sobre los odios y los días, de ignacio castro rey
miguel ángel hernández saavedra
Los odios y los días, subtitulado La subversión cultural y política del cristianismo (Pre-Textos, Valencia, 2026), prologado por Juan Manuel de Prada, es el último libro dentro de la prolija bibliografía de Ignacio Castro Rey, filósofo, escritor y crítico de arte. A lo largo de su obra, indiscernible de su vida, el autor ha hecho acopio de esa infinidad de materiales, visibles o invisibles, que la vida proporciona a quien, como él, siempre ha tenido la firme voluntad, compatible con las dudas que suscita todo verdadero pensamiento, de empuñar la vida, la existencia, en lo bueno y en lo malo, acaso con la convicción, como se expone repetidamente en su último libro, de que el mal es “la riqueza del bien, un desvarío para alcanzar la perfección. Tal vez una ocasión del bien, a la manera en que la cosa era una ‘ocasión’ para la Idea platónica, sobre todo en su lectura gnóstica” (p. 118). O dicho con una fórmula magistral: “Empuñar la perdición como única forma posible de salvación”; he aquí de lo que se trata.
He aquí la subversión cultural y política del cristianismo en el modo singularísimo, si es que la singularidad acepta superlativos, en que Ignacio Castro Rey lo contempla, en relación con su historia, y lo pone en relación con nuestra actualidad y su tendenciosamente inadvertida dimensión mesiánica, que “hace de la acción una escalinata para la cima de la contemplación” (p. 230). Ahora bien, ante un libro como este, el comentarista solo tiene dos opciones: o insistir en la necesidad de su lectura y evitar cualquier juicio de valor, o copiar el libro enteramente como único homenaje posible al mismo, lo cual, tratándose de 283 páginas, multiplicaría por setenta (“setenta veces siete”, leemos en Mateo 18:21-22) la extensión máxima y acostumbrada de una reseña literaria.
Así pues, para no incurrir además en problemas editoriales, simplemente insistiré en la necesidad y, más aún, en la urgencia de acometer su lectura. Sea usted cristiano o no lo sea, sea usted lo que fuere, lector, este libro es imprescindible. Si no fuera porque su autor no estaría en absoluto de acuerdo con la expresión popular, o tal vez me equivoque, diría que es un libro “caído del cielo”. Mas no proviene de ningún cielo, de ningún séptimo cielo tampoco, sino de la tierra, del agua, del aire y del fuego, por simplificarlo conforme a la tabla básica de los elementos presocráticos, y, eso sí, de una caída (llámese “pecado” si se quiere) que, además “de hacer necesario el mal como sendero tortuoso del bien” (p. 99), trata de vencer a la muerte “a través de la muerte” y de restituir “el nombre de un comunismo no histórico ni doctrinario, más bien carnal, intuitivo y afectivo” (p. 263). Quizá los lectores de Ignacio Castro Rey encontrarán en este libro una forma definitiva de escritura, en relación con los anteriores y abundantes libros del autor, o dicho en armonía con las propias tesis de la obra: una “encarnación” de la escritura del hombre, del hombre Ignacio, del autor Castro Rey, donde se disuelven todas las contradicciones de las que frecuentemente se sirve el crítico (Ignacio Castro Rey también lo es) para alimentar sus comentarios: el fondo y la forma, el accidente y la sustancia, el cielo y la tierra, la muerte y la vida.
