Hacia el encuentro

Texto de Ada Naval que presentó Sexo y silencio, el lunes 22 de noviembre en Madrid.

Quiero comenzar la presentación del libro de Ignacio Castro con una pequeña anécdota: el sábado por la noche, a eso de las once, una hora después de ese momento en el que se dice que ya no pasa nada bueno, un chico rodeado de más chicos recibe una llamada. Responde con cierto fervor propio de haber bebido, también porque la persona que está al otro lado del teléfono es su pareja. La llamada está motivada por algo muy cercano a eso que Ignacio apunta en las primeras páginas del libro cuando escribe que “todo lo que nos importa y obsesiona […] linda con una noche”. La persona que llama dice necesitar hablar porque ya no puede más. Necesita hablar, a toda costa, superponiendo ese individualismo característico de la sociedad actual, que se critica a lo largo del libro que pretendo presentar. Si he querido comenzar con esta anécdota tan común, tan poco puntual, tan continua que deja de ser anecdótica para ser una problemática constante de las relaciones actuales, es porque ejemplifica de qué manera el silencio se ha ido a pasear a una noche mucho más oscura de lo que pudimos imaginar. Lo único que permanece en esa llamada es, creo que lo están intuyendo, el sexo.

Por eso, comenzar, partir y desarrollar esta presentación desde el título del libro de Ignacio Castro es importante. Importante porque un título, presenta, aventura, avisa. Importante porque ante un título, desde él, abrimos el libro. Importante porque “Sexo y silencio” pone al lector ante un preaviso algo paradójico si luego se va a encontrar doscientos cincuenta páginas. La lectura, pese a hacerla en soledad, nunca es silenciosa. Por tanto el libro, como quién el sábado a las once de la noche llama a su pareja, necesita hablar. La pregunta será, por tanto, ¿de qué? De que no puede estar callada y querría hacerlo. Es una llamada de socorro al silencio que necesita. Esto es también el libro de Ignacio. Entiendanme, lo que intenta exponer el autor a lo largo de los once capítulos es, a mi parecer, un intento de grito, una suerte de ¡por favor, cállense! Pero antes de engendrarlo del todo, necesita, por supuesto, decir algo. Por eso, precisa y sencillamente, es tan compleja la empresa a la que se enfrenta nuestro pensador, por eso, precisa y sencillamente, es tan compleja la empresa del sexo. No hablemos todavía del silencio porque, como están viendo e incluso oyendo, estoy hablando. Estoy hablando sobre un libro que dice cosas, les voy a contar qué cosas dice y luego, más tarde, ustedes le preguntarán al autor qué más cosas quiere decir. No estamos muy lejos de reproducir nosotros mismos en esta pequeña sala lo que denuncia Ignacio a lo largo del libro; sólo que nosotros ahora mismo no estamos teniendo una relación sexual- o tal vez sí. Por tanto, por el momento nos encontraríamos en una suerte de “hablar para que llegue el silencio”. Puede parecer absurdo o rebuscado lo que estoy tratando de plantear aquí, pero en la lectura del último libro de Castro la gran pregunta que se me planteaba era, constantemente, ¿cómo llegar a ese silencio?

Ignacio consigue, gracias a una fecundidad teórica que ya demostró de una vez por todas en Ética del desorden, escribir un libro con unos planteamientos que, más lejos de enredarse sólo en la cabeza del autor, crean una maraña de contemporaneidad que apresa también al lector. Claro, estamos hablando de afectos, sexo, individualismo, capitalismo, redes sociales…. Todas esas cosas tan cercanas al autor, a ustedes, y casi nativas para una persona como yo.

Pero empecemos por el principio, porque la situación que estoy tratando de comentar es a la que Ignacio Castro se acerca en las primeras páginas cuando habla de una actitud preventiva. Una actitud preventiva ante el encuentro sexual, ante el parloteo de la sexualidad. Esa actitud es, dice el autor, la que nos invade a casi todos. Esa actitud es, también, lo que el autor denuncia ante la marea de libros que se han escrito en el último lustro sobre el sexo; menos, sobre el silencio. Esta idea hace valiente el libro de Ignacio Castro porque, como decía al principio, “quiere hablar para después callar”, al menos esa es mi intuición –tan femenina, y tan esencial, según se plantea en el capítulo IX-.

Decía que la actitud preventiva de Ignacio ante la oleada de libros sobre el sexo o los afectos hace valiente al libro. El problema, común a todos ellos, es que hablar de sexo es algo muy complejo. Por eso, lo más valiente de todo Sexo y silencio es, ya lo decía al principio, colocar la palabra silencio al otro lado de la partícula “y”. Por tanto, SEXO Y SILENCIO. Bien, pensemos en las consideraciones que da el filósofo Giorgio Agamben sobre el uso que hace Deleuze de los dos puntos para titular su texto “La inmanencia: una vida”, consideración que también atañe a la y griega. Un Agamben que, por cierto, en su jovencísima Idea de la prosa ya acerca o al menos toca al silencio cuando apuesta porque el ser extraño-amado debe mantenerse inaparente, “tan inaparente, dice, que su nombre lo contenga todo. Incluso el malestar”.

