Algunas cartas sobre la mesa
Querido O.,
Ya te decía que eres de lo que no hay. Tu voluntad de diálogo no tiene precio en estos tiempos sectarios, de exclusivismo partidista, de balcanización ideológica. En buena parte de lo que dices no sólo no me ofendes, sino que sólo tendría que entonar un sencillo amén.
De hecho lo peor de mí, lo más violento, es la afirmación: la apuesta por un anciano enigma común, efectivamente más nietzscheano que kantiano. Los odios y los días, sobre un cristianismo posible, sólo es la última entrega de este proceso creciente de espiritualización, que en mi caso modula (a veces en secreto) todo lo que uno piense en términos «políticos».
Es cierto que el rencor puede ser, como decía una amiga de los seminarios de cine, una prisión. Sí, la peor de las cárceles. Soy consciente de ello y bastante lo he sufrido: mi retirada de la primera línea del tema Palestina se debe a ese encarcelamiento. Me estaba enfermando, entrando en un bucle de enfrentamiento amargo y sin salida. Aunque la vehemencia imprudente de mi implicación me facilitó (como otras veces) la posterior ruptura, sin medias tintas, sin montar una empresa política con la agonía de los otros.
En mi caso, la cólera y el orgullo (que mencionas con razón) son algunas de las cosas que me han salvado la vida. Es tal mi ternura de fondo, mi ingenuidad naíf, que estaría muerto sin ellas. Es cierto que, a veces, esa cólera genera daños colaterales o víctimas indeseadas. Pero no siempre. A veces no es más que el clásico «Tú te lo guisas y tú te lo comes». Por poner un ejemplo cercano, la mañana en que me levanté de la reunión del Picón (siendo yo el anfitrión) y me fui, jurando en arameo, fue un acto de «violencia» proporcional a la generosidad con la que el mismo que se levantaba había facilitado el encuentro. Ese gesto impulsivo me permitió liberarme de un golpe. No sólo de una reunión ya insoportable, sino de todo un intento por mi parte (uno más) de crear cierto espacio de encuentro. A toro pasado, la cólera de aquel impulso, no frenado, le obliga a uno a pensar, a ser consecuente. Nunca máis, ya está.
Hace tiempo, en una película estimable oí una frase que me gustó: «No hay que hacer nada a medias, igual que los animales». Yo hago lo que puedo, con dos manos muy distintas, para combinar el rencor, el enojo y la cólera (para mí imprescindibles en un mundo de hipocresía inmensa), con la serenidad, con un sentido del humor y del amor (entre cristiano y nietzscheano) que permita mantener todos los puentes posibles.
Lo peor en mí es la afirmación, te decía. Sobre todo en medio de este nihilismo feroz, genocida, me siento filosófica y políticamente obligado a volver a una serenidad taoísta que alíe a Cristo (y Buda) con Nietzsche. De hecho, es un tema para discutir, la figura más alta del Übermensh es el Niño, no el León. Creo que a Nietzsche la modernidad le enloqueció por su dulzura, no por su cólera. No fue capaz de cumplir el mandato de Kierkegaard, según el cual el «caballero de la fe» debe parecerse a un dominguero cualquiera. En esas estamos, mejorando lentamente la propia capacidad de infiltración.
En mi caso sólo pretendo una dulzura armada. Mantener una especie de beatitud en la inocencia y, desde ella, ser capaz de una violencia inclusiva. Sé que no es la única vía, pero es la única que he encontrado (desde Roxe de Sebes) para sobrevivir en este mundo, tal como soy. Hay dos películas recientes extremadamente dulces, casi naíf, que defiendo a muerte: Rental Family y The Quiet Girl. Pero afirmarlas, en su infancia insobornable, requiere una dosis de humor, de ironía y violencia muy altas.
Recuerda, querido O., la hedionda carta de Marx sobre la conquista de la India. Es sólo un ejemplo clásico, pero los hay muy recientes. Venimos de una línea de arrogancia genocida (la Ilustración, el Marxismo, el Progresismo) que exige un ejercicio de vuelta que tiene que estar muy armado, también en su impaciencia frenada, para hacerse oír.
Otra vía sería el retiro zen, una encapsulación elitista dentro de este mundo. Pero a mí no me va. No quiero dejar la nave común, aunque a veces apeste. Tengo que combinar entonces una creciente humildad de fondo con una paciente labor para afinar las armas. Que no siempre podrán ser silenciosas.
En realidad, en mi y en otros, la mejor arma, la auténtica arma de construcción masiva, es una reconciliación (oriental, cristiana, nietzscheana) con la muerte. Estoy convencido, Oriol, de que tenemos que desaparecer. Toda una generación debe irse para que otros, más jóvenes, hereden el mundo y lo cambien. Sin que nosotros estemos.
Mientras tanto, hemos hecho y hacemos lo que podemos. Por mi parte, insisto, sólo me queda afinar mis herramientas. Lo que dices de mi escritura, que debiera parecerse más a mi forma de hablar, está muy bien. Pero es muy difícil. Aparte de otras cosas, casi todos partimos de un gremio (la arrogancia filosófica) bastante castrante. Poco a poco me acerco cada vez más a la literatura. A ver si en Los odios y los días he conseguido algo, otro giro. Ya lo veremos.
