LA PEOR PERSONA DEL MUNDO (J. Trier, 2021)

Al principio parecía una tentativa de revolución en una charca de ranas. ¿Por qué me fui del cine la primera vez, al cabo de solo una hora? Algunos estamos un poco hartos de los tormentos de la identidad en el «primer mundo». Y aquello parecía solo una adelgazada variación posmoderna sobre las cuitas de una pija que quiere ser alternativa. En definitiva, confusiones de identidad en una progre bastante correcta. Estudiar medicina con excelentes notas. Después, psicología. Después, fotografía… Al final, acabar escribiendo. ¿Como «todo el mundo»? Y ello con un fondo materno infinitamente comprensible. Mientras el padre, por supuesto, pronto aparece como un egoísta abominable. Estoy básicamente de acuerdo, pero lo hemos repetido demasiado. ¿Por qué, para facilitar qué trasvase?

«Me gustan las pollas flácidas. Me gusta ser yo quien la pone dura y no que me la claven sin más». ¿Estamos ante una mera inversión de papeles? Si ese fuera el mensaje, habríamos tenido razón al irnos en el primer intento. Afortunadamente, no fue así. Cuando iba a escribir contra esta película, volví a verla, tocado por la duda. De manera similar a Youth, cuya complejidad inicial parecía pretenciosa, mera decadencia manierista. Me alegro de mi impaciencia inicial y me alegro de haber revisitado este trabajo de Trier. Lentamente, en la segunda ronda se puede encontrar una preciosa variación de una vieja pregunta, igual de torturante para mujeres y hombres, para viejos y jóvenes: ¿Quiénqué soy? Es una de las interrogaciones que nos hace iguales, pues tiene que ver con el absoluto que es cada existencia ante la muerte. Julie no fallece, pero muere un poco cada día en su itinerario de choques y fracasos.

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JUEGO DE LÁGRIMAS (N. Jordan, 1992)

(Primera entrega del taller «Un poco de fiebre»)

El equipo de Limo había visto esta película hace bastantes años. Esencialmente, ayer comprobamos que el encanto se mantiene. Lo que sigue es una crónica del último visionado, en la noche de ayer, martes. Ni que decir tiene que todo lo que digo es discutible y se puede interpretar de otro modo, seguro que en direcciones completamente dispares.

Creo que podemos leer Juego de lágrimas como un delicado homenaje a la fidelidad, a unos vínculos afectivos que, casi siempre surgidos en avatares imprevistos, pueden y deben resistir las presiones a veces abominables de las circunstancias modernas. Las lágrimas juegan, pesan. Igual que el agua, encuentran con frecuencia rendijas para colarse. El dolor y la piedad convierten a varios personajes de esta cinta en otros, distintos a los que les convendría ser. Es el poder de las lágrimas. No solo el IRA y el Gobierno tienen armas.

Ya al cabo de pocas escenas, Fergus no puede evitar la empatía con Jody, el soldado británico que el IRA ha capturado para chantajear al gobierno. Existe una vieja leyenda, muy anterior a las reflexiones recientes sobre el «síndrome de Estocolmo». Secuestrador y secuestrado, verdugo y víctima, ambos son prisioneros de una misma fatalidad, que tal vez ninguno de los dos ha elegido libremente. Para empezar, ¿qué es «elegir libremente»? Un día bajas a hacer la compra y de pronto te ves enredado en un encadenamiento de hechos imprevistos. Casi siempre somos responsables, pero solo por la forma de escuchar, de asumir o ignorar signos que vienen sin ser llamados.

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ODIO DE HORMIGAS

Sería grato que todo el mundo delirase, como piensan algunos psicoanalistas. Lo preocupante es más bien lo contrario, un masivo conductismo que hace previsibles a los otros hasta en su mala educación. Posiblemente la repetición de la exigencia «Demuestra que no eres un robot» expresa un peligro de automatización en la misma carne. Si es así, asistiríamos a una pavorosa pérdida de mundo en cada uno de nosotros.

Lo que hoy se ha extendido en una amplia clase media urbana es algo distinto al individualismo descarado de antaño. Es un tipo de dispersión anímica compatible con el funcionamiento grupal, la solidaridad enlatada de las redes y la sonrisa perpetua en las normas cotidianas. El marketing se ha apoderado hasta de la tristeza. Al fin y al cabo, lo que se llama ubereconomía significa que las cosas antes gratuitas, desde un viaje familiar a una habitación vacía en la casa, ahora son puestas a producir pequeños beneficios. A nuestro odio de hormigas le corresponde un capitalismo de hormigas, su ubereconomía.

Lo paradójico de nuestra situación actual es que el egoísmo es interactivo y funcional. En este sentido, genera empleo: el de la visibilidad, con un gigantesco colectivismo en las costumbres. Lo que hemos perdido como productores, en un trabajo cada día más precario, lo ganamos como empleados a tiempo completo del consumo. Finalmente lo que producimos es precariedad, un tiempo entretenido que no pesa. Consumimos espacio terrenal, cualquier esquina de tiempo muerto. Producimos velocidad social, cronología, tiempo contado y espectacular.

Lo que enfrenta al «primer mundo» con las otras culturas, sea la latinoamericana, la árabe a la eslava, no es la democracia o la retórica vacía de los derechos humanos. Nos opone al resto del mundo nuestro odio sordo a lo analógico, al atraso y la irregularidad de la vida terrena.

