Vaya por delante, incluso para los que no gustan ir a las salas de cine, que es muy aconsejable ver esta película. Por la escenografía y el perfeccionismo estético de su propuesta ética; por la intensidad de la ironía y los diálogos; por los cambios de luz, sus auras tibias y los matices en los personajes… Hay quizá un exceso de oficio y un déficit de resquicios. Todo ello sobre una propuesta vital un poco larga y blanda, hay que decirlo, al menos comparada con La grande bellezza y La giovinezza. Pero el conjunto es, con todo, de una efectividad que no deja indiferente a nadie. El primer día de las dos visitas a la cinta, los jóvenes revoltosos de la fila siguiente quedaron literalmente planchados en los primeros diez minutos de planos y frases abrumadoras. Además de la muerte y los espectros, a Sorrentino le interesa la belleza del espectáculo. Y la logra muy bien, con matices visuales y conceptuales que no se ven todos los días.

                Una osada metafísica existencial, sin complejos, es una de las claves en buena parte de la estética depurada de este director. También ahora, aunque en La grazia tome cuerpo una propuesta más sobria. En todo caso, aunque algunos de nosotros seamos fervientes partidarios de la metafísica, eso no puede justificar una obra cinematográfica. Y ello aunque el autor detalle su programa filosófico en las «Notas del director» con las que se presenta la cinta.

                Dicho esto, hay que reconocer que La grazia roza el manierismo, por no decir la siesta de los laureles conquistados. El resultado final es «impresionante», pero también de  algún modo mediocre. No es sólo que le sobre oficio, sino ante todo que le falta exterior, un afuera de aventura y penumbra que no se puede simular con la mejor producción. Si la última entrega de Sorrentino no envuelve es porque en ella todo está milimétricamente colocado.

                Aunque hay momentos de emoción indudables. La agonía lenta del caballo Elvis; la belleza de Isa Rocca, esa condenada por matar a su pareja; el dubitativo jefe de los guardaespaldas; la escena del astronauta solitario que, creyéndose inobservado, deja caer una lágrima… Y más de una sentencia: «No hablemos más de mí, soy el tema más aburrido que conozco». Bien por Mariano de Sentis, kantiano hasta en esto. Y sin embargo, él es a la vez (quizá como el mismo Kant) un megalómano. Primero, a la mínima se arroga la gracia, algo que en principio sólo conceden los dioses. Aunque él la defina, lo que no está nada mal, como «la belleza de la duda», su personaje central se pasa esta entera historia usurpándola. Y la gracia es un don, que se recibe o no, nunca una conquista consciente.

                No hablemos ya de la proliferación de banderas italianas, de enérgicos cánticos alpinos y un paseo final, de vuelta a casa, donde los vecinos poco menos que le besan. Es demasiado, incluso con una supuesta propuesta moral de fondo. Si Mariano se acuerda una y otra vez de Aurora, la madre de sus dos hijos, es también como quien evoca un barrio de sí mismo. Hasta sus agudos celos retrospectivos parecen ser parte de esta autorreferencia constante. Circularidad egocéntrica que, por cierto, no es curable con el Derecho, la gran vocación de nuestro Presidente. Falta en esta larga y lenta historia lo inesperado, casi cualquier cosa parecida a los renglones torcidos de Dios. Que una de las frases más bellas de La grazia, pronunciada por su hija, ¿De quién son nuestros días?, tenga al final la respuesta más convencional y tranquilizadora (De nosotros), confirma que este encuentro grandioso con la gracia gira, a diferencia de otras entregas del autor, sobre el autismo de una élite urbana que lleva décadas distribuyendo los bienes en el lado correcto de la historia.

                Como buen presidente y buen jurista, Mariano de Sentis es un narcisista que sólo cree en él y en los suyos. Parecía más interesante, la verdad, Jep Gambardella, el falso cínico, desgarrado y sentimental, de La gran belleza.

                Por otra parte, visto lo visto, ¿pueden quedar en algún lugar políticos así de humanos? Algunos tenemos serias dudas. Pero no importa, ni al público ni a la crítica, pues Sorrentino usa muy bien el indudable magnetismo de Toni Servillo. Hay más. A pesar de que la pornografía, Israel y EE.UU. hagan todo lo posible para reanimarnos, la verdad es que estamos bastante aburridos. De manera que La grazia tiene a su favor el hartazgo de cierto público culto, que siempre ha visto en Sorrentino una bocanada de atrevimiento ético y aire fresco. Esto explica quizá que una película mediana como esta, y hasta cierto punto falsa, pueda resultar hechizante.

                Otra muestra de cierto delirio de grandeza es que esta historia funcione con la lógica de bazar del «Todo en uno». A decir verdad, algo de esto ya estaba en películas anteriores que hemos tenido que revisar. Pero ahora se acentúa, y no siempre con gracia. Fijémonos en que esta cinta contiene un interminable muestrario de lo actual: Vogue y el rap; la muerte, el crimen y la eutanasia, resuelta además al modo más justo; lo sublime y lo ridículo, pequeños vicios, el tabaco y la duda; un papa muy moderno y un astronauta existencial… Más los hijos y la difícil paternidad de hoy, más la espiritualidad de los animales, más fantásticos robots y la fidelidad a la memoria… Así hasta el infinito. Como en La grande bellezza y Youth, pero peor hecho. Es cierto que La grazia nos deja también una intensa sentimentalidad, un canto a la despedida incesante que es la vida, también a su misterio. Pero esta no es la clave. El público finalmente lo acepta todo porque el protagonista, aunque católico, es intuitivamente progresista y firma una ley de eutanasia. La metafísica de una gracia, todos los posibles demonios de un dios son domados en un resultado político.

                Mientras, ni las escenas de danza son lo que eran en La grande bellezza. O quizá estamos más advertidos. Sorrentino intenta salvarse volviendo al tempo y la textura de esa película, pero no lo consigue. El conjunto, larguísimo, naufraga en una agotadora mezcolanza. El personaje de Coco repite a la genial editora enana de La gran belleza igual que Sorrentino se repite a sí mismo. Aunque sin convicciones intensas, más extasiado consigo mismo y convencional. Desde El joven papa, en realidad, aquella serie ingeniosa y correcta tan alabada por la crítica; desde SilvioLa mano de Dios y la pretenciosa Parténope, algunos de sus antiguos seguidores teníamos serias dudas de si Sorrentino seguía vivo o no. La gracia prolonga esta duda, llevándola al pronóstico reservado de un coma crónico. ¿Cronificado por el narcisismo?

                Lo veremos. O no. Paolo Sorrentino tiene un alto concepto de sí mismo. En buena medida estamos de acuerdo, pero nadie sabe si eso no ha sido exactamente su entierro.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 27 de abril de 2026

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