CUESTIONARIO MORATO

Preguntas del colectivo Herederas de Morato.

1.-¿El Fin del Mundo antes que el fin del Capitalismo?

Es una idea bonita, que tiene sus razones. Me gustaría, en cierto modo, que fuera al revés. Pero la verdad es que el fin del mundo, en forma de tristeza o de apocalipsis momentáneo, nos libra a la vez del capitalismo. Al contacto con la muerte, todas las tontas evidencias de un universo de oposiciones -y el capitalismo no es más que la furia, organizada fríamente, de esa metafísica maniquea- desaparecen. De pronto, somos libres en una cercanía que es indetectable, ilocalizable para la vigilancia de la economía. Como decía un clásico del pasado siglo, «La historia vencida nos entrega las estrellas».

2.-¿Adaptarse a qué?

Otra buena pregunta. En el fondo, solo hay que adaptarse a lo no sabido de sí, a una existencia que nos espera tras este interminable y pueril narcisismo de las identidades. Por el contrario, adaptarse al conductismo idiota que nos comanda es cumplir la eutanasia a plazos que ordena una sociedad suicida. Suicida por no creer en la potencia de lo negativo. No sé si me explico: solo un apocalipsis de todas nuestras Soluciones puede salvarnos todavía.

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Dejar todo como estaba

Homenaje al último debate del taller «Decálogo para salir del invierno».

Dondequiera que vayamos nos acompaña un poder amniótico que nos mantiene sujetos, como si estuviéramos hechizados. Es el poder del todos juntos, donde nadie de los nuestros debe quedarse atrás. Una clave de este poder acéfalo, envés invisible de la visibilidad, es el control a distancia del tiempo. El poder de lo numérico, del tiempo contado, no el de una localización espacial que solo opera en emergencias policiales o militares. De hecho, gracias a las tecnologías portátiles nos pasamos el día entero ilocalizables, como si esta fuera la única forma de escapar a un orden inmanente, disperso y sin centro. Para la fibra óptica del control civil es indiferente dónde estemos, pues en la cobertura móvil que nos sigue -es la gran mascota- todo son escenarios de un tiempo sometido a la ficción social. ¿Es extraño que la ficción tenga tanto éxito en el sistema?

Si la precariedad laboral es soportable es porque estamos empleados a perpetuidad como consumidores de la banda audiovisual que nos acompaña, precediéndonos como un cielo protector. Ya no salimos de ninguna fábrica, de ninguna prisión. Trabajamos el día entero como espectadores del tiempo libre que nos deja el fin del trabajo clásico.

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Notas sobre EL TRIUNFO DE LA RELIGIÓN (1974)

1-Analizar, gobernar, educar, tres posiciones insostenibles (69-70). Aunque nunca faltan candidatos, dice él, precisamente por la «imposibilidad» de la tarea. Y tal vez son imposibles porque hay en el hombre un resto incivilizable, un eco de lo Real que se resiste a la doma, a la socialización, a la cura. De ahí que Freud y Lacan se hayan planteado solamente «curar» aprendiendo a vivir con lo incurable. En otras palabras, curando la impotencia con la imposibilidad. ¿Lo real es como lo nouménico de Kant, pero no del lado de un simple «pensar», sino pasado a la inmediatez de un conocimiento imposible que nos reta, pues es nuestro suelo? De ser así, estaría cerca de cierta negatividad hegeliana que opera de este lado, en una especie de psicosis ordinaria que es el devenir del espíritu. Lo pre-ontológico que a veces comenta Lacan debe tener que ver con eso, con una imposibilidad que nos asedia.

2-A decir verdad, no es obligatorio que el hombre sea educado, ya que él realiza su educación solo. De una manera u otra, se educa (71). No sé si aquí Lacan se refiere a esa vieja idea socrática y griega -también está en Illich y otros- de que el hombre se educa a sí mismo errando, equivocándose: en la soledad de sus traumas.

