Querido T.,

Sobre la violencia activa y pasiva de escribir, te diré que yo no lo logré (mal que bien, con los límites barrocos de mi propio estilo) hasta que conseguí acotar mi ambición, limitándola a decir esto o aquello, no todo. Sin pretender decirlo TODO a la vez. Esta ambición desmedida trabó durante años mis intentos. Es bueno, para curarse de esa ambición omnipotente, escribir modestamente sobre una película o hacer la reseña de un libro.

                Tiene gracia, pues al video lo titulas «Violencia imposible». Reconoces incluso que tuviste que hacerte una violencia que no lograste (romper con la procastinación, la pereza, quizá la vanidad…). Y sin embargo, la grabación es violenta en sí misma. Se te ve violentado, incómodo, nervioso. No eres una víctima, T., ni vas de eso, pero ninguno de nosotros está libre de lo peor.

                Quizá esa tensión ocurre porque toda tu exposición es demasiado teórica, demasiado pendiente de lecturas… en vez de estar atenta a tu vivencia; a tu violencia, la que sufres y la que ejerces. En ese sentido, perdóname, es una exposición un poco universitaria. Después, tal vez por eso mismo, creo que es abstracta, desenfocada. No sé qué diría hoy Pablo Iglesias, pero yo pienso que no existe poder, no hay en realidad existencia, sin violencia. Tener poder (tú, yo, el Estado español) es ejercer una violencia: aunque sea sonriente, no sangrienta, irónica, a través de derroteros oblicuos, etc. El propio Deleuze, hablando sobre lo que él llama control, no niega que se haga en esa sociedad un tipo de violencia, aunque distinta a la disciplinaria: la violencia de una rivalidad inyectada e interminable, la violencia de la velocidad obligatoria de la tabla de surf (ese estresante «estar al día»), la violencia de geometría variable en una cárcel sin paredes que se confunde con nuestras formas de diversión y nuestros modos de percepción. No hay nada peor que un prisionero que no sepa de qué le están hablando cuando nombran su prisión. Esto tiene que ver algo con el mito de la caverna… y con Esto es agua, de F. Wallace.

                Pero no quiero hablarte de lecturas. Esta sociedad no sólo no ha abandonado la cinegética de lo local, sino que ejerce sobre lo local (los cuerpos, los territorios, las culturas) la más fanática y cruel de las agresiones. No hace falta pensar otra vez en Gaza, en los inmigrantes de París o Madrid, en la gente «fea» de Venezuela e Irán. Cada uno de nosotros, como existencia singular, es sometido cada día a toda clase de humillaciones (por goteo, eso sí) para que se rinda, se homogenice y se aísle en una diferencia narcisista. Para que, desde un desarraigo profiláctico, interactúe, entre en una agotadora interactividad. Pero la interpasividad es previa: el individuo (son sólo el varón) deber renunciar a cualquier noción primitiva de autonomía, debe abandonar cualquier relación atávica con sus raíces y hacer una «vida sana» que le ponga en manos de la sociedad médica del conocimiento, esta gran madre, el poder uterino de la época. Las mujeres están de moda. ¿Por qué? Porque hoy el poder ha de ser doméstico y subjetivo. La información, para conformarnos, nos sirve por fuera lo mal que le va a los otros, los que persisten en una vía elemental.

                La horizontalidad del feudalismo tecnológico es nuestro IV Reich; en un flexible inglés, una vez que el III en alemán no funcionó. Lo siento, soy así de «pesimista». El aire sexy de nuestras formas de gobernación esconde un odio fúnebre, una fétido pesimismo frente a todo lo que sea espontaneidad, inocencia o frescura (palabras todas ellas estúpidas, lo reconozco) brotada desde las venas. Te podría citar, ya que te gustan las citas, todos los libros de Agamben, Tiqqun y el Comité Invisible. Te cito sólo una frase de nuestro amigo común Paco Carreño: nuestras élites odian la sencillez, sienten pánico ante ella. En la sencillez la vida mortal es libre, ni siquiera tiene miedo a la muerte. Ellos no pueden tolerar eso. Por eso para un buen académico Bobin es «cursi».

                La hipótesis de una violencia perfecta, sin sangre, es el eje de En espera. Pero esa hipótesis no excluye la sangre de los otros, que correrá a raudales sin que nadie proteste. Por tanto, mañana puede ser la nuestra, el día en que cometamos un error y caigamos del lado del mal. Que le pregunten a Errejón y muchos otros. Del inmanente control de Deleuze hemos pasado a una Tercera Fase, ni disciplinaria ni rizomática, que combina la obediencia cachonda y terciaria a la diversidad con el espectáculo de las matanzas lejanas, en los amplios campos de caza primarios (comunitarios, teológicos) que nos rodean.

                Ayer un camarero del gobierno de Trump presumía en público acerca de Irán: «No es una guerra justa, los estamos castigando». Y la izquierda europea sólo protesta ante la barbarie en cuanto a las formas. Ya en la superficie, está esencialmente de acuerdo en ese racismo democrático según el cual Maduro, Jameini y Putin son un asco. En sus diversas formas, la cultura de la cancelación obedece a ese odio a cualquier afuera. No sólo se cancela al actor Kevin Spacey; se cancela a un país entero: mira cómo Sánchez habla, a los tres días de que 160 niñas sean quemadas vivas, del Irán de los ayatollahs. Fíjate en Rutte y en toda la laya de ignorantes que nos intentan gobernar. Trump es sólo un epítome de la desvergüenza en la que estamos. Eso es lo global, la desvergüenza.

