JOKER: ¿Retrato de la violencia que viene?

Retrato más bien de cierta dulzura anómala. O de la compasión que viene, pues Todd Philips, en esta película que no deja indiferente a nadie, habla ante todo del sufrimiento del ser humano, un tormento del perdedor que podría ser cualquiera de nosotros. Cuando el protagonista vacía la nevera y se mete dentro, después de un sinfín de humillaciones, está indicando que querría retirarse de la presión incansable de este orden social que llamamos piadosamente capitalismo, como si fuera solo un régimen de economía ajeno a nuestra alma.  En realidad, ¿quién no ha sentido la urgencia de esconderse, tal vez para siempre, de un régimen social omnipresente y cruel (en su indiferencia) como pocos?

Lo que no vale la pena es insistir en la “impresionante actuación” de J. Phoenix, que las ha tenido tan buenas o mejores (¿nadie ha visto María Magdalena?). Tampoco tiene mucho sentido volver a insistir en la magnífica “paleta de colores” y el uso calibrado de la banda sonora. Todo eso es cierto, pero se ha repetido cien veces, ya forma parte de los tópicos y es lo más estándar de la película. Como tampoco es estimulante volver otra vez sobre las comparaciones, sea con Taxi driver, con anteriores trabajos de Todd Philips u otras versiones de Joker, las de Heath Ledger o las de Jack Nicolson.

“No sé por qué todos han de ser tan groseros” -dice Arthur- hablando de sí mismo y de la gente rara como él. Corazón torturado y alma melancólica, desde su tragicomedia Arthur consigue por fin pensar y encadenar actos calculados. La cadencia es lo que hace a esta película especial, un uso combinado de los tiempos del suspense, la acción impulsiva, la introspección y la reflexión que hace a este film algo magnético. Aunque siempre habrá quien se queje de que el resultado es demasiado lento y hay que dividirlo en partes, que gustan más o menos. Sea como sea, la música de Joker está antes en la cadencia temporal de la narración, y su fluida concatenación de escenas, que en el registro sonoro. Sin que sea tampoco una obra de arte que parte en dos la historia del cine (en este punto nuestro aburrimiento doméstico puede hacer estragos) lo que hace tan apreciable Joker otra cosa. Se puede ir a verla como un cómic más de superhéroes (otra vez el satanizado símbolo de los oprimidos frente al aristocrático Batman) y se encuentra uno con un realismo sucio que nos recuerda, y esto no ocurre tantas veces, en qué mundo real vivimos, bajo las pantallas policromadas que nos entretienen.

La primera virtud de este trabajo de Philips es un primer plano de cómo sufre la gente común, tras el espectáculo de la radiante America. Una incursión bruta en lo real que ningún maquillaje puede ocultar. Arthur no pertenece ni se adhiere a ninguna de las minorías mimadas por un sistema que maltrata a la mayoría no reconocida de la humanidad. Blanco, no tan joven, heterosexual, Arthur Fleck (no lo imaginamos ilusionado con Obama ni con Trump) sufre un trastorno mental que es sistemáticamente desatendido por todo el espectro social que le rodea, estado y sociedad civil incluidas. Y maltratado también por una juventud despiadada y unos comunicadores (la estrella mediática que encarna Robert de Niro) que no hacen más que, tal moscas en la carne, parasitar la desgracia ajena. No solo no queda ya ni rastro del sueño americano, sino que éste se ha convertido en una pesadilla para la gente de a pie. En cierto modo, Arthur es un moralista. Para él solo se salvan de un comportamiento perverso u horrible (awfull) los enanos y alguna otra subespecie de monstruos sociales, igual de zarandeados que él. El resto, enfermeras y asistentes sociales incluidas, participan de esa masacre acéfala de los don nadie que caen del lado de la invisibilidad. Arthur es un perdedor, pero se niega a dejar de serlo. Mejor dicho, se resiste a apuntarse a una salida en falso para convertir su desgracia en empresa cómica, sonriendo sin cesar como si nada grave pasase. Delante de su asistente social (negra, por más señas), a la que acusa de no escucharle, Arthur dice: “Lo peor es que toda la gente que sufre y está enferma debe actuar como si no lo estuvieran y parecer normales”.

La segunda virtud es que Arthur se arma desde su “enfermedad”, no huyendo de ella. Precisamente cuando el estado neoliberal le corta el suministro de medicamentos paliativos, convierte su dolencia en instrumento de otro saber, otro modo de vida y de iniciativas. Arthur apunta en un cuaderno sus pensamientos, algunos chistes y dibujos de su infierno personal. Sin nada que perder, escribe frases lapidarias: “Espero que mi muerte tenga más sentido que mi vida”. De hecho, su risa expresa sin palabras el desprecio que le inspira un orden social demócrata-republicano que es tan grotesco que ya no admite más críticas ni caricaturas. Digamos que no articular una crítica discursiva, sino desarticular una risa imparable, es una decisión política, aunque no plenamente consciente, ni falta que hace. No llorar es lo que hace Arthur, no quejarse como una víctima más y desatarse en un risa abierta que anuncia lo peor: el perdedor nato está conspirando, resurgiendo desde sus cenizas. ¿Es esto lo que en los intelectuales instalados preocupa de esta película? Bienvenido sea.

El baile de un cuerpo escuálido, a veces muy grácil, anuncia la alegría de la destrucción, punteando la ofensiva que está tramando el tormento de Arthur. Él está tan atónito por la crueldad que le rodea que ya no puede ni llorar ni articular palabra, por eso ríe de pronto, sin freno. A la risa desatada le suceden crímenes, en parte de los cuales el público participa con cierto regodeo disimulado. A la asistente negra que le cuida llega a espetarle: “Nunca me escucha, siempre repite la misma letanía. ¿No ve que, con la vida que me ha tocado, solo puedo tener pensamientos negativos?

