Seminario

QUEBRAR LA OBEDIENCIA PROGRESISTA. Preguntas de ESHER PEÑAS sobre GUY DEBORD

1. Las tesis, las intuiciones, los hallazgos de Debord, ¿han aguantado bien el paso del tiempo o este las ha devastado sutilmente?

En cierto modo, siendo difícil, Debord no es ningún enigma. Desgraciadamente, la idea de que el nihilismo occidental huye de la existencia común como si fuera la peste, la certeza de que el auténtico enemigo es la vida mortal y que la hilera incesante de demonios oficiales es un mero pretexto, está harto confirmada. La casta descarada que nos intenta gobernar, con un gesto día a día más inclusivo, guarda un inmenso odio dentro. Aparentemente, la negación de la vida ha logrado tornarse cálida visibilidad, progreso atento a las minorías, como si la forma móvil de la separación hubiera reencantado el capitalismo. Ocurre que la vieja y oxidada alienación pretende ser divertida e interactiva, saltando a las pistas de baile. Debord tampoco se equivocó en la idea de que escapar al espectáculo exige subvertir la mutilación policial de la percepción, regresando a una especie de infancia armada. En resumen, creo que su «situacionismo» ha envejecido mucho mejor que algunas estrategias posteriores, menos existenciales y más respetuosas con la supuesta seriedad de la historia. Por poner un ejemplo en boga, comparado con un Mark Fisher que también murió prematuramente, encontramos en los textos de Debord la inmediatez de una fresca violencia. Esta certeza utópica es lo que lo hace, en medio de un estalinismo minoritario de Estado que complementa la obscenidad mayoritaria del Mercado, impertinente vivo y actual.

2. Cuando habló por vez primera de «sociedad del espectáculo», ¿fue consciente de hasta dónde se ensancharían los límites de esa sociedad del sucedáneo que él preconizó?

Nadie podía imaginarlo. Tampoco nadie deseaba tal expansión imperial. Con frecuencia, los visionarios rezan para que sus profecías no se cumplan y sólo sean útiles como una advertencia apocalíptica, excesivamente pesimista. Lejos de esto, por desgracia, Debord acertó plenamente en su pesimismo, cosa que le costó bastante cara en su propia vida personal. La obra crítica estaba hecha. Podemos decir que después… murió a tiempo. Menos mal que no vio cómo una pandemia se fundía con el espectáculo fúnebre del miedo, mientras un colaboracionismo generalizado de la izquierda facilitaba un estilo bovino de gobernanza. Debord también se libró de ver cómo una matanza infame, la de Gaza, se convierte en una posibilidad fabulosa de imagen, blanqueando a Israel y su terrorismo de estado. Por no hablar de la exhibición inagotable que el mercado de la opinión ha encontrado en el desfile woke del orgullo minoritario y los cuerpos mutantes. En fin, esperemos que Guy haya alcanzado un modo de calma que, entre nosotros, sólo parece posible cerca de un umbral clandestino, en un claroscuro escondido. Esta distancia no es otra que la de la vida común, cuya inmediatez real es inaccesible a la historia. Es ahí donde descansan las ideas de Debord, cerca de nuestra espera y sus sentidos larvarios.

3. Le Corbusier simbolizaba para Debord la metafísica capitalista. ¿A quién debe más Debord, al arquitecto, por oposición, o a Breton por afinidad de linaje?

La oposición al espectáculo capitalista puede a veces parecer en él crispada o sectaria. Creo que es un equívoco, incluso una distorsión malévola. Como algunos críticos del sistema, Debord habla desde un vitalismo insobornable. Mayor que el del mismísimo Foucault, por ejemplo, que llegó a acusarle de creer en una inmediatez real, no mediada por lo social y la historia. Y así es, pues el peculiar situacionismo debordiano partía una y otra vez de la potencia afirmativa de la muerte, del enigma común. Tal vez Foucault, a pesar de su clarividencia nietzscheana, no supo nunca hasta qué punto la muerte puede estar viva… En tal sentido, creo que Debord le debe mucho a la anarquía coronada de Artaud, así como a cierta antropología cultural que vuelve en algunos poetas. Incluyendo, por cierto, a Gracián, Manrique, Lorca y otros visionarios españoles que Debord adoraba, muy anteriores a esta entrega nacional a la estúpida corrección europea y estadounidense. A Le Corbusier y a otros les debe algo también, pero más por oposición espantada. No obstante, en Debord la cólera siempre está envuelta por un manto de serenidad y distancia, a veces salpicado de humor atemporal, casi una picaresca. Es posible que él, a diferencia de tanto radical académico, creyese -como Nietzsche- en el dios-niño de un desamparo vuelto: hacia lo abierto.

