EL SECRETO DE TUS OJOS (Juan José Campanella, 2009)

Benjamín Espósito (R. Darín) es oficial de un juzgado de instrucción de Buenos Aires, recién jubilado. Obsesionado con un crimen cometido veinticinco años antes, escribe una novela haciendo memoria. Tal vez para ordenar sus atormentados recuerdos, que incluyen un amor dejado en suspenso, y para recuperar de paso la autoestima de su papel, que ante sus propios ojos puede estar en entredicho. Toda la acción se desarrolla en dos tiempos muy distintos, con continuos retornos a una pasado de espanto y de amor que, en buena medida por la indecisión del protagonista, quedó inconcluso. La inconclusión del crimen duplica la inconclusión del amor entre Irene Menéndez y Benjamín, haciendo que ese pasado vuelva continuamente.

Por si los lectores de esta pequeña crónica no han visto la película, no contaremos el sorprendente desenlace final, después copiado -por supuesto, retocado moralmente- en un remake estadounidense. Baste decir que hay dos planos de suspense, los dos muy logrados: el que atañe al crimen cometido por Isidoro Gómez, cebándose en la joven Liliana Colotto después de una larga espera de deseo y miradas, y el que atañe a la pasión secreta que Espósito guarda hacia Irene, su superior en el juzgado que ambos comparten. Este segundo casi supera al primero, puesto que la indecisión constante de Benjamín con respecto a su jefa raya, digámoslo claramente, en la cobardía. Los ojos claros de Espósito no consiguen dar un solo paso, en ninguna dirección, hacia su amada jefa, que mantiene hacia él una mezcla de fascinación, prevención por sus métodos impulsivos -que a veces rozan la ilegalidad- e ironía por sus vacilaciones, propias de un pánfilo (sic). Diríamos que la ternura de Irene se queda corta al calificar así a su subordinado. Todo el coraje que Espósito mantiene en la investigación de la violación y asesinato de Liliana, coraje que no tiene reparos en saltarse la ley para encontrar al asesino, se disuelve después ante la aristocrática y serena imagen de su jefa, que casi juega con los titubeos del subordinado.

Leer más

LA PEOR PERSONA DEL MUNDO (J. Trier, 2021)

Al principio parecía una tentativa de revolución en una charca de ranas. ¿Por qué me fui del cine la primera vez, al cabo de solo una hora? Algunos estamos un poco hartos de los tormentos de la identidad en el «primer mundo». Y aquello parecía solo una adelgazada variación posmoderna sobre las cuitas de una pija que quiere ser alternativa. En definitiva, confusiones de identidad en una progre bastante correcta. Estudiar medicina con excelentes notas. Después, psicología. Después, fotografía… Al final, acabar escribiendo. ¿Como «todo el mundo»? Y ello con un fondo materno infinitamente comprensible. Mientras el padre, por supuesto, pronto aparece como un egoísta abominable. Estoy básicamente de acuerdo, pero lo hemos repetido demasiado. ¿Por qué, para facilitar qué trasvase?

«Me gustan las pollas flácidas. Me gusta ser yo quien la pone dura y no que me la claven sin más». ¿Estamos ante una mera inversión de papeles? Si ese fuera el mensaje, habríamos tenido razón al irnos en el primer intento. Afortunadamente, no fue así. Cuando iba a escribir contra esta película, volví a verla, tocado por la duda. De manera similar a Youth, cuya complejidad inicial parecía pretenciosa, mera decadencia manierista. Me alegro de mi impaciencia inicial y me alegro de haber revisitado este trabajo de Trier. Lentamente, en la segunda ronda se puede encontrar una preciosa variación de una vieja pregunta, igual de torturante para mujeres y hombres, para viejos y jóvenes: ¿Quiénqué soy? Es una de las interrogaciones que nos hace iguales, pues tiene que ver con el absoluto que es cada existencia ante la muerte. Julie no fallece, pero muere un poco cada día en su itinerario de choques y fracasos.

Leer más

JUEGO DE LÁGRIMAS (N. Jordan, 1992)

(Primera entrega del taller «Un poco de fiebre»)

El equipo de Limo había visto esta película hace bastantes años. Esencialmente, ayer comprobamos que el encanto se mantiene. Lo que sigue es una crónica del último visionado, en la noche de ayer, martes. Ni que decir tiene que todo lo que digo es discutible y se puede interpretar de otro modo, seguro que en direcciones completamente dispares.

Creo que podemos leer Juego de lágrimas como un delicado homenaje a la fidelidad, a unos vínculos afectivos que, casi siempre surgidos en avatares imprevistos, pueden y deben resistir las presiones a veces abominables de las circunstancias modernas. Las lágrimas juegan, pesan. Igual que el agua, encuentran con frecuencia rendijas para colarse. El dolor y la piedad convierten a varios personajes de esta cinta en otros, distintos a los que les convendría ser. Es el poder de las lágrimas. No solo el IRA y el Gobierno tienen armas.

