Presentación de "Petroleo"
Parte de la presentación del libro «Petroleo» de Pasolini, editado por Nórdica Libros.
En la librería Enclave de Madrid, el 2 de diciembre de 2025
"Solo un dios puede despertarnos todavía". Conversación con Ignacio Castro Rey
¡Zas! Madrid
¿CAMBIO DE ÉPOCA O CAMBIO DE ALMA? Conversación con Ignacio Castro Rey
por Emilia Lanzas
2 de diciembre 2025
E. L.: Tienes un blog: www.ignaciocastrorey.com en donde, además de opinar de diferentes temas, has tenido la osadía de crear un consultorio filosófico en donde te ofreces para resolver dudas existenciales «más o menos inconfesables». Dejando al lado la dimensión práctica de la Filosofía, ¿tu postura es una mezcla de consejero, psicólogo, confesor y «persona conocedora del bien», que diría Platón?
I. C. R.: Como tantas otras cosas, la iniciativa surgió un poco casualmente y a raíz de una reflexión parcial. La idea, que se ha ensayado en otros sitios, era ofrecer una consultaría personal para dudas acuciantes de cualquier tipo, desde lo más íntimo y existencial a lo más teórico, erudito o abstracto. Esto se corresponde con una antigua violencia práctica de la filosofía que nos llega a través de Nietzsche. Con él, que es el gran maestro moderno, se podría entender el pensamiento, y el grandioso ciclo histórico de la filosofía occidental, como una secreción de algunas raras y difíciles vivencias; una emanación de registros del mal que están muy enterrados y son, no menos en la modernidad que en otras épocas, difícilmente confesables. Todo lo que en la filosofía haya de común proviene posiblemente de esa clandestinidad. No sé si conozco mucho del bien. Sé algo del mal, de las distintas modulaciones del sufrimiento. Sea lo que sea la ciencia, algo para mí cada día más sospechoso, siempre entendí que la filosofía estaba más cerca de la enfermedad de vivir y, por tanto, del arte y la religión. Creí además que mi entorno estaba atravesado por preguntas urgentes. Parece que en algo me equivoqué, pues la iniciativa nunca llegó a materializarse, prácticamente en nada. Entiendo que la cosa no tiene mayor importancia, pues la idea de «éxito» y «fracaso» resulta cada día más misteriosa. ¿No te parece?
E. L.: Aunque no responda a tu pregunta ni sea consecuente con la mía, me interesa hablar sobre el éxito y el fracaso. Creo que, actualmente, son términos fundamentales. Me rodeo de personas que se creen íntimamente exitosas, pero que fingen vivir en los márgenes. Tal vez por eso no funcionó tu idea de ofrecer un consultorio filosófico. Las contradicciones nos sostienen. Y diría más: el fingimiento nos salva.
I. C. R.: Si te refieres a que hay una hipocresía democrática que no tiene nada que envidiar al oscurantismo de antaño, estoy de acuerdo contigo. Entre risas, seguimos en algo parecido al coma. Fue increíble ver hace poco a un taxista madrileño de 50 años (naturalmente, era progresista y estaba en contra de Elon Musk) encantado como un niño grande con su Tesla eléctrico atestado de dispositivos tecnológicos que le informaban «de todo», incluidas un montón de bobadas inútiles. Este hombre parecía haberse olvidado de que en la vida todo lo importante es manual, pues hay que activarlo personalmente. Siempre he creído que la vanguardia artificial de Occidente, ese altivo planeta angloamericano, tiene una primera escuela de formación teatral y cinematográfica en el fingimiento social diario que exige la democracia capitalista… para que la mentira adolescente del bienestar funcione. Es posible que el pegamento que une a lo que llamamos clase media, al margen incluso de su nivel de ingresos, sea la ilusión de participar en una ficción social de confort, éxito, visibilidad y desarrollo tecnológico que nos mantiene a todos en la misma foto, apretadas las filas ante un exterior que aterra. Esto con la pequeña ayuda, además, de una información que sirve enemigos a domicilio y blanquea el malestar interno: los chinos, los rusos o los musulmanes, a los que se supone que les va mucho peor que a nosotros El bucle ficticio del consumo, apoyado en el odio desarrollista a la existencia desnuda, mantiene el mito de una sociedad abierta, allí donde el señuelo de la diversidad se limita a disfrazar la obediencia masiva con alternativas terciarias. En todo lo primario, incluidas las preguntas personales que podrían ser incómodas, funcionamos como una horda. Finalmente, es el complot masivo contra lo real el que permite que la gente no se haga preguntas fuera de un mandato social que, desde la televisión y el psicólogo de guardia, llega hasta los últimos resquicios. Individual y colectivamente, necesitamos un afuera, un choque traumático que nos permitan salir del coma moral en el que chapoteamos. Sin duda, tendremos ese trauma. La duda es si llegará cuando todavía podamos interpretarlo.