4. ¿Qué propone al individuo la práctica de la deriva, esa incursión azarosa que extrae directamente la magia del desorden?

Una apuesta por el aroma entremezclado de los espacios terrenales frente al espíritu del capitalismo y la seguridad de su cronología despiadada. Entiendo que Debord propone, con la travesía y el pasaje de la deriva, una potencia de metamorfosis corporal y anímica, no sólo ideológica y política. Y ello sin necesidad de medicar el cuerpo, a diferencia de tanto partidario actual de reconstruirse con hormonas y cirugía punta. La deriva es una incursión aleatoria por la exterioridad que nos afecta, por los rincones de una psicogeografía que puede devolvernos un modo de ser libre del encierro espectacular. Es posible que esto sea parte de la guerra geoestratégica que le interesaba. En la actualidad, la sentimos como una guerrilla dirigida contra nuestra patético retiro a la visibilidad y el empoderamiento urbano.

5. Una de las continuas denuncias de Debord es la falta de deseo, su ausencia (sustituida por compensaciones en el capitalismo). ¿Cómo es posible, si el hombre es un ser deseante casi por naturaleza? ¿Cómo es posible que nos den semejante gato por liebre?

El deseo nos mantiene abiertos a una interioridad más abrupta que cualquier exterior turístico. Abiertos, en otras palabras, a una naturaleza que es cualquier cosa menos naturalista, tranquilizadora o segura. Por este peligro íntimo, el deseo siempre está tentado de venderse al goce de los bienes que circulan, un fetichismo de la mercancía que hoy ofrece volver al útero seguro del narcisismo, individual y social. No es tan extraño que los simulacros nos capturen, pues permiten al sujeto alejarse en manada del peligro de vivir, de un absoluto local que es siempre intransferible.

6. ¿Merece la pena vivir en el «mínimo vital» que denuncia Debord?

Si ese mínimo vital lo dicta el sueño, la brújula secreta de cada quien, sería aceptable. Y ya no sería mínimo. ¿Quién decide hoy qué es mínimo, qué es tolerable y qué es intolerable? El problema sobreviene cuando, en el régimen espectacular integrado, el mínimo vital lo decide un Estado-mercado que quiere mantenernos a todos con un hilo de vida, en el estado larvario necesario para que sigamos encerrados, estresados, y produciendo. En suma, reproduciendo la miseria mental y moral que es la base del cierre consumista de las situaciones. Entiendo que el situacionismo de él es una forma de infiltrarse, ingresando en el interior de la prisión espectacular para disolverla por dentro. No sé si la izquierda actual empoderada puede entender algo de esto.

7. ¿Hasta qué punto es posible, a día de hoy, construir por nosotros mismos nuestra propia vida?

No creo que Debord dejase de creer que una construcción duradera, a diferencia de los decorados capitalistas, ha de hacerse sobre la base de una escucha a la constelación natal, recibida desde el genio de la infancia. Tenemos para ello todo lo que se necesita, empezando por la parte de noche que nos toca. El problema es que lo primero que se le expropia hoy a la gente es esa «nada», esa incertidumbre natal que, asumida, nos permitiría romper con el muelle de las dependencias inyectadas. La servidumbre interactiva a la que actualmente se ha rendido en bloque la izquierda sólo se podría invertir con una relación afirmativa e impolítica con el misterio. De modos que apenas podemos imaginar, él lo logró en vida.

