Entrevista en Vozpópuli: Ignacio Castro Rey, filósofo: «Los países que odiamos y bombardeamos son siempre comunitarios»
por Victor Lenore
9 de agosto, 2026

 

1/ Dos cuestiones previas: ¿cuál fue su motivación principal para escribir el libro? ¿Cuál es su posición espiritual o religiosa?

Mi  motivación principal al escribir Los odios y los días fue estresar la cultura inmensamente creyente que me rodea con un acercamiento al vértigo de lo real, y esto a través de una sabiduría cristiana que hemos reprimido entre nosotros. El libro tiene sus antecedentes en un trabajo sobre Pasolini, autor que me marcó profundamente hace veinticinco años. Posteriormente, emprendí una investigación filosófica sobre el evangelio de san Juan para un seminario que fue legendario en los años 90. Finalmente, siguiendo a Nietzsche (y al diablo) como hermano gemelo de Cristo, mi libro se planteó el conocimiento que podemos y debemos tener hoy de lo sagrado, del laberinto de una realidad llamada analógica. ¿Análoga de qué? Del silencio, del vacío. El reto de mi libro es volver a adivinar el presente, cómo lograr una fe en lo visible y sus espectros. Hace falta mucho coraje para atravesar este espectáculo bestial de la sociedad y volver a creer en la realidad. Como puede ver, no soy primeramente un creyente. Ante todo, soy un activista, un militante de las sombras que vienen, aquellas que nunca debimos traicionar.

2/ El libro arranca con varias citas, una de ellas muy rotunda: «La secularización es, ante todo, debilitamiento de los vínculos, de todos los vínculos» (Roberto Calasso). Me ha hecho pensar en el progresismo actual, que denuncia esa fragilización de las relaciones sociales, pero defiende un programa que las acelera (feminismo, endofobia, estatismo…). ¿Apuestan por un enfoque suicida?

Eso creo. A la vez, es una apuesta genocida. Nuestra cultura está atravesada por un redoblado odio a la otredad más cercana, una aversión que hoy parece particularmente dañina. Odiamos en los otros lo que pervive en ellos de cierto «atraso» comunitario que querríamos extirpar en nosotros. La antropofobia resultante de nuestra tecnofilia acaba en un aislamiento narcisista, individual y colectivo, que tiene en la histeria de la comunicación un modo ficticio de llenarse. El espectáculo de la destrucción, con la deconstrucción de los vínculos natales, es la única salida para una cultura normativa que aborrece el exterior terrenal. Hace mucho que no somos víctimas de la religión tradicional, que era una gestión colectiva de la exterioridad, sino de un nihilismo dogmático que ha de liquidar cualquier forma de comunidad. Pensemos en los países que odiamos y bombardeamos: son siempre comunitarios. Tomar en serio el vacío, la religión en su potencia cognitiva, es la única vía de volver a respetar los límites y la multivocidad del mundo. Solamente el enigma de la desaparición puede unificar y dar sentido a la humanidad, a esta abigarrada variedad de las apariencias en el planeta contemporáneo.

3/ Juan Manuel de Prada defiende en el prólogo que «la grandeza mayor de este libro consiste en tender puentes a través de los que nuestro narcisismo pueda conectar con nuestra otredad». ¿Podría poner algún ejemplo concreto de esto? ¿Por qué le interesa?

Prada ha hecho un prólogo muy generoso. No sé si nuestro narcisismo, forjado en una flexibilidad cadavérica, puede hoy conectar con nada que no sea el ombligo de su propio tedio. Creo que sin reventar el amurallamiento militar de las subjetividades posmodernas no hay regreso posible a la penumbra de la verdad, tampoco al dédalo de una tierra compartida. Fijémonos en el ejemplo de estos días en Argentina: hoy el prójimo ilustrado ni siquiera se entera de su irrealidad, de su ridículo. El deterioro perceptivo y cognitivo de nuestra cultura es resultado de una degradación adolescente en la relación con lo negativo, con el misterio ancestral de lo común. Lo grave es que sin una buena relación eso, con lo trágico, es imposible la comedia humana ni sus rituales de encuentro. Hace tiempo, Marlon Brando recordaba que todos necesitamos ser geniales actores para sobrevivir a la tétrica vida social que hemos construido. La otredad no es una sobreañadida cuestión moral que deba complementar la eficacia del bienestar. Se trata más bien de una cuestión de supervivencia: sin el regreso a un culto de lo otro ni siquiera podemos escuchar nuestros latidos. La dimensión psiquiátrica de nuestra deformación comienza en el racismo hacia esa alteridad íntima y oscura sin la cual no somos más que muñecos asesinos. Nuestro problema brota de una inconsciente estupidez con respecto a nosotros mismos. Fijémonos en uno cualquiera de nuestros líderes, políticos o musicales. No es sólo que sean completamente incultos, sino que han logrado incluso no saber nada de sí mismos ni del mundo que intentan gestionar. El ruido del espectáculo les tapa completamente los oídos, la realidad elemental de sus propios gestos, porque la ficción social les otorga una especie de impunidad. Ni siquiera puede imaginar hasta qué punto son previsibles. Tampoco lo ridículos que resultan en sus trajes bien cortados. Esto visión puede parecer despiadada, pero busca lo contrario, una piedad que se aproxime al laberinto de la vida más común. Pide usted ejemplos. Piense en la última vez que se encontró con alguna verdad. Hoy proceden sólo de momentos clandestinos. Nuestra intimidad, y la del prójimo, está actualmente más alejada que los antiguos polos Norte y Sur. Por eso las élites sueñan con viajar a Marte, porque han perdido cualquier vínculo anímico con la gravedad, con una simple vida mortal. En nuestra ferocidad, somos infinitamente frágiles. El retroceso ante la locura de vivir, una psicosis que fue esencial en el cristianismo primitivo, ha multiplicado hasta la enésima potencia las neurosis. Si no cambiamos a tiempo, otras culturas se encargarán de relevarnos.

