Es posible que después de ver una película tan sencilla y hermosa uno no sepa muy bien dónde meterse a la salida, en una noche cualquiera de este Madrid tan trepidante. A juzgar por la reacción tibia del público, puede también que esta propuesta inocente, descaradamente naíf, plantee para nosotros un problema. Y debido sobre todo a nuestra corrupción civil, a la vergüenza que hoy provoca en nosotros la ternura. Peor aún, al hecho de que esta historia deje que los sentimientos tomen el mando y destituyan por un momento las estrategias de un empoderamiento despiadado, cargado hoy con todas las bendiciones sociales. ¿El milagro de una humanidad compasiva que vuelve es incómodo para el pragmático laicismo de unos espectadores colonizados por un cinismo capitalista cada vez más queer? Pues sí, eso parece.
En la sala se juntó la envenenada hipocresía posmoderna, que en Japón impera de un modo y entre nosotros de otro, con una propuesta sobre el poder transformador del amor. Entre estos dos polos, y la importancia existencial de mentir, se mueve la directora Mitsuyo Miyazaki. ¿Cuál es el problema? Uno gravísimo, y es que la historia de Miyazaki parece creer todavía en la humanidad. Es más, defiende que en nombre de ella, en medio de este enfriamiento antropológico de los afectos, hay que mentir. Nada podía ser peor. Es comprensible que parte del público tuerza el gesto con una pequeña mueca de suficiencia intelectual ante esta loa de los más viejos sentimientos.
Quizá el auditorio tampoco quiere hoy que le hagan llorar. Prefiere pasar rápidamente de una emoción en otra, con una inteligencia emocional fácilmente compatible con las risas del entretenimiento consumista. Es impertinente así que Hikari, seudónimo de Miyazaki, pase de nuestras falsas emociones pasajeras, manejables con el mando a distancia, y nos haga llorar con una película descaradamente sentimental, inteligente y delicada. Esta dulce rareza, que algunos conocimos por una nota entusiasta de Ignacio Ramonet, nos empuja incluso a recuperar la fe en la humanidad. Es normal entonces que la cultura que ha dejado que miles de niños sean quemados vivos en Gaza mueva la cabeza con suficiencia y hable de sensiblería. El ciudadano quiere seguir instalado en su habitual flexibilidad cadavérica, con la navegación informativa que le permite flotar y no ser manchado por nada.
Según algunos, Hikari ha tomado el camino fácil y previsible en un asunto social muy complicado: las dimensiones de la soledad en nuestro desierto afectivo. ¿Cuál debería ser entonces el enfoque, la condena moral de un fingimiento que en Japón toma dimensiones empresariales? ¿Un atrevido final gore en cualquiera de las escenas de ficción, ayuda y acompañamiento de la empresa? O quizá la vía informativa, donde la hecatombe continua de los otros mantiene vivo nuestro cómodo nihilismo. A la vez que dispara, de paso, el índice de audiencia.
Nada de esto es la opción de Hikari. Poco preparados para los argumentos que nos pongan en suspenso, hoy se suele insistir en la visibilidad de los actores. Para destacar el valor de una ficción que no debe tocarnos, los críticos, tan narcisistas como las estrellas de la pantalla, suelen resaltar el trabajo impresionante de alguna figura conocida. Se hace hincapié entonces en la actuación de Brendan Fraser, que además es estadounidense y célebre. ¿Por qué no en el coraje de esta difícil historia, en sí misma? O en el aplomo de otros protagonistas, japoneses y poco conocidos: Aiko, la compañera de Philip en la empresa, Mari Yamamoto; la niña Mia, Shannon Mahina; el jefe Shinji, Takehiro Hira… El caso es que, por encima de todo, esta trama no depende de la alta definición de las figuras estelares, que debe darse por supuesta. Depende más bien del atrevimiento humano de una directora que entra en el tema peliagudo de nuestra prostitución afectiva y sale airosa sin juzgar, sin fáciles condenas morales.
Se ha dicho que Rental Family es sensiblera, que entra en un tema social tremendo y adopta después el camino de resolución más fácil. No es cierto. Toda esta cinta gira, en una sociedad de mutantes como la nuestra, en torno al papel milagroso de la conversión al amor. Y naturalmente, a uno de sus compañeros de viaje, el fingimiento. Una posibilidad insensata que Hikari mantiene tensa hasta el final. Y hay otra cuestión incómoda en esta historia, los actores que hoy somos todos, los buenos extras que debemos ser para mantener un mínimo de humanidad en los desolados escenarios que transitamos. Es de agradecer, también en este punto, el descaro sentimental en la propuesta de Hikari.
Para colmo, esta mujer habituada —según una crítica de piel tan fina— a tomar los caminos más fáciles se atreve a hacer un apología de la adoración, del posible retorno de un dios. Literalmente, el viejecito Kikuo (Akira Emoto), que está repasando sus últimos días, le dice al protagonista: «Atrévete a adorar algo que esté fuera de ti, por encima de ti». Esto ya es demasiado. Sólo nos faltaba ahora, ocupados como estamos en defender la democracia, tener que abandonar nuestro nihilismo progresista, tan cómodamente compatible con el espectáculo de los valores humanos a distancia, la solidaridad a distancia, las matanzas a distancia.
Hay en esta historia el canto a una honesta piedad escondida que a algunos nos gustaría que dejase un poso. ¿Sería tan grave para nuestro elitismo? En esta sociedad enfriada por el cálculo, incomoda también en Familia en renta el coraje de los niños y los viejos, en los bordes de nuestro Lager social. Y el de algunas jóvenes como Aiko, que da el resto para decir algunas verdades. ¿Es esto tan grave para nuestro radiante confort civil, para su deseable emancipación de cualquier culpa?
La música minimalista acompaña en toda esta historia a la timidez del mensaje, con su réquiem por una humanidad restante. La película termina así: «Ya no ofrecemos servicios de disculpas». Cierto, a veces dentro del espanto un pequeño cambio permite pasar del infierno a un limbo respirable.
Pero no, mientras esperamos la invasión de los bárbaros parece que no tenemos ni queremos remedio. ¿Qué sentiría nuestro primo Donald Trump si, por un accidente inimaginable, cayese delante de esta cinta? Ni siquiera tendría tiempo a vomitar, se quedaría dormido.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 13 de febrero de 2026