8. Para el filósofo, nuestra vida íntima podría servir a la causa de la más cotidiana revolución. ¿Cómo?

Entrando en los signos del miedo, venciéndolo desde dentro. Es en realidad una vieja sabiduría, de la que se hace eco Debord y que también recogen otros. Tal vez a la manera de Simone Weil, de Zambrano o Lispector, es cada día más urgente volver a sentir y pensar con lo más atrasado de nosotros mismos. Sólo nuestro subdesarrollo constitutivo, una borrosa escena primordial que nos engendró y después nos ha sido expropiada, puede librarnos del hechizo que ejerce la circulación incesante de noticias, de marcas e imágenes. Esto exigiría volver a poner en lo onírico, en la forma misma de dormir y respirar, una posibilidad más alta que nuestra estadística realizada, toda esta contabilidad totalitaria de la política, la información y la economía. Si no volvemos a una buena relación con el vacío, es imposible romper con el espectáculo que nos convierte en autómatas.

10. «No se trata de aliviar los síntomas, sino de erradicar la enfermedad». Parafraseando a Thatcher, ¿no hay alternativa a este sistema?

Psicológica y culturalmente, el «sistema» es la promesa de no regresar más a un paisaje azaroso, a la geografía contingente que nos ha engendrado. El capitalismo es el complot político contra lo real, la promesa de que su Afuera terminó. Por culpa de esta promesa espectacular de separación, la inquisición acaba triunfando a través de las causas más laicas y alternativas. Hay una profunda complicidad del individuo urbano con la alienación caliente e inclusiva que se le ofrece, pues esta le promete la acumulación de un «nivel de vida» que permita la ilusión de una nueva ingravidez, libre por fin de los demonios del suelo. Vivimos en la religión de la circulación perpetua: para quien flota, ninguna mugre terrenal es cercana. Es una ilusión puritana, pero doblemente eficaz porque actúa sobre lo más lábil de las vidas modernas, su temor a pararse, su temor a escuchar lo ahistórico que está bajo el cemento urbano. Que no hay alternativa, que la vida común no ofrece ninguna, es la idea fija del sistema, el nihilismo de fondo que une a todas las ideologías, haciéndolas a la vez obsoletas y convirtiéndolas en una farsa. Es el racismo contra la tierra y sus pueblos lo que une el espectro político occidental. Thatcher dijo a gritos lo que lo que hoy Trudeau y Sánchez dicen con la dentadura correcta de una boca sonriente: es necesario apartarse de la jungla terrena, y sus pueblos de mierda, para apuntalar el jardín del confort. Así es hoy nuestro apartheid, portátil y ecológico. Es obvio que Debord, al hacerse consciente de este odio democrático que se expande, no se puso la vida fácil. Tampoco entre sus amigos de izquierda.

11. ¿Existe, a día de hoy, algún «teórico» del vuelo de Debord?

No es fácil tal intensidad estratégica. Sobre todo, no es fácil tal atrevimiento impolítico. Pero nunca debemos subestimar el papel generatriz de las humillaciones, que hoy se multiplican a través del capitalismo woke y su histérico dictado normativo. Para rebelarse contra este poder uterino no basta hoy con una política. Hace falta una ética y una metafísica, una mezcla de desparpajo vital y cólera teórica que actualmente roza lo inconcebible. Por eso es normal que hoy las verdades nos vengan de gente de la que nadie ha oído hablar. En cuanto a nombres, muy distintos a Debord, al menos se podrían citar a cuatro pensadores vivos que mantienen la llama de la resistencia: Giorgio Agamben, Alain Badiou, Marcelo Barros y Julien Coupat. Desde el terror inclusivo que ejerce nuestro simulacro de inmanencia, estos cuatro agnósticos se hacen las preguntas teológicas más urgentes. Con muy distintos tonos, formación y referencias, los cuatro han intentado prolongar la llamarada de una insurrección que es tan impolítica como política. Seguro que hay otros nombres, de mujeres y hombres que sería prolijo enumerar. Si repasamos el «Postscriptum» de Deleuze, siguiendo el rastro de un poder-surf de geometría variable, veremos que los ecos de Debord llegan lejos. Como él pilló al vuelo la ambición polimorfa de un odio que tiende a confundirse con nuestra forma de divertirnos, es de esperar que en el futuro vivan de Debord muchos otros pensadores. Tendrán que volver a firmar un pacto con el diablo y convertirse en serpientes, en agentes dobles que se infiltran en este mundo adormecido. Tendrán que ser ágiles, más rápidos que nuestro deslizamiento obligado, si quieren recuperar el poder mítico del ser lento que somos.