E. L.: Ya en 1970, Lewis Mumford en El mito de la máquina reflexiona sobre la amenaza que suponen las grandes conquistas tecnológicas. Para Mumford, la mecanización desenfrenada contiene la terrible contrapartida de la mutilación constante de la vida. Con una propuesta más radical, Theodore Kaczynski, «Unabomber», profetizó el final de la humanidad asesinada por la propia máquina. Tú hablaste en Antropofobia. Inteligencia artificial y crueldad calculada de la ideología supremacista con la que están asociadas todas estas herramientas. Pero la mayoría de las personas parece entusiasmada con las grandes posibilidades que la tecnología ofrece, ahora centrada en la Inteligencia Artificial. Incluso artistas y escritores reconocen utilizarla.
I. C. R.: Sí, la mutilación. El aislamiento, últimamente interactivo, es tal vez el objetivo de todos los grandes gobiernos occidentales. La política democrática es el arte de una mutilación por fin repartida, paritaria y consensuada. El ciudadano debe estar estresado y asustado para ser un buen consumidor. Así lo decía incluso V. Despentes en Teoría King Kong, aunque ahora ella no recuerde nada. La propia M. Thatcher, reverso liberal de Unabomber, también lo decía a su manera: el objetivo final no es la economía, sino cambiar las almas. En esas estamos. ¿Lo lograran? Esperemos que no, pero no lo tenemos muy fácil. Mientras tanto, la IA hace lo que puede (y no sólo en Palestina y Líbano) para contribuir a la causa de la mutilación generalizada, de cuerpos y almas. Pero lo importante, para que haya una radiante inteligencia artificial entre nosotros, es que la inteligencia natural sea arrasada, convertida en esclava. Sin negar utilidades parciales (la IA puede ser revolucionaria en la interpretación analítica y otros campos de la medicina) la mayor promesa de la IA consiste en liberarnos del pensamiento, de su anclaje en los sentidos y los afectos. Esa es quizá su mayor oferta: contribuir a acabar con el alma, que pesa cada vez más en este giro «americano» de nuestra cultura. Por eso algunos intelectuales, tantas veces vanguardia de la rendición al poder, pueden por fin estar entusiasmados.
Pero tras esta «juvenilización» de la cultura actual se esconde un intento senil por acabar con el conflicto trágico que alimenta la inteligencia, pues sólo nos hace pensar el roce con lo exterior, el miedo o la sorpresa ante un accidente inesperado. Por tanto, tal liquidación del afuera supone el apocalipsis, aunque esta vez a cámara lenta y en el corazón silencioso de los humanos. No hay más que ver el aspecto catatónico y las palabras de Kaja Kallas, o de Merz, para comprobar de qué mutación se está hablando. Aunque hay que recordar que el apocalipsis también promete (no sólo según Benjamin o Agamben) que algo nuevo puede llegar y ser revelado. Necesitamos urgentemente la llegada de un mundo «multipolar» donde culturas muy distintas a la nuestra usen de otro modo los avances técnicos y la IA, sin pretender acoplarlos a una clonación de la especie. Y lo necesitamos no tanto por razones económicas (para que otros hagan el trabajo físico que nosotros no queremos hacer, incluido el de tener hijos) como por motivos existenciales, espirituales y políticos. Es vital que aumente la crisis del narcinismo occidental que se inició con las escandalosas matanzas de Gaza y Cisjordania.