4/ Cita con frecuencia a Pasolini, gran profeta de nuestra era. ¿Infravaloramos aún la potencia del «nuevo poder» progresista sobre el que nos advirtió?

Absolutamente. Vivimos cegados por la peor de las policías, la de la «visibilidad». El resultado es que no podemos ver nada, ni siquiera nuestros pies. Si estamos inmersos en el empoderamiento hasta las cejas, difícilmente podemos percibir el absurdo de aquello que nos permite sentirnos superiores, algo así como guardianes del primer mundo. Fíjese que ni en Ucrania ni en Irán, por poner dos ejemplos mediáticos, no nos enteramos prácticamente de nada, ni siquiera de datos obvios de la cruda realidad. No hace falta censura para lograr esa sordera en red, pues vivimos en un bucle perfecto donde cada quien pone su granito de arena a la hora de repetir consignas. Desde los grandes medios al último individuo, funcionamos en una ceguera narcisista que funciona como las muñecas rusas: hoy por ti, mañana por mí. Hace décadas, Pasolini advirtió en Italia y Europa de un poder uniformador, el del consumo, que la Iglesia distaba de haber tenido nunca. Naturalmente, no fue escuchado. El resultado es este orbe, previsible como pocas veces hubo. No sólo Rusia y China conocen nuestros siguientes pasos militares. Es que nosotros mismos, al viajar a Pontevedra o a Chicago, podemos adivinar las tres películas de las cuales no se ha oído hablar y las tres novelas que se leerán obligatoriamente. El efecto de este conductismo masivo puede dar lugar a mil situaciones graciosas, pero también es inquietante sospechar que Huxley y Orwell se han quedado muy cortos. La censura ya no emana hoy de un centro, sino de una espontaneidad tan diversa como nuestras costumbres.

5/ «El cristianismo no tiene exactamente enemigos. No puede tenerlos si ha de atravesar, en principio sin violarlos, todos los cuerpos». ¿En esto radica su subversión? ¿En qué si no?

Creo que en esto, en una potencia oriental de infiltrarse (que fascinaba e irritaba a Nietzsche) que es anterior al coraje para el enfrentamiento. Si alguien ha travesado la muerte, para no tenerle ya miedo y resurgir al otro lado, ¿cuál puede ser el enemigo? También los romanos, los judíos y fariseos hostiles a Cristo, han de tener oídos para una nueva que, en el fondo, sólo consiste es esto: la muerte no es nada, sólo el remoto útero materno que puede permitir una resurrección; el acceso a otro modo de percepción y de peregrinaje en este mundo. No es tan extraño que se odiase a Cristo, este hombre que se presenta como el hijo de Dios y emplea parábolas enigmáticas. No es extraño tampoco que en tres siglos el mensaje de este hijo de un carpintero derritiese los muros del exclusivismo romano y judío. Es dramático que los herederos actuales de tal universalidad, basada en una legendaria inversión de la muerte, estemos empeñados en amurallarnos en el nuevo fariseísmo tecnológico de una democracia para elegidos. Lo peor de todo es que esquivar el signo afirmativo de la muerte lleva a entender únicamente la muerte de los otros. De ahí nuestra afición a las matanzas, al espectáculo televisivo y a las nuevas formas de la guerra.

6/ Su ensayo habla del pecado y el error como caminos de perfección. Incluso pone el ejemplo de la muerte del hijo de Nick Cave, un dolor que el cantante explica que le hizo mejor persona. ¿Cómo funciona este proceso?

