Anoche vimos Naza. Para algunos de nosotros no hay nada que pueda ser revelado en cuanto a las atrocidades cometidas en los últimos noventa años por el sionismo. Pero existen en Europa y en América millones de ciudadanos biempensantes para los cuales este documental va a ser traumático e inolvidable. Mejor no entrar en otras polémicas: no podemos permitirnos el lujo de rechazar, por parcial que sea, una crítica humanista que al fin sale de Israel.
Rodada en el secreto nocturno de una terraza, lo mejor de Naza es la constante relación entre la opulencia capitalista de Tel Aviv, donde la moral y la religión no importan nada, y un genocidio que lleva décadas en marcha y es muy anterior al 7 de octubre. Nadie llora durante las confesiones, ni siquiera tiembla. Que los oficiales que confiesan liquidar a un supuesto miembro de Hamás justifiquen derribar un edificio entero con quinientos civiles dentro (niños y viejos incluidos), y lo hagan sin remordimiento y confiando ciegamente en el sistema, indica hasta qué punto las matanzas israelíes están imbricadas en la más amoral normalidad.
De los defectos mayores de Naza es no arraigar el espanto del 7 de octubre en décadas anteriores de humillaciones y matanzas. En este punto, Palestina 36 es infinitamente superior, pues muestra un incansable terrorismo sionista ya desde los años treinta. Lo mejor de Naza es que, sin estridencias, explica la indiferencia pasmosa del pueblo israelí y su vanguardia militar (a veces de izquierdas) en las masacres indiscriminadas que aseguran la «defensa de Israel».
Naza demuestra también que el Estado israelí está tan obsesionado con combatir el terrorismo de Hamás, que ellos mismos han incentivado, como cualquier iniciativa política que pueda facilitar un futuro Estado Palestino. Las mismas unidades de élite que asesinan niños a mansalva también buscan falsas acusaciones sexuales que puedan desacreditar a todo aquel que intente una presión diplomática que cuestione la política israelí.
Si el público se queda al final en silencio, viendo sin moverse todos los créditos, es para tener unos minutos para reponerse tras ver lo que han sido capaces nuestras democracias. La «banalidad del mal» que Arendt fustigaba hace sesenta años ha quedado disuelta en una actual orgía de impunidad donde los oficiales de las unidades de élite confiesan pasárselo en grande escuchando, a través de los móviles intervenidos, los «alaridos» [sic] de los niñas quemadas vivas junto con sus padres.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 13 de octubre de 2026