12. ¿Comparte la afirmación de Debord según la cual el patrimonio artístico ha de ser usado con fines de propaganda?

Como él tenía un humor endiablado, con frecuencia no sabemos a qué estaba jugando. Disparaba en direcciones imprevistas. A veces parecía ceder al sectarismo de consignas vanguardistas que le precedieron. Sin embargo, como Debord entendía el arte como primera forma de una verdad común y escondida, quién sabe, quizá quería librar el patrimonio artístico de la siesta del museo y expandirlo como forma de vida. Es la estrategia de conservar dejando ser, de salvar dejando caer: buscando una especie de eternidad infraleve, una caducidad incorruptible que también interesó a Cage. Pocos como Agamben han recogido filosóficamente este reto.

13. Le devuelvo una pregunta que se hace también el filósofo: ¿Por qué los medios existentes, que permitirían vivir bajo el signo del deseo y del juego, sirven para crear nuevas y peores alienaciones?

No hay avance sin retroceso. Un despegue pretendidamente global ha de esconder también un sótano siniestro, inusitado. Además, los posmodernos -más que nuestros abuelos- le tenemos pánico al vacío, a lo abierto. Para defendernos, en el sentido reactivo de la palabra, la idolatría siempre vuelve. Encerrada en mil prótesis de lejanía, la humanidad actual tiene miedo al devenir, a este envolvente azar real que amenaza con devolvernos a la vida. De ahí que hayamos derribado un dios para cambiarlo por otro, más sibilino y mortífero. La cólera de Dios se ha posado en la sonrisa de un Yo deslizante, en el prójimo endiosado e inescrutable que nos vigila. Nuestra masificación espectacular sólo suelda átomos mutilados, profundamente enmudecidos. Nick Cave dijo que París, por poner un ejemplo clásico, es una de las ciudades más fúnebres y eclesiásticas del mundo. Sabía de lo que hablaba, y creo que Debord sonreiría con esa idea.

14. ¿Qué importancia tienen los conceptos de «azar» y «juego» en el pensamiento de Debord?

Son capitales. El dios de Debord no hace más que jugar a los dados. Lo imagino, en este sentido, más cerca de Heisenberg o Shrödinger que de un Einstein todavía demasiado newtoniano. No siento a Debord demasiado lejano del dios-niño que pedía Nietzsche, muy similar a cierta inocencia afrodisíaca a la que Heráclito rendía culto. Sólo otra inocencia, que se atreva a jugar incluso con la muerte, puede librarnos de esta oferta enfermiza de salvación social, que nos asfixia hasta en los sueños.

15. A juicio de Debord, ¿qué cosas nos esclavizan?

El miedo a vivir, a darle forma al acontecimiento de una alteridad que nos atraviesa y no cabe en ninguna identidad, por minoritaria que esta sea. Con la deriva, con la psicogeografía o una relación amorosa, «construir una situación» es abrirla a su acontecimiento potencial, a un encuentro que espera. Esto da miedo, pues pone en riesgo el narcisismo identitario y elitista que nos salva. Ahora bien, si cedemos en nuestra más íntima indeterminación, en una «nada» que no tolera reconocimiento, cedemos también en el primer territorio existencial desde el cual podemos ejercer una fuerza. Creo que Debord pensaba que los amos externos que nos dominan se arraigan en esa primera concesión a la oferta envenenada de nuestro estatismo continuo.

