Entrevista en Zas Madrid
ALTARES DE LA DESOLACIÓN. Preguntas de Emilia Lanzas para «ZasMadrid» sobre Los odios y los días.
15 de julio, 2026

  1. ¿Por qué un filósofo que se define ateo ha escrito un libro tan apasionadamente proselitista sobre la metafísica cristiana?

Afortunadamente, creo que nunca he sido tan ingenuo como para definirme ateo. Siempre experimenté en los cuerpos algo irreductible al conocimiento puramente «racional», una Razón que es obsesiva en la guerra que el Occidente moderno libra contra el mundo. De esa experiencia con los cuerpos proviene la simpatía en mi libro por la poesía como forma extrema de conocimiento, por los filósofos alejados del canon occidental, como Leibniz o Nietzsche, y también por unas formas anómalas de la ciencia (Heisenberg, Gödel, Illich) que ponen en jaque nuestro inquisitorial positivismo. Por otra parte, sin negar en absoluto que mi libro sea «apasionado» (¿cómo escribir un libro insensato sin pasión?), no me siento identificado con la acusación de proselitismo. Mi libro no trata esencialmente de creencias, sino ante todo de aquello que fue prohibido por el puritano Kant: un conocimiento directo de lo nouménico, lo sagrado o absoluto. He investigado en este caso la necesidad de darle un lugar en el pensamiento al espanto, el vértigo de lo real. Está lejos de mi intención, por tanto, convertir a nadie. ¿Convertir a qué, cuando una de las claves de Los odios y los días es la urgencia de huir de la nueva secta dogmática en la que el progresismo nos ha encerrado? Jamás hemos tenido una relación más estúpida y racista con el otro. En este panorama policial, encaro el cristianismo como una bendición, a la vez espiritual y materialista.

  1. Parece existir una nueva cruzada de las tres grandes religiones (entre ellas la católica, con su historial de podredumbre a cuestas; la musulmana, con su fuerza de terror y feminicidio, y la judía, con su espanto hegemónico y belicista) que desean librarnos del actual nihilismo individualista y de «una uniformidad lentamente suicida». Si estamos inmersos en un materialismo vacuo, retomar nuestra identidad espiritual puede ser una solución; pero ¿por qué no optar hacia una espiritualidad laica?; ¿para qué necesitamos dogmas y jerarcas?; ¿por qué se utilizan como sinónimos espiritualidad y religiosidad?; ¿no es cambiar un rebaño por otro?

Niego la mayor, no veo tal cruzada de las religiones. Creo que E. Todd tiene razón cuando dice que la peor cruzada está protagonizada por un nihilismo genocida, la «religión cero» que, bajo la coartada de una defensa de la democracia,  atraviesa a EE.UU. e Israel, a Francia, Reino Unido y Alemania. Sólo estaría de acuerdo con esa definición furiosa de las religiones en lo que atañe al sionismo, pero ni siquiera para el conjunto de la religión judía. Por lo demás, creo que no existe tal espiritualidad laica… excepto en nuestra tradicional arrogancia ilustrada. Una espiritualidad, la que nos falta para que el capitalismo no sea la religión verdadera, es un reconocimiento del lugar y los derechos de lo Otro. Mal que le pese al negocio de Shakira o Rosalía, esto no es compatible con lo que llamamos laicismo, un espectáculo que se alimenta del totalitarismo liberal, el peor y más criminal de todos los rebaños. Si tenemos todavía dudas acerca de nuestra bestialidad, tal vez deberíamos preguntarle de nuevo a los palestinos, a los libaneses, los cubanos o los iraníes.

  1. «La presencia corporal de Cristo incluye una especie de comunismo primario, sensitivo y corporal… un comunismo metafísico, más intenso que latente». Estas frases, entresacadas de tu libro Los odios y los días, ¿recogen la idea de comunidad eclesial o la idea marxista de igualdad?