Nos parece una concesión despistante, un guiño a los temas de moda, la alusión a un oscuro abuso infantil y a la irresponsabilidad de una madre, también horrible, que acaba siendo una víctima más de la justificada ira de Arthur. Pero en fin, nadie es perfecto, tampoco Philips. Aparte de esos despistes efectistas, pocas veces hemos visto (quizá en M. Moore) cómo la radiante sociedad de barras y estrellas trata realmente a sus súbditos. No sería tan extraño que la Academia estadounidense no premie Joker tanto como Venecia. O sí, pues el cinismo gringo es capaz de cometer la peor masacre y al poco tiempo sacarle partido con la crítica más espectacular.

La cinta de T. Philip es oscura, compleja, con varios niveles de narración, difíciles incluso para los que se consideran expertos. En todo caso, Joker es mucho más política de lo que el director cree. Es normal que la aclamación popular sea masiva (muchos nos desahogamos con el asesinato de los tres ejecutivos que antes han mostrado su brutalidad en el metro), a la vez que el progresismo ilustrado, norteamericano o europeo, exprese sus reservas ante este uso directo de la violencia. Pero matando, Arthur solo está devolviendo a la sociedad lo que ésta ha hecho con él: acribillarlo a plazos. Que los progresistas, desde su limbo, llamen a esto terrorismo donde quieran. Sentimos el mismo desahogo cuando Arthur cose a balazos a esos tres hijos de perra que el que sentimos cuando por fin el protagonista de La caza (Th. Vintenberg) le parte la cara al carnicero del supermercado que le maltrata.

Los crímenes de Arthur, en cuanto le coge el gusto a esa venganza, son todo lo exagerados que se quieran. Sin embargo expresan, y esto es lo inquietante para los intelectuales, que mucha gente vulgar, fea y pobre, no tiene más salida que la violencia directa. O eso o convertirse en víctima profesional que mendiga subvenciones.  No es el caso de Arthur, demasiado digno moralmente y demasiado político (sin serlo) para esa actitud vicaria. Digamos que la furia desatada, la fuerza autónoma de su risa le salva de convertirse en víctima. Las máscaras de los clowns que siguen al Guasón no son más que réplicas de las máscaras que todo el mundo lleva para ejercer la banalidad del mal, una maldad despersonalizada, irresponsable, acéfala. Todo ello en una sociedad mucho más hipócrita que las viejas sociedades de antaño. ¿Por qué esta obligación de sonreír? Pues bien, si es necesario sonreír sin parar, Arthur decide reír a pierna suelta mientras mata. Es normal que los críticos, al fin y al cabo parásitos del aire climatizado de sus privilegios, se preocupen.

 

Joker es brutal, ante todo, mostrando la cruel indiferencia de los poderosos. Frente a ella, lejos de estas series televisivas donde el crimen autista está justificado por un espectáculo sin entrañas, la violencia de Arthur es visceral y posee algo tan humano como el odio. Se dirige así contra los culpables de un orden social intrínsecamente perverso. Es seguro que Philips no tiene esta conciencia subversiva en mente, pero es algo lo que salió de sus manos.

Lo peor de ser pobre, perdedor o lisiado de guerra, es que la gente espera que no molestes y actúes como si no fueras más que una víctima que pide ayuda. No es el caso de Arthur Por eso acaba combinando tan bien comedia y tragedia. De la comedia barata a la que se ve obligado pasa a provocar la tragedia y, así, una comedia de orden superior, nada fácil para el público cautivo del espectáculo. Le devuelve entonces a la sociedad, Arthur, lo que ella misma ha generado. Él no puede, y tal vez no quiere, ir a la consulta del psicoanalista: se cura matando. Se dirá, con razón, que esta salida es inmoral. Pero es que también es inmoral el orden social que le rodea, ese círculo vicioso de maltrato y reacción criminal que nuestra sociedad del conocimiento genera.

¿De qué se ríe Arthur, finalmente? De un mundo que ha rebasado toda caricatura y que solo puede reencontrarse en el apocalipsis, mientras todo se lleva al extremo de la crueldad. Su adorable vecina negra, a la que también (como mínimo) llega a asustar, representa un poco la solidaridad entre marginados. Igual que el beso que le da Arthur al enanito asustado: “No quiero herirte, siempre me has tratado bien”. Pero queda muy poca gente con corazón en la metrópoli, pocos que no estén, como mínimo, muy estresados y a la defensiva. Cuando Arthur le sigue la corriente a un niño negro en el autobús e intenta entretenerlo con muecas, enseguida tiene que oír la dura reprimenda de la madre, como si se tratase de un pervertido a la caza de niños inocentes.

Tropezamos entonces, era inevitable, con la moderna historia de la banalidad del mal. Casi nadie en esta película, tampoco Arthur, es un malo de cuento. Quizá tampoco el conductor de televisión, antiguo ídolo juvenil de Arthur, que se limita a hacer circular la crueldad que dispara el índice de audiencia. Germanwings, Columbine, Nanterre (Richard Durn) y cien lugares más nombran esos jóvenes que no hemos dejado llegar a adultos. Les empujamos a morir matando. Y en masa. ¿Por qué? Porque esos seres ya no veían la vida por ningún lado. En tono de comic, acaso sin saberlo, Philips no deja de tratar esta gravísima cuestión que, entre otras muchas, se cierne sobre unas metrópolis que han olvidado cualquier misericordia, cualquier piedad humana sin carnet. Es posible que, finalmente, el Norte tenga lo que se merezca. Es éste uno de los mensajes inconscientes de Philips. Gracias, es un poco más que nada.

Ignacio Castro Rey. Madrid, 22 de noviembre de 2019