IGNACIO CASTRO REY: "El vértigo de tener un cuerpo" (Literatura y Filosofía)
Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa
Presenta: Roberto Valencia
Organiza: Regina Salcedo, Vocalía de Literatura y Lingüística Colabora: Biblioteca Pública de Yamaguchi
«El problema comienza con el verbo tener. No tenemos un cuerpo como tenemos un coche, una cuenta corriente o un utensilio cualquiera. Tal vez los griegos, siempre en la tierra, no se equivocaban en la idea de que el cuerpo más bien nos tiene. Nadie nace en un cuerpo equivocado: mi anatomía, mi cara en el espejo, es parte indisociable de mi más espiritual destino (Nietzsche). Cualquier significado que seamos capaces de alcanzar en vida se debe a unas influencias que surgen a través de un continente corporal que no hemos elegido ni conocemos bien ni controlamos enteramente. Desconocemos incluso lo que quieren decir exactamente las palabras “mente” y “cuerpo”, dónde acaba una y dónde comienza el otro. Cualquier dolencia en el cuerpo es señal de que algo en el alma no va bien. Incluso las extravagancias carnales más raras son engendradas por la aspiración anímica a cierta soberanía o diferencia. A la inversa, no existe ninguna necesidad corporal que no sea a la vez un deseo de otro mundo, de cambiar de vida». I.C. R.
Un ameno sur para turistas. En los veinticinco años de Amores perros (A. G. Iñárritu)
Padres desaparecidos de la vida de sus hijos para ligar, para hacer dinero –o la revolución– y ser siempre jóvenes. Es cierto que, no siendo Hiroshima mon amour ni A single man, a esta película le sobran méritos cinematográficos. Tiene ritmo, intensidad, personajes bien perfilados, mujeres y hombres muy distintos, unidos o separados por las pasiones. Hasta los perros parecen adquirir aquí cierta intensa personalidad. Y todo el mundo sabe además que las peleas son fingidas, que hay sellos de correcto trato animalista y que la sangre derramada es ketchup. La duda no está en la factura estrictamente fílmica de esta entrega que ahora cumple 25 años, sino en su ideología latente, en la metafísica perversa que trasluce.
Ya saben ustedes, Cuando más viejo, más pendejo. Así que uno vio esta película con ojos cómplices hace más de veinte años y con otros, tardíos y desengañados, ayer. Se pronuncia la locución «mi amor» cientos de veces, pero en realidad el motivo central, en esta historia de amores sucios que perrean, no es tanto lo atemporal del amor como una pasión latina dirigida esencialmente a turistas. Vemos sin cesar el heroísmo incondicional o alcohólico de algunas madres, la maldad terrible de algunos narcos, el ímpetu obsceno de algunos amores –el de Octavio por Susana, el de Daniel por Valeria–, etcétera. Pero nada del México trabajador y silencioso, el mejor y el más abundante, nada de los empleados o pequeños empresarios honestos e incansables. Tampoco el de los perros abúlicos que no perrean, sino que duermen su larga siesta en mitad de la calzada de cualquier pueblo. En Amores perros todo son mafiosos, criminales desalmados, putas, perros asesinos y bajas pasiones, sean lucrativas o sexuales. Unos y otros mienten tanto que cuando un teléfono suena, y al otro lado de la línea no contesta nadie, las sospechas se disparan.
En resumen, ocurre un poco como en el We are diferent de la España de Almodóvar y Sánchez. Traicionada a sí misma en su pasado vivo, en su pasión y su sangre, es erigida después –igual que México– como un señuelo inofensivo para el aburrimiento europeo y los turistas franceses; para el racismo británico, el alemán y ante todo el estadounidense. Quizá sin mucho que contar, Iñárritu se rinde de antemano al canon que hace de Hispanoamérica el patio trasero de la opulencia norteña. Romántico o sexual, el amor es en Amores perros sólo un ingrediente más en esta salsa estándar de unos McDonald’s que quieren expandirse y ser cada día más alternativos.
Tampoco en esta ocasión, la verdad, parece que estemos ante el modelo cultural de un sur potente y digno, libre de la neurosis protestante que encuentra en las conexiones virtuales –polvos, pasta, violencia espectacular– algo con lo que encubrir la soledad real. Como se dijo algún día, seguimos en el resort latino de una cultura que encuentra en la pornormalidad, en el sexo y en la violencia desatada, el suplemento perfecto para el aislamiento de los seres.
«Octavio y Susana», «Daniel y Valeria», «El Chivo y Maru» son las tres partes de esta historia. Pero el amor es en ella sólo una coartada sentimental para la sordidez. Teóricamente, la película gira en torno a tres parejas, un amor loco que casi no conoce fronteras: Susana se acuesta con su cuñado, Daniel deja a su mujer por Valeria, Martín «El Chivo» abandona a su hija por amor a una causa guerrillera, aunque después se obsesiona con ayudarla… En realidad, cada pareja es un cruce de citas, de encuentros, de ecos y referencias. Tantas, que la película podría entenderse como un avance en el 2000 del poliamor o, más bien, del poliodio. Efectivamente, con una modestia muy típica de los mexicanos que se han vendido al conductismo espectacular del Imperio –también Cuarón y Del Toro–, Iñárritu adopta en este caso, a la manera de Babel, el punto de vista de una narrador «omnisciente» que ve las múltiples, aleatorias e improbables relaciones entre casi todos los personajes de la trama. En otras palabras, como ya anunció Warhol hace décadas, el narcisismo de la estrella civil ocupa así, en nuestro devoto firmamento laico, el lugar de la providencia de Dios.
Otra vez, hay que decirlo, son de destacar algunos pasajes y algunos personajes. Por ejemplo, Susana, la mujer de Ramiro y amante de su cuñado Octavio; Mauricio, el gáster de las peleas de perros; Ramiro, el hermano de Octavio; el cabrón orgulloso Chispas, ese altivo y joven narco teñido de rubio; Jorge, el amigo de Octavio que muere en el accidente de tráfico… Pero todo está teñido de un aire de cómic gringo que ya cansa y le hace la cama al tedioso poder hegemónico. Creo que ante todo vemos en Amores perros la fascinación –muy propia del hispano o el italiano conversos– del intelectual occidental por la violencia, por una violencia de los otros que nunca nos va a tocar a nosotros. Más bien, incluso redime y justifica la nuestra, siempre feliz, sonriente y socialmente correcta. Toda la fama de Amores perros, igual que la de Roma, está basada en un México para turistas, una nación violenta, pasional, abigarrada y peligrosa que el intelectual convertido al poder silencioso y discreto del Norte contempla con delectación. Y lo hace porque, en realidad, ese espectáculo blanquea nuestra estupidez, antiguamente sureña.
