Dos reinos

Querido M.,

Tenemos dos manos. Con una hay que atender a la verdad, a la existencia. Con otra, a las tonterías de la época. Te escribo intentando corresponder al respeto y cariño que siempre me has mostrado, también en tu reciente correo. Mis últimas cosas, incluida esta entrevista y esos dos libros, más otros textos que están en marcha -todos ellos muy problemáticos-, son producto inevitable mi modo de ser y, muy particularmente, de este periodo tan especial que estoy pasando.

Yo siempre atravieso «un periodo especial». Te puedo decir que de pequeño me daba la vuelta rápidamente para sorprender a las cosas sin actuar, por si la realidad era un ensueño, o una ficción destinada a mantenerme engañado… Cuando en el 76 o 77 conocí el pensamiento de Lacan, me pareció el colmo del sentido común. Sobre este modo de ser, harto espectral o romántico, se ha depositado en los últimos años el crudo realismo de tener que hacer un balance. Y no todo es dulce, la verdad. Te jubilas y pierdes el contacto intenso con la juventud. De pronto, ya no eres tan joven. Te casas con una mujer joven y preciosa, y que te entiende muy bien, pero a la vez pone el nivel de exigencia -social, económico, de hogar y seguridades- alto. Y esto coincide, como por casualidad, con una situación económica desastrosa, o muy precaria de ambos, que mejor no te detallo. Y a la vez tu hija crece, ya no es una niña pequeña, sino una mujer que te hace preguntas y puede tener muy justas exigencias.

En fin, es difícil separar esta «sinceridad» última mía, en muy distintos textos -ya verás lo que hice sobre la transfilia– de la obligación moral y personal de un realismo final donde asentarse. Sí, resulta curioso expresarse abiertamente sobre lo religioso como parte del realismo. Ya digo en la entrevista que solo se entiende a Santa Bárbara después de una tormenta. El tormento, lo tengo. Por eso necesito una creencia común, elemental y explicable. Por eso intento pensar racionalmente lo sagrado.

Como todos queremos salvarnos, al final la religión siempre triunfa. En todo caso no hay salvación política para la humanidad, el gran credo al que se aferra el Occidente ilustrado. Nuestro gran déficit son las creencias, convertidas en simulacros por el nihilismo capitalista. Toda la jerga de los derechos humanos no son más que una bayoneta para mantener la presión sobre los otros, esas nueve décimas parte de una humanidad que consideramos atrasada porque cree en un dios, algo distinto al poder del dinero.

Ojalá que fuera, por mi parte, un simple y comprensible proceso de «derechización». Sería un señor mayor más que se pasa al PP o a VOX, y santas pascuas. Tal vez lo mantendría un poco oculto para conservar a los amigos progresistas, y listo. Pero no, me temo que es algo más grave. Un intento final por descender del heroísmo de la montaña, para bajar de una vez al llano de la vida más ordinaria. Y no mentirme mucho más. Un intento, tengo que decirlo, donde procuro armarme de una musculatura juvenil -la precisión en el lenguaje, la erudición conceptual, la ironía, cierta agresividad incluso- que probablemente no va a sobrarme en esta etapa tan incierta.

Fíjate en algunas, solo algunas perlas de esa hipotética derechización:

+Es necesario apostar por un enigma real, por una distancia interior que nos  libre de esta neurosis del juicio de los otros. La religión es indispensable para zafarse de la servidumbre colectiva, de la tendencia a sacralizar lo mundano -la política, la ideología, la nación, la economía- que se da en esta sociedad que dice no creer.

+Igual que no se deja de fumar si uno antes no se asusta, no se puede dejar el vicio del Yo -primera piedra de nuestra creencia laica- si no se atraviesa cierto espanto.

+Tal vez por este materialismo espectral que viven los humanos, no se conocen sociedades sin un tipo u otro de religión. Llamarle primitiva a esa experiencia es nuestra forma cultural de racismo. Propia, por cierto, de la religión positiva del progreso, una de las que más víctimas ha causado.

+La dificultad de la trascendencia no atañe primeramente a lo que hay «más allá», sino ante todo a la naturaleza del aquí, a la pregunta de lo que hay entre nosotros. Nuestro multimillonario género de terror no deja de ser una versión nihilista de esta alteridad que presentimos en la cercanía. De ahí que el triunfo del tribalismo de una fe, a veces por caminos muy perversos, ocurra también en las naciones más ilustradas y racionales del planeta. Toda nuestra orgullosa sociedad global no deja de ser una secta gigantesca, aunque armada hasta los dientes. En lo que a algunos respecta, pocas ciudades hemos sentido tan opresivamente eclesiásticas como París, con su agobiante culto a la diosa Razón.

+La creencia en un absoluto trascendente nos permite relativizar la parcialidad de las culturas y las naciones, de las costumbres y los colores de la piel. Nos permite incluso huir del terrorismo de la actualidad, este totalitarismo de las modas. Conviene recordar que los nazis eran furiosamente anticristianos. Por eso llegaron a conclusiones normativas criminales, sacralizando el progreso de la nación, el avance de la raza aria y de la técnica. Frente al fanatismo tendencial de los humanos, las religiones son algo así como una válvula de seguridad, permiten una especie de materialismo en tránsito que no necesita santificar ningún presente histórico. No se me escapa que las religiones, como cualquier movimiento humano, han participado en las peores matanzas. Pero a veces ha sido, quizá sea el caso del fundamentalismo islámico, por acoso y desesperación. El problema es que cuando huimos del «esencialismo» tradicional caemos en un esencialismo todavía peor, sacralizando la sociedad, la opinión pública o la tecnología.

