Dejar todo como estaba

Homenaje al último debate del taller «Decálogo para salir del invierno».

Dondequiera que vayamos nos acompaña un poder amniótico que nos mantiene sujetos, como si estuviéramos hechizados. Es el poder del todos juntos, donde nadie de los nuestros debe quedarse atrás. Una clave de este poder acéfalo, envés invisible de la visibilidad, es el control a distancia del tiempo. El poder de lo numérico, del tiempo contado, no el de una localización espacial que solo opera en emergencias policiales o militares. De hecho, gracias a las tecnologías portátiles nos pasamos el día entero ilocalizables, como si esta fuera la única forma de escapar a un orden inmanente, disperso y sin centro. Para la fibra óptica del control civil es indiferente dónde estemos, pues en la cobertura móvil que nos sigue -es la gran mascota- todo son escenarios de un tiempo sometido a la ficción social. ¿Es extraño que la ficción tenga tanto éxito en el sistema?

Si la precariedad laboral es soportable es porque estamos empleados a perpetuidad como consumidores de la banda audiovisual que nos acompaña, precediéndonos como un cielo protector. Ya no salimos de ninguna fábrica, de ninguna prisión. Trabajamos el día entero como espectadores del tiempo libre que nos deja el fin del trabajo clásico.

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tecnología y monstruosidad

«Cazan sin hambre», dice un padre desesperado hablando de su hijo. El chico es bueno, educado y obediente, pero completamente apático, indolente e incapaz de esfuerzo sostenido, como si a sus 14 años ya estuviera de vuelta de todo. Éste es uno de los signos de la época, la función de llenado que ejercen la información, las facilidades técnicas y las pantallas portátiles donde todo parece servido a la mano. Si uno está lleno, sin hambre, ¿qué puede aprender todavía? Si los alumnos están colmados, casi de vuelta de todo, ¿qué puede enseñar una madre o un profesor? Se dice, y hay razones para tomarlo en serio, que hay jóvenes (no solo en Japón) que ya están devuelta del sexo, antes casi de haberlo experimentado, por saturación de imágenes y conexiones.

Se mire como se mire, es más bien dudoso que la penetración tecnológica sea neutral o solo divertida. Fijémonos en que las clásicas tecnologías corporales deconcentración (mirar, escuchar, leer, pensar, recordar, amar; incluso preocuparse o sufrir) están en entredicho, como en suspenso, al retroceder ante las tecnologías sociales de dispersión: chatear, enviar Whatsapp, cambiar de canal, divertirse y deslizarse sin parar. La deslocalización parece haber llegado al cuerpo, que ha externalizado buena parte de sus potencias. Si la tarifa es plana, los efectos personales también lo son: atención distraída, miradas abstractas, silencio ensimismado… Y también, hay que decirlo, precariedad en los afectos y las relaciones. ¿A qué vamos a serle fiel si estamos educados en el movimiento perpetuo? El surf, dice el humor negro de Deleuze, contamina todas las actividades.

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