Dejar todo como estaba

Homenaje al último debate del taller «Decálogo para salir del invierno».

Dondequiera que vayamos nos acompaña un poder amniótico que nos mantiene sujetos, como si estuviéramos hechizados. Es el poder del todos juntos, donde nadie de los nuestros debe quedarse atrás. Una clave de este poder acéfalo, envés invisible de la visibilidad, es el control a distancia del tiempo. El poder de lo numérico, del tiempo contado, no el de una localización espacial que solo opera en emergencias policiales o militares. De hecho, gracias a las tecnologías portátiles nos pasamos el día entero ilocalizables, como si esta fuera la única forma de escapar a un orden inmanente, disperso y sin centro. Para la fibra óptica del control civil es indiferente dónde estemos, pues en la cobertura móvil que nos sigue -es la gran mascota- todo son escenarios de un tiempo sometido a la ficción social. ¿Es extraño que la ficción tenga tanto éxito en el sistema?

Si la precariedad laboral es soportable es porque estamos empleados a perpetuidad como consumidores de la banda audiovisual que nos acompaña, precediéndonos como un cielo protector. Ya no salimos de ninguna fábrica, de ninguna prisión. Trabajamos el día entero como espectadores del tiempo libre que nos deja el fin del trabajo clásico.

Encontraremos precisamente en el «Post-Scriptum sobre las sociedades de control», rematando Conversaciones de G. Deleuze (Pre-Textos), una preciosa variación sobre este poder de «geometría variable», ambiental y al aire libre, que deja desarmados a los viejos luchadores del enfrentamiento, del combate cuerpo a cuerpo. El deporte, y el sexo como deporte rey, se erige entonces en modelo de un poder divertido, rápido, espectacular e interactivo. Y en equipo, aunque siempre dirigido por expertos estelares. «El surf vence en todo lugar a los antiguos deportes», dice Deleuze. Lo cual también significa que todos ellos, sexo incluido, tienden a hacerse cada día más rápidos, más aéreos. Nos hace falta, no un topo capaz de agujerear el encierro de unos espacios disciplinarios que ya son residuales -como esas viejas autoridades «heteropatriarcales» en las que disculpamos nuestra obediencia a la correcta flexibilidad del Estado mercado-, sino una serpiente que se confunda con los entornos y se infiltre en ellos. Veloz y lenta a la vez, la serpiente parecer dormida y cuando te das cuenta te ha envenenado.

Necesitamos una forma de vida más rápida que la tabla de surf que se nos sirve y, por eso mismo, capaz de recuperar el ser lento que somos. Deleuze parece aludir a otro pacto con el diablo, a una brujería capaz de deshacer este hechizo masivo, el endeudamiento mental que nos ocupa. Ser rápidos, como en ciertas luchas orientales, para poder regresar a una lentitud imperceptible, a un atraso clarividente.

Sería necesario resucitar cierto terror dentro del pánico inmanente de la actualidad. García Calvo nos recordó más de una vez en qué podría consistir esta nueva cintura ante el poder. Se diga lo que se diga, persiste un afuera que no ha pasado plenamente adentro. No es tanto un lejano destino geográfico, contaminado inevitablemente por la empresa turística, como otro modo  de estar adentro, sea donde sea. El cosmopolitismo subversivo no consiste hoy en viajar más, en aprender todavía más lenguas, sino en atreverse a habitar cierta clandestina intensidad local. Para ello hace falta atender, percibir en solitario una inmediatez real que sigue latiendo en las grietas casi imperceptibles de las situaciones imperiales. Hasta en Dubai o Huston tiene que haber esas grietas, sus dioses.