+Posiblemente, pero es un error «totalitario» intentar superar los traumas infantiles. Siempre somos niños ante lo que nos supera. Y todo lo importante nos supera, de existir a amar, de odiar a trabajar. Mucho antes de Nietzsche, de Rilke y Freud, ya se reconocía que el ser humano tiene en la infancia un lecho que siempre vuelve. Con sus temores y alegrías «irracionales», la infancia no es una edad más, sino un fondo que regresa en la crisis de cualquier edad. Incluso existe la leyenda de que para morir bien hay que envolverse otra vez en el manto de la infancia, una sola vivencia que funde al cuerpo con su alma natal. Por tanto, si la religión representa la infancia de la humanidad, razón de más para tomarla en serio como una forma crucial del conocimiento. Creo que en este punto Freud, y no es el caso de Lacan, está a veces frenado por sus límites ilustrados.

+La «omnipotencia» del Dios cristiano es delicada, un frágil absoluto que ha de tomar cuerpo en cualquier evento, en cualquier criatura. Y ninguna es fácil: «Que Dios no envíe todo lo que podemos aguantar», dice Teresa de Ávila. Al salvarse Dios en la tierra con un Hijo, también salva a lo terrenal de que la muerte tenga la última palabra, permitiendo una inmortalidad enlazada con la finitud. Es este giro hacia la eternidad de las criaturas lo que se expresa en la belleza de las escrituras. La encarnación hace también del cristianismo un movimiento comunitario, una subversión política que desbarata las jerarquías sociales de Roma. Recordemos que Cristo muere ajusticiado en la cruz, la pena que el Imperio reserva a los rebeldes, no con la lapidación que la Sinagoga guarda para los herejes.

+Nadie está libre de culpa, nadie, tampoco las minorías que acaban encantadas de ser reconocidas, pero se constituyen contra un resto que apesta. La mayoría de nuestros movimientos progresistas son parte del elitismo metropolitano del «primer mundo». De hecho, nuestras orgullosas minorías han apoyado más de una vez las crueles «guerras justas» de Occidente** (Nota despiadada sobre Israel). El racismo de la «sociedad internacional» es un escándalo. Hasta este último conflicto con Rusia es resultado de una estupidez binaria que se podía haber evitado. Solo había que escuchar, hace más de diez años, a esos otros cristianos eslavos, tan distintos a la furia puritana del planeta angloamericano. Es una auténtica desgracia antropológica, como han recordado Heidegger, Pasolini y Virilio, que Europa haya cedido ante este sectarismo inmisericorde del capitalismo. Como sufrimos, todos queremos salvarnos. Algún día, no obstante, habrá que asumir que solo podremos salvarnos abrazando el mal común de existir, empuñando nuestra irremediable perdición. No a través de la cultura, la fama, el dinero o el éxito, sino en una vida ordinaria que no tiene más Dios que su fragilidad empuñada, vuelta hacia lo abierto. Es urgente entrar en una caducidad incorruptible, dice María Zambrano, convirtiendo el accidente de vivir en un monumento duradero. Este es el motivo de fondo de todas las religiones, tanto naturales como reveladas. En realidad, la revelación viene de una naturaleza laberíntica que hasta ayer hemos atendido muy poco.

No sigo. Todo esto es difícil, a qué negarlo, pero no se adscribe a ninguna ideología política. ¿Qué cara pondrían ante este tipo de afirmaciones Ayuso o Abascal? Pues muy parecida a la de Sánchez o Yolanda Díaz: una mezcla de perplejidad, indignación e incredulidad. Ni siquiera llamarían a la policía o a los loqueros. Mi problema, desde hace décadas, es que a los de derecha les parezco de izquierda y a los de izquierda, de derecha. Cuando, en realidad, nada de eso tiene que ver con un sentido real que -no lejos de los clásicos- critica el conjunto de nuestra mitología política. Te diré que tal vez encuentro en Barcelona un poco más de oído, frente al clásico Madrid, para este discurso impolítico.

Creo que, de otro modo, en esta entrevista se intenta descender a la verdad, aunque esto no case fácilmente con el universo progresista del cual formo parte. Pero algo de nuestra verdad común debo haber dicho cuando, con una extraña frecuencia, la entrevista ha tenido buena acogida en nuestros círculos progresistas, ya un poco de vuelta de la ortodoxia tipo PRISA.

Fíjate en el correo que me llegó de un conocidísimo psicoanalista argentino esta misma mañana, cuando me levanté para escribirte:

Estimado Ignacio:

Gracias por el envío de este texto que -acuerdo con Ud.- no es para todo el mundo. Tal vez debamos volver a las catacumbas. Tal vez ya estamos en ellas. Como psicoanalista, sus consideraciones me llevaron a un aforismo de Kafka, que afirma la imposibilidad de vivir sin la creencia de algo indestructible en nosotros, agregando que con frecuencia eso es representado bajo la figura de un Dios personal. Por cierto, no me son ajenas sus reflexiones. En cuanto al mundo y su futuro, como dijo Freud -y lo escribió en español- ¿Quién sabe?. Sólo puedo decir que el presente es desolador, y por fortuna no habré de estar demorado mucho tiempo en este desencantado mundo. El dictamen, acaso patético, no niega las menudas alegrías que todavía puede deparar una vida menguante. Incluso en la retirada se pelea. Yo no puedo ver la existencia más que como batalla. Admiro su prosa, y le deseo que en el combate encuentre la paz.

Suyo,

Como puedes suponer, querido M., el correo de este hombre me encantó. A la vez, es un poco triste y preocupante. «Deseo que en el combate encuentre la paz». En esas estamos. Aunque a veces te cueste entenderme, sigo contando con tu inteligente honestidad para aguantar en este giro necesario, incómodo para todos nosotros.

Gracias por escribirme tan claramente. Un abrazo fuerte y hasta pronto,

Ignacio

Santiago, 18 de mayo de 2022