Un placer, querido. Tengo que estar pronto en Barcelona, de un modo u otro, con una disculpa o con otra. A ver si hoy o mañana hablamos, por teléfono o por zoom, y le damos una vuelta a todo esto.
Un abrazo fuerte, querido. Para ti, para E., A. y M.,
Ignacio
Rental family (Hikari, 2025)
Es posible que después de ver una película tan sencilla y hermosa uno no sepa muy bien dónde meterse a la salida, en una noche cualquiera de este Madrid tan trepidante. A juzgar por la reacción tibia del público, puede también que esta propuesta inocente, descaradamente naíf, plantee para nosotros un problema. Y debido sobre todo a nuestra corrupción civil, a la vergüenza que hoy provoca en nosotros la ternura. Peor aún, al hecho de que esta historia deje que los sentimientos tomen el mando y destituyan por un momento las estrategias de un empoderamiento despiadado, cargado hoy con todas las bendiciones sociales. ¿El milagro de una humanidad compasiva que vuelve es incómodo para el pragmático laicismo de unos espectadores colonizados por un cinismo capitalista cada vez más queer? Pues sí, eso parece.
En la sala se juntó la envenenada hipocresía posmoderna, que en Japón impera de un modo y entre nosotros de otro, con una propuesta sobre el poder transformador del amor. Entre estos dos polos, y la importancia existencial de mentir, se mueve la directora Mitsuyo Miyazaki. ¿Cuál es el problema? Uno gravísimo, y es que la historia de Miyazaki parece creer todavía en la humanidad. Es más, defiende que en nombre de ella, en medio de este enfriamiento antropológico de los afectos, hay que mentir. Nada podía ser peor. Es comprensible que parte del público tuerza el gesto con una pequeña mueca de suficiencia intelectual ante esta loa de los más viejos sentimientos.
Quizá el auditorio tampoco quiere hoy que le hagan llorar. Prefiere pasar rápidamente de una emoción en otra, con una inteligencia emocional fácilmente compatible con las risas del entretenimiento consumista. Es impertinente así que Hikari, seudónimo de Miyazaki, pase de nuestras falsas emociones pasajeras, manejables con el mando a distancia, y nos haga llorar con una película descaradamente sentimental, inteligente y delicada. Esta dulce rareza, que algunos conocimos por una nota entusiasta de Ignacio Ramonet, nos empuja incluso a recuperar la fe en la humanidad. Es normal entonces que la cultura que ha dejado que miles de niños sean quemados vivos en Gaza mueva la cabeza con suficiencia y hable de sensiblería. El ciudadano quiere seguir instalado en su habitual flexibilidad cadavérica, con la navegación informativa que le permite flotar y no ser manchado por nada.
Según algunos, Hikari ha tomado el camino fácil y previsible en un asunto social muy complicado: las dimensiones de la soledad en nuestro desierto afectivo. ¿Cuál debería ser entonces el enfoque, la condena moral de un fingimiento que en Japón toma dimensiones empresariales? ¿Un atrevido final gore en cualquiera de las escenas de ficción, ayuda y acompañamiento de la empresa? O quizá la vía informativa, donde la hecatombe continua de los otros mantiene vivo nuestro cómodo nihilismo. A la vez que dispara, de paso, el índice de audiencia.
Nada de esto es la opción de Hikari. Poco preparados para los argumentos que nos pongan en suspenso, hoy se suele insistir en la visibilidad de los actores. Para destacar el valor de una ficción que no debe tocarnos, los críticos, tan narcisistas como las estrellas de la pantalla, suelen resaltar el trabajo impresionante de alguna figura conocida. Se hace hincapié entonces en la actuación de Brendan Fraser, que además es estadounidense y célebre. ¿Por qué no en el coraje de esta difícil historia, en sí misma? O en el aplomo de otros protagonistas, japoneses y poco conocidos: Aiko, la compañera de Philip en la empresa, Mari Yamamoto; la niña Mia, Shannon Mahina; el jefe Shinji, Takehiro Hira… El caso es que, por encima de todo, esta trama no depende de la alta definición de las figuras estelares, que debe darse por supuesta. Depende más bien del atrevimiento humano de una directora que entra en el tema peliagudo de nuestra prostitución afectiva y sale airosa sin juzgar, sin fáciles condenas morales.
Se ha dicho que Rental Family es sensiblera, que entra en un tema social tremendo y adopta después el camino de resolución más fácil. No es cierto. Toda esta cinta gira, en una sociedad de mutantes como la nuestra, en torno al papel milagroso de la conversión al amor. Y naturalmente, a uno de sus compañeros de viaje, el fingimiento. Una posibilidad insensata que Hikari mantiene tensa hasta el final. Y hay otra cuestión incómoda en esta historia, los actores que hoy somos todos, los buenos extras que debemos ser para mantener un mínimo de humanidad en los desolados escenarios que transitamos. Es de agradecer, también en este punto, el descaro sentimental en la propuesta de Hikari.
Para colmo, esta mujer habituada —según una crítica de piel tan fina— a tomar los caminos más fáciles se atreve a hacer un apología de la adoración, del posible retorno de un dios. Literalmente, el viejecito Kikuo (Akira Emoto), que está repasando sus últimos días, le dice al protagonista: «Atrévete a adorar algo que esté fuera de ti, por encima de ti». Esto ya es demasiado. Sólo nos faltaba ahora, ocupados como estamos en defender la democracia, tener que abandonar nuestro nihilismo progresista, tan cómodamente compatible con el espectáculo de los valores humanos a distancia, la solidaridad a distancia, las matanzas a distancia.