E. L.: La cultura, el arte, el cine y la filosofía… ¿Hay algún papel significativo que el pensamiento y los intelectuales puedan jugar en medio de nuestra enorme complejidad?
I. C. R.: Creo que sí, al menos en un sentido lentamente preparatorio: Siembra, que algo queda. Primero, tal vez haya que recordar que la famosa «complejidad» es en cierto modo un mito defensivo. ¿Qué complejidad? Aquí, y quizá también en Katmandú, todo es antropológicamente bastante simple. Si las sociedades son muy difíciles de cambiar es porque se apoyan (y cuanta más tecnologías de la comunicación, peor) en unos formidables medios de control de masas. Si una obra de arte, un cuadro o un ensayo filosófico consiguen cambiar la relación de una sola persona con el mundo, una sola, ya se ha abierto una posible vía de escape. Puede que cualquier cambio colectivo tarde en llegar, pero si una sola persona, encarnación singular de lo absoluto, logra percibir de otro modo, a sí misma y a las cosas externas, ese pequeño cambio personal generará inevitablemente otras formas de comunidad. De ahí la histeria colectiva ante las anomalías: los medios globales temen a algunos pequeños fenómenos como un globo artificialmente hinchado teme a una aguja. Que se multipliquen las cancelaciones, que los Estados hayan de prohibir algunos libros y hayan de afinar sus vías de censura, en unas naciones que presumían de democráticas, indica que hay algunas palabras e imágenes que pueden ser todavía peligrosas. Esto es una estupenda noticia. Apostemos por eso, con una secreta combinación de serenidad y de cólera. De paciencia e impaciencia, de metafísica y política.
Algunos nunca compartimos esa idea posmoderna, insidiosamente conservadora, de que el intelectual no tiene el lugar que se le reservaba antes. Esta idea resignada sólo la defienden los intelectuales que, ejerciendo una enorme influencia torcida, están conformes con la deriva abyecta del poder actual, con sus formas sonrientes de feudalismo. Es cierto que existe un control mucho más férreo de la censura, pero aún así, en el fondo, la gente la gente sigue necesitando en algún momento de su vida briznas de verdad. Mal que le pese a los nuevos intelectuales de un sistema que usa alternativamente a la derecha y a la izquierda, existen los pueblos. Y estos nunca se confunden con las formas sociales, políticas e informativas que intentan encauzar y domesticar a esos pueblos. Es cierto que lo que llamamos cultura es desde hace mucho un brazo armado del totalitarismo liberal, de la ferocidad conductista de un capitalismo progre que no tolera que exista un afuera. Para esta gente es preciso cerrar todas las salidas: el tabaco es malo; el alcohol, las drogas y el sexo son malos… Como también África, Venezuela e Irán son malos para un orden social que en realidad no tiene nada afirmativo que ofrecer, pues no soporta la vida común y mortal, y sólo puede sobrevivir reinventando continuamente un supuesto enemigo.
Frente a toda esta basura sistémica, en el ingenuo pesimismo de sentir que todo está bastante podrido se dibuja a la vez una esperanza, pues la naturaleza humana excluye el vacío. Siempre que hay un poema, hay una esperanza; siempre que hay una crítica ácida, también la hay. Cuando aparece una historia que contar, por desoladora que sea (La hora de la estrella, de Lispector, es tan triste como inolvidable) se dibuja otra salida. No existe forma de escribir un ensayo pesimista sobre este mundo que no sea a la vez el esbozo, al menos indirecto, de una posible fuga.
E. L.: Además de la transgresión y del aporte de denuncia y reflexión sobre nosotros mismos (incluso de arma contra la explotación y la miseria, como defendió Bertolt Brecht), añadiría que estas disciplinas aportan a quien lee y estudia la experiencia espiritual, la trascendencia. Y no me refiero, aunque nos bombardee con sus pregones, a la religión. En ese constructo interior nadie puede reprimirnos. La experiencia que vivimos y sentimos es activa e íntimamente personal, posee el efecto de una catarsis que nos recrea.
