LA VERDAD
Ignacio Castro Rey: «La vida no es democrática ni justa, pero al menos podríamos envolverla con el amor».
por Manuel Madrid
30 de julio, 2026

El filósofo compostelano, que acaba de publicar ‘Los odios y los días’, asegura que la religión siempre triunfa porque, bajo la ficción social, la humanidad sigue teniendo miedo.

En ‘Los odios y los días’ (Pre-Textos, 2026), Ignacio Castro Rey (Santiago de Compostela, 1952) encara el cristianismo «como una bendición, a la vez espiritual y materialista». Este ensayo sobre la importancia intelectual y corporal de lo religioso, con prólogo de Juan Manuel de Prada, el filósofo y escritor, que ejerce como crítico de arte y de cine en diversos medios, también como gestor cultural, versa sobre la subersión cultural y la política del cristianismo.

En el volumen investiga sobre la necesidad de darle un lugar en el pensamiento al espanto de lo real. Una de las claves, asegura, es «la urgencia de huir del sectarismo eclesiástico en el que el progresismo medio nos ha encerrado». En esta entrevista concedida a LA VERDAD, Castro Rey reflexiona sobre la codicia, sobre creencias actuales, sobre Cristo, sobre el celibato y sobre la dulzura.

–¿Qué importancia tienen en ‘Los odios y los días’ figuras como San Agustín de Hipona, Alain Badiou, Jesucristo, el diablo, Nietzsche y Simone Weil?

–Tal vez son demasiados nombres. El diablo es clave para que tenga sentido antropológico la palabra Dios. Sólo necesitamos pensar en Él, en Ella, a partir de que la vida es o puede ser un infierno. La exclusión de la noción de infierno como una posibilidad real ha sido una desgracia en el orbe contemporáneo, pues ahora ya no podemos ni percibir siquiera el genocidio que hemos construido con nuestra codicia. No sólo en Gaza, también en nuestros corazones. Pensemos por qué las estadísticas de suicidios siguen ocultas, eliminadas de nuestro obsesivo cómputo diario. Los demás nombres que mencionas, ante todo Nietzsche y Cristo, son en este libro figuras de lo casi innombrable, perfiles que adopta el conocimiento vertiginosos que nos atraviesa. Todo ello recuerda la etimología de la palabra persona, lo que resuena en nosotros, antes de que nos convirtiéramos en los autistas sonrientes que hoy somos.

–Puestos a pensar en la fe, ¿qué nos conviene dejar de creer?

–Nos convendría urgentemente dejar de creer en los grandes titulares de la información, en los periodistas y los expertos. También en la espectacular y venerada Ciencia. Tal apostasía de la opinión obligada supondría toda una revolución cultural; permitiría que las capas medias y altas de nuestras urbes se atrevieran a encarar los signos de nuestro tiempo como debe ser, a solas con el silencio del mundo, desde nuestros nervios desnudos. Esta sociedad dejaría de ser obediente, tan aberrantemente previsible y enemiga de cualquier otra posibilidad, si admitiera que vivimos como soñamos, solos. Es una desgracia corporal y anímica la creencia actual de que una neurótica interactividad nos puede salvar. ¿Salvar de qué? Tal vez de existir, ante la muerte. A pesar de nuestra ilustración colectivista, vivimos igual que hace mil años, a solas con nuestros errores, con las dudas y el temor a desaparecer. Todo lo que no sea entrar en esta cruda verdad primaria es ceder en la penumbra que nos hace libres; también, dicho sea de paso, ceder en lo que nos hace humanos.

–¿Cuál es el poder más desconocido de Cristo? En cierta medida, ¿la filosofía ha perpetuado ciertos mitos?

–Tal vez el poder más insólito de Cristo reside en un tipo de relación directa con el abismo que le hace libre de las presiones externas, incluidas las de su propia biografía. Este es el primer milagro, que haya alguien que no tiene miedo; mejor dicho, que no cede ante el miedo. La gente se junta alrededor del hijo del carpintero como ante quien es doble, «endemoniado» (Jn 8, 49), pues ese hombre está entre nosotros y a la vez habla desde muy lejos. Al borde mismo de lo inconcebible, dice Badiou, Cristo es el nombre de lo que nos sucede absolutamente. Frente a esta aparición anómala, el filósofo moderno representa más bien el perfil de un funcionario del saber instituido, sin más. El filósofo medio (Markus Gabriel) usa los prejuicios de todos, pero con un discurso erudito y alambicado que consigue confundir a la gente.

–¿Qué es lo que más necesita hoy el cristianismo?

–El valor de decir no. Necesitaría redoblar su fe en la exterioridad de la verdad, en el otro lado de la opinión, para poder enfrentarse a una inquisición social que ha alcanzado cotas inimaginables. Siempre existió la opinión instituida y sus emisarios oficiales, los estafadores profesionales y los falsos profetas. No obstante, el nivel en que hoy es numerosa esta casta de trileros explica que hoy las pocas verdades que nos llegan sea a través de gente de la cual nadie ha oído hablar, algo así como una estirpe anónima de nuevos vagabundos.