Hay en esta historia el canto a una honesta piedad escondida que a algunos nos gustaría que dejase un poso. ¿Sería tan grave para nuestro elitismo? En esta sociedad enfriada por el cálculo, incomoda también en Familia en renta el coraje de los niños y los viejos, en los bordes de nuestro Lager social. Y el de algunas jóvenes como Aiko, que da el resto para decir algunas verdades. ¿Es esto tan grave para nuestro radiante confort civil, para su deseable emancipación de cualquier culpa?
La música minimalista acompaña en toda esta historia a la timidez del mensaje, con su réquiem por una humanidad restante. La película termina así: «Ya no ofrecemos servicios de disculpas». Cierto, a veces dentro del espanto un pequeño cambio permite pasar del infierno a un limbo respirable.
Pero no, mientras esperamos la invasión de los bárbaros parece que no tenemos ni queremos remedio. ¿Qué sentiría nuestro primo Donald Trump si, por un accidente inimaginable, cayese delante de esta cinta? Ni siquiera tendría tiempo a vomitar, se quedaría dormido.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 13 de febrero de 2026
Pórtico
A El monte y Hora vertiente. Kárel Astón, Dosparedesy 1 puente
Allí donde el lienzo de nieve se eleva, el culpable de estas páginas es un varón que nunca fue muy joven y que, no obstante, siempre tuvo entre cejo y cejo la parte de noche que nos toca. Este poemario nace de un reguero de encuentros, de la fatalidad física de algo inaparente que se concentra en los lugares. Tiene así toda la brevedad, la contundencia de lo que no podía no ser hecho. Respira autenticidad por todos los poros, lo siento. Y no tanto con una extensión discursiva de verdades que pueden convencer o no, sino con la voz de quien habla en trance, próximo a un fuera de sí provocado por lo traumático. Si bien modulado, esa es su belleza estrellada, por la anuencia ética con lo que nos hiere. Quizá también con el reto, nada habitual, de escuchar la cadencia de las palabras y todo lo que el lenguaje tiene que decir en algo que una y otra vez roza el mutismo.
I
Por eso nunca se entra en la confesión impúdica, en el uso del dolor como coartada para reclamar la atención. Tampoco la expresión descansa en generalidades que sean simplemente brillantes. El conjunto navega es una musicalidad que sólo posee lo que ha estado a punto de callar, naufragando para siempre en algunos de esos umbrales inesperados que nos asedian. No sólo encontramos en este libro preciosos recuerdos vivaces, sino también el nervio de gritos pueriles, anteriores a cualquier articulación sensata y adulta. Esto es así quizá porque estos poemas, literalmente, no tienen «nada que decir» en el orden de la articulación discursiva; tampoco ninguna propuesta política al uso, ningún rencor que desahogar.
Aunque ocasionalmente pueda ser introspectivo e íntimo, calificativos hoy llenos de tópicos, lo mejor de El monte está vivo gracias a volcarse en la exterioridad. Vive dejando hablar a una intemperie que es lo único que nos puede curar, de paso que rehace el lenguaje del hombre herido. En tal sentido, estas páginas son como un viento exterior hecho al fin habitable. Y tal vez esto es en realidad la poesía: después de todo, el desamparo de vivir convertido en morada.
No siempre será verano. De ahí la continua mezcla, en estos poemas, entre lo primario y lo vanguardista. Es la naturaleza misma la que es futurista, precisamente por amar esconderse. Lo de menos es que el autor pueda ser culto, cosmopolita y sepa usar muy bien el lenguaje. Todo eso se da hoy por supuesto. Lo importante es que no habla de nada que antes no se haya convertido en lugar, en una forma de habitar con cierto estado de gracia la ancestral fatalidad geográfica de la que han surgido las palabras. Es cierto que hay tramos inevitablemente reflexivos, enjundiosos, que entrañan un profundo pensamiento que hay que releer y desentrañar. Pero todo se resuelve en una cadencia formal que no tiene nada que demostrar ni argumentar porque ha logrado volver a la simplicidad de lo vivido, a esa especie de inocencia que nuestras élites políticas y culturales desprecian. Podríamos estar hablando de una pureza que, al decir de un clásico del pasado siglo, es el colmo de lo afrodisíaco.
II
A la quincalla posmoderna Kárel Astón responde sin responder, imperturbable en una metafísica de la finitud terrenal. Con toda la rabia del mundo, seguro, aunque embridada en una fortaleza épica que abraza la caridad de las cosas. Ya verán, no es fácil estar a la altura de esa beatitud con la que se comulga con la geografía, con sus piedras, flores y bestias.