Pero volvamos a la partícula “y” que une aquí al sexo con el silencio. Escribe Agamben:

“Si se recuerda el carácter destructivo la “y” sustituye al “es” y desarticula la ontología, y al mismo tiempo, posee carácter creador, la “y” […] hace fluir la lengua, e introduce agenciamiento y balbuceo.”

La “y”, por tanto, rompe o al menos crea una brecha en la posibilidad de decir “sexo es silencio” pero no lejos de esa posibilidad, ambos conceptos, gracias a la “y” crean una relación que bien podría ser una especie de fuga dentro de un mismo mapa por el cual sexo – silencio se relacionan comúnmente hacia algún sitio. Podríamos preguntarnos hacia donde, porque creo que esta cuestión estaba cerca del pensamiento de Ignacio Castro cuándo planteó el texto y más tarde, o quizá antes, el título. No lejos de esta brecha está la afirmación que el autor otorga cuando escribe, “A nuestra sexualidad le falta la pasión, el vértigo, la teología de su silencio”. Esa falta, brecha que se crea al no poder afirmar que “el sexo es silencio”, es la que Ignacio Castro intenta reconstruir.

Pero, ¿y si el libro se llamase, más cerca del Quignard de El sexo y el espanto, “El sexo y el silencio”, cómo modificaría el artículo determinado los dos sustantivos? Ya se le planteó a Ignacio la pregunta de un posible “Sexo o silencio” … -parece que a todos nos gusta jugar con las posibilidades que abre el título y esto ya es señal de que el libro consigue evocar algo, ya desde el título, cosa que algunas publicaciones no consiguen en ninguna de sus líneas-. Un libro titulado “el sexo y el silencio” tendría a bien, pues, aclarar cosas sobre el sexo, definirlo incluso, para más tarde hablar del silencio. Hacer particulares las dos palabras que dan título a este libro, rompe en sí una posibilidad de comunidad entre ambas, desarticula, ahora sí y del todo una posible relación ontológica. Pero esta relación, el hacia donde de esta posible unión es, decíamos, hacia donde pretende ir Ignacio y por tanto, debe ser el sintagma “sexo y silencio” lo que nos conduzca en la lectura. Porque el libro no habla del sexo, tampoco del silencio. Intenta dar cuenta de una necesaria restitución, es un camino de surgimiento hacia ese grito al que me refería al comienzo por el que nos deberíamos callar, de una vez por todas.

¿Cómo acercarse, pues, a ese silencio? El libro lo consigue de manera más ejemplificante cuando se acerca al amor, que si no muy lejos del sexo, introduce, bien sabemos, otras consideraciones a todo este barullo capitalista-sentimental.

Considero que la cercanía es, en cierto sentido, intrínseca. Como él mismo dice, “todo lo importante es intrínseco” y existe de nuevo una intuición por la que todavía el amor tiene algo de más que el sexo. Es vox pópuli que esta generación quiere menos pero folla más. El capitalismo no ha arrasado todavía con el amor, pero sí ha afectado al sexo. Es más fácil coleccionar un listado de conquistas que un listado de amantes si entendemos amantes en su acepción más clásica. Es más fácil, pues, reivindicarse a uno mismo como consumidor de sexo, digamos, del goce, que de ese tipo de encuentro más monstruoso que conlleva, caer en el amor. No es raro que una generación, esa que iba a vivir mejor que sus padres, pero que a su vez se ha visto obligada a hacer más y más cosas para rellenar un documento Word que justifique su vida laborar, piense también el encuentro sexual como un lugar que sólo puede estar en aumento. Hacemos listas de todo, también de aquellos con los que hemos compartido cama. La pregunta ¿con cuánta gente te has acostado? Es, como la llamada de un sábado noche con la que comenzaba, menos anecdótica para pasar a ser constante, diametralmente central en el constructo de un primer encuentro. Sean valientes y pregunten ustedes, ¿a cuánta gente has querido? ¿Con qué intensidad? ¿Cuántas veces creíste morir? Esta muerte que el autor intenta, usando la noción francesa de “pequeña muerte”, equiparar al orgasmo, está sin duda mucho más arraigada al encuentro amoroso que al encuentro sexual. Nos podríamos preguntar también si es que no debería ser lo mismo. Creo que esto es precisamente lo que intenta plantear Ignacio.

Si hacemos listas de todo, si algo nos obliga a que todo esté en constante aumento,es porque la palabra que resuena en toda nuestra sociedad es más, más, más. Como una suerte de voz maléfica, algo nos recuerda que salir a la calle es salir a por más. Estar vivo es estar a por más. Todo tiene que ser más. Por eso un encuentro debe ser más, por ello la denuncia de Ignacio ante esa actitud preventiva, “incansable guerra contra la parada”, tal y como la define, es uno de los puntos más interesantes del libro. Una actitud de hinchazón, hasta que explote. Por eso, supongo e intuyo, se ha hecho tan coloquial la expresión “la relación ha explotado” algo que jamás le oí decir a mi abuela.

