comunidad y asociación

Como tantas obras que después serán canónicas, el libro de F. Tönnies (Gemeinschaft und Gesellschaft, 1887) causó enseguida una gran polémica y fue pronto, sigue siendo todavía, objeto de múltiples controversias. Sin embargo, al margen incluso del inmenso trabajo aclaratorio de Tönnies durante el primer tercio del pasado siglo, la distinción entre comunidad y asociación -o sociedad– se puede enfocar en la actualidad de manera casi intuitiva, referida a la experiencia actual de esta humanidad estresada.

I

Llamaremos comunidad (Gemeinschaft) a lo que aparece primero en la vida del hombre, un tipo de grupo humano que se corresponde con lo que se ha llamado “socialización primaria”. La familia, la comunidad de amigos, tal vez una iglesia -o una secta-, pertenecen a este tipo de grupos sociales. Se caracterizan por no estar dirigidos por una voluntad racional encaminada a fines utilitarios -las notas escolares; el lucro económico; los intereses profesionales, sindicales o deportivos-, sino por limitarse a cubrir las necesidades afectivas del individuo. La comunidad no tiene más fin que dotar al hombre de carne y hueso de un mundo primario de relaciones anímicas y corporales.

Las comunidades -el ejemplo típico es la familia- son forzosamente pequeñas, pues en ellas es clave que las relaciones sean personales, cara a cara. Si no se diera esto apenas tendría sentido distinguir una comunidad de una sociedad, puesto que las primeras basan su consistencia -su carácter orgánico, llega a decir Tönnies- en cubrir las necesidades afectivas del hombre a través de vínculos directos, no mediados por instituciones exteriores ni por la Ley. La ley en la Gemeinschaft es el afecto, el compromiso personal inmediato, natural o pre-racional. De ahí los tópicos: por un hijo “se da la vida”, por un amigo “se pone la cara”.

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trozos de vela

1 El título Doce lunas (Ed. Axóuxere) podría aludir a un ciclo terrenal, a una vigilia nocturna en pleno día. Creo que hay algo así en este libro de Héctor Pose, acompañado por las fotografías de Alberto Rodríguez Fariña. Algo así como una vigilia que solo tiene al silencio del mar por testigo. Un poco a la manera de las veladas nocturnas, a  medias entre la poesía y la reflexión, de un Manuel Antonio que piensa otra vez la humanidad desde el mutismo de la planicie marina.

 

2 La trascendencia no brota de ningún más allá, sino de una alienación originaria que rasga cualquier aquí y ahora. El mundo transcurre como algo extraño mientras duerme y alguien vela en la soledad de las madrugadas. La vida es pensada desde una travesía que navega sobre una humanidad sumergida, inconsciente, acostada en una duermevela que nada sabe de quien la piensa, de ninguna conciencia.

 

3 Rememoramos por el camino clanes de antepasados, en medio de una frescura de algas oscuras y una superficie marina a solas con el sol. Retirarse a un borde del mundo y desde allí, lejos de cualquier cobertura, repensarlo sin ataduras. Tener por pareja la naturaleza, en una hermandad con mil cosas que apenas pueden devolverte la mirada, menos aún la palabra. Amor antiguo que no sabe nada de correspondencias, que encuentra su única retribución en el don de la entrega.

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la ausencia necesaria

¿Existen acróbatas de la inmovilidad? Es posible que, allí donde esté, el artista -epítome del hombre cualquiera- permanezca en perpetuo tránsito. Aunque parezca inmóvil, un viaje interminable se puede concentrar en él, vibrando en un solo punto. Esto emparentaría a algunos de nuestros modernos con el brujo de la antigua tribu, que también estaba embarcado en metamorfosis y trances in situ, aunque parezca distraído y ocupado en tareas intrascendentes.

 

Juan Carlos Meana nos narra en La ausencia necesaria las estaciones de un viaje a los bordes de Europa, a una Bulgaria donde la tierra todavía humea. No es solo que subsistan en esa esquina del orbe ecos de viejos conflictos, sino que la realidad, todavía no numerada por la furiosa voluntad de control que marca nuestro nivel de vida, humea con un aura de lejanía. La historia occidental sepulta en los sótanos todo lo que sea pasado, indefinición y ruina. En otros lugares, apartados de la alta velocidad del desarrollo, la lentitud fulgurante de una inmediatez sensitiva puede permanecer todavía en primer plano.

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hermano de hielo

“Mueren dos personas, una madre de ochenta y dos años y su hija discapacitada de cuarenta. A la muerte de la madre, por causas naturales, sigue la muerte de su hija discapacitada, por inanición. ¿Vivían solas, aisladas, en el Polo Norte? No, vivían en mi país”. Bajo el estruendo de la comunicación total, el frío se ha expandido, bajando a cualquier esquina. Quiero entender que Hermano de hielo (Ed. Alpha Decay) es también un alegato moral y político contra este silencioso glaciar que opera hoy bajo el color de cualquier ideología, incluida la del narcisismo minoritario.

 

La escritura de Hermano de hielo es tersa, con el estilo depurado de quien camina sobre un volcán helado que puede descongelarse y hacer temblar el suelo. Alicia Kopf, sobrenombre de Imma Ávalos, usa lo polar como metáfora privilegiada de un extremo que nos toca, que puede rebrotar de nuestro “inaudito centro” (Rilke) en cualquier momento. La vida nos devuelve fantasmas igual que la nieve polar devuelve al cabo de décadas cadáveres perdidos o blocs de notas que arrojan nuevas luces sobre la silueta de expediciones en el filo de lo posible. Cada uno de nosotros, bajo la superficie de redes que nos sostiene, es un iceberg sumergido en el fondo lechoso de un azul turquesa.

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todo este caer

El arte nace de lo intolerable, de una infancia maltratada que acompaña a la historia como una queja muda: Chet Baker, Morandi, Matisse, van Gogh. Para quien crea que la tortura es un fenómeno propio de la Edad Media, que se asome a Cartas a Theo, a De profundis, a Ecce homo… En más de un sentido el libro del pintor Alfredo Igualador (Todo este caer, Ed. Casus Belli) trata sin cesar del oficio de vivir. Supongamos que en nuestro orbe industrial una mayoría de humanos llevan una existencia privada, opaca y segura, un poco anodina, sepultada bajo la dedicación obsesiva al trabajo y a la especialidad profesional. La especialización, hoy casi anímica, nos salva de la soledad común ante una pregunta arcaica. Podemos entender el calificativo “privada” como un índice de una reducción de la existencia a la pantalla de la visibilidad y el éxito económico. Nos hemos expropiado, nos hemos privado de la sombra de vivir. La obsesión por el nivel de vida y el consumo; por la casa, el coche, el fin de semana y las vacaciones; finalmente, por una ansiada jubilación gloriosa son los hitos que jalonan el calvario de una entrega al dios de la historia que poco tiene que envidiar a la antigua y denostada vocación religiosa, que sacrificaba las vidas al más allá. Más de un pensador insigne ha establecido las conexiones anímicas entre la llamada interior de Dios, que vacía la tierra, y la llamada de una acumulación económica que debe salvarnos de una vida que esa misma llamada(Beruf) ha desencantando.

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