El monte y Hora vertiente. Kárel Astón, Dosparedesy 1 puente

Allí donde el lienzo de nieve se eleva, el culpable de estas páginas es un varón que nunca fue muy joven y que, no obstante, siempre tuvo entre cejo y cejo la parte de noche que nos toca. Este poemario nace de un reguero de encuentros, de la fatalidad física de algo inaparente que se concentra en los lugares. Tiene así toda la brevedad, la contundencia de lo que no podía no ser hecho. Respira autenticidad por todos los poros, lo siento. Y no tanto con una extensión discursiva de verdades que pueden convencer o no, sino con la voz de quien habla en trance, próximo a un fuera de sí provocado por lo traumático. Si bien modulado, esa es su belleza estrellada, por la anuencia ética con lo que nos hiere. Quizá también con el reto, nada habitual, de escuchar la cadencia de las palabras y todo lo que el lenguaje tiene que decir en algo que una y otra vez roza el mutismo.

I

Por eso nunca se entra en la confesión impúdica, en el uso del dolor como coartada para reclamar la atención. Tampoco la expresión descansa en generalidades que sean simplemente brillantes. El conjunto navega es una musicalidad que sólo posee lo que ha estado a punto de callar, naufragando para siempre en algunos de esos umbrales inesperados que nos asedian. No sólo encontramos en este libro preciosos recuerdos vivaces, sino también el nervio de gritos pueriles, anteriores a cualquier articulación sensata y adulta. Esto es así quizá porque estos poemas, literalmente, no tienen «nada que decir» en el orden de la articulación discursiva; tampoco ninguna propuesta política al uso, ningún rencor que desahogar.

                Aunque ocasionalmente pueda ser introspectivo e íntimo, calificativos hoy llenos de tópicos, lo mejor de El monte está vivo gracias a volcarse en la exterioridad. Vive dejando hablar a una intemperie que es lo único que nos puede curar, de paso que rehace el lenguaje del hombre herido. En tal sentido, estas páginas son como un viento exterior hecho al fin habitable. Y tal vez esto es en realidad la poesía: después de todo, el desamparo de vivir convertido en morada.

                No siempre será verano. De ahí la continua mezcla, en estos poemas, entre lo primario y lo vanguardista. Es la naturaleza misma la que es futurista, precisamente por amar esconderse. Lo de menos es que el autor pueda ser culto, cosmopolita y sepa usar muy bien el lenguaje. Todo eso se da hoy por supuesto. Lo importante es que no habla de nada que antes no se haya convertido en lugar, en una forma de habitar con cierto estado de gracia la ancestral fatalidad geográfica de la que han surgido las palabras. Es cierto que hay tramos inevitablemente reflexivos, enjundiosos, que entrañan un profundo pensamiento que hay que releer y desentrañar. Pero todo se resuelve en una cadencia formal que no tiene nada que demostrar ni argumentar porque ha logrado volver a la simplicidad de lo vivido, a esa especie de inocencia que nuestras élites políticas y culturales desprecian. Podríamos estar hablando de una pureza que, al decir de un clásico del pasado siglo, es el colmo de lo afrodisíaco.

 

II

A la quincalla posmoderna Kárel Astón responde sin responder, imperturbable en una metafísica de la finitud terrenal. Con toda la rabia del mundo, seguro, aunque embridada en una fortaleza épica que abraza la caridad de las cosas. Ya verán, no es fácil estar a la altura de esa beatitud con la que se comulga con la geografía, con sus piedras, flores y bestias.

                El poeta articula aquí el viento de sentir, sin apartar ese venenoso cáliz. Lejos de una poesía climatizada, y su habitual acaso anochece, Astón articula un andar, un hablar que no hiere las cosas, más bien respira en una secreción de ellas. Las palabras son así artificios que abrazan su propio derrumbe. Surgidas de la extraña realidad, uno se ha dejado caer –como fulanito de tal– para que después brote alguna palabra de esa destitución, al menos momentánea, del sujeto. No posterior, sino simultáneamente, pues aquí es la caída la que hace al jinete, al caminante y a sus órganos parlantes. En Hora vertiente puede haber algo así como una trazabilidad, una especie de relato. En El monte no, sólo una fluencia sin yo. Mero acontecimiento terrenal sin sujeto, pues la «sujeción» del hombre –que asciende y desciende– proviene del jadeo de un acaecer que borra las distancias, las prevenciones y los opuestos. Todo es memoria sin imaginación, una memoria de «lo no ocurrido» que permite recuperar el pulso de los seres. Ya me dirán cuántas mujeres, cuántos hombres brotan hoy de la geografía y se pueden confundir con ella.