«Siempre existió la opinión instituida y sus emisarios oficiales, los estafadores profesionales y los falsos profetas»

–Foster Wallace decía que hay que adorar algo, y eso que no conoció esta tecnocracia que nos domina…

–Foster Wallace insistía en que en las trincheras de la vida corriente no hay ateos. La existencia común es demasiado elemental y peligrosa, insistía el escritor, como para que no haya que adorar algo. Sin embargo, repite, debemos intentar que lo que adoramos no nos devore, tal como hacen el dinero, la fama, la visibilidad y casi todas nuestras grandes ambiciones. La tecnocracia es el nombre que se le puede dar a la ilusión social funesta de que haya mediaciones para todo: la felicidad y la infelicidad, lo que se debe hacer y lo que no, lo que se cree y lo que no. La tecnocracia es sólo una forma lenta y consensuada, por ello mismo invisible, del suicidio existencial que se necesita para crear un público cautivo.

–¿Cómo casan democracia y religiones?
–No casan, lo siento. Al menos de forma fácil o inmediata. No casan mientras la democracia y sus mágicas palabras divinizadas (igualdad, transparencia, diálogo, justicia…) vivan entre nosotros como el signo de un descenso de Dios a la sociedad política. Otra cosa es que, a la manera de Zambrano o Bergamín, admitamos que la democracia tiene una íntima relación con la conspiración maquiavélica que es la gobernanza moderna. En otras palabras, hasta que admitamos que la democracia sólo supone una variación formal del despotismo disperso que es el poder en el capitalismo. Si a la dictadura se le opone la democracia, a esta se le opone la verdad. Y la verdad no es susceptible de administración pública, ni cabe en la mentalidad genérica de las instituciones. Lejos de tal mitología civil, la «sagrada forma» que administran la poesía, la religión y, de vez en cuando, la filosofía, deja a las instituciones democráticas como un mal menor o un recurso formal de segundo orden. No he elegido nacer, ni ser así. La vida no es democrática ni justa, pero al menos podríamos envolverla con el amor, con la amabilidad, con la piedad y las buenas maneras. Es exactamente lo que no hoy no hacemos. Quizá por haber depositado demasiadas esperanzas mecánicas en el orden civil y sus instituciones de reparto.

–Dice que estamos obsesionados con la actualización que nos mantiene en la visibilidad, dice que todo eso es fariseísmo para algunos. ¿Por qué le damos tanta importancia a esa visibilidad, y qué ventajas encuentra en la invisibilidad?

–Sólo ante la invisibilidad somos alguien, la singularidad sin equivalencia que somos. La vida de quien sea es un absoluto gracias a su más íntima desaparición. Precisamente la religión siempre triunfa porque, bajo la ficción social, la humanidad sigue teniendo miedo. El mito de la actualidad, que nos salvaría de las sombras y del subdesarrollo constitutivo de la especie, es una parte sustancial de la religión laica de la época, administrada por los nuevos sacerdotes. Ellos parasitan un credo civil profundamente hipócrita, administrado por fariseos que viven de una normativa policial que cree poder separar el bien del mal. Esto hasta el extremo de dictaminar hoy lo que es sano e insano para nuestros cuerpos. El gobierno de las almas ha quedado atrás, casi como un juego de niños. Nunca habíamos visto un feudalismo anímico comparable. Es tan perfecto, que ni necesita la sangre.

«El gobierno de las almas ha quedado atrás, casi como un juego de niños. Nunca habíamos visto un feudalismo anímico comparable»

–¿Por qué hay distintas concepciones del celibato?

–Igual que hay distintas concepciones de la libertad o el crimen, del matrimonio, el vicio y las perversiones. El celibato es uno de los nombres que le damos a una continencia en la tentación sexual, y en la obligación de emparejarse, que hoy resulta casi inconcebible. Si un hombre o una mujer tienen éxito, pero no tienen pareja, parece que la sacrosanta empresa del Yo está incompleta. Es una imposición capitalista crucial. El derecho de pernada lo hemos sustituido por el deber de tener éxito y ser feliz; además, a la vista del público. Nada podía ser más despótico. Las distintas formas de la castidad o el celibato pueden ser una dichosa forma de rebelión contra este fundamentalismo social de la dependencia.

–Simone Weil dice con respecto a Israel que la verdadera idolatría es la codicia.

–Exacto. Su Carta a un religioso es hoy un impagable documento de la libertad que se puede encarnar en lo religioso, particularmente en el cristianismo; también de la deuda metafísica que este mantiene con religiones y cosmogonías muy anteriores. A cambio, la justa imagen que se vierte del judaísmo en este escrito es la de una religión que, bebiendo en mil hallazgos anteriores egipcios y mesopotámicos, los castra para fundar una idolatría de la codicia que separa al pueblo elegido del resto de los otros pueblos. Hasta los violentos colonos actuales, que saquean las tierras ancestrales de los palestinos, los judíos no son agricultores. La tierra prometida la convirtieron en una genial disculpa para odiar la tierra común. Me temo que estamos viviendo otra vez las consecuencias criminales de esa vieja idolatría de la separación.

–¿Para qué necesitamos la dulzura?

–Para soportar el infierno que es vivir. Igual que la inocencia o el amor, hoy tan denostados, la dulzura es una reversión, desde dentro, del mal de existir. Piensa en quien quieras, sea Nico o Simón Díaz. La gente es dulce cuando ha vuelto; cuando, después de una travesía de dolor inconfesable, consigue pasar al otro lado y arribar a una orilla sin rencor que redime el miedo en una suavidad compartible. Igual que el humor, la dulzura es lo que permite que el abismo entre lo secretamente deseado y lo socialmente posible no nos convierta en fanáticos. Peor aún, en amargados.

 

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