas nuestras grandes ambiciones. La tecnocracia es el nombre que se le puede dar a la ilusión social funesta de que haya mediaciones para todo: la felicidad y la infelicidad, lo que se debe hacer y lo que no, lo que se cree y lo que no. La tecnocracia es sólo una forma lenta y consensuada, por ello mismo invisible, del suicidio existencial que se necesita para crear un público cautivo.
–¿Cómo casan democracia y religiones?
–No casan, lo siento. Al menos de forma fácil o inmediata. No casan mientras la democracia y sus mágicas palabras divinizadas (igualdad, transparencia, diálogo, justicia…) vivan entre nosotros como el signo de un descenso de Dios a la sociedad política. Otra cosa es que, a la manera de Zambrano o Bergamín, admitamos que la democracia tiene una íntima relación con la conspiración maquiavélica que es la gobernanza moderna. En otras palabras, hasta que admitamos que la democracia sólo supone una variación formal del despotismo disperso que es el poder en el capitalismo. Si a la dictadura se le opone la democracia, a esta se le opone la verdad. Y la verdad no es susceptible de administración pública, ni cabe en la mentalidad genérica de las instituciones. Lejos de tal mitología civil, la «sagrada forma» que administran la poesía, la religión y, de vez en cuando, la filosofía, deja a las instituciones democráticas como un mal menor o un recurso formal de segundo orden. No he elegido nacer, ni ser así. La vida no es democrática ni justa, pero al menos podríamos envolverla con el amor, con la amabilidad, con la piedad y las buenas maneras. Es exactamente lo que no hoy no hacemos. Quizá por haber depositado demasiadas esperanzas mecánicas en el orden civil y sus instituciones de reparto.
–Dice que estamos obsesionados con la actualización que nos mantiene en la visibilidad, dice que todo eso es fariseísmo para algunos. ¿Por qué le damos tanta importancia a esa visibilidad, y qué ventajas encuentra en la invisibilidad?
–Sólo ante la invisibilidad somos alguien, la singularidad sin equivalencia que somos. La vida de quien sea es un absoluto gracias a su más íntima desaparición. Precisamente la religión siempre triunfa porque, bajo la ficción social, la humanidad sigue teniendo miedo. El mito de la actualidad, que nos salvaría de las sombras y del subdesarrollo constitutivo de la especie, es una parte sustancial de la religión laica de la época, administrada por los nuevos sacerdotes. Ellos parasitan un credo civil profundamente hipócrita, administrado por fariseos que viven de una normativa policial que cree poder separar el bien del mal. Esto hasta el extremo de dictaminar hoy lo que es sano e insano para nuestros cuerpos. El gobierno de las almas ha quedado atrás, casi como un juego de niños. Nunca habíamos visto un feudalismo anímico comparable. Es tan perfecto, que ni necesita la sangre.
«El gobierno de las almas ha quedado atrás, casi como un juego de niños. Nunca habíamos visto un feudalismo anímico comparable»
–¿Por qué hay distintas concepciones del celibato?
–Igual que hay distintas concepciones de la libertad o el crimen, del matrimonio, el vicio y las perversiones. El celibato es uno de los nombres que le damos a una continencia en la tentación sexual, y en la obligación de emparejarse, que hoy resulta casi inconcebible. Si un hombre o una mujer tienen éxito, pero no tienen pareja, parece que la sacrosanta empresa del Yo está incompleta. Es una imposición capitalista crucial. El derecho de pernada lo hemos sustituido por el deber de tener éxito y ser feliz; además, a la vista del público. Nada podía ser más despótico. Las distintas formas de la castidad o el celibato pueden ser una dichosa forma de rebelión contra este fundamentalismo social de la dependencia.
–Simone Weil dice con respecto a Israel que la verdadera idolatría es la codicia.
