Variaciones sobre una respuesta

Querido M.,

Con diferencia, creo que la tuya ha sido la crítica más «convencional» y dogmática (perdona que lo diga así) que ha recibido una entrevista que, gracias precisamente a su simplicidad sumaria, ha hecho dudar y ha gustado a más de uno, que a veces se encontraba muy lejos de mis parámetros filosóficos.

Aprovechando unas preguntas rotundas, hechas con no sé qué intención, he intentado estar a la altura de mi venerable edad, sin medias tintas ni subterfugios intelectuales. Y precisamente con un esfuerzo juvenil de revisión, de subversión, que es necesario para afrontar la ambivalencia de un último tramo, este trance de madurez entre la vida y la muerte. Lamento que, a primera vista, no te hayas sentido cómodo con mis propuestas, que pretendían ser de un renovado materialismo.

Claro, darse la vuelta, convertirse a un inmediatez recobrada es de lo que hablo. Lo contrario a ese grupo de curiosos con sus telescopio que, absortos, ignoran completamente el incomparable prodigio cotidiano que a sus espaldas realiza el despuntar del alba.

Comparto muchas cosas de tu carta: «A estas alturas, no te sorprenderá que te hable un ateo que no deja de maravillarse, incluso entusiasmarse, con ciertas formas divinales y con recidivantes encuentros con lo sagrado». «No entiendo otra manera de aproximarse a algún dios, sino por la audacia».

Pero con frecuencia tu reivindicación del ateísmo es eclesiástica y carente de interrogaciones que no sean cultas. Cuando mi intención era descender a la brutalidad de ciertas preguntas que nunca escuchamos, ni nos decimos en voz alta.

A veces parece que nos falta escandalosamente el más mínimo complejo de culpa. Por ejemplo, claro que los curas tenían razón: es imposible la buena educación -hoy en entredicho-, no digamos la santidad, la virtud, la bonhomía, sin un temor a pecar. Como nadie es culpable de nada, hasta la buena educación ha desaparecido. La intimidad en Blake de cielo e infierno también recuerda la necesidad de herramientas torturantes sin las cuales no somos más que zombis, larvas atentas a no se sabe qué pantalla que imparte las órdenes de una buena nueva de la cual nuestros abuelos no tenían noticia. El resultado es esta banalidad de nuestro Bien, una corrección política laica que es sorda a la multitud de víctimas que genera, en la cercanía y a veces fuera de campo.

También creo que es crucial el «tocapelotas argumento ontológico», precisamente porque no hay divinidad que se pueda concebir sin la creatividad humana, sin una simbolización atenta a lo extrahumano. El propio Lacan, repito, resucitando a Descartes y Leibniz, tiene reflexiones preciosas sobre un intelecto movido por la angustia. «Pensamiento es el pensamiento del pensamiento», decía Aristóteles. Por ahí se llega a demostrar la inexistencia como tal, en marcha.

Sobre la Religión del progreso, nada que decir. Si ahora resulta que Stalin, Hitler u Obama no han sido lo peor, frente a lo cual las religiones son un mal menor, tú y yo vivimos en planetas distintos.

Cierto, el abismo de tener un cuerpo nos obliga al desierto de Dios, a un Agujero Negro que muchas religiones han intentado personalizar. Si no lo hacemos, la ley de universo va por un lado y los humanos por otro, con las consecuencias genocidas previsibles.

Nada de acuerdo sobre el Islam y los Eslavos. Tampoco en esa contraposición escolar entre politeísmo y monoteísmo. El propio Nietzsche dice: «Solo creería en un dios que supiera danzar». Y expresa mil veces que el gran anhelo es concederle a la multiplicidad del devenir el carácter del ser. Vale decir, alcanzar la fórmula mágica (Deleuze) de un monismo igual a un pluralismo. Un platonismo de lo múltiple, dice Badiou. En palabras de Artaud, una anarquía coronada.

Pero, la verdad, te he encontrado inflexiblemente progresista, tramado de parte a parte por la dogmática informativa. Creo que en parte es una impostura tuya, una puesta en escena, y de lo mejor de tu lectura de «Dos manos» es que te movió, por no decir que te indignó.

Esa era exactamente la idea, bajar al suelo. Y explicar cómo huyendo de lo malo hemos caído en lo peor. Estoy seguro que con el tiempo harás otra lectura de esas pocas páginas. Fíjate por ejemplo que me escribió ayer un conocido psicoanalista que pasaría, al menos, por agnóstico:

«Estimado Ignacio:

Gracias por el envío de este texto que -acuerdo con Ud.- no es para todo el mundo. Tal vez debamos volver a las catacumbas. Tal vez ya estamos en ellas. Como psicoanalista, sus consideraciones me llevaron a un aforismo de Kafka, que afirma la imposibilidad de vivir sin la creencia de algo indestructible en nosotros, agregando que con frecuencia eso es representado bajo la figura de un Dios personal. Por cierto, no me son ajenas sus reflexiones. En cuanto al mundo y su futuro, como dijo Freud -y lo escribió en español- ¿Quién sabe?. Sólo puedo decir que el presente es desolador, y por fortuna no habré de estar demorado mucho tiempo en este desencantado mundo. El dictamen, acaso patético, no niega las menudas alegrías que todavía puede deparar una vida menguante. Incluso en la retirada se pelea. Yo no puedo ver la existencia más que como batalla. Admiro su prosa, y le deseo que en el combate encuentre la paz.

Suyo,

M. B.»

Polémicas aparte, lenguaje aparte, me consta que, sobre esas y otras cuestiones, estamos mucho más cerca de lo que pueda parecer.

Un abrazo, M. Y hasta pronto,

Ignacio

Santiago, 19 de mayo de 2022