Texto inédito: COMENTARIO A ROXE DE SEBES, por Miguel Ángel Hernández Saavedra

LA CABAÑA PENSANTE

A propósito de Roxe de Sebes, de Ignacio Castro Rey

Y a modo de Carta

Recuerdo que, siendo yo niño, dibujaba muy bien. Mis compañeros del colegio me lo decían con la boca muy abierta, y hasta me admiraban aquellos maestros que, todavía por aquella época, no se obstinaban en ser profesores. Con cuatro o cinco años, elaboré un cómic (entonces eran simplemente tebeos). No sé por qué elegí este motivo: Cristóbal Colón. No tengo idea del porqué. Me recuerdo en el patio de la casa pobre de mis abuelos, que para mí era un palacio, en el madrileño y suburbial barrio de Usera, dibujando carabelas y, en su interior, marineros a punto de perder toda esperanza; todo ello enmarcado en viñetas repartidas sobre cartulinas blancas. De repente, el vigía exclamaba: ¡tierra! No tenía conocimiento, aquel hombrecillo, de lo que descubría; solamente atisbaba. Y yo me atisbaba también en esa manera mía, infantil a más no poder, de dar forma a una historia consabida. Como recibía la bendición de mis mayores, el producto de mi acción me compensaba del cumplimiento de las obligaciones que, como todo niño, empezaba a interiorizar con fastidio por esos años y en esas fechas. Los años son los de todos, en tanto que hemos pasado por ellos; las fechas son mías.

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Texto inédito: COMENTARIO A ROXE DE SEBES, por Gustavo Dessal

Dada mi amistad y mi confianza con el autor del libro, no omitiré decir que mi ausencia esta noche es un acto fallido. Prueba de que, aunque geográficamente localizable del otro lado del Atlántico, estoy en verdad en el registro del inconsciente. Que ello pueda tener un sentido, y que ese sentido sea comunicable, poco importa. Es la división misma, el efecto de sorpresa, el estupor de mi lapsus, lo que basta para reconocer el inconsciente.

Pero estos trucos de psicoanalista no me parecen suficientes, y por ello he querido escribir estas líneas, para hacerme presente de alguna manera.

Roxe de Sebes es un libro difícil, tan hermoso en su poética como duro de leer. Diré más: por momentos impenetrable. Ignacio ha logrado que el espíritu de la montaña (aterrador para alguien como yo, a quien no mil, sino cien días fuera de la urbe bastarían para liquidarme) se transfiera a su escritura. La belleza de su prosa, algo a lo que ya estoy acostumbrado en sus escritos, envuelve a la vez un núcleo sólido que es preciso horadar volviendo una y otra vez a las frases, puesto que la mayoría de ellas constituyen una reflexión filosófica concentrada, un nanopensamiento que juega con el misterio, la confesión autobiográfica, y la ideas.

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