–Exacto. Su Carta a un religioso es hoy un impagable documento de la libertad que se puede encarnar en lo religioso, particularmente en el cristianismo; también de la deuda metafísica que este mantiene con religiones y cosmogonías muy anteriores. A cambio, la justa imagen que se vierte del judaísmo en este escrito es la de una religión que, bebiendo en mil hallazgos anteriores egipcios y mesopotámicos, los castra para fundar una idolatría de la codicia que separa al pueblo elegido del resto de los otros pueblos. Hasta los violentos colonos actuales, que saquean las tierras ancestrales de los palestinos, los judíos no son agricultores. La tierra prometida la convirtieron en una genial disculpa para odiar la tierra común. Me temo que estamos viviendo otra vez las consecuencias criminales de esa vieja idolatría de la separación.
–¿Para qué necesitamos la dulzura?
–Para soportar el infierno que es vivir. Igual que la inocencia o el amor, hoy tan denostados, la dulzura es una reversión, desde dentro, del mal de existir. Piensa en quien quieras, sea Nico o Simón Díaz. La gente es dulce cuando ha vuelto; cuando, después de una travesía de dolor inconfesable, consigue pasar al otro lado y arribar a una orilla sin rencor que redime el miedo en una suavidad compartible. Igual que el humor, la dulzura es lo que permite que el abismo entre lo secretamente deseado y lo socialmente posible no nos convierta en fanáticos. Peor aún, en amargados.
Entrevista en ZAS Madrid: ALTARES DE LA DESOLACIÓN. Preguntas de Emilia Lanzas a Ignacio Castro sobre "Los odios y los días".
Entrevista en Zas Madrid
ALTARES DE LA DESOLACIÓN. Preguntas de Emilia Lanzas para «ZasMadrid» sobre Los odios y los días.
15 de julio, 2026
- ¿Por qué un filósofo que se define ateo ha escrito un libro tan apasionadamente proselitista sobre la metafísica cristiana?
Afortunadamente, creo que nunca he sido tan ingenuo como para definirme ateo. Siempre experimenté en los cuerpos algo irreductible al conocimiento puramente «racional», una Razón que es obsesiva en la guerra que el Occidente moderno libra contra el mundo. De esa experiencia con los cuerpos proviene la simpatía en mi libro por la poesía como forma extrema de conocimiento, por los filósofos alejados del canon occidental, como Leibniz o Nietzsche, y también por unas formas anómalas de la ciencia (Heisenberg, Gödel, Illich) que ponen en jaque nuestro inquisitorial positivismo. Por otra parte, sin negar en absoluto que mi libro sea «apasionado» (¿cómo escribir un libro insensato sin pasión?), no me siento identificado con la acusación de proselitismo. Mi libro no trata esencialmente de creencias, sino ante todo de aquello que fue prohibido por el puritano Kant: un conocimiento directo de lo nouménico, lo sagrado o absoluto. He investigado en este caso la necesidad de darle un lugar en el pensamiento al espanto, el vértigo de lo real. Está lejos de mi intención, por tanto, convertir a nadie. ¿Convertir a qué, cuando una de las claves de Los odios y los días es la urgencia de huir de la nueva secta dogmática en la que el progresismo nos ha encerrado? Jamás hemos tenido una relación más estúpida y racista con el otro. En este panorama policial, encaro el cristianismo como una bendición, a la vez espiritual y materialista.
- Parece existir una nueva cruzada de las tres grandes religiones (entre ellas la católica, con su historial de podredumbre a cuestas; la musulmana, con su fuerza de terror y feminicidio, y la judía, con su espanto hegemónico y belicista) que desean librarnos del actual nihilismo individualista y de «una uniformidad lentamente suicida». Si estamos inmersos en un materialismo vacuo, retomar nuestra identidad espiritual puede ser una solución; pero ¿por qué no optar hacia una espiritualidad laica?; ¿para qué necesitamos dogmas y jerarcas?; ¿por qué se utilizan como sinónimos espiritualidad y religiosidad?; ¿no es cambiar un rebaño por otro?
