variaciones Cleveland
47. La vida siempre será clandestina para nosotros, seamos quienes seamos “nosotros” y sean cuales sean las cámaras fotográficas de nuestra Historia. El sueño de la Ilustración es sólo una pesadilla. Un sueño de la razón que ha generado monstruos, relegando al basurero de lo público a todos aquellos que no cuadraban con el canon de alta definición imperante. De la misma manera que se puede decir que la mayor parte de las novelas que han sido escritas no llegarán jamás a ser publicadas, también es cierto que la vida real, pobre o rica, se oculta a los ojos de la sociedad. Los sucesos de Cleveland, sobre los cuales correrán ríos de tinta obscena, sólo ponen ante nuestros ojos algo que en el fondo siempre hemos sabido. Da igual que haya crímenes o no, los meandros de la vida no son traducibles a ninguna narración. Falta una película sensible para eso, déficit ante el que se estrellarán todas las estrategias preventivas.
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noches de encuentro
Hola, C.,
Todo bien… creo. Acabo por ejemplo de escuchar un concierto de piano que me ha dejado flotando: Brad Mehldau, una celebridad que yo no conocía, una especie de mezcla entre Keith Jarrett y Glenn Gould. Casi para llorar, creo que tardaré en olvidarlo. Este hombre puede partir de un tema de Nirvana y volar hasta donde quiera, sin dejar de ser fiel al tema. Cuando vuelves, no eres el mismo, ni el tema ni tú. Ya digo, dado que además no suele gustarme lo que se llama “jazz”, no salgo de mi asombro.
Por lo demás, te estoy muy agradecido por tus correos. Ya sabes que los que escribimos nos quejamos de que casi nunca hay nadie al otro lado… En cuanto a Detachment, sabes que estoy completamente de acuerdo contigo. Tiene fama, al menos en la radiante “América”, de ultra-pesimista; de convertir el pesimismo en una catedral, un templo del masoquismo o algo así. A mí me pareció el colmo de lo humano, muy estimulante.
En cuanto a To the wonder, no sé que decirte. Fui a verla con todas las reservas del mundo. La anterior de Malick, El árbol de la vida, me había parecido tan impresionante (no sé si la viste) que con ésta me temía lo peor, la inevitable caída de tensión. Pero no, la verdad es que la encontré fascinante. Cercana a la otra, tal vez un poco dependiente, pero rozando el hechizo. No sólo Bardem, a pesar de que no vocaliza, sino que todo (hasta Affleck, que nunca me gustó) lo encontré bellísimo, perfecto.
Por ejemplo, esa novia rubia que apenas aparece… antes de que la morena se lo lleve. No sé, me pareció una de las relaciones más hermosas y mejor insinuadas (a ráfagas, como todo lo importante) que he visto en mucho tiempo.
Sin embargo, tu juicio es tan rotundo que me deja sin argumentos. Te comprendo, te comprendo perfectamente. Y además, es tu opinión y punto. Y no sólo tu opinión, por cierto. Casi nadie ha ido a verla (la crítica la ha puesto a parir y el público español es obediente, ya sabes) y casi todos los que han ido, han expresado una opinión parecida a la tuya.
Quizás has ido por “culpa” mía, de ahí que lo hayas encontrado todo tan fastidioso. Pero me parece un poco raro que seas tan rotunda, sin concederle ninguna oportunidad. ¿Seguro que no te estabas defendiendo de algo? Me parece que ahí, sin pornografía, Malick vuelve a tocar registros prohibidos, una espiritualidad que roza paisajes, animales, telas y hombres.
Dentro de ese animismo cristiano, el padre Quintana sólo es un síntoma más: “Rezaré por usted, padre, ha perdido la alegría”. ¿Recuerdas?
Juraría que To the wonder es ya parte de la historia del cine, pero da igual. En la parte que me toca, le sigo estando muy agradecido a este director, igual que al concierto de hoy. En los dos casos, al salir a la calle la relación de uno con el mundo había cambiado. No es poco, en este mundo controlado por el narcisismo y la información.
Gracias por escribir, C. Habrá más ocasiones próximas de encontrarse y de hablar, con o sin cine. Enseguida te aviso.
