Comentario a un comentario

Querido A.,

En realidad no, no escribo para un público determinado. Menos todavía pretendo sentirme bien con él, mimando a una cierta clase de lectores. Es cierto que no puedo evitar -tal vez nadie puede hacerlo- un cierto estilo y sus tics. En mi caso, un estilo sin duda demasiado filosófico, plagado de una cierta jerga que puede dificultar la expresión, haciéndola aparentemente especializada. Pero tras lo que hago, creo que lo sabes, subyace un pensamiento intuitivo, una especie de empirismo en estado bruto que no quiere ni puede prescindir de un cierto fondo de ingenuidad.

Te recomendaría, en cuanto a Sexo y silencio, entender el texto literalmente, en toda su ambigüedad atemporal, «evangélica». El libro entero está teñido de un trasfondo humanista, y hasta cristiano, sin el que no se entiende su aparente complejidad ocasional, concentrada aquí o allá. Es cierto que es espeso, pero debía ser la espesura misma de vivir. No he querido poner una sola gota de dificultad añadida en la maleza de lo que ya cuesta vivir. Te reenvío abajo una entrevista que está en mi web, que creo que explica en tono ligero algunas cosas. El aire «apocalíptico» del libro querría entenderlo más en el sentido de revelación, minería de lo que está oculto en la inmensa doxa de la época, que de hecatombe o catástrofe. Fuera de existir, no contemplo ninguna otra catástrofe. Más bien intento defender el afrodisíaco de cierta inocencia, una dulzura natal de los seres.

Sí creo que tienes razón en una cosa. Ha ocurrido que, después de tanta evolución, hemos perdido el fuego. El de las pasiones, desde luego, que hemos cambiado por la hoguera de las vanidades y el narcisismo de las pequeñas diferencias. Nos falta fe en la eternidad de lo visible, en la inmortalidad de estas pequeñas cosas mortales que nos rodean -cuerpos, ojos, plantas, paisajes-, de modo que nos pasamos la vida estresados buscando infinitudes de diseño. La novedad incesante del reemplazo, en la serie social que nos rodea en lo que llamamos nivel de vida, es el sucedáneo bastardo de una eternidad real y mortal que ya nos viene muy ancha. Que nos asusta incluso, pues obliga a estar a solas con la finitud en momentos banales de cualquier día.

El estrés del recambio perpetuo nos salva del silencio, de reposar en el desierto que acompaña a cualquier vida que se quiera humana. El hedonismo de nuestra pose compartida en la visibilidad, al haber cambiado casi por completo toda espiritualidad y cualquier creencia fuerte por el sedante inmediato del consumo, hace a nuestras vidas inmensamente frágiles. Está sociedad parece reposar por entero en una opinión de estrépito que se repite en cada uno de nosotros, personalizada. Pero claro, cuando ocurre algo trágico e intransferible, nos mostramos inermes, asustados. Entonces no tenemos más remedio que redoblar nuestra dependencia de los expertos, la nueva casta sacerdotal del presente. De ahí que también se reanuden continuamente los dogmas sociales y su cohorte de excluidos, esa larga procesión de herejes que es necesario condenar: los negacionistas, los violentos, los no vacunados, los machistas, los que todavía comen carne…

Una sociedad nihilista que no puede creer en nada, en nada distinto a la cantidad que suple la cualidad que hemos perdido a la carrera, no puede vivir más que de sus enemigos.  Hemos cambiado, en este sentido, la furia contra el pecado por la furia contra la incorrección política. Frente a esta nueva inquisición informativa, llevo años intentando defender la vuelta al pecado, a las tentaciones propias de existir, y a la posibilidad de una gracia que emana de un fondo sombrío que es irremediable en cada uno de nosotros.

Lo cual también nos libraría de esta tendencia patética a una diversión juvenil que parece haberse vuelto obligatoria. El fondo incoloro de nuestro odio, nuestra indiferencia de base, es lo que nos permite cada día a jugar con todos los colores, como si no tuviéramos prejuicios feroces y la vida fuera parecida a un anuncio cualquiera de un de las marcas de moda. Nuestro esencialismo dogmático ha logrado tomar la forma de una flexibilidad que parece incluirlo todo. Bajo esta falsa liberalidad alienta un odio creciente a lo que quede de irrenunciable, común y ancestral entre nosotros. De ahí este rencor por todo lo que no hemos dejado que ocurra entre nosotros. De tal amargura de fondo viene también esta furia cinegética en perseguir todo lo que parece haber caído de lado del mal.

Te paso esa entrevista. Feliz navidad, A., y hasta muy pronto,

Ignacio

O Picón, 26 de diciembre de 2021