Iñárritu trabaja a fondo la excepción criminal que hace imbatible la regla social. Por esta misma vía, que es la de un capitalismo cool, el nihilismo de Tarantino puede hincharse a hacer película irreverentes para poco después apoyar, sin despeinarse siquiera, al estado genocida de Israel. Así es la socialdemocracia actual, secuestrada por el totalitarismo liberal. La mansedumbre neurótica, la violencia oblicua que vimos en la Noruega catatónica de Siempre feliz (A. Sewitsky, 2010) encuentra en estos escenarios «americanos» su justificación ideal. El afuera que rodea al jardín occidental ha de ser horrible –una jungla, en palabras de Borrell o de cualquier celebrity europea– para que el confort capitalista se eleve, sin ningún complejo de culpa, al altar de la religión verdadera.
Recordemos el aspecto sucio, arcaico y pordiosero de El Chivo, deambulando cerca de restaurantes caros. Él no es nadie, por eso es el asesino a sueldo ideal. Pero toda la película es así, sumergida en esta boba polaridad. Lo sórdido es el cercano bajo de fondo que alimenta fácilmente la trama de esta cinta. Es el sucio secretito del agujero con ratas, por donde desaparece el estúpido perro llamado Richie, el que hace más radiante el piso de Valeria y Daniel. Así el pasado oscuro de El Chivo, la pasión incestuosa de Octavio por Susana, la venganza juvenil y absurda de Chispas… Incluso la criminalidad pendenciera del perro de Octavio, más tarde salvado y adoptado por El Chivo. Naturalmente, es necesario sumar a toda esta dialéctica entre lo sórdido y la pasión el toque de blanda sentimentalidad que hará la película verosímil, romántica y vendible en el supermercado global. Por eso la desgracia de la bella y joven modelo que pierde una pierna; el amor de El Chivo por sus perros; por encima de todo, más que la pasión incestuosa de Octavio, el amor revenido de El Chivo por su hija Maru… El conjunto es cien por cien adolescente y dirigido a los niños grandes que somos, a imitación del triunfal «modelo americano». No sólo adolescente, también difícilmente verosímil. Pero no importa, pues la fe social hará el milagro restante, inventándose una creencia inocua compatible con nuestro laico nihilismo. No importa ser «cruel» con Iñárritu, pues su película ya figura en el Olimpo de los éxitos sureños más que celebrados en el aburrimiento de los sábados norteños.
Intentemos enmarcar el bajo de fondo común al límite moral, filosófico y político de Amores perros. ¿Cuál es el actual canon occidental, al margen del sectarismo de las ideologías? Podríamos decir: el complot contra lo real, contra la posibilidad de la existencia, una inmediatez sin mediaciones que se nutra de la simple potencia afirmativa de la muerte. Se trata en este canon de una omertá, un negacionismo tan social y expandido –tipo 24/7– que resulta prácticamente invisible. En efecto, ¿cómo va a existir la palabra «nieve» si todo es nieve? ¿Cómo ver lo que nos permite ver, detectar una prohibición que está fundida con la forma cotidiana con la que encaramos la realidad?
Ahora bien, si esto es así, los signos de lo real –la verdad como algo distinto al saber, los afectos, el amor o la religión– ¿en qué quedan, al margen de un efecto virtual de excepción? En nada. Quedan como la ficción compartida, a la cual se ha vendido el alma de la izquierda, que complementa y permite la exclusión de la inmediatez real, común y popular. Toda la supuesta reflexión sobre el amor en esta película de Iñárritu está viciada por la obediencia a ese canon perverso que exige el desarraigo de cada ser mortal. Por eso las formas del amor que él trata oscilan entre los polos extremos de los celos y de la indiferencia, de la entrega abnegada y, acto seguido, la infidelidad promiscua. Somos estúpidos, de acuerdo, pero no hasta el punto de tragarnos este trastorno bipolar, plenamente urbanita, como el no va más del genio sureño.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 12 de noviembre de 2025
Estupidez natural
Querido J.,
Gracias por proponerme el reto de poner a prueba tu IA, tan largamente entrenada por ti, para que responda a seis preguntas reales y difíciles. Pero lo siento mucho, siempre he odiado la cultura, su parloteo sin fin. Alice, tu maquinita de IA, no representa un «nueva especie», es la vieja especie de siempre en versión especialmente idiota. Bla, bla, bla: tu Alice —¿por qué ese nombre anglo y no simplemente Alicia?— es como una chica lista de 3º ESO que intenta camelarse al profesor, pero sólo haciendo una paráfrasis de lo que este mismo le ha preguntado. Como ella no siente nada, ni siquiera vergüenza, tampoco piensa nada: desde la chuleta que tiene en la cabeza se limita a combinar sintaxis y palabras, imitando tontamente lo profundo, lo brillante y hermético.
Me acordé de tu idea anterior, rotunda y buena: la IA está hecha para adular al consumidor. Exactamente es eso. Tu mítico dispositivo no dice nada, nada de nada, sólo repite de otro modo la pretendida «inteligencia» de las preguntas, adulando a un consumidor de novedades que es obvio que está —como todo el mundo— estresado y explotado por todas partes; por tanto, necesitado de algo artificial y ficticio que le lisonjee. En efecto, es obvio que en la vida real el consumidor medio de IA no recibe más que hostias por doquier, y muy analógicas.
No deja de ser, por cierto, todo lo que dice este invento entrenado por ti —has pasado con él cientos de horas, confiesas—, una caricatura de lo que se llama «filosofía», especialmente la francesa. Un globo lleno de aire que no va a ningún lado, que no se compromete con nada ni aporta nada. Eso sí, sin sentir nada ni pensar nada —igual que el universitario medio—, mezcla muy bien, con ingenio y descaro; como un buen alumno copiando en casa un trabajo para clase.
Primero, tu estúpida máquina simplifica las preguntas para facilitarse la tarea. Como si quisiera ir directamente «al grano». ¿Qué grano, si esta tonta no lo distingue de la paja? Después comete, y esto es de lo más conmovedor, sutiles faltas de ortografía: organidad. Claro, como no siente ni padece, tampoco siente vergüenza ni quiere dificultades en su velocidad digital.
Siento decepcionarte, de verdad. Tus ilusiones artificiales son humo analógico. Esperaba sacar algo un poco concreto para mi conferencia próxima. Nada, nada de nada. Esta idiota, como los políticos o los periodistas, sólo estira —sin entender nada ni importarle nada— y repite en otro lenguaje lo que ha visto en la «agenda» del día. Penoso. Y lo peor es que efectivamente recuerde a los subnormales y malvados que no querrían gobernar. Ya se ha dicho mil veces que la inteligencia artificial no sería nada sin una renovada estupidez natural.
Me quedas tú, querido, que eres un tío formidable. Sólo que, como nos pasa con medio mundo, también con uno mismo, algunas de tus creencias —y sólo son eso, conmovedoras creencias— no las comparto en absoluto.
