O sea

Querida M.,

Por fin, entre el calor del verano madrileño y la empanada gallega de mi vuelta de Cuba, he podido ponerme a escribirte. Estupenda tu carta manuscrita, querida, tu pulso nervioso, tus pocas tachaduras, esa fantasía de personalidad y esas vivencias, revividas al leerlas y después devueltas a mí. Cierto, no me consideraba acreedor tuyo. Aparte de algunos méritos de mis textos, sobre todo ese libro “alpino”, achaco tu generosa carta a esas ganas de hablar tuyas, que no se te han ido con los años. Tú, introvertida y habladora, reflexiva y expresiva, heredera de una antigua niña tímida.

Me alegra en particular que te haya gustado mi libro, aunque no tanto los haikus y las cartas, tal vez lo más testimonial de él. En todo caso, como no podía ser menos, todo Roxe de Sebes está recorrido por la pulsión de desactivar la razón e impulsar el pensamiento; ese imperativo muscular del pensar en acto, sobre la marcha. El pensamiento como acto y expresión de la existencia, conforme ésta se vive y la fuerza de lo sentido nos impulsa a darle forma.

Esa característica, por lo demás, siempre fue tuya. Aún recuerdo tu curiosidad de niña, tu sonrisa de mujer ávida cuando te comencé a hablar. No por conquistar o gustar (aunque también), sino por hablar, por darle forma a lo que se siente en el momento. Como llevo años en eso, femenino y masculino a la vez (un poco como tú), creo que mi modesta pericia en eso te cautivaba. Y supongo que era también algo que tenía J.: la capacidad de pensar al paso, con unos conceptos que se limitan a jadear tras lo vivido. Puede que yo todavía sea en este punto más selvático que él, pero había algo parejo entre los dos, creo que entre nosotros tres.

Ese libro es de lo más auténtico de mí, casi un breviario de confesiones. No me extraña entonces que hayas entendido cosas del personaje, del autor que conoces en persona. Y no sólo cosas que te recuerden a nuestra cita (¿cuál de ellas?), sino a distintos encuentros, algunos con J.

Después, alucino con lo que me cuentas de tus clases. ¿Discutes todavía mis textos con tus alumnos y compañeros, ese ensayo sobre los edificios que sueñan con la elevación? ¡Pero si nadie me hace caso en estos pagos! ¿Qué hago yo aquí, sin aparecer algún día en persona en esas clases de Teoría y Crítica de la Arquitectura, para matizar o explicar eso que leéis ahí? En serio, ¿no se puede organizar un mini-ciclo sobre arquitectura entre tú y yo, o con otros, buscando un recorrido “rabiosamente” actual y un poco loco? Después sigo con esto.

Hablas, muy tuyo, incluso antes de estas etapas últimas, de someterse al protocolo de verdad de lo escrito, del papel, de lo vivido. Atenerse a lo que hay. Hablas de lidiar con una “muestra gratuita” de silencio y desprotección. En realidad, pensaba al leerte que lo que tiene de impertinentemente político ese libro que te gustó es la sabiduría de aceptar que la comunidad viene de los huecos, de lo inhumano que “nos rodea” por dentro. Si no fuese por ese desierto, y su obligada relación moral con lo no humano, seríamos completamente aberrantes.

La soledad que hemos palpado, dices con tu inteligencia sensitiva. Pero eso es lo común. En aquellas montañas tuvo que tomar una forma abrupta, pero es la soledad de cualquiera, sea homeless o ejecutivo en cualquier City. De cualquiera, con tal de que quede en esa persona humanidad.

Cariño, qué bien entiendo tus cuitas de “viuda”. Lo que cuentas de cómo tiró de ti Vera, cómo te impidió hundirte dándote continuamente tareas, es exactamente mi experiencia en aquel otoño inolvidable de Las Palmas, después de que S. muriese. La obligación de cuidar de L., con 5 años entonces, me hizo pasar un luto muy peculiar, sin apenas ceremonias visibles de tristeza.

Todo lo que me cuentas de N. y de los últimos meses de J. es muy duro, pero dice mucho en favor de tu humanidad fuerte, ni masculina ni femenina. ¿De ahí nuestra compartida androginia? Eres arquitecta, dices. Y cierto, la primera arquitectura es conseguir habitar lo que viene, que con frecuencia aparece sin muchos avisos previos y sin paredes definidas. Construir en el accidente de vivir una primera morada: ¿Qué es un arquitecto si no sabe algo de esto?

Pero no te encierres, bitte. Busca algún hombres. Somos idiotas, de acuerdo, pero todos lo somos. Es más, hay que ser idiota; si no, no se puede vivir, no se puede soportar la vergüenza de estar en el mundo. Y hay que mezclarse con el mundo, con esta vergüenza común. Además, ya sabes: hagas lo que hagas, no tienes ninguna posibilidad de serle “infiel” a J. Le has querido demasiado, le sigues queriendo a través de V.

El resumen de lo que hagas, a la vuelta, va a ser siempre un homenaje a J. Aunque estoy de acuerdo en que es un poco doloroso pensar en esos escritos de él sin publicar, sobre todo la tesis. ¿Se puede hacer algo al respecto?

Por cierto, hablando de estos temas, cuando puedas no dejes de ver La gran belleza, de un portento llamado Paolo Sorrentino que también firma la más reciente Youth. Sorrentino es un arquitecto de primera fila, pues hace moradas, y un fuego de hogar, con lo que para otros apenas sería una atmósfera, un espectro cotidiano de lo que ocurre.

Me gustaría verte, aquí o ahí. Pero no digamos más “me gustaría verte”. Desde luego, aquí tienes y tenéis vuestra casa. No es el Palace, pero puede habitarse. Y no habría que descartar, insisto con descaro, en ese ciclo anómalo sobre arquitectura en tu escuela. Soy una meretriz, o sea, que puede hacerse a muy bajo coste.

Temas no nos faltan. Está ese texto mío, la arquitectura contemporánea y su voluntad de huida de la gravedad, que se podía dividir y actualizar en tres o cuatro sesiones. Está también: cómo construir en la cultura del nomadismo y la precariedad; cuando habitar es concentración, dormir es concentración, lo contrario de nuestra religión de la dispersión. O bien: la concordancia entre nuestros materiales desechables, que están viejos a los tres años, y nuestra cultura de la obsolescencia programada. Etcétera. Tienes en el texto mío que tanto comentas, y en un capítulo de Votos de riqueza (“Materiales de deconstucción”) un catálogo de posibles temas.

Lo importante sería verse, hacer algo en común, pasarlo bien y aprender y oír algo nuevo, distinto. Cosa no tan difícil dentro de este aburrimiento general.

Piénsalo. O no. Os quiero igual, a las dos. Besos,

Madrid, 3 de septiembre de 2016