Entre nosotros funciona un realismo capitalista que deja las diferencias personales para el narcisismo de las pequeñas opciones minoritarias, sexuales o culturales. Son inocuas para la obediencia mayoritaria y resultan fácilmente comercializables. Sería reconfortante que el ciudadano medio tuviera en Occidente algún tipo de relación con la espiritualidad, con lo que hoy consideramos asocial o inhumano. Pero nuestra adoración narcisista de lo minoritario es un sedante, un preservativo para no abrirnos al mundo, a la comunidad silenciosa de una humanidad que ignoramos.

En virtud de este individualismo blindado, la antigua alienación del ciudadano occidental se libera de cualquier complejo de culpa y saltase a la pista de baile.  Como si el viejo egoísmo competitivo, que era molesto pero se le veía venir, se haya encriptado y convertido en fluido, compatible con el espectáculo de mil conexiones calientes. El capitalismo que primero desencantó el mundo, ahora lo reencanta virtualmente, en una ficción social que nos invade hasta la médula.

Nos encontramos entonces con la paradoja de que, en el universo de la transparencia, nunca sabes con quién estás hasta que ocurre algo irreparable. El prójimo es hoy un misterio, pero a  la vez participa en mil iniciativas sociales. Cualquier vecino es así hermético en su normalidad. Vivimos en una visibilidad cegadora, sometidos al oscurantismo de una infinita normativa que regula la vida hasta detalles infinitesimales. De ahí que cuando nos damos cuenta de quién es realmente nuestra compañía, pueda ser ya demasiado tarde.

Las mil sorpresas que hoy nos ocurren con los que llamamos «amigos» tienen relación con un nuevo autismo de rotación veloz y género no binario. Este tipo de sujeto casi nunca llegará a la agresión física, salvo que un día estalle generando una matanza, pero tampoco se entregará a nada que no sea su fría estrategia de selección permanente.

Consideraciones

Buenos días, O., y perdona esta dilación. Llegamos hace poco de Murcia y allí no hubo tiempo para nada.

Ante todo, mil gracias por tus preguntas y observaciones. Sé que estás muy ocupado y eso le otorga un doble mérito a tu esfuerzo. Voy a las cuestiones que me planteas.

I) Desde hace no sé cuánto, pienso que la crisis es en Occidente un modo de vivir y un modo de gobernanza. Estar en crisis es un manera de que cada quien -y cada empresa- pida disculpas por no cumplir plenamente, por no ser completamente formal: «Estamos en obras, disculpen las molestias». Además, en el plano gubernamental, la crisis -Covid, Ucrania…- justifica un estado de excepción permanente que permite superar la creciente desafección de los ciudadanos por la política. Ya solo por esta razón se prolongará lo de Ucrania todo lo que se pueda. No hay nada como un enemigo externo para exorcizar males interiores. Como esta sociedad no cree en nada mortal, ni tiene nada vital que ofrecer, la crisis, con la consiguiente amenaza de una catástrofe externa al bienestar, disculpa nuestro estado larvario, un perpetuo enclaustramiento.

En el plano personal, la crisis es ideal. Nadie debe ser fuerte, entero, salvo que quiera arriesgarse a ser odiado. Estar en crisis es el modo mínimo en la clase media de ser una víctima y estar en deconstrucción, que es lo que se lleva. Así pues, la crisis nos conviene a todos… y disculpa también nuestras adicciones, además de nuestras faltas, la famosa procastinación. La normativa es tan gigantesca, tan minuciosa, que siempre estamos en falta.

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Colmados

Querido Ll., perdona mi despiste crónico, aumentado por el trasiego familiar y etílico del verano, eso que se podría llamar chiringuipanteísmo. También este correo tuyo se me despistó. Enseguida voy a tu whatsapp de ayer.

Antes, gracias por la enésima lectura. Sí, soy efectivamente yo mismo. La entrevista es lo que tiene, te saca del «sistema» que te protege y te hace vibrar en carne viva.

Ciertamente, el sentido del humor -la cintura para lo nimio- es lo que nos falta a tantos intelectuales. Y a mí no menos que a otros. Me crezco ante algunas situaciones, naufrago lastimosamente en otras donde la gente que no sabe nada de Heidegger se maneja muy bien. No siempre estoy a la altura de una vida ordinaria que, teóricamente, defiendo a capa y espada.

Después, en cuanto a la melancolía, también la defiendo a capa y espada. No es nostalgia de lo «sagrado» o algo así, sino simplemente nostalgia del riesgo real, de que por fin ocurra algo, un acontecimiento que nos cambie y nos haga sentirnos vivos.

Pero no, no creo que sean otras convenciones las que añoremos desde estas. Hubo un tiempo, no sé si sigue, que las inevitables convenciones recubrían a duras penas un mundo lleno de seres y de vida. No sé si es exactamente al caso de la actualidad. A veces parece que cada vez cuesta más encontrar algo de carne y de alma en este universo vegano, esta cultura de la diversidad ahíta de una violencia afelpada.

En cuanto a la montaña, te juro que hice lo imposible por lograr ser otro, o simplemente para lograr «alcanzarme». No sé si he logrado bajar de esas alturas, descender de la infatuación en la que tantos -filósofos y artistas- vivimos, posiblemente por cobardía y prepotencia juvenil.

Pero en fin, supongo que es una tarea permanente. Uno nunca es suficientemente adulto para volver a recuperar el niño que fue. Ahora paso a leer tu mensaje de ayer.

Mil gracias de nuevo por tu infinita amabilidad y disculpa mi retraso. Abrazos y hasta ahora, por el móvil,

Ignacio

Santiago, domingo 24 de julio de 2022