POLUSTANOK (The train stop) (S. Loznitsa, 2000)

Una pueblerina estación de tren entre Moscú y San Petersburgo. El bieolorruso Sergei Loznitsa, en uno de sus primeros trabajos, parece hacer un homenaje al expresionismo de sus maestros rusos. De los que, por cierto, no reniega a raíz del actual conflicto ucraniano, lo cual le valió sanciones de la Academia de cine en la nación dirigida por el actor Zelenski.

La filmación es del año 2000, pero es tal la pobreza, es tal la sencillez de estas indumentarias campesinas que las escenas son casi atemporales y valdrían para cualquier otra década. Un lugar cualquiera, un momento cualquiera: precisamente allí donde no suele haber ninguna cámara informativa… Ni los políticos, de cualquier ideología, que quieren «cambiarnos la vida».  Para explicar su cine, Sokurov se preguntó en su momento: ¿Qué ocurre cuando no pasa nada? Así Loznitsa. Va directo al corazón de una humanidad desnuda, pillada cuando las defensas están bajas por cansancio, agotamiento y sueño. Fijaos en ese niño derrumbado de un cartel que anuncia la película. Es como si nuestro director pintase una pietà donde la Madre que sostiene el cuerpo yacente del Hijo no son la Virgen y Jesucristo, sino cualquiera. Sería curioso conocer las referencias pictóricas de Loznitsa para este retablo de todas las posturas posibles de una lasitud de los cuerpos vencidos. También en El sueño de Jacob, del portentoso José de Ribera, el rostro sin ojos del protagonista se desdibuja -por el sueño- en un limbo de dulzura donde cualquier expresión es posible. Solo queda el enigma de ser, el vértigo tranquilo de tener un cuerpo.

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Segunda sesión del taller «Decálogo para salir del invierno»

El beso (A. Chéjov, 1887)

Quiso imaginársela dormida. La ventana de la alcoba abierta de par en par; las verdes ramas que se asomaban a ella; el fresco de la mañana; el olor de los álamos, de las lilas y de las rosas; una cama y una silla, y sobre ésta el susurrante vestido de la noche anterior.

 

Una golondrina no hace verano, se ha dicho, pero aquí un solo beso accidental -y no precisamente en la boca, en contra de lo que sugiere la portada de esta edición- cambia durante meses una vida anodina, arrancándola de su tedio y su tristeza. No ser nadie aparece en este cuento de Chéjov la condición para desearlo y soñarlo todo, para imaginarlo todo. Como en otra versión de aquella vieja sentencia que algunos hemos repetido cien veces: «Tú quisieras un mundo, por eso lo tienes todo y a la vez no posees nada».

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