Niego la mayor, no veo tal cruzada de las religiones. Creo que E. Todd tiene razón cuando dice que la peor cruzada está protagonizada por un nihilismo genocida, la «religión cero» que, bajo la coartada de una defensa de la democracia, atraviesa a EE.UU. e Israel, a Francia, Reino Unido y Alemania. Sólo estaría de acuerdo con esa definición furiosa de las religiones en lo que atañe al sionismo, pero ni siquiera para el conjunto de la religión judía. Por lo demás, creo que no existe tal espiritualidad laica… excepto en nuestra tradicional arrogancia ilustrada. Una espiritualidad, la que nos falta para que el capitalismo no sea la religión verdadera, es un reconocimiento del lugar y los derechos de lo Otro. Mal que le pese al negocio de Shakira o Rosalía, esto no es compatible con lo que llamamos laicismo, un espectáculo que se alimenta del totalitarismo liberal, el peor y más criminal de todos los rebaños. Si tenemos todavía dudas acerca de nuestra bestialidad, tal vez deberíamos preguntarle de nuevo a los palestinos, a los libaneses, los cubanos o los iraníes.
- «La presencia corporal de Cristo incluye una especie de comunismo primario, sensitivo y corporal… un comunismo metafísico, más intenso que latente». Estas frases, entresacadas de tu libro Los odios y los días, ¿recogen la idea de comunidad eclesial o la idea marxista de igualdad?
En cierto modo, ambas. La idea obsesiva de mi libro es un comunismo de los que están en camino. Nómadas son, se dice en esas páginas, los que se aferran a una región central que no cabe en ningún sitio. La Nueva del cristianismo se dirige a todos sin excepción, unos humanos que pueden resucitar como hijos y, a la vez, como hermanos. No es tan extraño que los romanos y los judíos odiasen a Cristo. El suyo es el comunismo de la transición, de los que están en tránsito, incluso cuando parezcan pertenecer a distintas castas. El cristianismo surge con la idea de una comunidad de iguales ante el abismo de vivir; llega a los palestinos con la desolación invertida que encarna la Vid y, por tanto, con una maternidad lejana que no es de este mundo. Desde el comienzo, el respeto, la admiración y el temor que inspira Cristo, incluso entre sus discípulos, es el de quien tiene dentro algo, común y peligroso a la vez, que los otros han excluido. Es una lástima que hoy nadie recuerde el magnífico San Pablo de Alain Badiou.
- Algunos historiadores han comprobado la existencia de un profeta llamado Jesús de Nazaret (entre otros, Antonio Piñero). Este Jesús practicó el judaísmo, pero el cristianismo nació siglos después con Pablo de Tarso y con los Evangelios. La historia se ha tergiversado para bien del dogma; igualmente, las enseñanzas de Jesús no son coincidentes en absoluto con el proceder de las Iglesias cristianas actuales. ¿Dónde está la subversión del cristianismo actual?
No veo así las cosas. Jesús se enfrenta a un dogma, a una religión de elegidos. Y lo hace, ante los fariseos de la Sinagoga, con una religión de las afueras: la de los lisiados, los pobres, los niños, las prostitutas… Por eso muere, por defender el «escándalo» de una paternidad remota que nos hace hermanos. Es cierto que (como en todas las cosas humanas, también en el marxismo) después el poder histórico de la colectividad tergiversa el curso de las cosas, perdiendo la intensidad de aquel acontecimiento milagroso del comienzo. De todos modos, igual que en la Cuba actual queda algo de la revolución, también en la Iglesia actual queda algo de esa otra revolución anterior. Tal vez no hayas leído la encíclica sobre la IA del papa actual, que no es precisamente el más audaz e inteligente de los santos padres. Tal como está el mundo, con el Anticristo anglosionista llevándonos a nuevas y definitivas matanzas, no sé si en el sur de Europa y en Latinoamérica debemos permitirnos el lujo de ignorar la excepción, al menos relativa, que representa la iglesia católica actual.
- Es muy significativa la idea de Simone Weil, recogida en tu libro, sobre que es posible que «el cristianismo sea sólo nuestra parábola occidental de una vieja y legendaria verdad»; afirmación que se puede unir a la tuya, junto con Whitman, de que «ser individuo es ser una parte, una criatura que participa de algo anterior, aunque sea un remoto ancestro».