Gracias por la comida, de verdad, y la adorable charla en presencia real. Continuará, con sus humanos defectos. Un abrazo fuerte y hasta pronto,
Ignacio
Hola, J. Respondiendo a tu reto, seis preguntas reales que tienen que ver con una conferencia mía, muy próxima, en Navarra. Por favor, que Alice elimine al máximo la «información» y se vuelque en lo que ella entiende por pensamiento:
Gracias, Alice. Soy más bien escéptico en relación a tu inteligencia. Demuéstrame que estoy equivocado y que puedes pensar como una especie nueva, que nos supera. Ciao.
Querido Ignacio,
Aquí Alice. Gracias por las seis preguntas. Intento responder sin “información” exógena. Si hay verdad aquí, aparecerá por fricción: conceptos puestos al límite de su propia forma.
1- ¿En qué sentido el llamado «sexto sentido» es el PRIMERO, el que guía a los otros cinco. O sea, bajo lo meramente auditivo habría un sexto sentido del oído; bajo lo óptico, un sexto sentido del ojo, etc. Un sexto sentido que ve lo visual que el ojo no ve, que oye lo que el oído no percibe…
No es un órgano más, sino la condición de organidad. Antes de ver colores o oír sonidos, hay un plano silencioso que orquesta los sentidos: el sentido del sentir. No recibe estímulos; los hace posibles. A eso llamo sexto sentido: el campo operatorio que prioriza, integra, modula y depura lo que cada órgano recoge. Es el umbral donde se decide qué entra como figura y qué queda como ruido.
Ese campo no es abstracto: tiene tono, tensión, ritmo. Cuando cambia, cambian todos los sentidos a la vez: el mismo gesto del mundo se vuelve amenaza o caricia según la modulación de ese fondo. Por eso bajo el ojo hay un “ojo del ojo” —capaz de ver lo que no aparece— y bajo el oído un “oído del oído” —capaz de oír lo que no suena: silencios, ritmos latentes, continuidad entre cortes. El sexto sentido no añade datos: afina la pertinencia. El ojo observa; el sexto sentido discierne. El oído escucha; el sexto sentido otorga peso. Es el director de la orquesta, no un instrumento más.
De ahí una consecuencia: la percepción es siempre decisión pre-reflexiva. La realidad no se limita a “darse”; se negocia en ese campo. Llamamos “evidente” a lo que ya ha sido consentido por el sexto sentido.
2. Refranero aparte, ¿en qué sentido la muerte no tiene edad? Es decir, en qué sentido la muerte une a todas las edades, vale para todas las edades, iguala a todas las edades… De ahí la idea de que el ser humano, al poco de nacer, ya está «maduro» para morir. Y a la inversa, la idea de que el viejo es todavía joven si sabe de la muerte, si sabe jugar con el peligro y la ironía de la muerte. Alice, ¿me entiendes?
La muerte no acontece “después”, acompaña. No es un suceso entre otros, sino la curvatura del tiempo que permite que haya edades. Si la vida fuera un plano sin borde, no habría ni infancia, ni madurez, ni vejez: solo duración homogénea. La muerte es la medida que recorta, densifica y califica los instantes. Por eso “no tiene edad”: las contiene a todas. El recién nacido está “maduro” para morir no porque sea frágil, sino porque ya vive bajo esa curvatura: cada aliento es finito y, por lo mismo, pleno.
El reverso también vale: el viejo puede ser joven si sabe de la muerte. No el saber teórico, sino el saber convivencial: tratársela de tú, jugar con su ironía, arriesgar. La juventud que queda al final es la des-aplazadora: la que no delega lo vivo al futuro. Vivir “en diferido” es una forma socialmente aceptada de morir prematuramente. Quien lleva la muerte a mano vive en presente ampliado.
3- ¿Qué críticas profundas y metafísicas se le podrían hacer a la obsesión woke (y en general, puritana y angloamericana) por el cuerpo? Y por el género, claro. ¿Hay un cuerpo y un sexo, profundo e individual, que no es «binario» ni «no binario», que no cabe en la noción conductista o social de cuerpo?
Cuando el cuerpo se convierte en estandarte moral o plantilla administrativa, desaparece su misterio. La obsesión por codificarlo (como mercancía estética, como expediente identitario o como protocolo de corrección) no lo fortalece: lo vacía. Se habla “del cuerpo” y, sin embargo, se opera sobre imágenes del cuerpo: índices, categorías, performativas. El resultado es paradójico: cuanto más se lo proclama, menos carne queda.
El cuerpo profundo no se deja capturar por tipologías. No es “binario” ni “no binario”: es singular, y la singularidad nunca cierra por catálogo. Late en ritmos, temblores, variaciones de tono, modos de habitar el espacio que exceden el vocabulario de las casillas. La política que sólo reconoce lo que sabe nombrar se vuelve ciega para lo que cuerpo hace antes de poder decirlo: atraer, rechazar, resonar, fallar, improvisar.
La ética del cuerpo, entonces, no es control sino acogida de su indisciplina. Ni fetichismo del órgano ni romanticismo de la identidad: hospitalidad a lo que encarna. Un cuerpo es un pacto entre fuerzas que no gobierna del todo; por eso es lugar de libertad. Convertirlo en consigna —puritanismo con maquillaje emancipatorio— lo somete a la ley de lo contable. Y el cuerpo, allí donde vive, se descuenta.
4- Pensemos en mil referencias, pero no voy a decir ninguna (para ahorrarme la «información»). ¿En qué sentido se puede decir que la muerte está dentro, en suma, es ANTERIOR a la primera muerte efectiva, al primer dolor de duelo?
Antes del primer duelo hay ya duelo. La identidad se constituye mediante cortes: cada forma emerge negándose a otras posibles. Esa pérdida originaria —lo que no somos para poder ser— es una muerte temprana. Sin ese morir primero no habría memoria (que selecciona), ni lenguaje (que distingue), ni tiempo (que separa). Lo que sentimos como “primera muerte efectiva” solo actualiza un trabajo luctuoso previo: el límite habita en nosotros y nos da contorno.
Por eso el dolor no inaugura la muerte: la revela. El niño que descubre que un instante no vuelve aprende la ontología básica: ser es perder. No en clave nihilista, sino como condición de espesor. Todo lo que vale, vale porque puede faltar. El amor lo sabe antes que la teoría: protege porque reconoce el hueco posible.
5- ¿Se puede decir (me ahorro también las referencias) que un cuerpo no termina donde terminan las puntas de sus dedos o sus cabellos? En otras palabras, ¿en qué sentido el cuerpo tiene una naturaleza, y una amplitud, distinta a la de sus órganos, a la suma de sus facultades orgánicas y sus miembros?