El poeta articula aquí el viento de sentir, sin apartar ese venenoso cáliz. Lejos de una poesía climatizada, y su habitual acaso anochece, Astón articula un andar, un hablar que no hiere las cosas, más bien respira en una secreción de ellas. Las palabras son así artificios que abrazan su propio derrumbe. Surgidas de la extraña realidad, uno se ha dejado caer –como fulanito de tal– para que después brote alguna palabra de esa destitución, al menos momentánea, del sujeto. No posterior, sino simultáneamente, pues aquí es la caída la que hace al jinete, al caminante y a sus órganos parlantes. En Hora vertiente puede haber algo así como una trazabilidad, una especie de relato. En El monte no, sólo una fluencia sin yo. Mero acontecimiento terrenal sin sujeto, pues la «sujeción» del hombre –que asciende y desciende– proviene del jadeo de un acaecer que borra las distancias, las prevenciones y los opuestos. Todo es memoria sin imaginación, una memoria de «lo no ocurrido» que permite recuperar el pulso de los seres. Ya me dirán cuántas mujeres, cuántos hombres brotan hoy de la geografía y se pueden confundir con ella.
Estar a punto de caer en el ridículo y no ser nada sin ese riesgo. Este hombre, sin embargo, es lo contrario de un alma deshilachada. Atado por la atención al espíritu de un paisaje, aquí el poeta está más cerca de Juan de la Cruz que de Walser. Escribir es para él transformar algo muy pesado en casi ingrávido, convirtiéndose así en un vidente de lo inadvertido. Si el circunloquio es para algunos una cuestión de supervivencia, estamos en la dirección distinta, hacia la épica de una simplicidad que no necesita colegas. De ahí el anonimato, la fugacidad de sus protagonistas: sarrios que descienden, hojas caducas barajadas por el fango, frambuesas que podrían ser estrellas. Todas ellas criaturas crepusculares, aunque la hora sea matutina. El secreto de tales existencias consiste en su completa superfluidad, que las hace poco menos que inaudibles. Son presencias fugaces que, cuando se las quiere enfocar, casi han desaparecido.
III
La letra de este hombre –decíamos al principio– posee la brevedad, la concisión de lo que no podía no haber sido realizado. Podemos suponer que él escribe con la misma perentoriedad del hambre, con una necesidad espiritual que es tal vez el hilo de toda existencia. Kárel Astón no se ocupa de la manida fragilidad del poeta, de su ámbito de desamparo, sino de la entereza de un exterior indiferente a nuestras variaciones neuróticas. Lejos de la tribu cultural, autosatisfecha y alimentada de intertextualidad –bonito nombre para la endogamia narcisista– Astón se limita a dejar que el vértigo de la piedra hable.
No olvidemos que un buen caminante no deja huellas: sus marcas son tan leves que se confunden con las anfractuosidades de un camino. Para el viajero que ha partido con la obsesión de no ser el mismo a la vuelta, quizá se trata incluso de ser huella, de ser hollado por esa travesía que nos reta. Mientras camina, tal humano se transfigura, labrado por la multitud del corazón que nos puebla. Incluso su virilidad puede ser –así ocurre también en su desconocido poemario Un son de sombra– sólo un rodeo, un instrumento de la placenta femenina donde todo, también hombres y bestias, se mezcla. Tanto si el tema es una pasión sexual o el ave rapaz que desciende, este hombre vive volcado en las marcas de la geología, de la botánica y la zoología. ¿Se da entonces una escucha que anula el supremacismo urbano del cerebro para poner el resto del corazón –el corazón como resto– pegado al oído de lo que podrían decir las cosas? Lo que podrían decir, si pudieran querer algo distinto a volver a una inmediatez recobrada que es en realidad el verbo de cada ser mortal.
Al subir y bajar el Moncayo el diálogo constante con los seres que no tienen nada que decir, salvo su perpetuo tránsito, insiste en que no hay ningún mensaje que emitir, ninguna dirección que tomar. Sólo pasar. La poesía es la única disciplina que está siempre al borde de lo banal pues su tarea es proclamar lo que ya había, el constante érase una vez de un inicio. De ahí este Babel despreocupado, nombrando sólo para que los seres nos recuerden qué somos en esta percepción invasiva e inesperada.
Sólo soy dueño de mí cuando estoy desprevenido, musita el filósofo. En una intimidad casi franciscana con hojas, lajas y arroyos, lejos en principio de cualquier candidez, la ascensión al Moncayo permite recuperar cierta inocencia, la de una escisión demoníaca que al fin vuelve a la pueril fluidez de un entorno. Como si Lucifer, la espalda de Dios, se reconciliase por un momento con el signo del bien, que entonces es solamente un día cualquiera con su noche dentro, en un amanecer que se prolonga. Ni que decir tiene que esto es lo contrario de nuestros parques temáticos, donde el comentario ininterrumpido de los turistas no deja hablar a las cosas.
IV
Sin necesidad de cabeza parlante, el habla paciente de las eras labra otra vez la geología, una tierra libre de las pesadas leyes en la que hemos querido enjaularla. Estamos ante una poesía descaradamente analfabeta (Bergamín) que no piensa en la poesía, menos aún en la literatura, ni ha nacido de un culto intercambio viajero. Su entera letra vive entregada a la rotundidad de lo que hay que decir, escuchando a las lajas solas y a las bestias que descienden. Es, por decirlo así, como si una bonanza viniera de sacrificar el consagrado Yo a un largo latir de piedra. Es el fin de cualquier antropocentrismo, con el hombre –pastor de vitalidades escondidas– vuelto al fin a lo que es. ¿Sirviendo de puente para que los seres se expresen? Pero no porque ellos necesiten de la humanidad, más bien porque esta necesita de aquéllos.
