Lienzo
Antonio Murado, Galería Vilaseco. A Coruña, hasta finales de enero
¿Una primera impresión de materiales de desecho? No exactamente, más bien resaltan en esta exposición la rotundidad de los materiales, bastidores, lienzos y mezclas espesas de color. Es como si en este trabajo de Murado se tratara de eliminar lo accesorio para dejar hablar a las manchas, la herrumbre, el lienzo viejo, las formas lentas de la madera. Es cierto que cuando Murado se extiende sobre un color puro y liso -teja, verde pastel- el resultado es espléndido, refulgente, pero eso no deja de hacerse en medio de un envoltorio irregular donde la impresión de cierta antigüedad predomina. Hasta la pátina del color tiene una densidad de heráldica medieval, por donde podría haber ecos de musgo.
El pintor reconoce que ha estado largo tiempo volviendo a estos cuadros para mirar detenidamente, retomar direcciones y recordar sensaciones. Toda su exposición recuerda la monumental mezcla de modernidad y ruina que vemos en las afueras de nuestras grandes ciudades, sean americanas o europeas. El tamaño de los lienzos facilita una buena relación con el óxido de vivencias anteriores.
EN ESPERA
Lo que sigue es una breve presentación del libro En espera escrita para un pequeño pueblo gallego donde no son habituales las discusiones en torno a libros de filosofía.
EN ESPERA
Se ha dicho que buena parte de las amenazas exteriores que vivimos a diario, sean o no reales, tienen una saludable función de blanqueo mental y anímico. Después de un telediario y su línea de desastres, la vida de cualquiera parece más normal, más justificada en su prudencia, en su discreto retiro.
Estamos acostumbrados a no dar un paso sin pedirle permiso a la sociedad o al estado. Nuestra normalidad actual incluye una interdependencia que no dejó de ganar puntos en estos últimos años de pandemia. Todo son etiquetas para sentirnos seguros. Vivimos rodeados de protocolos informativos que nos guían, poniendo en manos de los expertos las anomalías imprevistas. Sin embargo, en cada asunto importante nadie puede ocupar el lugar de nuestras decisiones personales, a veces muy solitarias. La vida común no tiene protocolos que la cubran. No hay una norma para ser padre o hijo; ni para llevar bien tal o cual carácter, que nunca fue elegido; ni para querer o ser querido; ni para ser feliz o infeliz.
Comentario a un comentario
Querido A.,
En realidad no, no escribo para un público determinado. Menos todavía pretendo sentirme bien con él, mimando a una cierta clase de lectores. Es cierto que no puedo evitar -tal vez nadie puede hacerlo- un cierto estilo y sus tics. En mi caso, un estilo sin duda demasiado filosófico, plagado de una cierta jerga que puede dificultar la expresión, haciéndola aparentemente especializada. Pero tras lo que hago, creo que lo sabes, subyace un pensamiento intuitivo, una especie de empirismo en estado bruto que no quiere ni puede prescindir de un cierto fondo de ingenuidad.
Te recomendaría, en cuanto a Sexo y silencio, entender el texto literalmente, en toda su ambigüedad atemporal, "evangélica". El libro entero está teñido de un trasfondo humanista, y hasta cristiano, sin el que no se entiende su aparente complejidad ocasional, concentrada aquí o allá. Es cierto que es espeso, pero debía ser la espesura misma de vivir. No he querido poner una sola gota de dificultad añadida en la maleza de lo que ya cuesta vivir. Te reenvío abajo una entrevista que está en mi web, que creo que explica en tono ligero algunas cosas. El aire "apocalíptico" del libro querría entenderlo más en el sentido de revelación, minería de lo que está oculto en la inmensa doxa de la época, que de hecatombe o catástrofe. Fuera de existir, no contemplo ninguna otra catástrofe. Más bien intento defender el afrodisíaco de cierta inocencia, una dulzura natal de los seres.
Hacia el encuentro
Texto de Ada Naval que presentó Sexo y silencio, el lunes 22 de noviembre en Madrid.
