Séptima sesión del taller Doce maestros sin discípulo: Jacques Lacan.

Miércoles 30 de noviembre: 18’15 horas (limo_producciones@hotmail.com)

Jacques Lacan

(1901-1981)

«Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en cuanto al deseo».

 

Tres cuestiones previas. Una atañe a la inteligibilidad, a una huida de la reiteración lacaní. En buena medida, el pensamiento de Lacan resulta más digerible si se acepta lo peor, la hipótesis más audaz y antigua. Quiero decir, si el lector abandona la jerga analítica que le rodea -con la que Lacan en parte se protegió- y se sitúa en un plano de desnudez real, en una intemperie donde la muerte -ese «horror fundamental» que es imposible para el pensamiento- se sitúa en el eje de la experiencia real, al margen de cualquier jerga o vulgata especializada. Muchos de nuestros clásicos modernos, Nietzsche y Lacan no son una excepción, creen haber descubierto algo único, sin precedentes en la historia ni antepasados a los que se deba la nueva forma de pensar. Es posible que Lacan -y Heidegger- se haya alejado progresivamente de esta ilusión, de la idea de poseer la exclusiva de una verdad que se debe a una experiencia oriental de lo mortal, no a ninguna disciplina occidental en particular. Fijémonos en esta frase de Encore: «Los cristianos, como los psicoanalistas, tienen horror de lo que les fue revelado. Y con mucha razón». Dos, si tenemos en cuenta el delirio común en el que beben los clásicos, Lacan es en principio mucho más comprensible que sus seguidores [1]. Tres, la cuestión de la praxis clínica. Es cierto que la obra de Lacan es incomprensible sin ella, pero ella, un modo u otro de cura, está en cualquier pensamiento que haya atravesado el vértigo de lo real. Una teoría así -igual que la de Buda- no nace de una «formación» de altura, sino de lo traumático, de las deformaciones que nos impone la vida. Por eso es imposible pensar, lo que se dice pensar, sin que uno se transforme en otra cosa, en otras relación con la existencia. Por supuesto, el ejemplo supremo de esto es la poesía y la literatura. Hablando de M. Duras, Lacan dirá que el analista no tiene más que tomar notas al pie de quien desbroza la maleza de ser, prescindiendo de la «bellaquería analítica» de una interpretación que pretende llevar a un metalenguaje la violencia de lo vivido. No hay metalenguaje… no hay un Otro del Otro [2]. En otras palabras, es posible que haya curado, que haya «salvado» tantas vidas Joyce como Freud.

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JUEGO DE LÁGRIMAS (N. Jordan, 1992)

(Primera entrega del taller «Un poco de fiebre»)

El equipo de Limo había visto esta película hace bastantes años. Esencialmente, ayer comprobamos que el encanto se mantiene. Lo que sigue es una crónica del último visionado, en la noche de ayer, martes. Ni que decir tiene que todo lo que digo es discutible y se puede interpretar de otro modo, seguro que en direcciones completamente dispares.

Creo que podemos leer Juego de lágrimas como un delicado homenaje a la fidelidad, a unos vínculos afectivos que, casi siempre surgidos en avatares imprevistos, pueden y deben resistir las presiones a veces abominables de las circunstancias modernas. Las lágrimas juegan, pesan. Igual que el agua, encuentran con frecuencia rendijas para colarse. El dolor y la piedad convierten a varios personajes de esta cinta en otros, distintos a los que les convendría ser. Es el poder de las lágrimas. No solo el IRA y el Gobierno tienen armas.

Ya al cabo de pocas escenas, Fergus no puede evitar la empatía con Jody, el soldado británico que el IRA ha capturado para chantajear al gobierno. Existe una vieja leyenda, muy anterior a las reflexiones recientes sobre el «síndrome de Estocolmo». Secuestrador y secuestrado, verdugo y víctima, ambos son prisioneros de una misma fatalidad, que tal vez ninguno de los dos ha elegido libremente. Para empezar, ¿qué es «elegir libremente»? Un día bajas a hacer la compra y de pronto te ves enredado en un encadenamiento de hechos imprevistos. Casi siempre somos responsables, pero solo por la forma de escuchar, de asumir o ignorar signos que vienen sin ser llamados.

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NOTAS SOBRE UNA TRANSFILIA INDUCIDA

Ayer hablé con un amigo que está en tránsito. Sentí en Antonio, ahora Pilar, lo mismo de siempre, un parecido humor amargo, similar sufrimiento y hasta un timbre de voz familiar, aunque afinado «en femenino» por la ingestión de hormonas. Si todo va bien, y es de desear que así sea, Pilar acabará alcanzando una nueva y cálida comunidad humana. Será pronto el ser humano de siempre, con semejantes dudas, parecida angustia y similar humor, entre jovial y negro. Algún día morirá, como todos nosotros. Es un deber moral amar su eternidad mortal, su modo de ser, su manera manantial.

1. Al margen de la piedad obligada hacia todos los seres que sufren, es difícil no vincular la mercadotecnia del cuerpo «trans», de cuya fobia podemos hoy acusar a cualquiera que argumente valores morales de reserva, con nuestra vocación contemporánea de liquidar todo lo que sea referencia natural, herencia natal. Se dijo ya hace tiempo que la nuestra es una cultura del tránsito y el desarraigo, del aplazamiento perpetuo y la deconstrucción de cualquier intensidad real. Este es el motivo de fondo de la posverdad y la deconstrucción: el complot gregario contra lo «asocial», lo impolítico que late en la vida de los cuerpos.

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