Simone Weil es central en Los odios y los días, no sólo por esa insistencia suya en que el cristianismo solamente explicita una «hermandad en el enigma» que ya está en muchas otras religiones. Weil dice incluso que la belleza de las escrituras es un índice de la verdad universal que encierran. Estoy leyendo estos días el Rāmāiaṇa, ese impresionante poema épico anterior en siglos a nuestra era. Toda esa epopeya terrenal es la que adviene en los evangelios con la dulzura de un rostro, un cuerpo cualquiera que preserva de pronto una lejano temblor. Los judíos se habían retirado a sus privilegios con su culto sectario, elitista, De pronto surge entre ellos la alteridad de la tierra, de las afueras, en el cuerpo de Cristo. Esto es el cristianismo: en virtud del vaciado o «abajamiento» (Kénosis) de Dios, el regreso de un rostro humano que se asemeja a la vid, a una penumbra de raíces que se invierte en ebriedad. Vencer a la muerte atravesando la muerte. Es crucial entre los cristianos, igual que lo es en la poesía de Whitman y Machado, la certeza negativa de que un individuo es sólo la punta del iceberg, la faz de un remoto continente sumergido. Por eso Cristo y los poetas suelen creer que el individualismo es la peor falsificación del individuo.
- ¿Qué opinas del concepto de la fe como certeza y obediencia ciega hacia Dios, tan importante en todas las religiones?
No reconozco tal obediencia ciega. No la conozco más que en momentos históricos inquisitoriales, terribles, que son compartidos por la religión y por el ateísmo. Cada religión es un debate intensísimo, a la fuerza plagado de herejías, acerca de qué significa el misterio de existir. También entre los judíos, antes y después del sionismo, ha sido así durante mucho tiempo. Otra cosa es que después la humanidad, sobre todo la moderna, quiera «salvarse» con una obediencia masiva que tergiversa el laberinto de su legado. En tal sentido, es difícil padecer una sociedad más creyente y obediente que esta. Nuestra entera cultura, incluida buena parte de la filosofía académica y del psicoanálisis institucional, se dedica día a tras día a repetir consignas. Gracias a ellas, todos sabemos lo que hay que opinar hoy sobre la religión, la eutanasia, el cambio climático, los incendios forestales, la homosexualidad y la inmigración. Cualquier otra visión en los temas sensibles dará lugar a una acusación furiosa de negacionismo, lo que significa de inmediato el ostracismo social y la hoguera de la cancelación. No conozco una Inquisición mayor que la que esta sociedad laica ha puesto en pie. No sólo eso facilitó los totalitarismos de ayer, sino también el despotismo democrático de hoy. Lejos de él, con Kierkegaard en la mano se puede decir que Nietzsche es uno de los mejores intérpretes del cristianismo, de la posibilidad rebelde que lo pequeño, subdesarrollado y deficiente, entraña ante esta obediencia masiva que ha seguido a la «muerte de Dios». No olvidemos que el Niño, no el León, es la imagen preferente del superhombre. También a Nietzsche, igual que a Cristo, le matamos por su dulzura, no por su cólera. Me he empeñado, disculpa mi atrevimiento, en rescatar la importancia cultural y política de este gesto de suavidad.
- El misticismo, con la irrupción de lo sobrenatural, como cuando hablas de Clarice Lispector, es una parte muy interesante de la religión. ¿Es la salida del hastío existencial?
El misticismo es la interpretación más radical de las religiones. Tiende siempre a una unión de aquellos polos (individuo-colectividad, naturaleza-cultura, etc.) que cada canon separa. En tal aspecto, el misticismo tiende a vincular estrechamente la verdad, natural y revelada, con un tipo de conocimiento y experiencia sensible que no deja nada del cuerpo fuera. Por eso en los místicos, de Teresa de Ávila a Ibn ʿArabī, es muy importante un erotismo que inunda con una especie rara de saber, no sólo cerebral, todo el cuerpo. Y esto muy por encima de un conocimiento meramente intelectual. Fíjate en las fotografías de Clarice: creo que no hay ni una sola donde no se transmita esta posesión corporal, una experiencia donde «lo más alto» es a la vez lo más bajo. Siguiendo a algunos autores rusos, Cristo y Nietzsche se entienden en Los odios y los días como hermanos gemelos en esa vivencia, una senda que convierte lo que llamamos «locura» en el colmo de la cordura.
