Dejar todo como estaba

Homenaje al último debate del taller «Decálogo para salir del invierno».

Dondequiera que vayamos nos acompaña un poder amniótico que nos mantiene sujetos, como si estuviéramos hechizados. Es el poder del todos juntos, donde nadie de los nuestros debe quedarse atrás. Una clave de este poder acéfalo, envés invisible de la visibilidad, es el control a distancia del tiempo. El poder de lo numérico, del tiempo contado, no el de una localización espacial que solo opera en emergencias policiales o militares. De hecho, gracias a las tecnologías portátiles nos pasamos el día entero ilocalizables, como si esta fuera la única forma de escapar a un orden inmanente, disperso y sin centro. Para la fibra óptica del control civil es indiferente dónde estemos, pues en la cobertura móvil que nos sigue -es la gran mascota- todo son escenarios de un tiempo sometido a la ficción social. ¿Es extraño que la ficción tenga tanto éxito en el sistema?

Si la precariedad laboral es soportable es porque estamos empleados a perpetuidad como consumidores de la banda audiovisual que nos acompaña, precediéndonos como un cielo protector. Ya no salimos de ninguna fábrica, de ninguna prisión. Trabajamos el día entero como espectadores del tiempo libre que nos deja el fin del trabajo clásico.

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