Pero yo, aquí, algo debo decir. Con el libro completamente subrayado (no queda una página sin anotaciones), ¿qué puedo decir? Quizá pueda hacer algunas consideraciones al margen del libro, en los márgenes de la convulsa, espantosa y a la vez anodina actualidad, sin entrar en la profundidad del texto, lo cual me obligaría a traicionarlo por medio de un montón de frases maravillosas, que sin duda lo son, degradando la intensidad de los pensamientos y vivencias de los que constituyen su precipitado. Así, por ejemplo, me viene a la memoria reciente una nota de la Iglesia española en la que los vicarios de Dios previenen contra la tendencia, tan propia de los evangelismos irredentos (pero esa es otra cuestión), a convertir la fe en, simplemente, alborotadamente, una “experiencia emocionante”. No faltan referencias culturales próximas, en el mundo del arte, de la canción, del cine, también en el seno del catolicismo. Bastaría con revisitar el espectáculo de la fe que ha rodeado la visita de León XIV a España, desde Hakuna a la inenarrable actuación de un grupo de muchachos abanderado por un tal Antonio que llegó a definirse delante del Papa, no sabemos si en un alarde malagueño de narcisismo hollywoodense, como “víctima del hechizo de Dios”. Rosalías mediantes, ¡que Dios nos pille confesados! Empero, no hagamos sangre de los entresijos del espíritu… que sopla donde quiere.
En las postrimerías del libro (decirlo no es hacer espóiler, como no lo es rememorar por escrito una historia, la de Cristo, infinitas veces contada… y que ya sabemos cómo acaba), hacia el final, digo, afirma Ignacio Castro Rey lo siguiente: “A pesar de ser este un libro de filosofía, en él se apuesta por esa intensidad cognitiva de lo religioso; por una condensación sapiencial que se puede permitir el lujo de ignorar las largas y eruditas digresiones del pensamiento filosófico”. Y es justamente en este punto, imposible aquí de desarrollar, siquiera de enunciar con rigor minimalista, donde empieza la cuestión que a un filósofo, siendo además poeta (como Ignacio lo es, al margen de que no abunden los versos en su obra, pues, como decía John Ashbery, “si está escrito en prosa, puede ser poesía” con mayor probabilidad), donde empieza el asunto, sigo diciendo, que ha concernido a la filosofía desde sus orígenes. Cuando Ignacio Castro Rey reivindica una “vulgaridad no intelectual” que nos aproxima a la vivencia más auténtica de la fe, ¿no está practicando una especie de averroísmo latino, llevando la teoría de la doble verdad (más de Sigerio de Brabante que de Ibn Rushd) a un ámbito de existencias cualesquiera (en la línea de Giorgio Agamben, por ejemplo) que la propia realidad, esa dimensión histórica y doctrinaria del cristianismo, desmiente en casi cualquiera? ¿De verdad se pueden contar esos “vulgares” con los dedos de un siglo mutilado? ¿No serán esos “vulgares” la crema de una inteligencia que, cuando no se pierde en untuosos academicismos, hace del pensamiento lo que Ignacio –empezando por Aristóteles– afirma que es: una forma de vida?
Sin duda que en la cuestión de la vida eterna, que Castro Rey resuelve en la aprehensión intensa de la finitud, de la vida mortal, a través de una profunda disquisición sobre el tiempo y “el instante”, se juega el sentido, desde luego doctrinario e histórico, de la fe cristiana. “Después vendrá lo que sea”, afirma el autor, lo que recuerda ese apotegma, no tan conocido como el del río, de Heráclito de Éfeso donde afirmaba que la muerte es cualquier cosa menos lo que imaginamos. Y, sin embargo, como también afirmaba san Pablo en la Primera Carta a los Corintios (15, 14): “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe”. ¿Qué es “resucitar”? Ay, el cuerpo glorioso… Al margen de lo que afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (¡doctores tiene la Iglesia!), recuerdo una encíclica de Benedicto XVI donde el hombre, el hombre Joseph Ratzinger, tal vez desconcertado ante la seguridad de su propia fe (en la perdición está la salvación, nos recuerda Castro Rey una y otra vez) y la proximidad de su muerte, describía la vida eterna como una especie de ola sobre la que encaramarnos (¡una metáfora surfista!), lo cual también recuerda, en sentido contrario, el desmontaje freudiano de la fe como un “sentimiento oceánico” producto del desamparo infantil. Freud, contra el que el autor de Los odios y los días se despacha a gusto, en contraste con su admiración por Lacan.