- «Este libro no busca tanto enfrentarse a la actualidad cuanto hacerla virar hacia su trasfondo comunitario y humanista, incluso mesiánico». ¿Qué comporta este mesianismo?
En primer lugar, comporta librarse de nuestra tendencia cultural, desde el espectáculo de masas hasta el secretito del sujeto narcisista, al supremacismo y la balcanización propios del «primer mundo». Los mejores libros nuestros, sean los de Agamben, de Bobin o Tiqqun, consiguen romper con nuestra arrogancia política al precio de tomar al pie de la letra un Afuera que es eje de la experiencia humana. Me refiero a esa zona ártica, más lejana que todo exterior geográfico, que es el fondo de la vivencia personal. Tomo en ese sentido a Cristo como un emisario, antes impolítico que político, de ese rostro del afuera. ¿Tenemos todavía mucho tiempo para este giro hacia el «vacío», cristiano o islámico, una nada que nunca debimos consentir que nos arrebataran? Sí, tenemos tiempo; pero mientras tanto hay más y más cadáveres. Primeramente en nuestras interioridades arrasadas, cada día más agostadas por esta iracunda usura (Pound) que vino del norte. Frente a esta infamia armada hasta los dientes, Los odios y los días insiste en recuperar la violencia inclusiva de cierta pasión sureña. Pasión según la cual la salvación sólo consiste en que la propia cruz de nuestra experiencia, lo más difícil e irremediable de ella, sea asumida y empuñada. Levantada (ύψοῦται), dice Juan en un momento memorable que recuerda a la palabra «apoteosis». Para desgracia de nuestra cobarde hipocondría actual, todo en Cristo son renglones torcidos. De ahí la paradoja de algo necesariamente contingente que es crucial en la «prueba» del argumento ontológico. Esto ya no nos puede enfurecer, pues ni siquiera podemos entenderlo.
Presentación del libro de Ignacio Castro Rey "Los odios y los días". Conversación con Manuel de Prada
Presentación del libro de Ignacio Castro Rey «Los odios y los días»
Conversación con Juan Manuel de Prada 23 de junio de 2026 Editorial Pre-Textos Librería ENCLAVE
La hora Cultural (Canal 24 horas). Entrevista a Ignacio Castro
La hora Cultural (Canal 24 horas). Entrevista a Ignacio Castro
Domingo 28 de junio, a las 22,20. Con Antonio Gárate
«La juventud es una enfermedad que se pasa con el tiempo, como la adolescencia o la vejez. No participo de la admiración mundial hacia la juventud. Los nazis eran con frecuencia muy jóvenes. Los asesinos despiadados de las FDI, también son jóvenes. Con cualquier edad, la juventud es esencialmente una buena relación con el infierno, con el vértigo de vivir. Eso es Cristo, su caminar sobre las aguas: una relación impresionante con el abismo».
Esta peligrosa escasez de infierno (Sobre "Los odios y los días")
Queridos Á., P., P. y V.,
Sois de una cordialidad que ya no tiene equivalente en este mundo. Es un poco abrumadora, Á., tu procesión de acuerdos y elogios hacia ese libro que tanto me ha costado… y que quizá todavía me resisto a entender. La tuya es además la primera impresión que recibo de Los odios y los días, por ello una visión doblemente valiosa. Voy a repasar esa colección de fragmentos del libro, que me enviaste en el otro correo, como si fueran señales para su relectura. Para una comprensión sintética que es urgente, pues tras tantos meses casi no conozco a mi criatura. Durante su creación y después, los libros crecen al margen de uno y más tarde no sabes muy bien qué es lo que has escrito.
Hablas de escribir con y desde el cuerpo. En mi caso siempre ha sido así, tal vez por una mezcla más bien inconfesable de sencillez y arrogancia. No hay más ambición que la de convertirse a lo inmediato. No tengo más que mi cuerpo y sus sensaciones, esos «pensamientos en conmoción» (Bergamín) que vienen de vivir con los cinco sentidos. En cada lapso de tiempo, como si fuera el último. El pensamiento, la escritura y la filosofía vinieron después como una forma de organizar lo vivido, de sobrevivir a su vorágine.