16. Si atendiéramos a las propuestas de la psicogeografía, ¿de qué modo mejoraría nuestra vida?

Sería una manera de dejar entrar la medicina de lo impersonal, la tormenta abstracta de un afuera que expande nuestros cuerpos y nuestras mentes. Por paradójico que parezca, a la manera de Machado, nos curaríamos del miedo continuamente inyectado con el vértigo de existir. Sería entonces un miedo invertido, transformado en la potencia más íntima de la finitud. Esto nos libraría del temor a la opinión pública, que hoy nos atenaza y, a la vez, del patético narcisismo de nuestra pequeña diferencia, este ilusión de culto exclusivo donde hemos encontrado el sedante para el maltrato mayoritario que hemos consentido. La verdad, recordado a Debord, no se sabe si debemos ser pesimistas o ingenuos. Como él mismo, tal vez haya que ser las dos cosas, aunque con hemisferios sensitivos y corporales distintos.


Seminario

Seminario “El enigma Guy Debord”

Seminario

Coordinación:
Ignacio Castro Rey y Rodrigo Castro Orellana
Organización:
Departamento de Filosofía y
Sociedad (UCM), Seminario Foucault
Complutense
Lugar:
Sala Mediateca., Instituto Francés de
Madrid, (Marqués de la Ensenada, 12)
Tres sesiones entre el 24 de octubre de 2024 y
el 22 de enero de 2025

Correo electrónico: seminariofoucaultcomplutense@gmail.com
Web: https://www.ucm.es/sfc
Entrada libre y gratuita hasta completar aforo

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La derrota de Occidente

Queridos amigos, hace aproximadamente un mes, os envié un texto de Agamben, «El ocaso de Occidente» (ABC, 30/7/2024), que comenzaba de esta forma: «Para quienes saben leer con cierta lucidez los signos de los tiempos, es evidente que estamos viviendo el fin de la cultura que, para abreviar, podríamos llamar Occidente. Sin necesidad de recurrir a profetas como Spengler que lo anunciaron hace ya más de un siglo, también un historiador inteligente como Emmanuel Todd, a través de un análisis detallado del declive demográfico, de las estructuras familiares, de la desaparición de la religión y del triunfo del nihilismo en todos los aspectos de la vida social, nos obliga en un libro reciente (La derrota de Occidente, ed. Akal, 2024) a enfrentarnos a lo que él llama la derrota y la autodestrucción de la cultura occidental. Sin embargo, como cualquier diagnóstico apocalíptico, este tampoco sirve de nada si no somos capaces de comprender lo que significa vivir el fin de una cultura. El fin de una cultura, en efecto, no es un acontecimiento puntual que pueda fijarse como un hecho cronológico. Es más bien un proceso continuo que, en un momento dado, llega a una crisis, término al que conviene devolver su significado original de «juicio». ‘Krisis’ –palabra procedente de la medicina griega, en la que designaba el momento en que el médico debe decidir si el paciente morirá o sobrevivirá– significa a la vez «juicio» y «separación» y vivir el fin de Occidente significa que también nosotros estamos hoy llamados a juzgar y separar –como en realidad deberíamos haber hecho en cada instante– lo que está muerto y lo que está vivo, lo verdadero y lo falso que hay en nosotros y a nuestro alrededor».

Movido por la curiosidad, busqué inmediatamente el libro de Todd, sobre el cual reina hoy, meses después de su publicación, una especie de cortina de silencio. Enseguida me quedé estupefacto. Es tal el caudal de pensamiento e información anómalos que se vierten en La derrota de Occidente sobre nuestro pequeño mundo «global», ya desde las primeras páginas que aquí os facilito (cortesía de la editorial Akal), que casi no se entiende cómo el libro no ha sido prohibido. Tal vez porque eso llamaría la atención sobre su contenido: recordad la publicidad involuntaria que la torpeza del Estado francés hizo de La insurrección que viene. Aunque en este caso hay una diferencia inquietante. Todd no es en absoluto un «radical antisistema», sino un maduro historiador que es parte integral de la cultura francesa.

