ARIEL. Sylvia Plath

(Quinta sesión del taller «Decálogo para salir del invierno»)

Me temo que estamos ante la crueldad de otro de esos libros «sádicos» que decía alguien. Ariel. La etimología arroja demasiados rastros, de los griegos a Shakespeare, de lo demónico a lo poético-lunar, para que nos detengamos en alguno de ellos. Creo que es la primera vez que encaramos en este taller un libro de poesía. Pero no importa. Se ha dicho que la poesía es la verdad de la prosa del mundo, su quintaesencia por fin desvelada, salvada. En tal caso, estaríamos ante un libro de alquimia, un concentrado de la sabiduría del mundo, de esas verdades que solo se dicen a media voz pero que todo el mundo entiende, pues ha pasado por ellas. En nuestras horas furtivas: antes en lo que en nuestro corazón queda de vulgo, de pueblo, que en lo que tenemos de doctos especialista.

Destituyendo momentáneamente la fortaleza del sujeto para que acontezca la vida, la poesía es la verdad, la ciencia paradójica del ser único. Trabaja el instante donde ocurren las cosas: de ahí su estatuto cultural tan equívoco. Por una parte, venerada por el corazón de la gente y la imaginería popular. Por otra, condenada por las élites a las afueras de la ciudad, encerrándola en la jaula dorada de esas veladas íntimas que han de suceder un poco antes de la noche. Tal vez para que el dormir reparador la convierta en un sueño que no contamine la industria del día. Ahora bien, ¿cómo, quien vive el instante de esta manera, va a sobrevivir en una sociedad cuya religión es precisamente la cronología que no deja hablar al instante?

Y sin embargo, también allí hay dioses, tiene que haberlos. La poeta se hace preguntas secretas, el filósofo se hace preguntas secretas. Todo el mundo se las hace, con más o menos discreción, con mayor o menor disimulo. Por miserable que sea, no hay hombre que no sepa algo del dios de las preguntas sin respuesta. Quiero aprender cada día a considerar como belleza lo que tienen las cosas de necesario. Desde esta poco frecuentada frase de Nietzsche, la poeta lucha por no abandonar la profunda y ancestral noche que late en el día. Lucha por no dejar el día a su suerte, al poder de una usura calculadora que nos quiere separar del peligro y el alma de las cosas, de todo lo que es frágil, humilde y mortal. En este sentido, hay en Ariel el imperativo moral de no dejar nada fuera del molde con el que encaramos el mundo. Ningún tedio sin dios, ningún anonimato sin su pequeña gloria.

Bajo el ciudadano medio, que busca líneas de separación que nos permita realzar un particular nosotros, el poeta sigue resistiéndose a abandonar ninguna maleza, ninguna criatura, ningún demonio. En tal aspecto, liberándonos del temor de la vulnerabilidad, de un temor económico continuamente inyectado, este libro nos llama a confiar en el poder del infierno, del silencioso desierto que nos sigue. En la medida en que busca lograr ser cualquiera, confundido en la común soledad, Sylvia no nos separa de la plebe, de la sabiduría de su barbarie sin remedio.

Valgan estas trivialidades como torpe preámbulo de algunas pocas perlas de este libro, a veces de una tristeza extenuante, a las que apenas hago comentarios:

-Sensibilidad extrema, nacida tal vez para no resistir en una de las sociedades más inmisericordes del mundo: tu aliento de polilla titila entre las rosas planas y rojizas. Me despierto a escuchar; un mar lejano se mueve en mi oído («Canción matutina»)

Amor, amor: mi estación («Los mensajeros»). Sylvia no vive en el ciclo anual de los humanos, sino en una única estación donde todo está demasiado próximo. Lejanos campos se funden en mi corazón («Ovejas en la niebla»)

Estúpida pupila: tienes que dar entrada a todo («Tulipanes»). Estúpido corazón, tienes que dar entrada a todo: ¿qué cabeza podrá con ese torrente?

La paz es tan grande, que te deja aturdida («Tulipanes»)

Su rojo le habla a mi herida, que responde… Nadie me observaba antes; ahora estoy en observación («Tulipanes»)

La amontonada/pulpa de tu corazón/se enfrenta a su pequeño/molino de silencio («Corte»)

El amor es una sombra./Cómo mientes y lloras en su pos («Olmo»)

Ahora es la lluvia, ese alto siseo («Olmo»)

Me aterroriza el algo oscuro/que duerme en mi interior;/percibo durante todo el día sus giros blandos y plumosos, su malignidad («Olmo»). Ese silencio que no duerme, decía Lispector.

Dios mío, ¿qué soy yo/para que esas bocas tardías se abran a gritos/en un bosque de escarcha, en un amanecer de flores de trigal? («Amapolas e octubre»)

El mar, que los cristalizó,/se aleja reptando, pluriserpentino, con un largo silbido de zozobra («Berck-Plage»)

Oh blanca loza marítima:/¡cuántos suspiros sangrados, cuánta sal en la garganta! («Berck-Plage)

En los balcones del hotel, las cosas centellean («Berck-Plage»)

Desciende el cielo gris; las colinas, como un mar verde,/discurren en ondas, a lo lejos, ocultando sus depresiones («Berck-Plage»)

Por la raíz del pelo algún dios me atrapó./Sus vatios azules me hicieron chisporrotear como un profeta/del desierto («El ahorcado»)

Se agitan los dedos negros del tejo;/pasan por encima frías nubes… negro tejo, blanca nube («Pequeña fuga»)

Un gran silencio de un orden distinto./Tenía siete años y no sabía nada («Pequeña fuga»)

Sobrevivo ese rato,/poniendo en orden la mañana./Estos son mis dedos, éste es mi hijo recién nacido./Las nubes son un traje de boda, así de pálidas («Pequeña fuga»)

La perfección es espantosa:/no puede tener hijos («Los maniquíes de Múnich»)

El flujo de la sangre es el flujo del amor («Los maniquíes de Múnich»)

La savia/mana como lágrimas, como el/agua que se esfuerza/en recomponer su espejo/sobre la roca («Palabras»)

Palabras secas y sin jinete,/el ruido infatigable de los cascos./Mientras,/desde el fondo del estanque, fijas estrellas/rigen una vida («Palabras»)