En cierto modo, ambas. La idea obsesiva de mi libro es un comunismo de los que están en camino. Nómadas son, se dice en esas páginas, los que se aferran a una región central que no cabe en ningún sitio. La Nueva del cristianismo se dirige a todos sin excepción, unos humanos que pueden resucitar como hijos y, a la vez, como hermanos. No es tan extraño que los romanos y los judíos odiasen a Cristo. El suyo es el comunismo de la transición, de los que están en tránsito, incluso cuando parezcan pertenecer a distintas castas. El cristianismo surge con la idea de una comunidad de iguales ante el abismo de vivir; llega a los palestinos con la desolación invertida que encarna la Vid y, por tanto, con una maternidad lejana que no es de este mundo. Desde el comienzo, el respeto, la admiración y el temor que inspira Cristo, incluso entre sus discípulos, es el de quien tiene dentro algo, común y peligroso a la vez, que los otros han excluido. Es una lástima que hoy nadie recuerde el magnífico San Pablo de Alain Badiou.

  1. Algunos historiadores han comprobado la existencia de un profeta llamado Jesús de Nazaret (entre otros, Antonio Piñero). Este Jesús practicó el judaísmo, pero el cristianismo nació siglos después con Pablo de Tarso y con los Evangelios. La historia se ha tergiversado para bien del dogma; igualmente, las enseñanzas de Jesús no son coincidentes en absoluto con el proceder de las Iglesias cristianas actuales. ¿Dónde está la subversión del cristianismo actual?

No veo así las cosas. Jesús se enfrenta a un dogma, a una religión de elegidos. Y lo hace, ante los fariseos de la Sinagoga, con una religión de las afueras: la de los lisiados, los pobres, los niños, las prostitutas… Por eso muere, por defender el «escándalo» de una paternidad remota que nos hace hermanos. Es cierto que (como en todas las cosas humanas, también en el marxismo) después el poder histórico de la colectividad tergiversa el curso de las cosas, perdiendo la intensidad de aquel acontecimiento milagroso del comienzo. De todos modos, igual que en la Cuba actual queda algo de la revolución, también en la Iglesia actual queda algo de esa otra revolución anterior. Tal vez no hayas leído la encíclica sobre la IA del papa actual, que no es precisamente el más audaz e inteligente de los santos padres. Tal como está el mundo, con el Anticristo anglosionista llevándonos a nuevas y definitivas matanzas, no sé si en el sur de Europa y en Latinoamérica debemos permitirnos el lujo de ignorar la excepción, al menos relativa, que representa la iglesia católica actual.

  1. Es muy significativa la idea de Simone Weil, recogida en tu libro, sobre que es posible que «el cristianismo sea sólo nuestra parábola occidental de una vieja y legendaria verdad»; afirmación que se puede unir a la tuya, junto con Whitman, de que «ser individuo es ser una parte, una criatura que participa de algo anterior, aunque sea un remoto ancestro».

Simone Weil es central en Los odios y los días, no sólo por esa insistencia suya en que el cristianismo solamente explicita una «hermandad en el enigma» que ya está en muchas otras religiones. Weil dice incluso que la belleza de las escrituras es un índice de la verdad universal que encierran. Estoy leyendo estos días el Rāmāiaṇa, ese impresionante poema épico anterior en siglos a nuestra era. Toda esa epopeya terrenal es la que adviene en los evangelios con la dulzura de un rostro, un cuerpo cualquiera que preserva de pronto una lejano temblor. Los judíos se habían retirado a sus privilegios con su culto sectario, elitista, De pronto surge entre ellos la alteridad de la tierra, de las afueras, en el cuerpo de Cristo. Esto es el cristianismo: en virtud del vaciado o «abajamiento» (Kénosis) de Dios, el regreso de un rostro humano que se asemeja a la vid, a una penumbra de raíces que se invierte en ebriedad. Vencer a la muerte atravesando la muerte. Es crucial entre los cristianos, igual que lo es en la poesía de Whitman y Machado, la certeza negativa de que un individuo es sólo la punta del iceberg, la faz de un remoto continente sumergido. Por eso Cristo y los poetas suelen creer que el individualismo es la peor falsificación del individuo.

  1. ¿Qué opinas del concepto de la fe como certeza y obediencia ciega hacia Dios, tan importante en todas las religiones?

