Si a veces ocurre que la sombra se adelanta a los cuerpos y, por así decirlo, los delata, aquí es el halo, al fin y al cabo una sombra invertida, lo que salva a los sólidos hacia una gracia indecidible, sin reino.
I
Solaz de una noche común que irradia a través de las criaturas, una soledad manantial une a estas cosas. Aunque en una radiación más oscura que la de una tranquila inmanencia. Aperos abandonados. Un queso, un pan, un vestido, una cabellera. Como si la vida siempre hubiera estado ahí, inverosímil, y no hubiera más que creerla.
II
El aire de llegada hace de cada bulto un enigma que no demanda de nadie. Lo que configura un tono de anunciación en estos cuadros es la relación secreta con un resto implícito, como si nada estuviera excluido. Las cabezas, las caras, la piel, las cabelleras son el eco de algo ausente, una concentración silenciosa que no necesita conciencia.
III
El milagro de estas presencias es el de un ser que ni requiere ser visto. No se pintan exactamente volúmenes, semblantes y cuerpos, materias quietas o animales. Se anota ante todo un tránsito, una espera que no precisa esperanzas. Mezcla de humildad y pillería, las siluetas muestran la dulce conformidad de un existir que acaba de llegar y se queda, sin tener que ir a ninguna parte.
IV
No se atestiguan tanto figuras, tampoco su paso imperceptible, cuanto una conmovedora caducidad. Una presencia, por lo demás, acompasada a la más breve duración y a las más recatadas tareas: leer, vestirse, descansar, estar ante el espejo, en una sala o junto a una mesa. Pillamos a los seres inadvertidos, igual que de pequeños nos volvíamos para comprobar si el mundo seguía ahí.
V
La acción de los cuerpos consiste en poco más que en seguir con la insignificancia de sus rutinas. No hay apenas acción, apenas pasión. Inobservados, humanos, enseres y animales tampoco han de conocerse a sí mismos. Cierto resplandor de inutilidad se apodera de las anatomías y les brinda ese aire invulnerable, de pureza recién recobrada.
VI
Arbustos, palomas, fardos de paja. Lo que insufla vida en estos entes es no tener ninguna deuda pendiente. Es posible que la luz provenga de esta inocencia límbica, de una sagrada forma que desciende en cada cuerpo. Lo corruptible se reconcilia con un pueril yacer, al margen de cualquier espectador. La esencia coincide con el mutismo. Tal es la luz de estos cuadros, una suspensión que exime a sus objetos de entender nada de sí.
VII
Tal vez el amarillo aluda a una certeza onírica, a cierta atmósfera de metamorfosis. Si una impresión de lejanía se hace palpable es porque, en este ruidoso orbe interpretado, persiste de pronto un resto de dicha sin ideas, de gracia distraída.
VIII
La realidad ni siquiera es sorprendida en una pose, pues para ello tendría que tener una orientación, un testigo que anote el gesto. No hay tal gesto, sólo bultos descansan en un halo que se adelanta al cuerpo y lo envuelve. Una bienaventuranza que procede del abismo absuelve lo demoníaco que pueda haber en cualquier aparición.
IX
Asombro de ser, con una mansedumbre que no precisa testimonio. No cuerpos gloriosos; apenas organismos, poco más que seres borrosos. Una cantinela infantil que recorre las estancias permite pintar a la vez la decrepitud, una joven nuca rubia o una herramienta apoyada en la pared.
X
La sensación de distancia no procede sólo de la nube del color, velado en figuras que a veces hace falta mirar tres veces. No tanto de eso como del clima de un reposo sin meta, a solas con el parpadeo de su propio encuentro.
XI
Si nuestras cifras son febriles en esta era de escala colosal, no está mal volver al misterio de la mera presencia. Una luz difusa mezcla contornos y semblantes en un amanecer que se libera del reloj, se prolonga más allá del mediodía y sigue pulsando. ¿Mañana? ¿Tarde? No hay hora, sólo la que marca un alba que no cesa.
XII
Como si los pesos fueran cautivos, con cierta desgana, de un purgatorio que les libra del infierno y hace innecesario ningún cielo. La redención viene de un simple estar ahí, una impasibilidad que no necesita demostrar nada ni sostener discurso alguno.
XIII
Cualquier exterior late en estos seres que han renunciado a escapar de su cárcel terrena. Lo que inunda de luz es tal vez esa santa conformidad, el coro de un martirio consentido.
XIV
El aura tibia de los cuerpos procede de su más íntimo allende, de un tormento de la materia vuelto al calor de cada peso. Confundiendo el sueño con la vigilia, el gualdo ilumina una sombra, acoge un haz de tiniebla. Nos invita a volver a creer en lo visible, en una realidad que equivale a la niebla.
XV
La manida crisis de la pintura no se resolverá disimulando su irremediable sosiego, plegado al enigma de las superficies, sino volviendo descaradamente al silencio del lienzo. Sin complejos, se trata de dejar que cada peso descanse en su propio vértigo.
XVI
Y destruir así la nitidez mediante la nitidez; la indefinición, con la indefinición. Esto es lo que da lugar a tales criaturas en trance, en tránsito. No por el miedo legítimo de cada una, sino porque todo fue dicho desde el comienzo. El silencio ha tallado desde abajo los perfiles y lo que se pueda decir después viene sin oídos que lo atiendan.
XVII
Noche salvada desde sus goznes. Nada de la revelación. Si estas vidas no nos miran es por no necesitar aprobación. Sostenido en un interior abandono, el día procede con las oscilaciones modales de una tiniebla de fondo. La luminosidad difusa, sin foco de emanación, brota de una latencia de umbría.
XVIII
Durmiendo, leyendo, doblando ropa. Tal pareciera que lo que irradia es una íntima entrega a una existencia vacante. Con frecuencia, en espacios domésticos: también ahí hay dioses. Y en una cercanía tan trivial que resulta poco menos que inapresable. ¿Es una pueril entrega a la gravedad la que se enciende, prometiendo un vuelo? Con tal luz que, a la fuerza, linda con la sombra, como en algunas estampas japonesas. A la manera del Tao, un buen caminante no debe dejar huellas.
XIX
Lo que constituye el aire de lejanía es el vínculo con cualquier posible fuga. Podríamos no estar aquí, aunque al fin estamos. Más sugeridos que impuestos, en los enseres de Montalvo está suspendido un nimbo profano que mezcla erotismo y llaneza. Tal vez no hay otro afrodisíaco que el de esa inocencia.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 29 de mayo de 2026