                Estar a punto de caer en el ridículo y no ser nada sin ese riesgo. Este hombre, sin embargo, es lo contrario de un alma deshilachada. Atado por la atención al espíritu de un paisaje, aquí el poeta está más cerca de Juan de la Cruz que de Walser. Escribir es para él transformar algo muy pesado en casi ingrávido, convirtiéndose así en un vidente de lo inadvertido. Si el circunloquio es para algunos una cuestión de supervivencia, estamos en la dirección distinta, hacia la épica de una simplicidad que no necesita colegas. De ahí el anonimato, la fugacidad de sus protagonistas: sarrios que descienden, hojas caducas barajadas por el fango, frambuesas que podrían ser estrellas. Todas ellas criaturas crepusculares, aunque la hora sea matutina. El secreto de tales existencias consiste en su completa superfluidad, que las hace poco menos que inaudibles. Son presencias fugaces que, cuando se las quiere enfocar, casi han desaparecido.

III

La letra de este hombre –decíamos al principio– posee la brevedad, la concisión de lo que no podía no haber sido realizado. Podemos suponer que él escribe con la misma perentoriedad del hambre, con una necesidad espiritual que es tal vez el hilo de toda existencia. Kárel Astón no se ocupa de la manida fragilidad del poeta, de su ámbito de desamparo, sino de la entereza de un exterior indiferente a nuestras variaciones neuróticas. Lejos de la tribu cultural, autosatisfecha y alimentada de intertextualidad –bonito nombre para la endogamia narcisista– Astón se limita a dejar que el vértigo de la piedra hable.

                No olvidemos que un buen caminante no deja huellas: sus marcas son tan leves que se confunden con las anfractuosidades de un camino. Para el viajero que ha partido con la obsesión de no ser el mismo a la vuelta, quizá se trata incluso de ser huella, de ser hollado por esa travesía que nos reta. Mientras camina, tal humano se transfigura, labrado por la multitud del corazón que nos puebla. Incluso su virilidad puede ser –así ocurre también en su desconocido poemario Un son de sombra– sólo un rodeo, un instrumento de la placenta femenina donde todo, también hombres y bestias, se mezcla. Tanto si el tema es una pasión sexual o el ave rapaz que desciende, este hombre vive volcado en las marcas de la geología, de la botánica y la zoología. ¿Se da entonces una escucha que anula el supremacismo urbano del cerebro para poner el resto del corazón –el corazón como resto– pegado al oído de lo que podrían decir las cosas? Lo que podrían decir, si pudieran querer algo distinto a volver a una inmediatez recobrada que es en realidad el verbo de cada ser mortal.

                Al subir y bajar el Moncayo el diálogo constante con los seres que no tienen nada que decir, salvo su perpetuo tránsito, insiste en que no hay ningún mensaje que emitir, ninguna dirección que tomar. Sólo pasar. La poesía es la única disciplina que está siempre al borde de lo banal pues su tarea es proclamar lo que ya había, el constante érase una vez de un inicio. De ahí este Babel despreocupado, nombrando sólo para que los seres nos recuerden qué somos en esta percepción invasiva e inesperada.

                Sólo soy dueño de  cuando estoy desprevenido, musita el filósofo. En una intimidad casi franciscana con hojas, lajas y arroyos, lejos en principio de cualquier candidez, la ascensión al Moncayo permite recuperar cierta inocencia, la de una escisión demoníaca que al fin vuelve a la pueril fluidez de un entorno. Como si Lucifer, la espalda de Dios, se reconciliase por un momento con el signo del bien, que entonces es solamente un día cualquiera con su noche dentro, en un amanecer que se prolonga. Ni que decir tiene que esto es lo contrario de nuestros parques temáticos, donde el comentario ininterrumpido de los turistas no deja hablar a las cosas.

