Querido À.,

Perdona el leve retraso en responder a tus atentas preguntas, las dos nacidas de tu intensa presencia en mi charla barcelonesa, seguro que armada con los cinco sentidos.

Sobre la primera cuestión de la obediencia. De acuerdo en que toda sociedad es una forma de obediencia. Pero la nuestra, quise insistir en ello, es rizomática, es decir: diversa, alegre, progre, informada, elitista… incluso sexy y de geometría variable. De ahí su nulo complejo de culpa. ¿Leíste Los engreídos? Del engreimiento masivo de nuestro progresismo urbanita deriva también esta inflexibilidad supremacista, condenadora (y canceladora) de todo lo que sea otra opinión, otra versión de las cosas. Sea en el caso Errejón, en el holocausto nazi, sobre la película Tardes de soledad, sobre el cambio climático, lo que pueda ser Irán o la gestión de la pasada pandemia andamos siempre con el dedo en el gatillo de la cancelación. ¿A qué viene esta suficiencia política nuestra, el narcisismo sonriente de una nueva casta sacerdotal de políticos y periodistas que dictamina a diario lo que está bien y lo que está mal, y por tanto, «el lado correcto de la historia»? Viene de una masiva obediencia minoritaria (valga el oxímoron) y culta que, gracias a su «diversidad», se puede permitir el lujo de un nulo complejo de culpa a la hora de dictaminar. Los verdes alemanes están a fondo con el actual Israel, incluso después de Gaza; y se quedan tan frescos, nunca mejor dicho.

Ninguna sociedad que conozcamos ha sido tan estúpidamente creyente, ni ha carecido de tal manera de dudas a la hora de cancelar todo lo que sea otra versión de las cosas. ¿Por qué hablamos del «régimen de los ayatolás» y no del «régimen de Epstein», del «régimen de Israel» o del «régimen de Kaja Kallas»? Comenté en Barcelona que nunca estuve enamorado de Pablo Iglesias (sin duda, ha hecho mucho daño a la izquierda), pero pienso que tenía razón cuando dejó caer hace poco que la vergüenza de Venezuela (nuestra televisión estatal sigue hablando de «captura» de Maduro, en vez de «secuestro») no se habría producido sin una sistemática demonización del «régimen de Maduro» en la que participó a fondo el grueso institucional de la izquierda.

Así pues, en cuanto a censura y obediencia estamos como queremos. Ninguna sociedad ha sido más creyente: creemos en cualquier cosa, desde el parte del Tiempo para mañana hasta las últimas tonterías que ayer cualquier académico dijo sobre Agamben, un hombre al que ese profesor no ha leído ni podría entender. Nuestra censura funciona así, sin pestañear, con un narcisista bucle endogámico. La izquierda socialdemócrata condena; la derecha pone después las bombas de fragmentación. Jamás he visto tal colaboracionismo de la izquierda, incluso en lo peor. ¿Esto no tiene que ver con las nuevas formas intensivas y diversas de obediencia democrática? Hace poco, comiendo con un amigo de CCOO, buena persona y culto, me dice sin pestañear, en plena agresión contra Irán (recuerda que Jameini fue asesinado en plenas negociaciones), que él está contra los ayatolás porque persiguen a las mujeres, a los homosexuales y a los comunistas. Lo mismo que la tele, fíjate. Y hablando sin ninguna duda, cuando es obvio que ahí él sigue sólo la información que sirven los grandes medios, es decir, en última instancia la CIA.

Al mismo militante de izquierda de toda la vida le parece demagógico el «Reclamo mi derecho a un AK-M», de Silvio Rodríguez. Es un viejo y nunca lo va a usar, dice mi amigo sin complejos. ¿Por qué sin complejos? Porque el sedante de su ideología le libra de cualquier duda seria, de toda culpa. La ideología ejerce hoy el efecto de enclaustramiento oscurantista que antes ejercía la religión; pero claro, sin aquella altura literaria.

«Acusé» al público presente el pasado viernes de estar formateado por la cabeza buscadora de la información, de no buscar siquiera fuentes ajenas a la censura: RT, Al Jazeera, Hispantv, etc. Pregunté también: ¿cuántos de vosotros ha intentado leer La derrota de Occidente, de E. Todd? No hubo respuesta. ¿Crees que alguien de los presentes durmió mal esa noche? Y sin embargo dormir mal, en este panorama de obediencia bovina, es la primera obligación política. La furia con la que perseguimos a los que caen del lado del mal (negacionistas, cazadores, machistas, taurinos, religiosos…) sólo indica que vivimos a expensas de la extrema derecha y del sedante de nuestro confort ideológico. La democracia está hoy poseída, y esto no ocurrió siempre, por un dogmatismo creyente que funciona en proporción directa a nuestra engreimiento primermundista. La verdad, echo de menos los años 60, aquella pasión por la exterioridad real. También, si me apuras, echo de menos el pacto de Varsovia: dos ejes del Mal para poder elegir entre ellos; no uno solo, como ahora.

¿No te parece un escándalo significativo que se pueda averiguar, en cualquier sala y en cualquier nivel cultural, las tres películas que se van a ver y las tres películas de las cuales ni se ha oído hablar? Esto dice mucho del colaboracionismo de la cultura con la economía y con la derecha. El capitalismo (esto ya estaba en Weber) es desde hace mucho sólo la exclusión del Afuera. No tal o cual ideología, que también; no la pasión económica por el lucro, que también. Sobre todo, el totalitarismo liberal es una exclusión del afuera que se ha hecho compatible con cualquier ideología, quizá también con la de Podemos.

Por eso odiamos cualquier posibilidad real (Cuba) que represente una aguja para nuestro globo, hinchado de miedo. Toda singularidad que resista es un posible alfiler, un exterior totalitario para nuestra cárcel de ficcional y religioso bienestar. Sólo decía el pasado viernes que la derecha posmoderna no cree en Dios exactamente igual que la izquierda posmoderna no cree en el Pueblo. Creer, saber o conocer daría igual: se trata de aceptar. Dios y Pueblo (hay un precioso pasaje de Homo sacer al respecto) sólo son dos metáforas del afuera, de una exterioridad mortal e infranalógica que esta época neurótica teme como la peste.

De seguir así, esto no acabará bien. Cuando en realidad el salto que nos queda por dar no es tan difícil, aunque humillante para nuestra tradición de arrogancia: logar envolver el capitalismo y la tecnología con una cultura espiritual que se atreva a reconciliarse con la condición mortal. Sólo eso, lo que piden nuestros clásicos, de Zambrano a L. Cohen.

En fin, querido Á., gracias por tus observaciones diferidas. De hecho, te echo de menos en este tedio madrileño. En mayo sale mi libro Los odios y los días: sobre la potencia subversiva de una intensidad que hemos perdido. ¿Me harías un hueco para septiembre en tu Café Filosófico?

Un abrazo y gracias por tu generosidad,

Ignacio

libros


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Ignacio Castro Rey
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