                Por eso me asombra que no sientas que debes defenderte, que no sientas esa violencia infinita que se ejerce cada día sobre nuestras mentes y nuestros cuerpos. Tú estás protegido (tu familia, los jóvenes, la Universidad), lo sé. Yo también estoy protegido: mi clase media, mis recursos intelectuales, mi familia, mis amigos… Aún así, no debemos perder nunca de vista a Pasolini y sus premoniciones («Todos nosotros estamos en peligro»): vivimos en medio de una secta criminal y es por tanto muy saludable, moral y políticamente, aprender a combatirla y odiarla. «Aprender» significa también dosificar nuestro veneno, adiestrarse en infiltrarse en el coma moral de nuestro entorno y retener el «paso al acto» de los golpes. En suma, saber esperar, saber esconderse y latir en la clandestinidad. Ha de haber, al menos, una teología negativa para el secreto.

                Muchas otras cosas, incluida esa división de la que hablas entre indies y gymbros, es completamente episódica y secundaria. Odiado por la filosofía académica, Badiou tenía razón cuando al comienzo de su San Pablo hablaba de un escandalosa e invisible simplicidad en las estrategias de la gobernanza en este capitalismo tardío, cada vez más «queer»: aislar y humillar todo lo real (no sólo las relaciones y la familia, también el tabaco y el alcohol han de ser malos); conectar, diversificar y divertir en todo lo virtual, una vez que la existencia está anulada. Lo anulado como singularidad real será recuperado como turístico.

                Mira simplemente al proxeneta Rutte, por no hablar de las rameras modernas Cayetana o de Ayuso. Al verlos nadie diría que las viejas formas de poder perviven. Pero sí, perviven, y con una violencia elevada a la enésima potencia, pues se ha hecho emocional e inteligente. Vivimos bajo un feudalismo de cuño horizontal e inclusivo que odia que cualquiera (individuo, nación o cultura) respire aparte. Es así de simple, lo siento. Las amenazas sobre Irán, Rusia o Cuba, no existirían sin ese odio viejuno que nace con el capitalismo. Que ahora ese odio esté dirigido por pijas que nunca han disparado ni en una barraca de feria, como Kaja Kallas o Yolanda Díaz, no debería llevarnos a engaño.

                La serpiente es la figura de Deleuze para resistir al poder-surf que se nos sirve. Es decir, ser capaces de la mayor velocidad para poder morder, incluso a la tabla de surf, y acto seguido retirarse a la clandestinidad de la hierba y recuperar el ser lento que somos. Es cierto que Deleuze y Foucault (este último tan de moda en la academia) se nos han quedado muy cortos. Pero no tanto por las formas de resistencia microfísica que proponían como por un registro ontológico y teológico que está en Agamben (odiado otra vez por la academia) y que hoy es indispensable para sobrevivir. Es urgente reinventar la relación ontoteológica con un afuera, con una trascendencia puramente enigmática, negativa, sin la cual hoy nada puede vivir tranquilo o respirar aparte, lejos de nuestro poder psíquico asfixiante.

                Es urgente recuperar un modo violentamente juvenil de sentir, de pensar y vivir. De beber, follar y fumar. Sí, recuperar lo salvaje del encanto, de la inocencia, la seducción y el sexo. Y no hay otro: no existe un sexo vegano. Tiene coña, y es un poco preocupante, que tenga que decir esto a ti un señor mayor como yo. ¿Dónde están los jóvenes, aparte del onanismo virtual? ¿Apoyando con «el sexo, las drogas y el rock» el complot primermundista contra lo real?

                Así pienso, lo siento. Si yo me equivoco completamente y estoy exagerando una vez más, no pasa nada. Escuchas educadamente a una persona mayor y te quedas, de esa misa, ni con la mitad. Si yo estoy en lo cierto, salvo que mañana tengas poder (este poder perverso del cual Epstein es sólo una punta estadística), tu vida estará radicalmente en peligro. Piénsalo. No morirás, probablemente, ni se te harán sangrar en público. Pero todo lo que te rodea intentará convertirte en un muerto en vida. No es casual, insisto, que las series de zombis sigan de moda.

La discusión está servida. Un abrazo, T., y hasta la tarde,

Ignacio

libros


Antropofobia. Inteligencia artificial y crueldad calculada Ignacio Castro Rey

Antropofobia. Inteligencia artificial y crueldad calculada
Ignacio Castro Rey
2024

Editorial: PRETEXTOS
ISBN: 978-84-19633-84-2

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Sexo y silencio
Ignacio Castro Rey
2021

Editorial: PRETEXTOS
ISBN: 978-84-18178-92-4

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En Espera. Sobre la hipótesis de una violencia perfecta.
Ignacio Castro Rey
2021

Editorial: La Oficina Ediciones
ISBN: 9788412113662

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Lluvia oblicua
Opinión y verdad en la sociedad del conocimiento
Ignacio Castro Rey
2020

Editorial: PRETEXTOS
ISBN: 978-84-17830-90-8

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Mil días en la montaña (Roxe de Sebes)
Ignacio Castro Rey. 2019

Editorial: fronterad
ISBN: 9788494858130

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Ética del desorden.
Ignacio Castro Rey. 2017

Editorial: PRETEXTOS
ISBN: 9788416906185

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