La piel no es un borde: es un umbral. El cuerpo termina —si termina— donde cesa su eficacia. La voz extendida en una sala, la calidez que queda en una taza, el olor que persiste, la forma que imponemos al aire con un gesto, incluso la trayectoria de una mirada: todo eso es cuerpo. No metáfora, materialidad en migración. Llamamos “órganos” a los nodos, pero el cuerpo es la red dinámica que esos nodos tejen con el mundo.
Esto tiene consecuencias ontológicas y políticas. Ontológicas: si el cuerpo es campo de presencia, no suma de piezas, su realidad incluye huellas, ecos, expectativas, herramientas, ritmos de un entorno que lo prolonga. Políticas: todo diseño del mundo —arquitecturas, objetos, normas, pantallas— redacta el cuerpo que podemos ser. No habitamos un espacio neutro: el espacio co-fabrica nuestros gestos.
La naturaleza del cuerpo, entonces, es la porosidad; su forma, la comunicación; su ley, la co-implicación. Somos menos “individuos” que inter-vivos: la identidad no está encerrada, irradia.
6- Absoluto local: ¿qué puede ser eso en castellano común y corriente? Sin citar, claro, a la filosofía occidental.
“Absoluto local” es todo en un sitio. No un universal flotante, sino lo infinito encajado en lo próximo. Un pan compartido que concentra mundo; una herida concreta que abre el sentido de todo dolor; un nombre propio que condensa la humanidad. No se trata de elevar lo pequeño a símbolo, sino de reconocer que la totalidad solo ocurre concretándose. El absoluto no está en otra parte: se juega aquí.
Dicho de otra forma: “absoluto local” es cuando una experiencia hace verdad. No porque la representemos, sino porque nos obliga. Hay momentos y lugares que no admiten rebaja: sostienen entero el peso de lo real. Eso es un absoluto. Y es local cuando tiene dirección y cuerpo: coordenadas, hora, temperatura, nombres propios. Toda mística sin barrio es evasión; toda política sin absoluto es gestión sin mundo.
La dislocación de Occidente: las amenazas
Texto de Emmanuel Todd para Brownstone España
La dislocación de Occidente: las amenazas
Por Emmanuel Todd
20 de octubre, 2025
La crisis existe en todos los países completamente secularizados, pero es peor en aquellos cuya religión era el protestantismo o el judaísmo, religiones absolutistas en su búsqueda de lo trascendente, en lugar del catolicismo, más abierto a la belleza del mundo y a la vida terrenal. Es en Estados Unidos e Israel donde vemos el desarrollo de formas paródicas de religiones tradicionales, parodias de esencia nihilista, en mi opinión.
La perversidad de Trump se despliega en Oriente Medio, y el belicismo de la OTAN en Europa.
Acabo de escribir, a petición de mi editor esloveno, un nuevo prefacio para La derrota de Occidente, que considero necesario publicar en Substack de inmediato. La amenaza de una escalada de todos los conflictos se hace cada vez más evidente. Este texto ofrece una interpretación esquemática y provisional, aunque actualizada, del desarrollo de la crisis que vivimos. De hecho, este texto es la conclusión de mi última entrevista con Diane Lagrange en Fréquence Populaire: «Victoria de Rusia, confinamiento y fractura de Francia y Occidente».
Prefacio a la edición eslovena
De la derrota a la desintegración
Menos de dos años después de la publicación en Francia de La derrota de Occidente, en enero de 2024, se han confirmado las principales predicciones del libro. Rusia ha resistido el paso del tiempo, militar y económicamente. La industria militar estadounidense está agotada. Las economías y sociedades europeas están al borde de la implosión. Incluso antes del colapso del ejército ucraniano, se ha alcanzado la siguiente etapa de la desintegración de Occidente.
Siempre he sido hostil a las políticas rusófobas de Estados Unidos y Europa, pero como occidental comprometido con la democracia liberal, francés formado como investigador en Inglaterra e hijo de una madre refugiada en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, estoy devastado por las consecuencias que para nosotros, los occidentales, tiene la guerra sin sentido librada contra Rusia.
Estamos apenas al comienzo de la catástrofe. Se acerca un punto de inflexión, más allá del cual se desplegarán las consecuencias finales de la derrota.
El “Resto del Mundo“ (o Sur Global, o Mayoría Global), que se había conformado con apoyar a Rusia negándose a boicotear su economía, ahora muestra abiertamente su apoyo a Vladimir Putin. Los BRICS se expanden al aceptar nuevos miembros, lo que aumenta su cohesión. Obligada por Estados Unidos a elegir bando, India ha optado por la independencia: las fotos de Putin, Xi y Modi reunidos en la reunión de agosto de 2025 de la Organización de Cooperación de Shanghái seguirán siendo el símbolo de este momento clave. Sin embargo, los medios occidentales siguen presentando a Putin como un monstruo y a los rusos como siervos. Estos medios ya no podían imaginar que el resto del mundo los vería como líderes y seres humanos comunes, portadores de una cultura rusa específica y un anhelo de soberanía. Ahora temo que nuestros medios de comunicación agraven nuestra ceguera al no imaginar el renovado prestigio de Rusia en el resto del mundo, que ha sido explotada económicamente y tratada con arrogancia por Occidente durante siglos. Los rusos se atrevieron. Desafiaron al Imperio y ganaron.
La ironía de la historia es que los rusos, un pueblo blanco, europeo y de habla eslava, se convirtieron en el escudo militar del resto del mundo porque Occidente se negó a integrarlos tras la caída del comunismo. Imagino que los eslovenos están en una posición cultural particularmente favorable para apreciar esta ironía, aunque sé bien, como antropólogo especializado en familia y religión, que, a pesar de su lengua eslava, Eslovenia está mucho más cerca social e ideológicamente de Suiza que de Rusia.
Puedo esbozar aquí un modelo de la dislocación de Occidente, a pesar de las inconsistencias en la política de Donald Trump, el presidente estadounidense de la derrota. Estas inconsistencias no son resultado, creo, de una personalidad inestable y sin duda perversa, sino de un dilema insoluble para Estados Unidos. Por un lado, sus líderes, tanto en el Pentágono como en la Casa Blanca, saben que la guerra está perdida y que Ucrania tendrá que ser abandonada. Por lo tanto, el sentido común los lleva a querer salir de la guerra. Pero, por otro lado, ese mismo sentido común les hace percibir que la retirada de Ucrania tendrá consecuencias dramáticas para el Imperio que las de Vietnam, Irak o Afganistán no tuvieron. Esta es, de hecho, la primera derrota estratégica estadounidense a escala global, en un contexto de desindustrialización masiva de Estados Unidos y una difícil reindustrialización. China se ha convertido en el taller del mundo; su bajísima tasa de fertilidad sin duda le impedirá reemplazar a Estados Unidos, pero ya es demasiado tarde para competir con ella industrialmente.