Pienso incluso que si la academia, ese lugar dorado de la institución universitaria donde, se presupone, la gente piensa, piensa en-activo, ha obligado a sus miembros, y especialmente a sus futuros miembros a escribir constantemente sobre cualquier cosa porque tienen que publicar más más más más para llegar algún día a ocupar un puesto, no quedan entonces muchos espacios donde se pueda huir de la charlatanería. El problema es precisamente que se debe atravesar ese maniqueo blablá para poder callar. Para escribir, de una vez por todas, desde un lugar intrínseco, muy alejado de todas las obligaciones posmodernas. En cierto sentido, debo decirlo, el libro de Ignacio cae de refilón en esa obligación. No me parece algo que ninguno de nosotros hayamos dejado de pensar al ver que se trataba de un libro sobre sexo. Por eso trato de reivindicar el tímido espacio que el autor abre al silencio, porque es en esa apertura donde consigue separarse de la marea de libros que nos cuentan cómo debemos sentir, cómo crear una red de afectos.

No es tampoco difícil pensar o imaginar que parte de todo este afán nominal es de nuevo fruto de una suerte de miedo al encuentro amoroso. Es más fácil decir “quiero abrir la relación porque me siento un poco agobiado”, más fácil preguntar qué es esto del poliamor a ver si tu pareja quiere probarlo contigo y poder enamoraros libremente de otras personas mientras, por supuesto y en el centro de todo, debes seguir cuidando a las anteriores. Ignacio se pregunta si esto no es simplemente el resultado del miedo atroz, tan actual, a caer en el amor –concepto que usa como estado último del momento amoroso, más profundo y mucho más intenso que el simple verbo “amar”.Quizá todo sea producto de una especie de rizoma-corporal mal entendido por el cual olvidamos el cuerpo, el nuestro propio, en aras de construirlo a base de otros. ¿No sería el encuentro amoroso en el cuerpo, con el cuerpo, hacia el cuerpo? Nada de esto queda en un “a base de otros materiales” que nos hacen, momentáneamente, creer que conocemos nuestro cuerpo. Y así, seguir hablando, seguir activos, la lista aumenta,  más más más más

El sexo, si es que alguna vez lo estuvo, ha abandonado el nicho del silencio. Escuchamos constantemente conversaciones sobre él, en las situaciones más variopintas, con los tonos de voz más elevados. Hay una generación entera que se pasa horas hablando de sexo, una nueva liberación sexual muy contraria a la anterior que fue realmente corporal, en contra de esta a la que podríamos denominar como realmente comunicada. Podríamos decir, banalmente, que hablar de sexo es lo más normal del mundo aunque corremos el riesgo, como apunta Félix de Azúa en una reciente entrevista, de parecer idiotas mientras mantenemos la conversación. Pero de todos los riegos, esta idea también sobrevuela todo el libro, el de parecer idiotas es el que menos miedo nos provoca. Y digo que el sexo ha abandonado el lugar del silencio si es que alguna vez lo estuvo porque, quizá, el sexo siempre ha habitado un lugar ruidoso. Una suerte de estruendo en el centro de lo trágico pero ese sexo, ya desde la danza trágica, bailaba desde el suelo al que caemos cuando estamos enamorados. Lo trágico, digamos la ménade esencialmente trágica existe, baila, se mueve, diríamos, se-anima- y por tanto, vive, porque su éxtasis –particularmente sexual- va hacia el amor, encuentro o perdida.

Hacia ahí va también la posibilidad de restitución que Ignacio Castro quiere dar a una relación común entre sexo y silencio.  Por eso denuncia “la empresa creada en torno al cuerpo”, porque es ese capitalismo corporal que nos impulsa a lo no-humano, lo que ha separado subrepticiamente al sexo, lo que ha hecho que sea de él de quien podamos hablar más más más más.

Apoderarnos de un sexo que sea cómplice del silencio, pasaría entonces por entender que incluso en el silencio absoluto oímos siempre nuestro sistema nervioso. Si sólo pudiésemos dejar de hablar, oiríamos lo realmente importante que es, ya lo hemos dicho, intrínseco.

La gran poeta austriaca Ingeborg Bachmann, abandonó en 1951 la poesía. Una decisión a tiempo porque supo, adivinó, intuyó que no podía seguir escribiendo versos porque estaban invadidos de esa fuerza irrisoria que es tener algo que decir. Una decisión a tiempo porque su lenguaje estaba invadido por ese otro gran poeta que fue Paul Celan. Su decisión, hasta luego volver a la escritura en prosa, fue responder a la urgencia del silencio porque si escribir es una urgencia, no puede ser la urgencia de decircualquier cosa.

El texto debe ir hacia algo. Es aquí donde Sexo y silencio consigue restituir algo relativamenteperdido, porque lo que intenta, es ir hacia un silencio que devuelva el lugar del estruendo, esto es, del acontecimiento, al sexo. Ese estruendo que puede ser, solamente, un latido. Un silencio que devuelva al cuerpo la posibilidad de ir hacia otro cuerpo. El libro de Ignacio Castro quiere ir, por tanto, hacia el encuentro.