Hola, T.,
Bienvenido por fin a lo real. Abrupto, preocupante, peligroso. La vida va en serio, decía el poeta. Pero piensa también que si no fuese por eso, por este peligro mortal, ninguna emoción sería posible. Ninguna experiencia, ningún éxtasis.
La nana de la mora. El coco que viene, que puede venir, es también la promesa que viene. No tenemos otra posible salvación que la de empuñar nuestro pavor para convertirlo en infancia y en juego. La tarea es, creo, la de conquistar una y otra vez cierta inocencia que sea capaz de trasmutar en soltura nuestra más íntima indefensión.
«Yo sólo creería en un dios que fuese capaz de bailar», dice Zaratustra. Esto implica otra vez la mística de una beatitud, es cierto, pero nadie ha demostrado hasta ahora que la mística no sea la única ciencia posible del ser singular. Aquí, ahora.
Como sabes, vengo de la muerte de mi hermanita. También en cierto modo, mi primera hija. Y asimismo mi madre, con todo un ejemplo moral irrenunciable: su simplicidad, su presencia plena sin estrategia, su alegría de vivir. Y esto con lo mínimo, con un pañuelito jugando en la mano, con unas revistas del corazón apenas hojeadas, sin poderlas leer. A ella, sin embargo, no le faltó nada para existir.
La vida es infinitamente cruel, T. Por eso mismo es también única e inolvidable. Y por en medio, con momentos de dicha absurdos y grandiosos, hasta en su pequeñez. No hay otra eternidad que esta intensidad de la finitud. Cuando nuestros antepasados hablaban de Dios, y ellos no eran más estúpidos que nosotros, tal vez sólo se referían a este infierno asumido, por fin convertido en bondad.
Ya no sé si esta frase es mía o la robé, pero creo que toda la tarea moral de un ser humano es apurar la vida hasta las heces. Para que la muerte al final apenas tenga nada que llevarse.
Sí, el mundo es más profundo de lo que el día ha pensado. Bienvenido al paraíso, T., a la fuerza rasgado por dolores incontables. A veces la hostilidad de los hombres, y las mujeres no son mejores, proviene del miedo a ese vértigo de fondo. Ese abismo que, con Rilke, hay que convertir en juego y rutinas. Creo que quien hace eso, reconciliándose con la sublime banalidad de existir, poco tiene que temer de la saña a veces bestial de los humanos.
Un abrazo y hasta pronto, hasta cuando tú digas,
Ignacio