Sexo en agosto

¿Quién habló de frío en el rostro? A pesar de la deserotización producida por la información y su cansina presión política, a pesar de los ríos de tinta -con frecuencia banales- vertidos sobre la sexualidad, poco se puede decir que esté a la altura de los placeres de la carne, de sus mil delicias compartidas. Deshacer las camas, apartar de una patada los obstáculos, quitarse la ropa en desorden. Perder la compostura, amarse, desbaratar en secreto las reglas de la decencia y la falsa civilización del día. Existe una inteligencia subversiva en el sexo, una verdad corporal vinculada a un feliz subdesarrollo de los afectos, que no tiene fácil comparación con otras cosas. Tampoco con este penúltimo moralista y aburrido llamamiento a un sexo sano y responsable.

¿No deberíamos aprovechar el verano para soltarnos un poco, el cuerpo y las mentes, el pelo y la lengua? Inseparable de la pasión, de un deseo por fin liberado, es posible que el sexo sea una experiencia que arma al blando de corazón y desorienta al poderoso e insensible. Indisociable de una ampliación de los lazos con otra humanidad, con una osada infancia que nunca habíamos perdido, la sexualidad nos devuelve el calor de un tiempo sin contabilidad, de una juventud envolvente que nunca habíamos tenido. La intimidad con alguien nos prolonga mientras nos entregamos, dona otra fuerza jovial en cada uno de nosotros. Poseyendo, somos poseídos. Y eso se nos nota en la cara, todavía al día siguiente. No precisamente por aumentar nuestro egoísmo, sino por permitirnos conquistar el atrevimiento de una frescura que anula muchas reservas.

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vulvas y penes

El pintoresco asunto de un autobús que, con un mensaje ingenuamente reaccionario dirigido contra la nivelación unisex, ha levantado el escándalo de “incitar al odio”, vuelve a resucitar la asombrosa moralina reinante en una sociedad que, para ocultar la violencia normalizadora que ejerce, pretende convertirse en vigilante integral de los límites que de ningún modo se pueden rebasar.

Con una histeria ética que hace añorar épocas más liberales, la democracia global practica así una intolerancia que causaría asombro en el franquismo. En realidad, ¿a quién hace daño que unos supuestos fanáticos de la naturaleza creada por Dios defiendan libremente su mensaje de que los niños y las niñas son distintos? Hace falta ser muy mojigato, y estar muy inseguro de la igualdad que defendemos, para creer que esa tontería naturalista incita al odio, mayor que el que ya circula entre nosotros. Bastaría con no subirse a ese autobús, ni siquiera mirarlo, para que se acabase parando en cualquier barrio apartado.

Pero no, teníamos que hacer famosos a esos ultras y, de paso, localizar un cómodo foco del mal a liquidar. Lo de menos es que esos parias del autobús pertenezcan o no a la “derecha ultra-católica”. Lo que importa es que el odio a la singularidad, a una posible disidencia no domesticada, siga tejiendo la malla de un siempre inestable consenso. Y esto sin necesidad de un cuerpo especial de vigilantes. La sociedad entera, dirigida por una vanguardia natural encarnada en la información, vigila a cada uno de sus miembros. Esto quiere decir que también la represión ha sido personalizada, pues cada uno se vigila a sí mismo. La policía sobra cuando el cuarto poder está en primera línea.

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