Por cierto, aunque el autor se arrogue el lujo (que, en su caso, estaría más que poéticamente justificado) “de ignorar las largas y eruditas digresiones”, lo cierto es que el libro está lleno de referencias filosóficas a favor y en contra de su visión del cristianismo, que no es un ejercicio de revisionismo espiritual a la moda, sino todo lo contrario. Especialmente relevantes son las alusiones a un Nietzsche que, parafraseando las célebres “transformaciones del espíritu”, habría acabado siendo más León que Niño, inadvertiendo la profundidad inmanente contra la doctrinaria verticalidad trascendente (separada de “la vida”) del mensaje, vida y obra de Jesús de Nazaret. Otros muchos autores aparecen a lo largo del libro y en las también imprescindibles notas al final de cada capítulo, además de los evangelistas (con especial predilección por san Juan): Agustín de Hipona, Hegel, Kierkegaard, Benjamin, Unamuno, Heidegger, Sartre, Ortega y Gasset, Zambrano, Bobin, Lacan, Badiou, Todd… Y, por supuesto poetas, entre los que finalmente el autor cita, como si se encomendara, como si nos encomendara a ellos después de leer su enorme libro y quedarnos ávidos de más, a Rilke y Whitman. Simone Weil y nuestro san Juan de la Cruz no dejan de estar muy presentes. Y como sombra a la luz de la luna, que diría Mike Oldfield, a veces comparece Kant para recordarnos que no es ilustrado todo lo que reluce y que él, Castro Rey, ha asumido el reto de mostrar esa otra dimensión nouménica que el viejo “chino de Königsberg”, como lo llamaba Nietzsche, relegaba al uso práctico y formalista de la razón. Pero aquí no es posible entrar en discusión con Ignacio Castro Rey a propósito de Kant… ni con Swedenborg, al que el autor de La Religión dentro de los límites de la mera Razón dedicó los Sueños de un visionario…
Decía Antonio Machado en una página perdida que, mientras que el filósofo no debe decantarse por ninguna de las tesis que sostiene su balanza dialéctica, en un ejercicio crítico de kantismo coherente (del que también Castro Rey hace gala cuando, al final del libro, recuerda que ciencia y religión discurren por vías o “pistas” diferentes), se le permite y hasta se le exige al poeta, sin embargo, que tome partido cordial por una de esas tesis, que la acoja, que se abrace a ella y que nos haga saber a través de un saber que no se coagula en razones abstractas y frías, sino que sabe lo que dice porque, además de decirlo, lo siente y lo expresa con la belleza o el mal del que es capaz (el mal como “sendero tortuoso del bien”, se dice en Los odios y los días), que nos haga saber, termino de decir, lo que todos sabemos y hemos olvidado a la vez.
El libro de Ignacio Castro Rey es un recordatorio bellísimo y terrible, santo y obsceno, de eso que hemos olvidado, de eso que sabemos bien, tan bien que ni siquiera sabemos que lo sabemos ni recordamos que lo hemos olvidado. Así que, para terminar, nada mejor que recordarnos una pregunta (en la pregunta y no en la respuesta está el origen) en la manera muy actual, a la vez que intempestiva, emulando a Nietzsche, como Ignacio Castro Rey la formula: “¿hay o no en la existencia cualquiera una encarnación de lo absoluto que impone un respeto incondicional por las vidas, al margen por completo de la relatividad de costumbres y culturas?”. Este pregunta nos reenvía a Atenas, la gran olvidada de nuestro tiempo, no menos que a Jerusalén. Así pues…
Gracias al autor, gracias al hombre, gracias a Ignacio Castro Rey por mostrarnos que la respuesta está siempre ya contenida en la pregunta. Después de leer este libro increíble, porque de no haber sido escrito no habría sido concebible (¡ni aun con todos los corazones en la manga!), ¿cómo no ser cristiano? Después de este libro, ¿cómo seguir siéndolo?