vulvas y penes

El pintoresco asunto de un autobús que, con un mensaje ingenuamente reaccionario dirigido contra la nivelación unisex, ha levantado el escándalo de «incitar al odio», vuelve a resucitar la asombrosa moralina reinante en una sociedad que, para ocultar la violencia normalizadora que ejerce, pretende convertirse en vigilante integral de los límites que de ningún modo se pueden rebasar.

Con una histeria ética que hace añorar épocas más liberales, la democracia global practica así una intolerancia que causaría asombro en el franquismo. En realidad, ¿a quién hace daño que unos supuestos fanáticos de la naturaleza creada por Dios defiendan libremente su mensaje de que los niños y las niñas son distintos? Hace falta ser muy mojigato, y estar muy inseguro de la igualdad que defendemos, para creer que esa tontería naturalista incita al odio, mayor que el que ya circula entre nosotros. Bastaría con no subirse a ese autobús, ni siquiera mirarlo, para que se acabase parando en cualquier barrio apartado.

Pero no, teníamos que hacer famosos a esos ultras y, de paso, localizar un cómodo foco del mal a liquidar. Lo de menos es que esos parias del autobús pertenezcan o no a la «derecha ultra-católica». Lo que importa es que el odio a la singularidad, a una posible disidencia no domesticada, siga tejiendo la malla de un siempre inestable consenso. Y esto sin necesidad de un cuerpo especial de vigilantes. La sociedad entera, dirigida por una vanguardia natural encarnada en la información, vigila a cada uno de sus miembros. Esto quiere decir que también la represión ha sido personalizada, pues cada uno se vigila a sí mismo. La policía sobra cuando el cuarto poder está en primera línea.

Leer más