Por eso siempre he entendido muy bien esa idea vuestra de que la cultura y el pensamiento no deben añadir nada a la vida, a la entereza mortal de existir. Esto ya es inmenso y no deja lugar a más ambiciones. Tal vez la gente analfabeta, los niños y las personas sencillas, están más cerca de esa verdad que los intelectuales, burócratas y expertos que viven del fasto cultural.
Para los que escribimos por estricta necesidad, buscando satisfacer algo muy parecido al hambre, se trata siempre de volver a cómo las cosas fueron. No hay otro horizonte, no hay otro cielo que ser fieles a una realidad que, si no adviene a la forma para ser anotada al pie de la letra, puede matarnos, pues en ella nos jugamos la vida.
Todo lo que no sea poner el cuerpo, con la dosis de sacrificio y alegría que esto implica, es apostar por la indiferencia, por la celebrada diversidad y un perpetuo «cambio de canal» que algún día nos pasará factura. La realidad, con los rostros y los nombres queridos que hay en ella, no perdona, pues es lo único que tenemos para acercarnos a nosotros mismos.
Y a «Dios». Dios es ese absoluto mortal, la inmediatez común del enigma. Ni siquiera hace falta ser especialmente «creyente» o ir a misa. Hoy la fe se dilucida y se pone a prueba en esa conversión a lo inmediato que nos aconseja a la contra, por razones de salud, la dañina ficción social que nos envuelve. Se trata de volver a creer en lo visible, en una eternidad que cabe en la más breve duración. Sin necesidad de templos lujosos, concentraciones multitudinarias ni espectaculares recibimientos al Santo Padre.
Me gusta la gente religiosa, las personas que sienten el misterio en la clandestinidad de lo diario. En tal aspecto, como dice un clásico del pasado siglo, «todo lo malo que le pase a esta cultura me parece bien». Aborrezco la frivolidad, la indiferencia que implica la diversidad informativa y cultural. Prefiero el odio, me parece más humano. Además, no existe tal diversidad, es sólo un mito de la época: en todo lo importante no hay nada que elegir. No «elijo» a mis amigos, la amistad surge de un encuentro que no se puede abandonar. Y antes por razones médicas que morales.
Igual con la escritura. Esta sólo está justificada, como dices con Rilke, si no se podía hacer otra cosa. En ese sentido, tienes razón en que se debe escribir «de vuelta a casa», tratando un viento exterior que debe ser por fin habitable. Igual que vivir, escribir debe depurarnos de todas las adherencias, permitirnos volver a la simplicidad en la que las almas se juegan la vida. Esta «seriedad» es, por lo demás, compatible con el juego. Es incluso el gran juego en sí misma: conseguir un pensamiento que se disuelva en existir, que sea igual a devenir.
Nuestro gran pecado es hoy la escasez de pecado, de riesgo y de traumas. Padecemos una escandalosa precariedad de infierno. Precisamente porque hemos retrocedido ante la muerte viva, nos pasamos el día enredados en matanzas. Las redes son eso, la información es eso, la cultura es eso. Interminables matanzas sumergidas.
Todo estaría cumplido si fuéramos capaces de vivir esta vida como única, sin estar siempre mirando para otro lado, hacia la siguiente entrega en la serie social que nos convierte en público cautivo.
En fin, Á., me he enrollado mucho, pero sólo quería agradecerte el homenaje que es tu lectura. Y agradecerla con la humilde elementalidad de quien sabe que no ha escrito nada más que un eco de lo que todos hemos vivido.
Hay una frase de Amiri Baraka (Leroy Jones) que me importa y a la que siempre vuelvo: «La música de John Coltrane es algo de tal intensidad que hace que la idea de suicidio resulte aburrida». Esta es mi religión, creer que en cada minuto nos jugamos a Dios, este absoluto que late mezclado con la ganga de un día cualquiera.
Un abrazo muy fuerte, para ti y para P., para V. y P.,