Quiero comenzar la presentación del libro de Ignacio Castro con una pequeña anécdota: el sábado por la noche, a eso de las once, una hora después de ese momento en el que se dice que ya no pasa nada bueno, un chico rodeado de más chicos recibe una llamada. Responde con cierto fervor propio de haber bebido, también porque la persona que está al otro lado del teléfono es su pareja. La llamada está motivada por algo muy cercano a eso que Ignacio apunta en las primeras páginas del libro cuando escribe que “todo lo que nos importa y obsesiona […] linda con una noche”. La persona que llama dice necesitar hablar porque ya no puede más. Necesita hablar, a toda costa, superponiendo ese individualismo característico de la sociedad actual, que se critica a lo largo del libro que pretendo presentar. Si he querido comenzar con esta anécdota tan común, tan poco puntual, tan continua que deja de ser anecdótica para ser una problemática constante de las relaciones actuales, es porque ejemplifica de qué manera el silencio se ha ido a pasear a una noche mucho más oscura de lo que pudimos imaginar. Lo único que permanece en esa llamada es, creo que lo están intuyendo, el sexo.
Cuatro días (Más un boceto sin nombre)
Queridos,
Vaya por delante mi agradecimiento. A la encantadora A. por acogerme, cuidarme, prepararme esas deliciosas comidas, tener incluso mi whisky... A D. y L. por insistir en mi viaje, insistencia con la que me comprometí. A todos vosotros, N. y M., J. y A. por vuestra compañía, vuestra solicitud, vuestros dos largos viajes para ir a recogerme y dejarme en el aeropuerto. No sé, como decía al principio en el coche de ida, si conseguí agradaros e incomodaros a la vez, pero hice lo que pude.
La luz mediterránea y atlántica de las terrazas de A. Las conversaciones constantes, la muchedumbre de ovejitas silenciosas, el portal tan elegante, la sonrisa y la seriedad de M., las comidas, las chirigotas constantes de nosotros ocho. Y los bares, tantos paseos, tantas calles encendidas. Y esos edificios decadentes que podían ser suramericanos. Algo debió de ocurrir para que me arrancarais tantas confesiones. Excepto el día de la tertulia, pero ese día creo que nadie las hizo.
No sé si os podéis imaginar, sin embargo, el balance de un sabor agridulce a la vuelta. He de confesaros en este punto que, por razones que no vienen al caso, no estoy pasando los días más sosegados de mi vida. Pero agridulce también porque, como dicen en México, soy un "azotado" y nunca estoy contento. Ya conocéis mi buena relación con la culpa. Es como si mi perfeccionismo me impidiese gozar puerilmente de las situaciones, sin estropear lo "bueno" de ellas en nombre de lo "mejor". Y agridulce también porque vi cosas que, me ponga como me ponga, no me gustaron. Al salir del primer acto en el F. Quiñones D. me notó triste. En efecto, lo estaba. Pero no porque no hubiera mucha gente: no la había, aunque era normal (la ausencia de convocatoria en el periódico, etc.) y en eso no se juega el mundo. Tampoco porque no hubiera debate, porque sí lo hubo: incluso intervino Blanca, la chica del espacio. Estuve triste por la impresión, confirmada dos días más tarde, de que aquello era un acto social y lo que menos importaba era ese libro que me costó tanto, desaparecido inmediatamente una vez terminado el acto y el compromiso de una mínima seriedad. Es como si en la alegría de esta Andalucía occidental no cupiese el malestar de las preguntas, mejor dicho, cupiese solo en el formato micro que se arregla después con tres cañas, sin necesitar para nada un libro. La misma impresión tuve en el acto de El Adoquín, aunque permitió un mejor debate. A pesar de algunas intervenciones muy buenas del público, acaba el acto y se pasa inmediatamente a beber. No es que me preocupe que se haya vendido la miseria de dos libros en cada acto, es que en cierto modo el libro nunca existió: la gente habló de sus preocupaciones "filosóficas" en un acto social, eso es todo. Y algunos, de paso que hablaban, se lucieron. Tomaron unas tapas existenciales para la siguiente caña.