Un abrazo,
Ignacio
Madrid. Lunes, 11 de noviembre de 2013
deseo y metonimia
Hola, M. y M.,
Ayer lo pasé en grande, de verdad, gracias a O., M. y la encantadora reunión que se montó, vosotros dos incluidos. Pero tengo la impresión, por no decir la certeza, de que no fui suficientemente delicado en algunos momentos.
Disculpadme si podéis, uno es un poco así, impulsivo, provocador; sin mala fe, pero a veces no del todo atento a los detalles de las circunstancias. Y además, por encima de todo, no conocía los detalles de vuestras respectivas historias en Argentina, sobre todo la de M. Como hoy tenía un ligero run-run en la cabeza, llamé a O. y me puso al tanto.
Siento de verdad mi ligereza. Por un momento pareció que uno estaba compitiendo en quién había tenido más tragedias detrás. La carrera era absurda y además la historia de M. es como para, sencillamente, callarse. Lamento mi desconocimiento y mi imprudencia.
Al margen de esto, lo pasé bien de verdad. Lo que dije del tan manido goce femenino (que “me la trae floja”: je, je) es más o menos lo que pienso. Mejor dicho, lo que siento. Pero no con respecto al goce femenino, sino también al masculino, a esta inflación universal del Goce. Es por donde el vigente orden social nos tiene presos. Nos agarra por todas partes, pero sobre todo por ahí, por esa tendencia nuestra a gozar con ciertas fijezas, sacralizadas con un nombre muy propio.
Echo de menos el deseo, su cabalgada sin territorio ni fijeza. Sí, echo de menos la exterioridad sin nombre, la deriva metonímica del deseo que ayer sin embargo (en una tarde que, repito, no fue perfecta: mea culpa) fluyó a veces. Creo que podéis entenderme, estéis o no de acuerdo conmigo. En fin, habrá otra ocasión de darle otra vuelta a todo eso.
Mientras tanto, ¿a qué viene esta inflación del significante Goce en el medio analítico? Cuesta no asociarlo al triunfo social, por doquier, de este conductismo masivo que nos impide la indefinición, el secreto, el nomadismo sin metalenguaje. Cuesta no asociarlo al sedentarismo portátil que se ha instalado por todas partes. ¿Los psicoanalistas van a acabar siendo como “todo el mundo”? Como si se hubiera terminado la errancia y todos necesitásemos ser reconocidos, asociarnos a identificaciones admitidas, aunque sean minoritarias.
En suma, como si fuera obligatorio acabar por aferrarse a un grupito que practica su propio metalenguaje. No sé si el lacanismo da cuenta del pensador Lacan, tengo mis dudas. En todo caso, sí sé que esa pregunta que se repite (“¿Te has analizado?”) recuerda demasiado a todas las Iglesias. La próxima vez contestaré: “No, hermana, aún no he peregrinado a La Meca, pero porque Allah está en todas partes”.
Sólo una cosa más, queridos. A veces por escrito sí se me entiende. Echadle si no un ojo a “Nuevas formas de matar”, que os envié hace poco y que podéis encontrar en las Novedades de mi página web. Ese breve texto contiene algo de la furia contra el macro-conductismo social que nos rodea, la pasión por la fuerza política del deseo que ayer tuvo sus momentos.
Abrazos,
Ignacio
P. D. Dadle recuerdos a P. y a B., si las veis, y decidle que no hay motivo para preocuparse. Creo que con M. no hace falta, ya me conoce.
Madrid, sábado 2 de noviembre de 2013
la fuerza política del deseo
Hola, C.,
Ayer lo pasé fenomenal en el debate que tú y D. (a quien no conocía) propiciasteis. Trasmitiste una impresión muy viva de ese libro que espero con ansiedad, pues creo que tiene bastante que ver con mis preocupaciones ético-políticas. Por si la perdiste, mi dirección es la que te adjunto. Por favor, envíame Sociofobia cuanto antes.
Esta mañana me puse a buscar tus comentarios a mi pobre libro. Digo pobre porque, al contrario del tuyo, juraría que Sociedad y barbarie apenas salió de un pequeño círculo de amigos, que tampoco lo han leído, en general... Tu comentario está muy bien en su brevedad. No estoy seguro de que sea muy justo, pero está muy bien, y además lo que dices lo dices con gracia. No sé si te contesté, por cierto: no encontré el correo en mi ordenador.