IV

Sin necesidad de cabeza parlante, el habla paciente de las eras labra otra vez la geología, una tierra libre de las pesadas leyes en la que hemos querido enjaularla. Estamos ante una poesía descaradamente analfabeta (Bergamín) que no piensa en la poesía, menos aún en la literatura, ni ha nacido de un culto intercambio viajero. Su entera letra vive entregada a la rotundidad de lo que hay que decir, escuchando a las lajas solas y a las bestias que descienden. Es, por decirlo así, como si una bonanza viniera de sacrificar el consagrado Yo a un largo latir de piedra. Es el fin de cualquier antropocentrismo, con el hombre –pastor de vitalidades escondidas– vuelto al fin a lo que es. ¿Sirviendo de puente para que los seres se expresen? Pero no porque ellos necesiten de la humanidad, más bien porque esta necesita de aquéllos.

                Con El monte estamos ante una épica de lo inanimado. Renacemos con la tempestad, en los muladares de la luz, en sus desatadas cimas. Y a través de un hombre dispuesto a servir al absoluto sensible. Lejos de toda causa, también literaria, y a solas con la caducidad incorruptible de lo que existe. Se trata acaso de un hombre en estado de gracia por vaciamiento, por kénosis. Fuentes frías y silencio bienaventurado. El poeta puede entonces hacer lo que quiere, se permite cualquier licencia y todo le sale bien. En predios de cierzo y nieve se atiene a revivir el espíritu de la geografía, su remota y descomunal inhumanidad.

                Antes de un inevitable descenso, late en esta ascensión otro espectro, no siempre confesable. El de lograr una lascivia tan intensa que ya no necesite penetrar nada. A la espera, se trata más bien de dejarse penetrar, como si el significado viniera de abandonarse al entorno con una impaciencia filtrada. Atendiendo a su sobresalto remoto, encarnado en el silencio de esos riscos, el Moncayo está desatendido porque hoy la pura y simple eternidad de lo mortal ha de disfrazarse –turística o poéticamente– ante lo social, pasando a ser clandestina. Seres de ojos y oídos tardíos, nosotros no soportamos la duración. Nos salva entonces la precariedad, un perpetuo cambio de frecuencia que corta una continuidad que nos aterra, pues nos obligaría a ser fieles, de una pieza. Además de librarnos de cualquier compromiso, tal precariedad permite quejarse el día entero. Lo que nos salva, en esta primera línea de una España vacía que reside ante todo en las grandes ciudades, es la banal mitología de la diversidad.

V

Estamos pues ante la clandestinidad de un clásico, difícilmente visible en este burdel gigantesco de sonrisas inclusivas. Este hombre es casi inaudible, de manera similar a los helechos de cualquier senda perdida: Las estrellas se tornarán aldeasLa sed del cielo, territorio. ¿Quién puede habitar hoy el alma de esta geografía? ¿Quién se atreve a no sentirla vacía? Y sin embargo, así es la geografía, una hermandad de lo sagrado y lo profano que nos sobrepasa, infinitamente lejos de nuestra comodidad liturgia cultural o universitaria. Callada catástrofe que se desarrolla en eras inadvertidas, la geografía es el espíritu, el alma del mundo. Y esto es un gran problema para la furia nihilista de nuestra religión social. No sólo un problema, también es un irritante cisma comunitario –para el protestantismo laico triunfante– que los lugares estén habitados por mil espectros. La tierra, sus plantas, sus bestias y sus pueblos, han ser un espanto para que el totalitarismo liberal se pueda elevar a altar de la religión verdadera.

                A decir verdad, Astón labra también su bienaventuranza cerca de una cólera continuamente modulada. Contrariados por la estupidez del mundo, a algunos poetas sólo les queda esconderse y andar, escribir, trabajar sin descanso. Sólo entremedias pueden salir al demonio social, con una especie de humor negro invulnerable que nos ha legado esa anterior y clandestina labor de minería. Es posible que el lector no pueda evitar, junto a cierto éxtasis, un inmenso rencor al leer estas páginas. Kárel Astón nos propone aceptar la caridad de las cosas, la limosna de realidad que le donan a esta estirpe flotante que somos. Esa es tal vez la paradójica salvación que promete este largo latir: que empuñemos, con una entonación sobria, nuestra inanimada condición. Estamos ante un misticismo, claro, pero nadie hasta ahora ha demostrado que la mística no sea exactamente –de ahí nuestra fascinación y nuestro rechazo– la ciencia asombrosa de lo que es, ahí.