A pesar de que no vivimos tiempos de lectura, donde los libros pinten mucho, La derrota de Occidente me parece un objeto maravillosamente peligroso, pues nos obliga a un cambio de 180º en la percepción de lo que la derecha y la izquierda considera obvio en nuestro entorno geopolítico. Sobra decir que el libro de Todd exige una «lectura crítica»: es crítica en estado puro, esto es, nada que ver con lo que hace a diario el neoliberalismo imperante y una izquierda, en general, tan complaciente con él.

Como nos recuerda Agamben, el libro de Todd no busca aumentar nuestro nihilismo escéptico, sino darnos armas intelectuales para combatirlo. Me pregunté enseguida si Akal permiría publicar las «Diez sorpresas» iniciales de la Introducción, poco más o menos seis páginas. Aquí van. Argumenté la petición ante Akal con el siguiente argumento: por elocuente que sean las reseñas que se puedan hacer en un futuro inmediato, necesitamos esas pocas páginas para contribuir a que nuestros amigos y lectores nos crean.

Vosotros tenéis la palabra. Gracias por vuestra paciencia y curiosidad. Hasta pronto,

Ignacio Castro

Fragmento de La derrota de occidente de E. Todd

DE LOS HIJOS. Taller de cine y filosofía

DE LOS HIJOS. Taller de cine y filosofía

DE LOS HIJOS. Taller de cine y filosofía

El taller comienza el sábado 12 de octubre on line y se prolonga 7 sábados más hasta el 30 de noviembre.

Las sesiones serán a las 5 de la tarde, en España y a la 9 de la mañana en México.

Inscripciones: limo_producciones@hotmail.com


Agamben, el ocaso de occidente. Ignacio Castro Rey

EL OCASO DE OCCIDENTE

Para quienes saben leer con cierta lucidez los signos de los tiempos, es evidente que estamos viviendo el fin de la cultura que, para abreviar, podríamos llamar Occidente. Sin necesidad de recurrir a profetas como Spengler que lo anunciaron hace ya más de un siglo, también un historiador inteligente como Emanuel Todd, a través de un análisis detallado del declive demográfico, de las estructuras familiares, de la desaparición de la religión y del triunfo del nihilismo en todos los aspectos de la vida social, nos obliga en un libro reciente a enfrentarnos a lo que él llama la derrota y la autodestrucción de la cultura occidental. Sin embargo, como cualquier diagnóstico apocalíptico, este tampoco sirve de nada si no somos capaces de comprender lo que significa vivir el fin de una cultura. El fin de una cultura, en efecto, no es un acontecimiento puntual que pueda fijarse como un hecho cronológico. Es más bien un proceso continuo que, en un momento dado, llega a una crisis, término al que conviene devolver su significado original de «juicio». ‘Krisis’ –palabra procedente de la medicina griega, en la que designaba el momento en que el médico debe decidir si el paciente morirá o sobrevivirá– significa a la vez «juicio» y «separación» y vivir el fin de Occidente significa que también nosotros estamos hoy llamados a juzgar y separar –como en realidad deberíamos haber hecho en cada instante– lo que está muerto y lo que está vivo, lo verdadero y lo falso que hay en nosotros y a nuestro alrededor.

Como comprendieron los teólogos, los primeros en abordar el problema del fin de un mundo, anticipando en el plano de la filosofía de la historia las tesis que Freud traduciría en términos psicológicos, toda cultura contiene en sí misma, desde el principio, dos elementos opuestos, uno que conduce a la disolución y la muerte y otro que nutre y mantiene la vida. Y, sin embargo, mientras estén históricamente vinculados, los dos elementos se condicionan mutuamente y dependen necesariamente el uno del otro. Así, San Agustín, retomando las tesis de un brillante teólogo, Ticonio, que inspiró decisivamente el pontificado de Benedicto XVI, concibe la historia de Occidente como resultado del cruce de dos ciudades, la ciudad de Dios y la ciudad terrena, que siguen estando estrechamente unidas (el santo de Hipona escribe ‘perplexae’, densamente entrelazadas) hasta el momento final de la gran separación, en el que los buenos y los malvados, la vida y la muerte, se dividirán. «De esto se deduce» –escribió Ratzinger cuando aún no era Benedicto XVI– que el Anticristo pertenece a la Iglesia, crece en ella y con ella hasta la gran separación, que será introducida por la revelación definitiva«.