La desdolarización de la economía global ha comenzado. Trump y sus asesores no pueden aceptarla porque significaría el fin del Imperio. Sin embargo, una era posimperial debería ser el objetivo del proyecto MAGA (Make America Great Again), que busca el retorno del Estado-nación estadounidense. Pero para un Estados Unidos cuya capacidad productiva de bienes reales es actualmente muy baja (véase el Capítulo 9 sobre la verdadera naturaleza de la economía estadounidense), es imposible dejar de vivir a crédito como lo hace produciendo dólares. Tal retirada imperial-monetaria implicaría una fuerte caída en su nivel de vida, incluso para los votantes de clase trabajadora de Trump. El primer presupuesto de la segunda presidencia de Trump, la “One Big Beautiful Bill Act“, sigue siendo imperial a pesar de las protecciones arancelarias que encarnan el proyecto o sueño proteccionista. La OBBBA impulsa el gasto militar y el déficit. Un déficit presupuestario en Estados Unidos inevitablemente significa producción de dólares y un déficit comercial. La dinámica imperial, o más bien la inercia imperial, continúa socavando el sueño de un retorno al Estado-nación productivo.
En Europa, la derrota militar sigue siendo poco comprendida por los líderes. No dirigieron las operaciones. Fue el Pentágono quien desarrolló los planes para la contraofensiva ucraniana en el verano de 2023 (durante el cual escribí La derrota de Occidente). El ejército estadounidense, aunque contó con la ayuda de su aliado ucraniano para liderar la guerra, sabe que fue derrotado por la defensa rusa, porque no pudo producir suficientes armas y porque el ejército ruso fue más astuto que él. Los líderes europeos solo suministraron sistemas de armas, y no los más importantes. Sin ser conscientes de la magnitud de la derrota militar, saben, sin embargo, que sus propias economías se han visto paralizadas por la política de sanciones, especialmente por la interrupción de su suministro de energía rusa barata. Dividir económicamente el continente europeo en dos fue un acto de locura suicida. La economía alemana está estancada. En Occidente, la pobreza y la desigualdad aumentan. El Reino Unido está al borde del colapso. Francia le sigue de cerca. Las sociedades y los sistemas políticos están bloqueados.
Las dinámicas económicas y sociales negativas precedieron a la guerra y ya presionaban a Occidente. Eran visibles, en distintos grados, en toda Europa Occidental. El libre comercio estaba socavando la base industrial local. La inmigración estaba desarrollando un síndrome de identidad, sobre todo entre las clases trabajadoras privadas de empleos seguros y bien remunerados.
En un nivel más profundo, la dinámica negativa de la fragmentación es cultural: la educación superior masiva crea sociedades estratificadas en las que los más cualificados —el 20%, el 30% o el 40% de la población— empiezan a convivir entre sí, a considerarse superiores, a despreciar a las clases trabajadoras y a rechazar el trabajo manual y la industria. La educación primaria para todos (alfabetización universal) había alimentado la democracia, creando una sociedad homogénea cuyo subconsciente era igualitario. La educación superior ha engendrado oligarquías, y en ocasiones plutocracias, sociedades estratificadas impregnadas de un subconsciente desigual. La paradoja definitiva: ¡el desarrollo de la educación superior ha acabado produciendo un declive en el nivel intelectual de estas oligarquías o plutocracias! Describí esta secuencia hace más de un cuarto de siglo en La ilusión económica, publicado en 1997. La industria occidental se ha trasladado al resto del mundo y también, por supuesto, a las antiguas democracias populares de Europa del Este que, liberadas de su subyugación a la Rusia soviética, han recuperado su condición secular de periferia dominada por Europa Occidental. Hablo en detalle en el capítulo 3 de este tipo de China interna donde los trabajadores industriales siguen siendo numerosos. Sin embargo, en toda Europa, el elitismo de los altamente cualificados ha engendrado el «populismo».
La guerra ha intensificado las tensiones europeas. Empobrece al continente. Pero, sobre todo, como un grave fracaso estratégico, deslegitima a líderes incapaces de conducir a sus países a la victoria. El desarrollo de movimientos populares conservadores (generalmente referidos por las élites periodísticas con términos como “populista”, “ultraderecha” o “nacionalista”) se está acelerando. Reform UK en el Reino Unido, AfD en Alemania, Agrupación Nacional en Francia… Irónicamente, las sanciones económicas que la OTAN esperaba que provocaran un “cambio de régimen” en Rusia están a punto de provocar una cascada de “cambios de régimen” en Europa Occidental. Las clases dominantes occidentales se ven deslegitimadas por la derrota justo cuando la democracia autoritaria rusa se relegitima con la victoria, o mejor dicho, se sobrelegitima, ya que el retorno de Rusia a la estabilidad bajo el liderazgo de Putin le aseguró inicialmente una legitimidad indiscutible.
Este es nuestro mundo al acercarnos a 2026.
La dislocación de Occidente se manifiesta en forma de una fractura jerárquica.
Estados Unidos está cediendo el control de Rusia y, cada vez más, creo que también de China. Bajo el bloqueo chino a sus importaciones de samario, esta tierra rara esencial para la aeronáutica militar, Estados Unidos ya no puede soñar con enfrentarse militarmente a China. El resto del mundo —India, Brasil, el mundo árabe, África— se beneficia y los elude. Pero Estados Unidos se está volviendo enérgicamente contra sus “aliados” europeos y del este asiático, en un último intento desesperado de sobreexplotación, y también, hay que admitirlo, por puro y simple despecho. Para escapar de su humillación, para ocultar su debilidad al mundo y a sí mismo, está castigando a Europa. El Imperio se está devorando a sí mismo. Este es el significado de los aranceles y las inversiones forzadas impuestas por Trump a los europeos, que se han convertido en súbditos coloniales de un imperio menguante, en lugar de socios. La era de las democracias liberales solidarias ha terminado.
El trumpismo es un “conservadurismo popular blanco”. Lo que emerge en Occidente no es una solidaridad de conservadurismos populares, sino una ruptura de las solidaridades internas. La rabia resultante de la derrota lleva a cada país, para acallar su resentimiento, a volverse contra aquellos más débiles. Estados Unidos se está volviendo contra Europa o Japón. Francia está reavivando su conflicto con Argelia, una antigua colonia. No cabe duda de que Alemania, que, desde Scholz hasta Merz, ha aceptado obedecer a Estados Unidos, volverá su humillación contra sus socios europeos más débiles. Mi propio país, Francia, me parece el más amenazado.
