El poder de las rotondas

No revelamos nada nuevo al decir que nuestro orden social climatizado funciona con la circulación perpetua. Nada debe detenerse para que no se vea su inanidad, su absurdo, su falsedad. En tal sentido, dándole una anchura de capital a cada antiguo cruce, las rotondas son un símbolo de nuestra fluidez espectacular, esta velocidad inyectada que permite que nadie se tenga que hacer cargo de un destino propio e intransferible.

Como nación de nuevos ricos, España es el país de las rotondas. Europa es el continente rotonda. Y esta es el no-lugar por excelencia, pues ahí apenas puedes detenerte, menos todavía morar. Las rotondas son grandes círculos reglamentados que señalan nuestra obligación de circular sin desmayo, de no detenerse nunca, de no aproximarse en realidad a nada. Puedes divisar un bar deseable a quinientos metros  y no encontrar el modo de acercarte, tal es el laberinto de obstáculos, de barreras,  muros y vías que impiden ningún acceso directo. El muro del Este ha caído para que los muros se multipliquen en el Oeste. A veces en una gran ciudad, o sus afueras, es una auténtica pesadilla llegar a un sitio en concreto, tal es el trenzado de dificultades urbanas y arquitectónicas. Igual que escaparte de una discoteca en Vigo o Majadahonda al anochecer. Puedes tirarte cerca de una hora antes de encontrar la ansiada fuga de vuelta hacia tu casa.

Todo está preparado para que la desolación sea casi completa, pues un buen ciudadano no lo es si no está amedrentado y estresado. De otro modo el consumo es imposible, pues al fin y al cabo lo que consumimos son drogas para sedar nuestra íntima frustración diaria.

Facilitando lo impersonal de la circulación, las rotondas son así el símbolo de unas dificultades para el movimiento real y libre de las personas que no han dejado de crecer en las últimas décadas. Indican nuestra pasión por lo indirecto y la mediación normativa. Esto es, indican la dificultad creciente para tener relaciones francas y afectivas con nada, sea persona, lugar o cosa. Como en esos gigantescos aeropuertos donde es imposible sentarse ni entablar una relación personal con nadie.

Con un origen militar, igual que todos nuestros grandes inventos, pensemos en el significado de la necesidad creciente del GPS para orientarse en nuestra vida civil. Sin preguntarle a nadie ni ver ninguna cara de cerca, en un dédalo masivo donde es imposible establecer ninguna relación sencilla con nada ni nadie. El peaje de las autopistas solo es un signo más de que, en realidad, pagamos para sostener una velocidad que nos permita no comprometernos con nada ni ser responsables personalmente ante nadie. Tampoco ante nuestra propia vida, depositada en la consigna del poder social, de sus intervenciones consumistas y estatales.