Con El monte estamos ante una épica de lo inanimado. Renacemos con la tempestad, en los muladares de la luz, en sus desatadas cimas. Y a través de un hombre dispuesto a servir al absoluto sensible. Lejos de toda causa, también literaria, y a solas con la caducidad incorruptible de lo que existe. Se trata acaso de un hombre en estado de gracia por vaciamiento, por kénosis. Fuentes frías y silencio bienaventurado. El poeta puede entonces hacer lo que quiere, se permite cualquier licencia y todo le sale bien. En predios de cierzo y nieve se atiene a revivir el espíritu de la geografía, su remota y descomunal inhumanidad.
Antes de un inevitable descenso, late en esta ascensión otro espectro, no siempre confesable. El de lograr una lascivia tan intensa que ya no necesite penetrar nada. A la espera, se trata más bien de dejarse penetrar, como si el significado viniera de abandonarse al entorno con una impaciencia filtrada. Atendiendo a su sobresalto remoto, encarnado en el silencio de esos riscos, el Moncayo está desatendido porque hoy la pura y simple eternidad de lo mortal ha de disfrazarse –turística o poéticamente– ante lo social, pasando a ser clandestina. Seres de ojos y oídos tardíos, nosotros no soportamos la duración. Nos salva entonces la precariedad, un perpetuo cambio de frecuencia que corta una continuidad que nos aterra, pues nos obligaría a ser fieles, de una pieza. Además de librarnos de cualquier compromiso, tal precariedad permite quejarse el día entero. Lo que nos salva, en esta primera línea de una España vacía que reside ante todo en las grandes ciudades, es la banal mitología de la diversidad.
V
Estamos pues ante la clandestinidad de un clásico, difícilmente visible en este burdel gigantesco de sonrisas inclusivas. Este hombre es casi inaudible, de manera similar a los helechos de cualquier senda perdida: Las estrellas se tornarán aldeas/ La sed del cielo, territorio. ¿Quién puede habitar hoy el alma de esta geografía? ¿Quién se atreve a no sentirla vacía? Y sin embargo, así es la geografía, una hermandad de lo sagrado y lo profano que nos sobrepasa, infinitamente lejos de nuestra cómoda liturgia, cultural o universitaria. Callada catástrofe que se desarrolla en eras inadvertidas, la geografía es el espíritu, el alma del mundo. Y esto es un gran problema para la furia nihilista de nuestra religión social. No sólo un problema, también es un irritante cisma comunitario –para el protestantismo laico triunfante– que los lugares estén habitados por mil espectros. La tierra, sus plantas, sus bestias y sus pueblos, han ser un espanto para que el totalitarismo liberal se pueda elevar a altar de la religión verdadera.
A decir verdad, Astón labra también su bienaventuranza cerca de una cólera continuamente modulada. Contrariados por la estupidez del mundo, a algunos poetas sólo les queda esconderse y andar, escribir, trabajar sin descanso. Sólo entremedias pueden salir al demonio social, con una especie de humor negro invulnerable que nos ha legado esa anterior y clandestina labor de minería. Es posible que el lector no pueda evitar, junto a cierto éxtasis, un inmenso rencor al leer estas páginas. Kárel Astón nos propone aceptar la caridad de las cosas, la limosna de realidad que le donan a esta estirpe flotante que somos. Esa es tal vez la paradójica salvación que promete este largo latir: que empuñemos, con una entonación sobria, nuestra inanimada condición. Estamos ante un misticismo, claro, pero nadie hasta ahora ha demostrado que la mística no sea exactamente –de ahí nuestra fascinación y nuestro rechazo– la ciencia asombrosa de lo que es, ahí.
Como si no hubiera en esta tierra más que habitar, regresando una y otra vez desde nuestro retiro al ardor de donde partimos. Y esto para que la palabra brote, en ese descenso que asciende, como el haz que surge tras una confusión primordial. Se nos dona así una insólita cultura terrenal, poco menos que agropecuaria: canchales, cielos que se achatan, complejidades de tormenta. Altos neveros, torrentes, improntas de cierzo. Más un saber antiguo de venados castellanos: Huellas rápidas de sarrio,/ Ráfagas atropelladas sobre el blanco: haces de luz brotando del umbral de lo vivo. Esto no es cultura, a decir verdad, ni siquiera cultura antropológica, sino más bien el solo habitar dejado al fin sonar; al desnudo, helando de belleza nuestras mentes en coma, climatizadas.
VI
Estar por completo con los pies en el suelo y al tiempo, en sociedad, poder perderse en el aire. La figura enjuta del poeta proviene de un malestar congénito. Astón se consume por dentro en este mundo interpretado, ahíto de tamaños y cobertura. De ahí la ternura con las bestias, su arisca altivez ocasional con los hombres. Es cierto que, lejos del holocausto que es hoy vivir, la manada de los urbanitas tiene las manos limpias. Aunque el precio es no tener manos. A leguas de este puritanismo urbano cargado con ínfulas hedonistas, en Kárel Astón todo es manual. Primeramente lo más metafísico, que siempre está pasado por el filtro de una bendita fatalidad corporal. Desde ahí, a veces demacrado por amores no correspondidos, se pueden idolatrar incluso damas de otro planeta. No encontraremos ninguna vergüenza en tal descenso. Más bien el deseo cuasi evangélico de no poseer nada. Con una extraña pureza híbrida, la idea es mantenerse a distancia de la gente con una especie de cortesía anarquista. Y un poco solo siempre, habitando un fúlgido abismo de aldeas, estrellas y nieve.