                Como si no hubiera en esta tierra más que habitar, regresando una y otra vez desde nuestro retiro al ardor de donde partimos. Y esto para que la palabra brote, en ese descenso que asciende, como el haz que surge tras una confusión primordial. Se nos dona así una insólita cultura terrenal, poco menos que agropecuaria: canchales, cielos que se achatan, complejidades de tormenta. Altos neveros, torrentes, improntas de cierzo. Más un saber antiguo de venados castellanos: Huellas rápidas de sarrio,/ Ráfagas atropelladas sobre el blanco: haces de luz brotando del umbral de lo vivo. Esto no es cultura, a decir verdad, ni siquiera cultura antropológica, sino más bien el solo habitar dejado al fin sonar; al desnudo, helando de belleza nuestras mentes en coma, climatizadas.

VI

Estar por completo con los pies en el suelo y al tiempo, en sociedad, poder perderse en el aire. La figura enjuta del poeta proviene de un malestar congénito. Astón se consume por dentro en este mundo interpretado, ahíto de tamaños y cobertura. De ahí la ternura con las bestias, su arisca altivez ocasional con los hombres. Es cierto que, lejos del holocausto que es hoy vivir, la manada de los urbanitas tiene las manos limpias. Aunque el precio es no tener manos. A leguas de este puritanismo urbano cargado con ínfulas hedonistas, en Kárel Astón todo es manual. Primeramente lo más metafísico, que siempre está pasado por el filtro de una bendita fatalidad corporal. Desde ahí, a veces demacrado por amores no correspondidos, se pueden idolatrar incluso damas de otro planeta. No encontraremos ninguna vergüenza en tal descenso. Más bien el deseo cuasi evangélico de no poseer nada. Con una extraña pureza híbrida, la idea es mantenerse a distancia de la gente con una especie de cortesía anarquista. Y un poco solo siempre, habitando un fúlgido abismo de aldeas, estrellas y nieve.

                A fuerza de atención, se puede incluso simular torpeza con el mayor virtuosismo. De pronto el deber del poeta es el arraigo en un lugar invisible, la obediencia a una escucha. Tan moderna, que la manida emancipación que encanta a los progres sólo sería aquí una obsesión elitista. Lejos de ella, todo en este libro es relación, arraigo, metamorfosis. No existen en él los seres autógenos: sólo conspiraciones incansables y formas sumergidas de participar. El entorno y la lengua natal deben incluso permitir que lo que llamamos contexto y lenguaje puedan ser olvidados para volcar la capacidad de amar, hoy algo dañada, en seres y cosas a las que nadie más presta atención. Desnudas ramas/ a cualquier viento: Lo vivo persevera, se agarra a la piedra. La forma en que Kárel Astón reconoce un alma a cualquier esquina es mediante un acto de completa sumisión, señalando otra vez que los sentimientos más profundos se muestran en nimiedades.

                Y en un tacto constante del ojo, palpando corazones a distancia de águila. El cansancio nos hace porosos, decía Handke, sensibles a la epopeya secreta de los seres. De ahí este inmenso clamor confidencial, un gran silencio de montaña y yermo, de conciencia despertada. Lajas, sabinas y sarrios podrían parecer solos, aislados. Bien pronto se advierte en ellos cómo a su través pasa un tiempo, un viento que los convierte en órganos de los montes. Con una escucha a ras de hierba, pegada a los vericuetos de una senda, se abre entonces una plenitud donde monte y ojo son uno. Mi corazón respira donde el abeto no alcanza: caídos en un mundo más alto, la palabra se ajusta a la intrincada simplicidad de lo viviente.

                Adviene así la hermandad profunda que la distancia tensa. El poeta busca instintivamente la desprotección para acoger a los seres abandonados de una geología que, en silencio, reúne materias y leyendas. Los seres que palpitan lejos de nosotros nos curan con el beneficio de un tránsito secreto. Tanto o más que cualquier formación especializada, esas contingencias leves de un camino contribuyen a formarnos. La memoria sorda de lo trágico se reconcilia entonces con el lujo, la comedia mortal de un paisaje agreste. El poeta dona otro tipo de felicidad, más bien anómala, con la ligereza que brota de una amistad con lo desconocido sin amigos. Todo es reencontrado desde su propia umbría, en una pobreza que no necesita nada. Ni siquiera la alegría de saberse a sí misma.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 6 de febrero de 2026

libros


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