Que le corten la cabeza ya es solo una petición divertida, presente en los concursos televisivos más estúpidos, porque lo que nos somete es el miedo al espacio real, una hidra sin cuerpo y, por tanto, personalizada caso a caso. De ahí la leyenda de los rebeldes que, al entrar en la cabina de la nave en la que somos prisioneros, encuentran que está vacía, que han desactivado el dispositivo automático de navegación y ahora han de hacerse cargo de los mandos. No es mala metáfora para el destino de nuestras minorías reconocidas, que en cuanto toman el poder enseguida se ponen a gestionar otra alternativa del mismo imperio espectacular que decían criticar. Nunca estuvieron fuera de él, pues las minorías son la variación de élite que realimenta la prohibición mayoritaria intocable, la de existir. La existencia cualquiera, habitar sin cobertura, es lo único que está fuera de lo que todavía llamamos capitalismo. Es aquello que se le encarga a las múltiples identidades en liza para batir, para ser sometida a incesante deconstrucción. Esto es el espectáculo, la violencia y el crimen cuasi perfectos de la consigna menos sospechosa: goza, hazte visible, sé tú mismo. Todo debe ser adelgazado menos la empresa del Yo, soporte personalizado de nuestro estatismo continuo. El narcisismo es el gran sedante del descuido de sí, el premio que recibimos por el maltrato de todo lo sea existencia en nosotros, que siempre debe estar en falta. Vivimos en el imperio de una inquisición personalizada, por eso las viejas formas de violencia -de la caza a los toros, de las bofetadas a los gritos- parecen formas vergonzosas por las que hay que pedir disculpas.

La definición identitaria del Yo debe acallar la alta indefinición de vivir. No tenemos otra arma para combatir este capitalismo de la dispersión, cuya esencia invisible consiste solo en prohibir vivir mortalmente, que el omnipresente afuera de una atemporal ex-sistencia. Al menos con un hemisferio cerebral, tenemos que volver a la clandestinidad de los espacios, a un espectro real anterior -e interior- a la cobertura de la identidad y las normativas. Los pensadores antropológicamente conservadores, con frecuencia despreciados por el progresismo, tienen la ventaja de una relación directa con lo impolítico. Vale decir, con lo irremediable que nos permite librarnos, en un santiamén, de esta mitología política en la que se basa el capitalismo ambiental. Nunca ha sido más fácil ser libre: basta con atreverse a ser invisible, a una soledad momentánea que comienza por desconectarse de la interactividad. A ser posible, a las once de la mañana.

En este sentido, también el Comité Invisible es una escalera que hay saber tirar a tiempo. Se trata, ciertamente, de combatir la impotencia con la imposibilidad. Si se quiere, de combatir el miedo con el espanto. Es un poco lo que decía Machado hace tiempo: resucitar un enemigo interior, en las entrañas, más peligroso que todo lo que dice amenazarnos por fuera. Al contacto con la inminencia viva de la muerte el poder del espectáculo social, y su incesante amenaza de hacernos marginales, desaparece. También desaparece nuestro miedo cotidiano a no encajar, a no ser suficientemente visibles, a no encontrar un lugar en el terrorismo de las modas.

Hay un futurismo del atraso, una serenidad atávica que hemos de recuperar, precisamente porque nuestro subdesarrollo constitutivo no necesita ningún mañana prometido. Le basta con el vértigo de un presente que no cabe en la actualidad. Es posible que necesitemos otra vez un san Agustín, junto a Pasolini y Foucault, una nueva ascética interior que nos permita recuperar el sabor de la exterioridad, la fe en lo sensible y en los cuerpos. En realidad, de lo que se nos ha expropiado es del «derecho a la nada», del derecho a tener un alma. Hemos perdido una relación intransferible con los límites, un hambre sin la que no somos otra cosa que átomos ateridos en busca desesperada de contacto.