Con el beneficio de lo traumático, la gran escuela de una adversidad exterior que hemos olvidado. Nos pasamos el día buscando seguridad, también una salud y una felicidad que obedezcan a un canon. En pos de ese fin, la información y la tecnología no acercan nada real, más bien lo alejan a través de simulacros. Las pantallas incesantes que nos rodean son un reflejo de la interioridad infinita, de cuño protestante, en la que nos hemos refugiado. La prohibición policial de cualquier épica, salvo en los videojuegos, lleva a esta latosa y estéril inflación «ética», una moralina que lo inunda todo, nos paraliza y hace al mundo muy aburrido. Algunas brujas y brujos de la tribu contemporánea (no sólo Cave o Robert Lax, también otras y otros, por ejemplo, un desconocido llamado Mariano Giménez) proponen exactamente la vía contraria: curarse con la intemperie, con un inevitable viento exterior al fin convertido en habitable. La obligatoria corrección política, trasfondo de la corrección tecnológica, entraña una tétrica propuesta antropológica de encierro. Nada podría hacernos más débiles e infelices, igual que les ocurre a los animales enjaulados o a esas castas de «pura sangre» criadas en una selección endogámica. Unos pocos artistas, herederos del antiguo hechicero, proponen otra senda perdida: no curarse liquidando la enfermedad, sino escuchándola. Es la línea de Verlaine: Ama. Sal de tu noche. Tal como estamos de anestesiados, hoy sólo podemos amar, con suerte, después de un accidente que nos sacuda y nos convierta a otra cosa. Creo que Cave se refería también a eso.

7/ ¿Qué opina de las actuales batallas de la iglesia católica? La derecha parece incómoda con ella, la izquierda intenta instrumentalizarla y se acaba de producir un cisma lefevriano. ¿Qué le interesa más del catolicismo actual?

Lo más interesante de la Iglesia es su capacidad de decir NO, de ser impermeable al espectáculo global de la barbarie. La valentía de ser tradicional, sea en la guerra o en la natalidad, me parece de lo más atractivo en la Iglesia. Cuando la eutanasia se convierte en la más radical propuesta nihilista de los estados, en vez de fomentar el nacimiento y cuidar a los vivos, me parece fundamental que una institución mundana resista y puede ser «reaccionaria», sin complejos. Hasta en la reciente encíclica papal en torno a la IA hay algo de un viejo sentido común, y unas ancestrales intuiciones, que nunca debimos olvidar. Aunque echo a veces de menos la noción de pecado e infierno, la capacidad que debía tener la Iglesia para resucitar la culpa en nosotros. Por esa ausencia de culpa vivimos en una especie de limbo congelado, sin morir ni vivir a fondo, pues nadie se siente obligado a arrepentirse de nada.

8/¿Qué opina del regreso del catolicismo cultural? No solo Rosalía y «Los domingos», sino también fenómenos previos como Sorrentino, Houellebecq y el taquillazo de Mel Gibson sobre la pasión de Cristo. ¿Subvierten o normalizan el cristianismo?

Aborrezco el espectáculo «americano» y su tergiversación de la historia. Nunca vi lo de Gibson, como tampoco veré «La odisea» de Nolan. Hace mucho tiempo además que Houllebecq, sin dejar de ser inteligente, resulta bastante abominable en su rutina islamofóbica. En cuanto a Sorrentino, he reconocido públicamente mi sospecha de que ha muerto de éxito. La grazia es un remedo torpe de La gran belleza, que posiblemente ya era un avatar de cierto Fellini. No niego que en todos estos «regresos» haya algo aprovechable, pero les falta el compromiso con lo abierto, con lo trágico que siempre ha sido la pulpa más enérgica del cristianismo. En cuanto a Rosalía y Alauda Ruíz, qué sé yo. Con su corrección política y su brillante puesta en escena de pretensiones cosmopolitas, a la postre una negación brillante de Simone Weil, Rosalía me aburre mucho. No logré ver «Los domingos», aunque tenía interés en ella. Y esto a pesar de que «Cinco lobitos» me echó de la sala, pues me pareció soporífera e inquisitorial: la natalidad es una pesadilla, los hombres somos malos… En fin, lo de siempre. Me gustaría que todos estos signos comerciales significasen algo, cierto regreso a una espiritualidad que nos haría falta para ser menos despiadados. Pero no sé, con frecuencia parecen el complemento cultural, inofensivo y elegante, de la pragmática obscenidad diaria, este genocidio antropológico que es esencial en la economía de este último Occidente de Rutte y Kaja Kallas… Es como tener esperanzas en que Shakira, finalmente (como buena latina vendida) un alma de simpatías sionistas, encarne una vuelta a algún calor sentimental. Pues no, me gustaría equivocarme, pero creo que va a ser que no. Por cierto, ¿las mujeres son hoy tan importantes porque ellas dirigen esta domesticación global, insidiosamente anticristiana? Quizá soy demasiado pesimista. Por lo pronto, cerca de hombres como Bergamín, sigo confiando en el apocalipsis. Aunque me gustaría que fuera a cámara lenta, compatible con este chiringuinihilismo que tanto juego da en los meses de julio y agosto.

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Los odios y los días nuevo libro de Ignacio Castro Rey 2026

Los odios y los día
La subersión cultural y política del cristianismo
Ignacio Castro Rey
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Antropofobia. Inteligencia artificial y crueldad calculada Ignacio Castro Rey

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Ignacio Castro Rey
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Ignacio Castro Rey. 2019

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Editorial: PRETEXTOS
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