No sé si entiendo eso de “la oportunidad de los detalles textuales”. Intenté no ser rastrero con Marx, no tener nada que ver con los Nuevos Filósofos, no descender a su relación con la criada, no echarle la culpa de los males del estalinismo soviético, etc., etc. Es más, jamás sentí tanta piedad por ese hombre como cuando hacía mi libro “contra” él. Intenté ir al grueso de sus argumentaciones filosóficas y antropológicas… y sí, echarle “la culpa” de este estalinismo democrático que nos invade, esa barbarie conceptual de la cual el fragmento que trascribes de Marx en las primeras páginas de tu libro, extraído de “La dominación británica en la India”, es un síntoma estremecedor.
Dudo que el mismísimo Stalin, conocido por su carácter liberal, se atreviese a firmar ese testimonio de la sacralización del dios Historia. Sacralización que impide la más mínima autonomía socrática o kantiana en las vidas, que hace que la sociedad occidental haya caído en el más kafkiano automatismo y que la política sea una aburridísimo bienestar binaria entre derecha e izquierda, mercado y estado, religión e ilustración, “despotismo oriental” (Marx) y grandeza de la iniciativa histórica, etc.
Me refiero en el fondo a algo doblemente eficaz por el hecho de que jamás es explícito, esta prohibición diaria de tener alma, de vivir y pensar desde tu más íntima y lejana zona de sombra. Intenté repensar a Deleuze, a Agamben y Badiou, contra Marx, al margen de Marx. No sé si lo conseguí. Sea como sea, pocas veces un libro mío ha sido acogido tan hostilmente, aunque esa frialdad tome naturalmente la forma del silencio democrático.
Después, creo que no, que no me habría valido cualquier otro autor del siglo XIX para la crítica que propongo, la denuncia de ese “imperialismo” del contexto sociopolítico que ha convertido al hombre en una “pelota de ping-pong con memoria de los rebotes”, según la caricatura que en algún momento se hizo del conductismo.
Las perlas que ayer dejabas caer (“¿Qué clase de persona debo ser…?”) creo que están bloqueadas por un “marxismo” empotrado, de término medio y sin necesidad de explicitarse ideológicamente. Un poco como los paradigmas de Kuhn, pero también expandidos entre la derecha, dogmas que ha hecho retroceder la autonomía del hombre y la cuestión “moral” hasta niveles literalmente espectaculares.
Niveles que explican el bloqueo político del presente, el hecho de que todos los apuntes de alternativa política (salvo tal vez las de extrema derecha) acaben tragados por la presión de la opinión pública y el espectáculo de lo visible, por el peso de la economía y la información, por la multiplicidad esterilizante del consumo y su fondo nihilista. Parafraseando un momento de ayer, hoy ya es heroico atreverse a estar a solas con una cuestión y tomar una decisión, al margen del estruendo global.
Pero todo esto necesita ser explicado más pacientemente, lo sé, de manera más didáctica y lenta a la que yo estoy acostumbrado. Me encantaría que me pudieras ayudar a organizar una sesión en Enclave en la que estoy pensando. Ya te contaré.
Gracias por tu labor, por la fuerza política de tu encanto personal, y por tu libro.
Abrazos,
Ignacio
Madrid, domingo 20 de octubre de 2013
nuevas formas de matar
Las tres chicas de Alcàsser, Rocío Wanninkhof, Marta del Castillo, los niños de José Bretón. Ahora, en claroscuro, ese ser que se llamó Asunta, su rastro leve en Santiago y alrededores. Llama la atención, en estos tristes casos criminales de los últimos años, algunos todavía no resueltos, el peso de la ferocidad informativa. Junto con esto, como su otra cara –es preciso decirlo-, una escandalosa inoperancia policial. Torpeza que en el caso de Marta del Castillo llega a niveles de esperpento. No entremos en detalles, pero ¿tal incompetencia profesional se deberá al hecho de que también la Policía y la Guardia Civil se pasan el día entero pegados al delirio informativo, siguiendo la carnaza del escándalo y buscando signos del último rumor?