A fuerza de atención, se puede incluso simular torpeza con el mayor virtuosismo. De pronto el deber del poeta es el arraigo en un lugar invisible, la obediencia a una escucha. Tan moderna, que la manida emancipación que encanta a los progres sólo sería aquí una obsesión elitista. Lejos de ella, todo en este libro es relación, arraigo, metamorfosis. No existen en él los seres autógenos: sólo conspiraciones incansables y formas sumergidas de participar. El entorno y la lengua natal deben incluso permitir que lo que llamamos contexto y lenguaje puedan ser olvidados para volcar la capacidad de amar, hoy algo dañada, en seres y cosas a las que nadie más presta atención. Desnudas ramas/ a cualquier viento: Lo vivo persevera, se agarra a la piedra. La forma en que Kárel Astón reconoce un alma a cualquier esquina es mediante un acto de completa sumisión, señalando otra vez que los sentimientos más profundos se muestran en nimiedades.
Y en un tacto constante del ojo, palpando corazones a distancia de águila. El cansancio nos hace porosos, decía Handke, sensibles a la epopeya secreta de los seres. De ahí este inmenso clamor confidencial, un gran silencio de montaña y yermo, de conciencia despertada. Lajas, sabinas y sarrios podrían parecer solos, aislados. Bien pronto se advierte en ellos cómo a su través pasa un tiempo, un viento que los convierte en órganos de los montes. Con una escucha a ras de hierba, pegada a los vericuetos de una senda, se abre entonces una plenitud donde monte y ojo son uno. Mi corazón respira donde el abeto no alcanza: caídos en un mundo más alto, la palabra se ajusta a la intrincada simplicidad de lo viviente.
Adviene así la hermandad profunda que la distancia tensa. El poeta busca instintivamente la desprotección para acoger a los seres abandonados de una geología que, en silencio, reúne materias y leyendas. Los seres que palpitan lejos de nosotros nos curan con el beneficio de un tránsito secreto. Tanto o más que cualquier formación especializada, esas contingencias leves de un camino contribuyen a formarnos. La memoria sorda de lo trágico se reconcilia entonces con el lujo, la comedia mortal de un paisaje agreste. El poeta dona otro tipo de felicidad, más bien anómala, con la ligereza que brota de una amistad con lo desconocido sin amigos. Todo es reencontrado desde su propia umbría, en una pobreza que no necesita nada. Ni siquiera la alegría de saberse a sí misma.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 6 de febrero de 2026
PORNORMALIDAD: Exposición y debate
Video grabado el 22/11/2025.
Podéis ver el debate a partir del minuto 38.
Sobre el amor que desciende. Antonio Montalvo
Nada poseemos en el mundo –porque el azar puede quitárnoslo todo-, salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea destruir. No hay en absoluto ningún acto libre que nos esté permitido, salvo el de la destrucción del yo.
SIMONE WEIL
NO habrá ocasión ninguna de morir.
Punto final no cabe en el comienzo.
Luz muy viva del alba brotando de lo vivo,
la muerte es nacimiento.
Una madre te mece en sus brazos y canta,
mientras sollozan los que te quisieron.
ELOY SÁNCHEZ ROSILLO
El Descendimiento: la sombra de la luz
Hay un momento en la historia de las imágenes en que el cuerpo de Cristo ya no asciende ni se eleva, sino que cae. No desciende en gloria, sino en peso. El Barroco, con su cruda teatralidad y su estremecimiento de lo visible, supo leer en ese gesto el corazón mismo de la fe cristiana: la paradoja de un Dios que muere, y que en la derrota corporal revela la hondura de su divinidad. En las manos de Rubens y Rembrandt, el Descendimiento se convierte en un espejo donde la materia y la luz, la carne y la gracia, se buscan con una ternura trágica.
Rubens, en su Descendimiento de la Cruz (1612–1614), pinta un cuerpo de miel y mármol. La luz se derrama sobre la piel de Cristo con la díscola coseidad del óleo, y esa luminosidad no es sólo técnica: es un modo de decir que el resplandor de lo divino no se apaga ni siquiera en la noche de la muerte. Todo el cuadro es una coreografía de brazos que sostienen, que recogen, que temen dejar caer. Hay en esas figuras —la Virgen, Juan, las mujeres, los hombres que bajan el cuerpo desde la cruz— una reverencia sin triunfalismo, una compasión que es casi física. El cuadro vibra entre el peso de la carne y la ligereza de la luz: es la liturgia de un descenso.
Rembrandt, más tarde, despojará la escena de ese esplendor flamenco. En su Descendimiento de la Cruz (1633), la sombra se hace teología. Cristo es presentado aquí como una llama temblorosa y débil en medio de la noche; su cuerpo, iluminado por una linterna, parece emerger del barro de los hombres. Rembrandt no pinta el milagro sino la humanidad: la fatiga de los que cargan, el desconcierto de los que miran, la indefensión de un Dios que ya no tiene nada que ofrecer salvo su entrega. El claroscuro se convierte en lenguaje de la gracia: allí donde la luz toca la oscuridad, nace la posibilidad de la esperanza.Cabría recordar en este punto la importancia que Simon Schama da al tema del ciego en la obra de Rembrandt, tan frecuente. Privado de sus ojos, el ciego comprende mejor a veces a los seres humanos que quienes ven, pues en él la luz vive en la oscuridad.