La desintegración de Occidente es, literalmente, la disolución progresiva e imparable del nudo que mantenía unidas la vida y la muerte, la verdad y la mentira, la libertad y la esclavitud, lo legítimo y lo ilegítimo, la guerra y la paz, el dialecto y la lengua gramatical, que de esta manera se volverán indiscernibles. Porque en el momento de la disolución los dos elementos, que ya nada mantiene unidos, lejos de separarse, tienden a fusionarse y caer el uno en el otro. No debemos dejar escapar este momento, que coincide con el presente, porque solo en él puede ocurrir la ‘krisis’, el juicio sobre el propio tiempo, que interviene para separar de nuevo lo que pretendía haber hecho indistinguible. Para quien pronuncia este juicio, cada día es el último día, cada instante es el decisivo. De hecho, en el momento de la disolución, precisamente lo que está muerto se disfraza de vivo, mientras que el elemento vital es rechazado en el pasado como si ya no estuviera vivo y es a este pasado al que el juicio histórico debe mantener abierto el acceso.

Lo que ha ocurrido en los últimos tres años es que este juicio no ha sido ejercido o lo ha sido solo de forma marginal y por unos pocos, mientras los medios de comunicación repetían en masa e irresponsablemente las consignas de la confusión y de la mentira. Así, el estado de excepción se ha confundido con la ley, la mentira con la verdad, la tecnología con la naturaleza, la medicina con la religión, situación tanto más peligrosa cuanto que, si la sustitución de lo verdadero con lo falso se vuelve integral, quien miente ya no sabe que miente y lo verdadero y lo falso, la buena fe y la mala fe se confunden en su mente hasta el punto de hacerle perder todo sentido de la realidad. Esto significa que la mentira escapa a su control y puede volverse en primer lugar contra él, obligándole a actuar en contra de sus propios intereses hasta el punto de conducirle, como ocurrió con las vacunas y como está sucediendo según todas las pruebas con la guerra de Ucrania, a la autodestrucción.

Creo que muchos se han preguntado por qué Occidente, y en particular los países europeos, cambiando radicalmente la política que habían seguido en las últimas décadas, de repente decidieron hacer de Rusia su enemigo mortal. En realidad, existe una respuesta perfectamente posible. La historia muestra que cuando, por alguna razón, fallan los principios que aseguran la propia identidad, la invención de un enemigo es el dispositivo que permite –aunque sea de manera precaria y en última instancia ruinosa– hacerle frente. Esto es precisamente lo que está sucediendo ante nuestros ojos. Está claro que Europa ha abandonado todo aquello en lo que creyó durante siglos, o, al menos, creía creer: su Dios, la libertad, la igualdad, la democracia y la justicia. Si ya ni siquiera los sacerdotes creen en la religión, con la que Europa se identificaba, también la política hace tiempo que perdió su capacidad de guiar la vida de las personas y de los pueblos. La economía y la ciencia, que han ocupado su lugar, no son en modo alguno capaces de garantizar una identidad que no tenga la forma de un algoritmo. La invención de un enemigo contra el que luchar con cualquier medio es, a estas alturas, la única manera de colmar la creciente angustia ante todo aquello en lo que ya no se cree. Y, ciertamente, no demuestra mucha imaginación el haber elegido como enemigo a quien, durante cuarenta años, desde la fundación de la OTAN (1949) hasta la caída del Muro de Berlín (1989), hizo posible librar en todo el mundo la llamada Guerra Fría, que parecía, al menos en Europa, definitivamente desaparecida.

Contra aquellos que estúpidamente intentan encontrar de esta manera algo en que creer, hay que recordar que el nihilismo es el más inquietante de los invitados, pues no solo no se deja domesticar con mentiras, sino que únicamente puede llevar a la destrucción de quien lo ha acogido en su casa.

Giorgio Agamben es filósofo: (Publicado curiosamente en ABC, no en El País)