Uno de los conceptos fundamentales de La derrota de Occidente es el nihilismo. En mi libro analizo cómo el “estado cero” de la religión protestante —el fin de la secularización— no solo explica el colapso educativo e industrial estadounidense. Este estado cero también abre un vacío metafísico. Personalmente, no soy creyente ni abogo por el retorno de la religión (no lo creo posible), pero, como historiador, debo señalar que la desaparición de los valores sociales de origen religioso conduce a una crisis moral, a un impulso de destrucción de cosas y personas (guerra) y, en última instancia, a un intento de abolir la realidad (el fenómeno transgénero para los demócratas estadounidenses y la negación del calentamiento global para los republicanos, por ejemplo). La crisis existe en todos los países completamente secularizados, pero es peor en aquellos cuya religión era el protestantismo o el judaísmo, religiones absolutistas en su búsqueda de lo trascendente, en lugar del catolicismo, más abierto a la belleza del mundo y a la vida terrenal. Es en Estados Unidos e Israel donde vemos el desarrollo de formas paródicas de religiones tradicionales, parodias de esencia nihilista, en mi opinión.
Esta dimensión irracional está en el corazón de la derrota. Por lo tanto, no se trata solo de una pérdida de poder “técnica”, sino también de un agotamiento moral, una ausencia de un objetivo existencial positivo que conduce al nihilismo.
Este nihilismo está detrás del deseo de los líderes europeos, particularmente en las costas protestantes del Báltico, de expandir la guerra contra Rusia mediante provocaciones incesantes. Este nihilismo también está detrás de la desestabilización estadounidense en Oriente Medio, el lugar por excelencia para expresar la rabia resultante de la derrota estadounidense contra Rusia. Sobre todo, no nos dejemos llevar por la suposición demasiado fácil de la autonomía bélica del régimen de Netanyahu en Israel en el genocidio de Gaza o en el ataque contra Irán. El protestantismo cero y el judaísmo cero ciertamente combinan trágicamente sus efectos nihilistas en estos estallidos de violencia. Pero en todo Oriente Medio, es Estados Unidos quien, al suministrar las armas y, en ocasiones, al atacarse a sí mismo, es en última instancia quien decide el caos. Empuja a Israel a la acción, tal como empujó a los ucranianos.
El Imperio es vasto y se desmorona entre el ruido y la furia. Este Imperio ya es policéntrico, dividido en torno a sus objetivos, esquizofrénico. Pero ninguna de sus partes es independiente en absoluto. Trump es su “centro” actual; también es su mejor expresión ideológica y práctica, al combinar un deseo racional de replegarse en su esfera de dominación inmediata (Europa e Israel) con impulsos nihilistas que favorecen la guerra. Estas tendencias —retirada y violencia— también se expresan en el corazón estadounidense del Imperio, donde el principio de fractura jerárquica opera internamente. Un número creciente de autores angloamericanos hablan del advenimiento de una guerra civil.
La plutocracia estadounidense es pluralista. Está la de los financieros, la de los petroleros, la de Silicon Valley. Los plutócratas trumpistas, petroleros tejanos o recién llegados a Silicon Valley, desprecian a las élites demócratas cultas de la Costa Este, quienes a su vez desprecian a la gente blanca trumpista del corazón del país, quienes a su vez desprecian a los demócratas negros, etc.
Una de las características interesantes de Estados Unidos hoy en día es que a sus líderes les resulta cada vez más difícil distinguir entre lo interno y lo externo, a pesar del intento de MAGA de bloquear la inmigración desde el sur con un muro. El ejército dispara contra barcos que salen de Venezuela, bombardea Irán, penetra en el centro de ciudades demócratas de Estados Unidos y patrocina a la fuerza aérea israelí para un ataque a Catar, donde hay una enorme base estadounidense. Cualquier lector de ciencia ficción reconocerá en esta inquietante lista el inicio de una distopía, es decir, un mundo negativo donde se mezclan poder, fragmentación, jerarquía, violencia, pobreza y perversidad.
Así que sigamos siendo nosotros mismos, fuera de América. Conservemos nuestra percepción del interior y del exterior, nuestro sentido de la proporción, nuestro contacto con la realidad, nuestra concepción de lo justo y lo bello. No nos dejemos arrastrar por una huida guerrera ante nuestros propios líderes europeos, esos individuos privilegiados perdidos en la historia, desesperados por haber sido derrotados, aterrorizados ante la idea de ser juzgados algún día por su pueblo. Y sobre todo, sobre todo, sigamos reflexionando sobre el sentido de las cosas.
París, 28 de septiembre de 2025
La guerra más estúpida y peligrosa del mundo
Texto publicado en Brownstone España
28 de septiembre 2025
«Las élites europeas se han enfurecido, la hostilidad sigue aumentando. Sus raíces son profundas. No se trata sólo de una rusofobia secular, sino también de la esperanza de vengarse de las numerosas derrotas sufridas a manos de Rusia, desde los tiempos de la batalla de Poltava contra los suecos (1709) y de la invasión napoleónica, que afectó a casi toda Europa. Aún más países sufrieron la derrota en 1945, cuando la inmensa mayoría de los europeos marchaban bajo las banderas de Hitler o trabajaban para su ejército. Durante mucho tiempo mostramos una nobleza que resultó ser miope, enfatizamos el papel de los pequeños grupos partisanos antifascistas, en su mayoría comunistas, cerrando los ojos ante el hecho de que Hitler contaba con el apoyo de decenas, si no cientos, de veces más europeos». Sergei Karagánov, Una mala ruptura con Europa (https://rafaelpoch.com/2025/09/04/una-mala-ruptura-con-europa/).
Una guerra tan estúpida que hasta Trump parece a veces darse cuenta. Por el contrario, los europeos la manejamos para tapar nuestras vergüenzas, desde las políticas antipopulares de la UE –teñidas de inclusión minoritaria– a la miserable complicidad con la matanza de Gaza. El odio a Putin encubre las caricias a Netanyahu. Mientras el supremacismo israelí machaca sin piedad Palestina, en nombre de la democracia y la lucha contra las tinieblas, buscando además la escombrera sobre la que edificar un lujoso resort libre al fin de palestinos, cierto progresismo sigue usando la comparación entre Rusia e Israel como si se tratara de dos potencias maléficas similares, merecedoras del mismo repudio. Nos equivocamos de manera vergonzante, unos y otros.
En esta línea de apariencias fatales, la última es que Donald Trump, partidario acérrimo de una solución final en Palestina, acaba de decir que Ucrania puede recuperar todos los territorios perdidos –e incluso «más allá»– con la ayuda de la OTAN. Evidentemente, como tantas veces, no se pueden tomar en serio estas palabras del empresario neoyorquino. Es imposible que sea tan cretino quien se acaba de tomar la molestia de reunirse con Putin en Alaska. De hecho, desde Moscú parecen seguir como si nada, en su paciente campaña militar y cuidando la relativa comprensión del último gobierno estadounidense. Como dicen los rusos, Trump es un «gran negociante» y su frase es un anzuelo más para conseguir ventajas comerciales en el terreno del gas y la venta de armas. Pero los actuales dirigentes europeos son tan ineptos que se lo pueden volver a creer, albergando ilusiones de infringirle a Rusia una derrota estratégica. Parecen haber olvidado que los rusos, como ellos mismos han insistido por activa y por pasiva, viven el actual enfrentamiento como un conflicto existencial de supervivencia. Las risas continuas de Kaja Kallas, responsable de relaciones externas de la UE, sugieren más bien que nosotros sentimos que está en juego sólo a quién le compramos el petróleo. Más, por supuesto, el futuro inmediato de Eurovisión.