Ambos pintores —tan similares y tan distintos— parecen mirar el mismo misterio desde dos costados del alma: Rubens desde la exuberancia de la carne redimida; Rembrandt desde la sombra que se abre como una herida. En ambos, sin embargo, hay una comprensión profunda del barroco como temblor: cuando la razón y la fe se miran mutuamente, conscientes de que la una no puede disolver del todo a la otra. El Descendimiento es, en este sentido, un acto filosófico. Porque si el Renacimiento había hecho de Cristo el símbolo de la medida y la armonía, el Barroco hace de su cuerpo abatido el signo de la desmesura del amor. El Dios que muere no es un mito que se repite, sino una pregunta que se renueva: ¿qué significa que el Infinito acepte la finitud?
En la teología, el descenso del cuerpo muerto ha sido leído como el punto donde la encarnación se cumple por entero. “Descendió a los infiernos”, dice el Credo: no a un lugar geográfico, sino a lo más hondo de la condición humana. El barroco traduce ese abismo en materia pictórica. La tela, la sangre, la madera, el sudario: todo lo que pesa, todo lo que duele, se vuelve signo de redención. Es la inversión del mito: no hay ascenso sin caída, ni gloria sin noche. Y así, la pintura barroca se convierte en una forma de teología visual. No se trata de ilustrar la fe, sino de pensarla con el color y la forma.
Tal vez por eso el Descendimiento ha resonado tanto también en la literatura. En el Cristo de Velázquez de Unamuno, o en algunos relatos de José Jiménez Lozano, aparece esa misma intuición: que el misterio cristiano no es tanto el del poder divino como el del consentimiento humano. Cristo baja porque el amor no puede quedarse arriba. Y en esa bajada, el hombre —tan acostumbrado a buscar el ascenso, el brillo, la notoriedad— descubre su verdad. Solo quien desciende conoce la altura, podría decirse. El Barroco intuye que el alma no se eleva huyendo del mundo, sino atravesándolo.No olvidemos que, desde la antigüedad, el relato religioso y mitológico viene atravesado por una caída desde cierto estado de gracia.
Rembrandt, que pintó su propia cara en tantos rostros de viejos y mendigos, comprendió que el rostro de Cristo no puede estar lejos de los hombres.Rembrandt elegirá no divinizar lo humano, sino humanizar lo divino, representando los personajes míticos, históricos o religiosos como criaturas descubiertas en la vida diaria.
En su Descendimiento, el cuerpo de Jesús parece tener el color de la tierra; su piel, el tono de las manos que lo sostienen. No hay distancia entre lo divino y lo humano, sino una mezcla. Y esa mezcla es la verdad del barroco: un arte que no teme la confusión, porque sabe que en ella prende la vida. Rubens, con la exuberancia de su esplendor corporal, y Rembrandt, con su silencio sombrío y templado, dicen lo mismo: que la divinidad solo se deja ver cuando se hace vulnerable.
Desde una mirada filosófica, el Descendimiento puede pensarse como la imagen del límite. Si el mundo moderno se funda en la afirmación de la voluntad y el progreso, el Barroco —con su conciencia de la fragilidad— propone otro paradigma: el del límite aceptado, el de la finitud reconciliada con el misterio. En el cuerpo descendido no hay fracaso, sino cumplimiento. Por eso las figuras que lo rodean —María, los discípulos— no muestran desesperación, sino una especie de silencio recién adquirido, como si acabasen de comprender que el dolor también puede ser un lugar de conocimiento. Kierkegaard, que tanto meditó sobre el “Dios sufriente”, hubiera reconocido en esas telas la forma estética de su temor y temblor.
El Descendimiento es, en el fondo, la metáfora más exacta del Barroco como época: un tiempo suspendido entre el cielo y la tierra, entre la teología y la carne, entre la razón y el asombro. Cuando Rubens pinta el cuerpo que desciende, no muestra solo un episodio evangélico, sino una imagen universal: la del hombre que, cargando el peso de otro, descubre el sentido de su propia existencia. Y cuando Rembrandt ilumina ese cuerpo con su lámpara interior, está diciendo que toda luz verdadera nace del fondo de la sombra.
Mirar hoy esos cuadros no es un ejercicio de erudición, sino de memoria espiritual. En un mundo que huye del límite y del dolor, el Descendimiento sigue siendo una lección de humanidad. Nos recuerda que el amor no siempre asciende: a veces se inclina, se arrodilla, se ensucia las manos. Y que quizá la verdadera trascendencia no está en huir del cuerpo, sino en aprender a sostenerlo —como aquellos hombres que, con infinita delicadeza, bajan al Cristo de la cruz, temiendo que su peso o su fragilidad les rompa las manos.
Porque en ese gesto —la mano que sostiene, la luz que roza, el silencio que comprende— el Barroco dejó escrito su credo: que la belleza no está en el triunfo, sino en el cuidado. Que el misterio de Dios no se contempla desde la altura, sino desde el suelo. Y que todo arte, cuando es verdadero, se parece un poco a ese Descendimiento: un intento de tocar lo infinito desde lo más humano.
