hermano de hielo

«Mueren dos personas, una madre de ochenta y dos años y su hija discapacitada de cuarenta. A la muerte de la madre, por causas naturales, sigue la muerte de su hija discapacitada, por inanición. ¿Vivían solas, aisladas, en el Polo Norte? No, vivían en mi país». Bajo el estruendo de la comunicación total, el frío se ha expandido, bajando a cualquier esquina. Quiero entender que Hermano de hielo (Ed. Alpha Decay) es también un alegato moral y político contra este silencioso glaciar que opera hoy bajo el color de cualquier ideología, incluida la del narcisismo minoritario.

 

La escritura de Hermano de hielo es tersa, con el estilo depurado de quien camina sobre un volcán helado que puede descongelarse y hacer temblar el suelo. Alicia Kopf, sobrenombre de Imma Ávalos, usa lo polar como metáfora privilegiada de un extremo que nos toca, que puede rebrotar de nuestro «inaudito centro» (Rilke) en cualquier momento. La vida nos devuelve fantasmas igual que la nieve polar devuelve al cabo de décadas cadáveres perdidos o blocs de notas que arrojan nuevas luces sobre la silueta de expediciones en el filo de lo posible. Cada uno de nosotros, bajo la superficie de redes que nos sostiene, es un iceberg sumergido en el fondo lechoso de un azul turquesa.

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