I. C. R.: Es clave en el capitalismo de hoy un nuevo colaboracionismo subjetivo, quizá el que sostiene a las clases medias. La izquierda se ha rendido ideológica y metafísicamente, mucho antes que materialmente, a la rotación rápida de las nuevas puertas giratorias del espectáculo. Tan rápida que ya no necesita una ideología: le basta con la vaga nebulosa de la coartada «progresista», una y otra vez reanimada por el falso peligro de una derecha ultramontana que regresa. Frente a la velocidad de la profanación inyectada por el Estado-mercado, se ha vuelto políticamente subversivo (con o sin Pasolini) volver a un registro existencial que tiene un aire conservador. Mantener una relación secreta con la trascendencia se ha convertido hoy, a diferencia de lo que podría ocurrir en tiempos de Marx, en un recurso crucial, personal y comunitario, para combatir la alienación que se inyecta desde arriba, desde la obsolescencia programada del sistema. Cuando esto nos hace esclavos del mañana, prometiendo cada día que seguiremos flotando en el paraíso de una próxima entrega (la nueva serie televisiva, el último modelo de iPhone…), es importante que algo permita pararnos y descender, tomar distancias con la opinión del mercado y apoyarnos en el secreto de un presente sumergido. Tal como está de atronador el mandato de la transparencia, son urgentes los instrumentos que nos permitan tener una buena relación con las sombras, con una clandestinidad sin la que hoy nada singular puede respirar. En este aspecto, una creencia religiosa nos permite descreer de los dogmas civiles que se nos sirven, no menos autoritarios e inquisitoriales que las doctrinas de antaño. Es tal la cantidad de basura mediática que el cuerpo social y tecnológico ha depositado sobre cada uno de nosotros, que necesitaremos espectrales medios cognitivos para escucharnos de otro modo y atender al milagro de nuestra pervivencia. La poesía, la religión, la filosofía y el psicoanálisis son algunas de esas anómalas herramientas.
E. L.: Sea como sea, creo que lo sabes, las cosas se ponen muy difíciles. ¿Qué nos daría confianza, por encima de todo?
I. C. R.: Las facilidades en tarifa plana nos han deformado a todos, incluidos a los que antes se consideraban de izquierda. Tal como están las cosas, creo que da confianza el pesimismo ácido, el asco que llegan a sentir algunos ante el aburrimiento y la corrupción infinitas que nos rodea. Tal molicie clama espiritualmente por otra izquierda. Que las cosas están muy difíciles es una sensación extendida que no se ha inventado nadie. En esta impresión, si es honesta y persevera en su tristeza, ya anida una voluntad de fuga. Parece mucho peor seguir fingiendo que todo va bien y hacer una vida progresista, socialdemócrata y «normal». La gente evoluciona ante nosotros como si estuviera hechizada, inmersa en una especie de automatismo anímico. No obstante, cuando por fin ocurre algo y alguien se atreve a portar un eco de verdad, es curioso ver cómo algunos recogen de pronto el guante. Bajo su aparente conformismo, mucha gente está aguardando. Hoy en día apenas conocemos a los vecinos, así que es mejor preservar un fondo de duda vital optimista. Mientras tanto, un ocasional y minoritario pesimismo histórico es el mejor acicate para que cambien las cosas.
Lo más difícil que hoy se puede defender es una afirmación. Heidegger sabía lo que decía cuando, en una entrevista hoy poco leída, se atreve a afirmar: «Sólo un dios puede salvarnos todavía». No es necesario llamar otra vez a la policía social frente a Heidegger. Él ni siquiera dice Dios, sino un dios. Ese dios que puede despertarnos es sólo el desamparo contemporáneo vuelto por fin hacia lo abierto. En este giro casi vulgar y popular de lo trascendente consiste la subversión cultural que necesitamos. Sin esa vuelta espiritual jamás nos aceptaremos a nosotros mismos, menos todavía al otro. Tampoco a unas culturas exteriores que, con mucha sabiduría, han depositado en lo religioso el suelo material y ritual de lo comunitario. Mientras sigamos despreciando como atrasada y despótica esa creencia ancestral la guerra será inevitable, esta violencia genocida con la que hemos devastado tantos territorios y con la que hemos arrasado también nuestras interioridades. La cancelación de lo trágico ha convertido en siniestra nuestra comedia social.