No reconozco tal obediencia ciega. No la conozco más que en momentos históricos inquisitoriales, terribles, que son compartidos por la religión y por el ateísmo. Cada religión es un debate intensísimo, a la fuerza plagado de herejías, acerca de qué significa el misterio de existir. También entre los judíos, antes y después del sionismo, ha sido así durante mucho tiempo. Otra cosa es que después la humanidad, sobre todo la moderna, quiera «salvarse» con una obediencia masiva que tergiversa el laberinto de su legado. En tal sentido, es difícil padecer una sociedad más creyente y obediente que esta. Nuestra entera cultura, incluida buena parte de la filosofía académica y del psicoanálisis institucional, se dedica día a tras día a repetir consignas. Gracias a ellas, todos sabemos lo que hay que opinar hoy sobre la religión, la eutanasia, el cambio climático, los incendios forestales, la homosexualidad y la inmigración. Cualquier otra visión en los temas sensibles dará lugar a una acusación furiosa de negacionismo, lo que significa de inmediato el ostracismo social y la hoguera de la cancelación. No conozco una Inquisición mayor que la que esta sociedad laica ha puesto en pie. No sólo eso facilitó los totalitarismos de ayer, sino también el despotismo democrático de hoy. Lejos de él, con Kierkegaard en la mano se puede decir que Nietzsche es uno de los mejores intérpretes del cristianismo, de la posibilidad rebelde que lo pequeño, subdesarrollado y deficiente, entraña ante esta obediencia masiva que ha seguido a la «muerte de Dios». No olvidemos que el Niño, no el León, es la imagen preferente del superhombre. También a Nietzsche, igual que a Cristo, le matamos por su dulzura, no por su cólera. Me he empeñado, disculpa mi atrevimiento, en rescatar la importancia cultural y política de este gesto de suavidad.

  1. El misticismo, con la irrupción de lo sobrenatural, como cuando hablas de Clarice Lispector, es una parte muy interesante de la religión. ¿Es la salida del hastío existencial?

El misticismo es la interpretación más radical de las religiones. Tiende siempre a una unión de aquellos polos (individuo-colectividad, naturaleza-cultura, etc.) que cada canon separa. En tal aspecto, el misticismo tiende a vincular estrechamente la verdad, natural y revelada, con un tipo de conocimiento y experiencia sensible que no deja nada del cuerpo fuera. Por eso en los místicos, de Teresa de Ávila a Ibn ʿArabī, es muy importante un erotismo que inunda con una especie rara de saber, no sólo cerebral, todo el cuerpo. Y esto muy por encima de un conocimiento meramente intelectual. Fíjate en las fotografías de Clarice: creo que no hay ni una sola donde no se transmita esta posesión corporal, una experiencia donde «lo más alto» es a la vez lo más bajo. Siguiendo a algunos autores rusos, Cristo y Nietzsche se entienden en Los odios y los días como hermanos gemelos en esa vivencia, una senda que convierte lo que llamamos «locura» en el colmo de la cordura.

  1. «Este libro no busca tanto enfrentarse a la actualidad cuanto hacerla virar hacia su trasfondo comunitario y humanista, incluso mesiánico». ¿Qué comporta este mesianismo?

En primer lugar, comporta librarse de nuestra tendencia cultural, desde el espectáculo de masas hasta el secretito del sujeto narcisista, al supremacismo y la balcanización propios del «primer mundo». Los mejores libros nuestros, sean los de Agamben, de Bobin o Tiqqun, consiguen romper con nuestra arrogancia política al precio de tomar al pie de la letra un Afuera que es eje de la experiencia humana. Me refiero a esa zona ártica, más lejana que todo exterior geográfico, que es el fondo de la vivencia personal. Tomo en ese sentido a Cristo como un emisario, antes impolítico que político, de ese rostro del afuera. ¿Tenemos todavía mucho tiempo para este giro hacia el «vacío», cristiano o islámico, una nada que nunca debimos consentir que nos arrebataran? Sí, tenemos tiempo; pero mientras tanto hay más y más cadáveres. Primeramente en nuestras interioridades arrasadas, cada día más agostadas por esta iracunda usura (Pound) que vino del norte. Frente a esta infamia armada hasta los dientes, Los odios y los días insiste en recuperar la violencia inclusiva de cierta pasión sureña. Pasión según la cual la salvación sólo consiste en que la propia cruz de nuestra experiencia, lo más difícil e irremediable de ella, sea asumida y empuñada. Levantada (ύψοῦται), dice Juan en un momento memorable que recuerda a la palabra «apoteosis». Para desgracia de nuestra cobarde hipocondría actual, todo en Cristo son renglones torcidos. De ahí la paradoja de algo necesariamente contingente que es crucial en la «prueba» del argumento ontológico. Esto ya no nos puede enfurecer, pues ni siquiera podemos entenderlo.

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Los odios y los días nuevo libro de Ignacio Castro Rey 2026

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