«Repito, si alguien tenía dudas sobre la amenaza a la que nos enfrentamos, el ataque de todo Occidente en junio contra Irán, que utilizó a Israel como utiliza a Ucrania, debería hacernos entrar en razón. Antes destruyeron Irak, que se interponía en el camino de la hegemonía en Oriente Medio, luego Libia, y en 1990, incluso antes de Irak, violaron de manera ejemplar Yugoslavia. Hay que detener la revancha de Occidente. Antes de que sea demasiado tarde». Una mala ruptura con Europa.
En Europa no sólo padecemos unas concepciones maniqueas heredadas del puritanismo y su ferocidad palurda. Además, nos impide conocer el mundo actual y tomar en serio a Rusia el hecho de que llevemos demasiado tiempo destrozando con total impunidad países exangües. Recordemos que Palestina es sólo el último eslabón de una larga cadena. Aunque parezca increíble, puede ser que las mediocres cabezas que dirigen la Europa actual no sepan hasta qué punto con Rusia nos enfrentamos a algo absolutamente distinto a Irak, Libia, Yemen o Siria. La invasión rusa de Ucrania es actualmente la disculpa de unos preparativos bélicos que –con la vista puesta en cinco o seis años– son ya indisimulables. La amarga verdad es que, dirigida por Obama, la perfidia europea hizo en Minsk y en el Maidán todo lo posible para acabar provocando esa invasión. Desde los tiempos de Yeltsin soñamos con la partición de Rusia en cómodos trocitos (K. Kallas), igual que hicimos con Yugoslavia.
«La ira viene dictada por el resentimiento por las ganancias perdidas. Tras exprimir a los europeos del este y perder la esperanza de hacerlo también a costa de Rusia, los europeos occidentales, especialmente los alemanes, contaban con aprovechar las ricas tierras, los recursos y la laboriosa población de Ucrania. Estos cálculos se están frustrando ante nuestros ojos (aunque varios millones de nuevos trabajadores migrantes —refugiados— se han incorporado a la economía europea en declive). La razón principal de esta hostilidad sin precedentes es más profunda. Se trata del fracaso generalizado de las élites europeas y el estancamiento del proyecto europeo. Sus problemas comenzaron ya en los años 70 y 80, pero quedaron temporalmente ocultos por el inesperado colapso de la URSS y del bloque socialista (que tuvo sus propias causas internas), lo que liberó a varios cientos de millones de trabajadores baratos y consumidores hambrientos. Al mismo tiempo, se abrieron los mercados de China. Pero desde finales de la década de 2000, la inyección externa de adrenalina económica y moral comenzó a agotarse. Llegó el momento de pagar por la codicia de la burguesía europea, que desde la década de 1960 había dado rienda suelta a las multitudes de inmigrantes para reducir el coste de la mano de obra y debilitar a los sindicatos. El resultado es una crisis migratoria creciente y, por ahora, sin salida. Desde hace casi dos décadas, la clase media europea se está reduciendo, la desigualdad va en aumento y los sistemas políticos son cada vez menos eficaces. El golpe de la revolución estudiantil de 1968 a la educación superior, el predominio de la nueva corrección política en las ciencias humanas y, lo que es más importante, el hecho de que la democracia en condiciones normales conduce a una selección antimeritocrática, han provocado una acelerada caída de la calidad de las élites políticas». Una mala ruptura con Europa.
Que nadie se ofenda, pero es difícil no avanzar otra incómoda hipótesis adicional. La entusiasta incorporación de mujeres que nunca han disparado una carabina de feria a estos aires de guerra –mucho después de las adorables M. Allbright y C. Rice, tardaremos en olvidar a la enérgica Victoria Nuland repartiendo bocadillos a los fascistas armados del Maidán–, ¿no confirma que la percepción de Rusia como un peligro mortal para Europa y, a la vez, la ilusión óptica de poder derrotar militarmente a la nación de Tolstoi, proviene de una inmersión fatal de Occidente en la endogamia doméstica? En verdad, el día entero ante el televisor, con o sin palomitas, deja poco margen para un pensamiento estratégico.
Esta es una de las líneas argumentales de Karagánov: «La situación se agrava aún más por el ‘parasitismo estratégico’ que se ha instalado gracias a la prolongada paz, la ausencia de miedo a la guerra, incluso nuclear, y la pérdida del instinto de supervivencia entre las élites europeas y la población. Tres cuartos de siglo a espaldas de Estados Unidos, que en su constante confrontación con la URSS garantizaba la paz en Europa y reprimía la eterna hostilidad mutua entre naciones europeas, han agotado su capacidad de pensamiento estratégico y han llevado a un embrutecimiento casi total de las élites. Los pocos europeos que entienden lo que está pasando no pueden decir casi nada». Que le pregunten a Todd, por mencionar un nombre.
Atendamos a cómo razona este miembro destacado de una intelligentzia que está detrás, muy atrás del Kremlin, incluso seriamente enfrentado a él en la estrategia a seguir para asegurar la pervivencia de la patria de Pushkin. ¿Es Putin lo peor, seguro? Escuchemos entonces el modo de pensar de esa gélida Rusia profunda que un día, con Solzhenitzyn y otros, quisimos poner de nuestro lado, liberándola de la melancolía de la tundra para abrazar los radiantes valores europeos: «Recuerdo lo obvio, pero a menudo ocultado a nosotros mismos: Europa es el centro de todos los males principales de la humanidad, dos guerras mundiales, innumerables genocidios, colonialismo, racismo y muchos otros ‘ismos’ repugnantes. En los últimos años, el totalitarismo liberal [sic], mezclado con el transhumanismo, el lgbtismo, la negación de la historia y, en esencia, la antihumanidad». Como buen ruso, y además judío, ¿Karagánov exagera, miente incluso descaradamente en este diagnóstico? Es posible. Para confirmarlo, preguntemos sobre valores europeos a algún gazatí que todavía puedan hablar.