Hay un afuera de este sistema omnímodo. Nuestras madres y padres, nuestras abuelas y todas sus tonterías, no creían en este sistema porque vivían frente a la fuerza de lo trágico. Es lo más grave que se nos ha quitado, ese dolor intenso que sabía cantar. Adornado con una caza de brujas, el mal humor que reina en los medios progresistas es el signo de una expropiación de la soltura de vivir que debemos recuperar. No hay nada importante a lo que adaptarse. Toda esta conminación incesante a cambiar, a actualizarse y ser flexibles, es una trampa mortal para ingresar en un universo ficticio. Debemos rescatar una nueva inocencia. El orgullo de ser antiguos, por no decir idiotas, un esencialismo del alma que solo se vende al diablo de vivir, no a ninguna nube. Del mismo modo que Blake dice que si un necio persevera en su necedad llegará a la sabiduría, nosotros debemos decir que ahondar en el saber permite llegar a la necedad sin la cual es imposible sobrevivir, incluso -que no es nuestro caso- en el mejor de los mundos posibles.

Es curioso cómo al decaimiento de la pandemia le ha seguido rápidamente la variante rusa. Parece que lo importante es gobernar, de este modo invasivo propio de la biopolítica, desde el estado de excepción. Desde el pánico a una catástrofe que nos amenaza por fuera. Cuando la primera catástrofe es esta humillación a cámara lenta en la que estamos metidos. El fin del mundo es la historia más vieja del mundo. Después del capitalismo no puede venir algo peor. Primero porque no hay tal después, ni nada peor que esta catástrofe interactiva que promete librarnos de la caída, de la ley de la gravedad. Es este embargo de lo negativo la que nos ha hecho tan infelices, abocándonos a la neurosis depresiva. Cada crisis colectiva es una disculpa para aumentar la precariedad personal, esta servidumbre voluntaria teñida de interdependencia. Ninguna crisis nos sacará del capitalismo, pues este consiste en la eternidad de la crisis, del miedo al exterior.

Este sistema no es fallido, por muchas crisis de producción que padezca. Le mantiene el pánico al afuera, eso que la interminable lista de enemigos oficiales recuerda indirectamente. La producción ya no es de bienes, ni de servicios. El fetichismo de la mercancía ha llevado al extremo de producir la producción misma, en la cual los humanos son el primer material. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana, se trata de producir sociedad, interdependencia, espectáculo, visibilidad, información, soluciones, conciencia… La expectación hacia la interminable serie social convierte la precariedad en pleno empleo. Los trabajos de mierda se compensan con el espectáculo que nos mantiene unidos, su empleo completo del tiempo. El contrato de larga duración es el de consumidores. Estamos en un capitalismo de la dispersión cuyo gran servicio terciario es que por ningún lado se cuele el «tiempo muerto» de lo primario, de una inmediatez real por todas partes ridiculizada. La forma en que nuestras metrópolis ocupan el tiempo y el espacio, no dejando ningún solar sin anuncios, indica que el gran enemigo no son los rusos, los chinos o los árabes, sino el afuera anónimo y mortal que ellos nos recuerdan. El reino de la economía depende de una metafísica, de un platonismo inclusivo para nosotros, aunque excluyente de lo que se llamaba humanidad.

Lo que se opone a esta religión de la democracia, al absolutismo contemporáneo de lo político, no es otro régimen alternativo, sino la verdad de una inmediatez sin régimen ni doctrina. Están más cerca de esta verdad los cuentos «infantiles», incluido El Principito, que buena parte de nuestras lecturas «radicales». Como decía Mahler, la tradición no es el culto a la ceniza sino la transmisión del fuego. La gran ambición de la subversión es conseguir dejar todo como estaba. Es decir, regresar a un mundo anterior e interior a esta acelerada cronología que nos promete una solución final al viejo problema de vivir. Habida cuenta de que lo que nos aleja del peligro es también lo que nos desarma, tal regreso, el abandono del imperativo de actualización, exige el más atrevido de los saltos. Nos pide ser otra vez acróbatas de la inmovilidad, de una misión secreta que retorna siempre.

Ignacio Castro Rey. Picón, 4 de abril de 2022