Ya al cabo de pocas escenas, Fergus no puede evitar la empatía con Jody, el soldado británico que el IRA ha capturado para chantajear al gobierno. Existe una vieja leyenda, muy anterior a las reflexiones recientes sobre el «síndrome de Estocolmo». Secuestrador y secuestrado, verdugo y víctima, ambos son prisioneros de una misma fatalidad, que tal vez ninguno de los dos ha elegido libremente. Para empezar, ¿qué es «elegir libremente»? Un día bajas a hacer la compra y de pronto te ves enredado en un encadenamiento de hechos imprevistos. Casi siempre somos responsables, pero solo por la forma de escuchar, de asumir o ignorar signos que vienen sin ser llamados.

Leer más

ODIO DE HORMIGAS

Sería grato que todo el mundo delirase, como piensan algunos psicoanalistas. Lo preocupante es más bien lo contrario, un masivo conductismo que hace previsibles a los otros hasta en su mala educación. Posiblemente la repetición de la exigencia «Demuestra que no eres un robot» expresa un peligro de automatización en la misma carne. Si es así, asistiríamos a una pavorosa pérdida de mundo en cada uno de nosotros.

Lo que hoy se ha extendido en una amplia clase media urbana es algo distinto al individualismo descarado de antaño. Es un tipo de dispersión anímica compatible con el funcionamiento grupal, la solidaridad enlatada de las redes y la sonrisa perpetua en las normas cotidianas. El marketing se ha apoderado hasta de la tristeza. Al fin y al cabo, lo que se llama ubereconomía significa que las cosas antes gratuitas, desde un viaje familiar a una habitación vacía en la casa, ahora son puestas a producir pequeños beneficios. A nuestro odio de hormigas le corresponde un capitalismo de hormigas, su ubereconomía.

Lo paradójico de nuestra situación actual es que el egoísmo es interactivo y funcional. En este sentido, genera empleo: el de la visibilidad, con un gigantesco colectivismo en las costumbres. Lo que hemos perdido como productores, en un trabajo cada día más precario, lo ganamos como empleados a tiempo completo del consumo. Finalmente lo que producimos es precariedad, un tiempo entretenido que no pesa. Consumimos espacio terrenal, cualquier esquina de tiempo muerto. Producimos velocidad social, cronología, tiempo contado y espectacular.

Lo que enfrenta al «primer mundo» con las otras culturas, sea la latinoamericana, la árabe a la eslava, no es la democracia o la retórica vacía de los derechos humanos. Nos opone al resto del mundo nuestro odio sordo a lo analógico, al atraso y la irregularidad de la vida terrena.

Entre nosotros funciona un realismo capitalista que deja las diferencias personales para el narcisismo de las pequeñas opciones minoritarias, sexuales o culturales. Son inocuas para la obediencia mayoritaria y resultan fácilmente comercializables. Sería reconfortante que el ciudadano medio tuviera en Occidente algún tipo de relación con la espiritualidad, con lo que hoy consideramos asocial o inhumano. Pero nuestra adoración narcisista de lo minoritario es un sedante, un preservativo para no abrirnos al mundo, a la comunidad silenciosa de una humanidad que ignoramos.

En virtud de este individualismo blindado, la antigua alienación del ciudadano occidental se libera de cualquier complejo de culpa y saltase a la pista de baile.  Como si el viejo egoísmo competitivo, que era molesto pero se le veía venir, se haya encriptado y convertido en fluido, compatible con el espectáculo de mil conexiones calientes. El capitalismo que primero desencantó el mundo, ahora lo reencanta virtualmente, en una ficción social que nos invade hasta la médula.

Nos encontramos entonces con la paradoja de que, en el universo de la transparencia, nunca sabes con quién estás hasta que ocurre algo irreparable. El prójimo es hoy un misterio, pero a  la vez participa en mil iniciativas sociales. Cualquier vecino es así hermético en su normalidad. Vivimos en una visibilidad cegadora, sometidos al oscurantismo de una infinita normativa que regula la vida hasta detalles infinitesimales. De ahí que cuando nos damos cuenta de quién es realmente nuestra compañía, pueda ser ya demasiado tarde.

Las mil sorpresas que hoy nos ocurren con los que llamamos «amigos» tienen relación con un nuevo autismo de rotación veloz y género no binario. Este tipo de sujeto casi nunca llegará a la agresión física, salvo que un día estalle generando una matanza, pero tampoco se entregará a nada que no sea su fría estrategia de selección permanente.