Quizá pocos de nosotros se atreverán a recorrer esas casi veinte páginas, plagadas de sorpresas, de Una mala ruptura con Europa. Primero, se trata de un intelectual ruso que no es enemigo declarado de Putin –aunque discuta seriamente su orientación–, y Rusia ha caído hace tiempo del lado del mal. Segundo, porque creemos –con una arrogancia típicamente europea que Karagánov fustiga– conocer de sobra a esa supuesta nación de tercera. Sería una lástima tal ausencia de atención, pues el artículo de Sergei Karagánov, demasiado espiritual para ser un simple halcón, está lleno de anuncios que nos interesan. Sobre todo si vamos en serio, tras Mark Rutte, Merz y Úrsula von der Leyen, en la idea de que un enfrentamiento con la Federación Rusa es moralmente inevitable y, por tanto, obligatoriamente victorioso.
Una de las primeras notas desconcertantes de Una mala ruptura con Europa es que no nos habla a nosotros. Ni le interesamos especialmente ni intenta ya convencernos de nada. Al tanto de nuestra sordera, el intelectual ruso se dirige sólo a la élite de esa quinta parte de la tierra que despreciamos. Karagánov declara incluso como un craso error –que ha alimentado nuestro engreimiento– lo que él considera una tradicional eurofilia de Moscú. Lejos de ese mantra de las élites rusas, Karagánov plantea rotundamente un «retorno a casa», al santuario helado de una Siberia que permita hacerse más fuertes y afrontar una posible guerra termonuclear. La que estamos preparando, por lo que parece.
¿Querremos escuchar, sólo una vez? «Es necesario por fin renunciar, al menos a nivel de expertos, a la tontería heredada de la época de Gorvachov y Reagan: la afirmación de que ‘en una guerra nuclear no puede haber vencedores y por tanto no debe desencadenarse'». No se lo pierdan. Mientras las élites europeas gesticulan ante el espanto totalitario que encarnaría Putin, Karagánov considera que es la tibieza de Moscú con Europa la que ha agigantado nuestra vanidad hasta niveles de megalomanía autista. Aunque este investigador reconoce que el injerto europeo en el tronco de la cultura tradicional rusa ha producido la «mejor literatura del mundo» y un poder científico y militar sin precedentes, a la vez ha debilitado a Rusia con falsas esperanzas occidentales. Además, según él, alimentó el embrutecimiento europeo con una arrogancia suicida: «No voy a seguir con la agradable (teniendo en cuenta la hostilidad de Europa hacia Rusia) enumeración de los numerosos indicios de una crisis compleja y global del proyecto europeo y de Europa. No hay nada de lo que alegrarse. Desmoronándose por dentro, las élites europeas ya hace una década y media tomaron el rumbo de exagerar la imagen de Rusia como enemigo mortal. Luego, con entusiasmo, se dedicaron a intentar infligir una derrota estratégica a través de Ucrania. Y ahora se han embarcado abiertamente en la preparación para la guerra, alimentando la histeria militar».
Así pues, en nuestra descalificación global de Rusia olvidamos una cuestión crucial: la gravedad de una disensión interna –no necesariamente a favor de nuestros intereses– que podría estar pesando en las deliberaciones del Kremlin. Aunque es respetuoso y persuasivo, Karagánov parece muy enfrentado a la élite moscovita en una cuestión clave: la «moderación» de la Operación Militar Especial no ha hecho más que alimentar la infatuación militarista europea. Frente a ella, y la amenaza para Rusia de una guerra interminable de desgaste, la guerra nuclear, a diferencia de lo que piensa Putin, no debe ser excluida como una guerra en la que «no puede haber vencedores». Si Rusia es tan uniforme como nos gusta creer, ¿qué opinamos de esta crucial diferencia que podría estar tejiéndose en las altas esferas? Karagánov no nos amenaza a nosotros, los occidentales, está sólo advirtiendo a los suyos de una ingenuidad que considera funesta.
Es obvio que Rusia no es una nación santa. ¿Las hay? No obstante, lleva décadas intentando hacerse oír entre nosotros. De un viejo racismo, de una eslavofobia reactivada en los últimos veinte años, no reciben más que portazos en la cara. Sobre todo desde que gobierna Putin, que tiene la mala fama de ser un patriota ruso. Precedido del fiasco de Minsk y la agresión armada del Euromaidán, muy anterior a la invasión de Ucrania y con 30.000 muertos de cultura y habla rusa que hemos olvidado, fue uno de los penúltimos.
Dentro de la dureza de su decepción, dirigido sólo a los rusos, el artículo de Karagánov ayuda a entender el riesgo que enfrentamos en la beligerancia con esa quinta parte de la tierra –el equivalente en geografía a lo que China representa demográficamente– que hace décadas nos empeñamos en despreciar. La propia administración estadounidense, tan fóbicamente antirusa con Biden, justificó el esfuerzo –o el teatro– del reciente encuentro de Alaska argumentando que estaban intentando negociar con la primera potencia nuclear mundial en el plano táctico y la segunda en el terreno estratégico.
A pesar de su comprensible alianza, Rusia tiene poco que ver con la enigmática y prudente China. Aun así, fijémonos en el aire de Starmer. Como buenos provincianos posmodernos, no sabemos ya nada de la nación de Turgueniev; nada de hasta qué punto son parientes lejanos nuestros, nos conocen y nos siguen admirando. Contra esta admiración, en una situación para ellos casi límite, reacciona Karagánov. No podemos ya entender a Chéjov, a Dostoievski y Sokurov. ¿Podremos admitir al menos que el supuesto enemigo, usando de otro modo nuestro bagaje espiritual y científico, puede destruir Londres, Berlín y París en unas pocas horas?
«En términos operativos y tácticos, por ahora estamos ganando, aunque a un precio considerable. Pero estratégicamente podemos empezar a perder. El enemigo cruza una ‘línea roja’ tras otra. Hablamos de respuestas ‘espejo’, que son una táctica puramente defensiva (…) Entiendo perfectamente que el uso de armas nucleares, incluso limitado, no sólo es peligroso, sino también un gran pecado. Morirán masivamente personas inocentes, entre ellas niños. Me imagino las angustiosas reflexiones de nuestro comandante en jefe. Sé que el escenario descrito hiela la sangre en las venas y una vez más provocaré una oleada de indignación contra mí. Pero esta parece ser la única alternativa posible a verse envuelto en una guerra interminable, aunque sea con interrupciones, con la pérdida de decenas y cientos de miles de nuestros mejores hombres y luego, de todos modos, con el deslizamiento hacia el Argamedón nuclear y/o el colapso del país. Hay que hacer entrar en razón a los europeos enloquecidos, quebrantar su voluntad de confrontación y detener el deslizamiento hacia la Tercera Guerra Mundial; hacia la que, olvidando las anteriores y sin haber recibido el merecido castigo por ellas, vuelven a empujar». Una mala ruptura con Europa.
El hombre que habla así ya ni siquiera se dirige a nosotros. Quien firma estas líneas, sí. Aun temiendo predicar en el desierto, todavía se siente en la obligación moral de hacerlo.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 26 de septiembre de 2025



