Queridos Á., P., P. y V.,

Sois de una cordialidad que ya no tiene equivalente en este mundo. Es un poco abrumadora, Á., tu procesión de acuerdos y elogios hacia ese libro que tanto me ha costado… y que quizá todavía me resisto a entender. La tuya es además la primera impresión que recibo de Los odios y los días, por ello una visión doblemente valiosa. Voy a repasar esa colección de fragmentos del libro, que me enviaste en el otro correo, como si fueran señales para su relectura. Para una comprensión sintética que es urgente, pues tras tantos meses casi no conozco a mi criatura. Durante su creación y después, los libros crecen al margen de uno y más tarde no sabes muy bien qué es lo que has escrito.

Hablas de escribir con y desde el cuerpo. En mi caso siempre ha sido así, tal vez por una mezcla más bien inconfesable de sencillez y arrogancia. No hay más ambición que la de convertirse a lo inmediato. No tengo más que mi cuerpo y sus sensaciones, esos «pensamientos en conmoción» (Bergamín) que vienen de vivir con los cinco sentidos. En cada lapso de tiempo, como si fuera el último. El pensamiento, la escritura y la filosofía vinieron después como una forma de organizar lo vivido, de sobrevivir a su vorágine.

Por eso siempre he entendido muy bien esa idea vuestra de que la cultura y el pensamiento no deben añadir nada a la vida, a la entereza mortal de existir. Esto ya es inmenso y no deja lugar a más ambiciones. Tal vez la gente analfabeta, los niños y las personas sencillas, están más cerca de esa verdad que los intelectuales, burócratas y expertos que viven del fasto cultural.

Para los que escribimos por estricta necesidad, buscando satisfacer algo muy parecido al hambre, se trata siempre de volver a cómo las cosas fueron. No hay otro horizonte, no hay otro cielo que ser fieles a una realidad que, si no adviene a la forma para ser anotada al pie de la letra, puede matarnos, pues en ella nos jugamos la vida.

Todo lo que no sea poner el cuerpo, con la dosis de sacrificio y alegría que esto implica, es apostar por la indiferencia, por la celebrada diversidad y un perpetuo «cambio de canal» que algún día nos pasará factura. La realidad, con los rostros y los nombres queridos que hay en ella, no perdona, pues es lo único que tenemos para acercarnos a nosotros mismos.

Y a «Dios». Dios es ese absoluto mortal, la inmediatez común del enigma. Ni siquiera hace falta ser especialmente «creyente» o ir a misa. Hoy la fe se dilucida y se pone a prueba en esa conversión a lo inmediato que nos aconseja a la contra, por razones de salud, la dañina ficción social que nos envuelve. Se trata de volver a creer en lo visible, en una eternidad que cabe en la más breve duración. Sin necesidad de templos lujosos, concentraciones multitudinarias ni espectaculares recibimientos al Santo Padre.

Me gusta la gente religiosa, las personas que sienten el misterio en la clandestinidad de lo diario. En tal aspecto, como dice un clásico del pasado siglo, «todo lo malo que le pase a esta cultura me parece bien». Aborrezco la frivolidad, la indiferencia que implica la diversidad informativa y cultural. Prefiero el odio, me parece más humano. Además, no existe tal diversidad, es sólo un mito de la época: en todo lo importante no hay nada que elegir. No «elijo» a mis amigos, la amistad surge de un encuentro que no se puede abandonar. Y antes por razones médicas que morales.

Igual con la escritura. Esta sólo está justificada, como dices con Rilke, si no se podía hacer otra cosa. En ese sentido, tienes razón en que se debe escribir «de vuelta a casa», tratando un viento exterior que debe ser por fin habitable. Igual que vivir, escribir debe depurarnos de todas las adherencias, permitirnos volver a la simplicidad en la que las almas se juegan la vida. Esta «seriedad» es, por lo demás, compatible con el juego. Es incluso el gran juego en sí misma: conseguir un pensamiento que se disuelva en existir, que sea igual a devenir.

Nuestro gran pecado es hoy la escasez de pecado, de riesgo y de traumas. Padecemos una escandalosa precariedad de infierno. Precisamente porque hemos retrocedido ante la muerte viva, nos pasamos el día enredados en matanzas. Las redes son eso, la información es eso, la cultura es eso. Interminables matanzas sumergidas.

Todo estaría cumplido si fuéramos capaces de vivir esta vida como única, sin estar siempre mirando para otro lado, hacia la siguiente entrega en la serie social que nos convierte en público cautivo.

En fin, Á., me he enrollado mucho, pero sólo quería agradecerte el homenaje que es tu lectura. Y agradecerla con la humilde elementalidad de quien sabe que no ha escrito nada más que un eco de lo que todos hemos vivido.

Hay una frase de Amiri Baraka (Leroy Jones) que me importa y a la que siempre vuelvo: «La música de John Coltrane es algo de tal intensidad que hace que la idea de suicidio resulte aburrida». Esta es mi religión, creer que en cada minuto nos jugamos a Dios, este absoluto que late mezclado con la ganga de un día cualquiera.

Un abrazo muy fuerte, para ti y para P., para V. y P.,

libros


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Los odios y los día
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