liquidación emocional y esperanzas marcianas

Una emoción es «un estado afectivo intenso que aparece de forma súbita y que va acompañado de cambios conductuales, fisiológicos y hormonales pasajeros». Podemos decir que las emociones y los sentimientos son equiparables, aunque algunos estudiosos definen estos últimos como estados anímicos menos intensos y con una duración a largo plazo. Pero no, tal como está de enfriado el patio de nuestra relaciones –nothing personal!-, la ira, el terror, el llanto o el amor son a la vez ejemplos anómalos, de emoción y de sentimiento, en la planicie de nuestra inmanencia socialmente bendita.

 

«Por delante la emoción; por detrás la inteligencia, cojeando» es una afirmación de Nietzsche que psicólogos o filósofos muy distintos, de Unamuno a Wittgenstein, podrían suscribir. Sentimientos y emociones son hoy equivalentes en el efecto de perturbación que tienen en el plano intelectual, desequilibrando el control que siempre pretende una cabeza y que hoy, con la penetración neuronal de la macroeconomía, se ha elevado a estrategia global del Yo. La emociones, los sentimientos nos pueden a arrastrar. De ahí que, aunque seamos «sentimentales» de carácter, tomemos distancias e intentemos controlarnos; al menos fingir, manteniendo a raya las emociones. Por decirlo del todo, este control de lo personal llega al extremo de que hoy hemos proscrito la mirada. Se mira en Marruecos o en Colombia; no en EEUU o Francia, donde solo se reconoce, más o menos militarmente, lo ya tipificado.

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Trump como compuesto genérico

Lo dijimos algunos y lo volvemos a repetir. Es de agradecer en Trump que, sin ningún tipo de reparo ni educación, muestre la fuerza unilateral y la brutalidad que siempre ha sido el primer argumento en el poder mundial de la «mayor democracia». Las diatribas actuales contra los hispanos o los musulmanes es la perfecta expresión de un racismo cosmopolita -valga la contradicción- que los USA siempre han mantenido ante el resto de la humanidad, incluyendo su propia población indígena y afroamericana. Naturalmente, se ha exceptuado de esta rabia al planeta de Su Majestad, que habla inglés, y, más tardíamente, a los elegidos por excelencia, ese Estado multimillonario que se expande en la antigua Palestina.

Rebajando la originalidad de Trump en su vuelta enérgica al proteccionismo, Soledad Loaeza comenta en su artículo «Donald Trump y el gigante egoísta»: «Como si la historia de los Estados Unidos hubiese sido otra cosa». Y así es, pues en la nación que basa su modernidad en un genocidio oculto -no solo según N. Chosmky o M. Moore-, intervencionismo y proteccionismo son dos caras de la misma moneda. Dentro de esa lógica implacable, es una escarnio que los EEUU acusen al resto del mundo, particularmente a México, de aprovecharse de ellos, como si fuesen inocentes hermanitas de la caridad desarmada.

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