El Descendimiento o la gravedad de Dios
Todo en el cristianismo gira alrededor de un movimiento: el descenso. No la ascensión del alma, sino la caída voluntaria del Verbo hacia la materia, hacia la noche del mundo. Cuando Rubens o Rembrandt pintan el Descendimiento de Cristo, no están narrando una escena; están contemplando la ley secreta del universo. En la fe, como en la física de la gracia, el movimiento de Dios es el de la gravedad inversa: no asciende, sino que se deja caer.
Rubens pinta el momento en que la luz toca el peso. El cuerpo de Cristo resbala entre manos humanas, como si el mismo cielo temiera romperse al tocar la tierra. La blancura del lienzo no es triunfo, sino abandono. Todo se inclina hacia abajo: las líneas, los cuerpos, la mirada. No hay ascensión posible hasta que lo más alto haya descendido del todo. La belleza misma obedece aquí a la ley de la entrega: se sostiene en tanto cae.
Rembrandt lleva ese misterio a su extremo más puro. La luz no viene de fuera, sino de dentro. Es una lámpara que tiembla en el corazón de la oscuridad. Cristo, envuelto en sombra, parece una chispa que se extingue y, sin embargo, todo el cuadro respira una ternura sin medida. La compasión es lo que sostiene la materia. El dolor ya no es un obstáculo para la gracia: es su condición. Rembrandt comprendió que el alma no asciende hacia Dios, sino que Dios desciende hacia el alma.
El Descendimiento es el instante en que el universo se invierte. Lo que el mundo llama derrota, la fe lo reconoce como cumplimiento. En la teología se nombra kenosis: el vaciamiento de Dios, su renuncia al poder. Weil escribió que “Dios sólo puede estar presente en la creación bajo la forma de ausencia”. En el cuerpo descendido esa ausencia se hace visible. La carne inerte, la gravedad que arrastra, el silencio que sigue al grito: todo eso no es el abandono de Dios, sino su modo de permanecer. La omnipotencia se disfraza de impotencia para no violentar la libertad del hombre.
Rubens y Rembrandt, cada uno a su modo, pintaron esta renuncia. Rubens con la plenitud del color, que no glorifica sino que sostiene; Rembrandt con la pobreza del claroscuro, donde el oro se disuelve en tierra. En ambos, la luz ya no es símbolo de triunfo, sino de compasión. Porque amar, cuando todo ha caído, es lo más alto a lo que puede aspirar el espíritu.
El Descendimiento no es sólo un episodio evangélico: es una imagen ontológica. En él se revela que el movimiento esencial del ser no es el ascenso, sino la entrega. Todo lo vivo tiende hacia abajo: hacia la raíz, hacia la materia, hacia la necesidad. En la cruz, Dios asume esa ley de la gravedad; en el descenso, la transforma. La fuerza del universo ya no es la expansión, sino la humildad. “Si alguien quiere ser el mayor, que se haga el menor”. En esa frase —tan sencilla y tan imposible— se resume toda la física espiritual del cristianismo.
Hay en esta escena una lección para el pensamiento. La filosofía moderna, desde Descartes, ha soñado con la elevación del yo: la razón como torre, la conciencia como altura. El Barroco, en cambio, con sus cuerpos que se curvan y sus luces que caen, sabe que la verdad no se conquista; se recibe. Y recibir exige descender, hacerse hueco. El alma sólo puede ser tocada por la gracia cuando cesa de afirmarse. La gravedad de la materia y la humildad del espíritu son dos nombres de la misma necesidad.
Por eso el Descendimiento no es sólo dolor: es obediencia. En el rostro de los que sostienen el cuerpo muerto hay una sabiduría silenciosa. No levantan, no reclaman; simplemente acompañan el peso. Weil habría visto en ellos la imagen de la atención pura: esa disposición del alma que no busca poseer, sino dejar ser. La atención es la forma humana de la gracia. Los hombres que bajan al Cristo son atentos: nada quieren, nada esperan, sólo sostienen.
Rembrandt, que conoció la pérdida y la ruina, comprendió esta verdad con un realismo sin consuelo. Su Cristo es pobre porque sólo el pobre puede ser imagen de Dios. La carne del Verbo no es un símbolo, sino una necesidad: Dios debía hacerse materia para redimir la materia. Descender significa asumir el límite, no como castigo, sino como condición de la plenitud. En el fondo, el Descendimiento es la parábola del mundo: todo lo creado es una caída que, si se acepta, se convierte en gracia.
Quizá por eso esta escena sigue siendo actual. El mundo moderno vive en la exaltación del ascenso: progreso, expansión, dominio. Pero el alma humana sigue necesitando el descenso: el silencio, la entrega, la vulnerabilidad. Sólo en la caída se revela la verdad de lo que somos. El cuerpo de Cristo bajado de la cruz no es una ruina: es el lugar donde el amor toca la necesidad y la transforma sin destruirla. Weil lo habría dicho así: “Lo que desciende es lo que salva”.
Mirar hoy un Descendimiento es aceptar que la luz no está arriba, sino abajo; que lo sagrado no se alza, sino que se inclina. La fe comienza cuando uno deja de buscar a Dios en su Gloria y lo reconoce en el peso del cuerpo que hay que sostener. Todo lo demás —el arte, la filosofía, la historia— no es más que un eco de ese gesto.