3-No están en absoluto errados: se necesita, en efecto, cierta educación para que los hombres lleguen a soportarse entre sí (71). La sociedad como dique de separación, árbitro autoritario para que los hombres limiten su egoísmo y convivan. Pensemos incluso en el Estado (Weber) como la institución que detenta le exclusiva de la violencia. No existe, según Freud y Lacan, ninguna sociedad no represiva y, por tanto, la «educación» socialmente organizada es parte de esa indispensable violencia de unas «normas para el parque humano» (Sloterdijk). No olvidemos que para Freud y Lacan en el hombre moderno anida un resto incivilizable, un ello inconsciente, por lo cual no es tan extraño que para ellos dos la sociedad tema siempre a la existencia. 

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El beso (A. Chéjov, 1887)

Quiso imaginársela dormida. La ventana de la alcoba abierta de par en par; las verdes ramas que se asomaban a ella; el fresco de la mañana; el olor de los álamos, de las lilas y de las rosas; una cama y una silla, y sobre ésta el susurrante vestido de la noche anterior.

 

Una golondrina no hace verano, se ha dicho, pero aquí un solo beso accidental -y no precisamente en la boca, en contra de lo que sugiere la portada de esta edición- cambia durante meses una vida anodina, arrancándola de su tedio y su tristeza. No ser nadie aparece en este cuento de Chéjov la condición para desearlo y soñarlo todo, para imaginarlo todo. Como en otra versión de aquella vieja sentencia que algunos hemos repetido cien veces: «Tú quisieras un mundo, por eso lo tienes todo y a la vez no posees nada».

Sin amor, sin tierra y sin esposa, sin carácter ni una estrategia mínima de fuerza y amor propio, Riabóvich no es nadie. Y lo sabe. Chéjov no deja de pintarnos la versión moderna de una vieja historia, el mundo visto por un pobre hombre, cercano a las visiones del idiota. Si el entorno humano y natural de nuestro protagonista aparece con un lujo infinito de detalles, a veces cercanos a la precisión del insomnio, es debido a la debilidad de Riabóvich, a una inseguridad congénita que lo hace sensible a cualquier cambio, cualquier accidente. Tiene gracia que el hombre más infeliz del mundo, y no sus sólidos compañeros de milicia, sea el hombre besado accidentalmente por una mujer desconocida que se asemeja al ensueño. El hecho de que a ella jamás se le vea el rostro, ni él pueda imaginarlo, podría indicar que la fortuna, como la desgracia, llega con un sentido imposible de anticipar. El ser humano es un juguete en manos del azar, y lo único que podemos hacer es estar a la altura de las contingencias. En contra de lo esperado, por su historia pusilánime en gran parte del cuento, nuestro protagonista finalmente lo está. Veremos cómo al final se rehace, al borde del arrobo y contrariándolo.

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FRAGMENTOS DE UN EVANGELIO APÓCRIFO

Pronto sabré quién soy. J. L. Borges

Angelos: mensajero, enviado, nuncio. Encontramos estos «Fragmentos de un evangelio apócrifo» en Elogio de la sombra, un libro de poesía de 1969. La palabra fragmentos alude a los restos, las ruinas de una totalidad perdida. Es conocido el gusto de Borges por estos espejos de sombras. Pecios no consecutivos, escalones sin escalera, eslabones perdidos, restos de un naufragio. Hablamos quizá de la discontinuidad –sendas perdidas, dice Heidegger- en la que ocurren las cosas importantes, las revelaciones, las verdades, las iluminaciones. Cada epifanía se produce en una pequeña concentración del tiempo. Casi todo lo intenso se realiza en el vaivén de una ráfaga, igual que el amor, el temor, el odio o la respiración.

Es una vieja historia. En cada peldaño se acumulan «racimos de siglos», leemos en Hojas de hierba. De un lado, el devenir; del otro, la historia. De un lado Dioniso, del otro Apolo. El reino de Dios y el reino del César, el inconsciente y la conciencia. Sentir ocurre a golpes y detrás va la razón, cojeando. Una institución, incluso la Literatura Universal o la Poesía, es siempre el eco de un suceso muy particular, por no decir nimio. Como oímos en una película reciente, la sabiduria no se acerca a través de avenidas en los parques, sino en un vuelco del corazón. Lo que ocurre en un instante, de repente, o no ocurre. «Pasa un ángel». Es posible que la verdad no soporte el largo formato, las series que tanto gustan para entretenernos. Algo viene, ocurre en una aparición repentina, y se va para siempre. Dejándonos descansar… o bien atormentados. De ahí la obsesión de atrapar el momento, el latino carpe diem.

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