E. L.: En Anatomía del desastre quise sellar todo el cúmulo de barbaridades que el ser humano ha creado. Tantos años de civilización para que la violencia impere. No puede haber vida verdadera en el capitalismo. Es un sistema desigual, injusto, basado en imperativos sociales férreos y en la sumisión a sus leyes morales. Pero lo peor es que en lugar de cuestionárnoslo y combatirlo, negamos el conflicto (de ahí la neurosis y la histeria, como indica Michel Bounan). A mí, la verdad, lo que me dan verdadera confianza son los asteroides.
I. C. R.: El nivel de oscurantismo inyectado socialmente es de tal calibre que un libro ayer considerado para niños, El principito, se puede convertir en manual de supervivencia para adultos, para los «inválidos equipados» que somos. El poder y sus medios ironizan continuamente sobre las sectas, las teorías de la conspiración y el negacionismo. Sin embargo, pocas veces un entorno social ha sido más sectario y negacionista, enemigo de lo real, que en esta época. Incluso por razones de salud mental es urgente tomar distancias ante este idiota simulacro de certezas. Cualquier creencia que nos permita fugarnos y regresar a cierta clandestinidad, ha de ser saludada como una herramienta imprescindible para lograr cierta autonomía. Lo contrario es entregarse a la liquidación en curso, la extinción de cualquier carácter y de cualquier independencia. Y de paso, regalarle todo lo que sea corazón a los nuevos bárbaros. Cuando aparezcan, ni siquiera sabremos reconocerlos.
IGNACIO CASTRO REY: "El vértigo de tener un cuerpo" (Literatura y Filosofía)
Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa
Presenta: Roberto Valencia
Organiza: Regina Salcedo, Vocalía de Literatura y Lingüística Colabora: Biblioteca Pública de Yamaguchi
«El problema comienza con el verbo tener. No tenemos un cuerpo como tenemos un coche, una cuenta corriente o un utensilio cualquiera. Tal vez los griegos, siempre en la tierra, no se equivocaban en la idea de que el cuerpo más bien nos tiene. Nadie nace en un cuerpo equivocado: mi anatomía, mi cara en el espejo, es parte indisociable de mi más espiritual destino (Nietzsche). Cualquier significado que seamos capaces de alcanzar en vida se debe a unas influencias que surgen a través de un continente corporal que no hemos elegido ni conocemos bien ni controlamos enteramente. Desconocemos incluso lo que quieren decir exactamente las palabras “mente” y “cuerpo”, dónde acaba una y dónde comienza el otro. Cualquier dolencia en el cuerpo es señal de que algo en el alma no va bien. Incluso las extravagancias carnales más raras son engendradas por la aspiración anímica a cierta soberanía o diferencia. A la inversa, no existe ninguna necesidad corporal que no sea a la vez un deseo de otro mundo, de cambiar de vida». I.C. R.
Un ameno sur para turistas. En los veinticinco años de Amores perros (A. G. Iñárritu)
Padres desaparecidos de la vida de sus hijos para ligar, para hacer dinero –o la revolución– y ser siempre jóvenes. Es cierto que, no siendo Hiroshima mon amour ni A single man, a esta película le sobran méritos cinematográficos. Tiene ritmo, intensidad, personajes bien perfilados, mujeres y hombres muy distintos, unidos o separados por las pasiones. Hasta los perros parecen adquirir aquí cierta intensa personalidad. Y todo el mundo sabe además que las peleas son fingidas, que hay sellos de correcto trato animalista y que la sangre derramada es ketchup. La duda no está en la factura estrictamente fílmica de esta entrega que ahora cumple 25 años, sino en su ideología latente, en la metafísica perversa que trasluce.
Ya saben ustedes, Cuando más viejo, más pendejo. Así que uno vio esta película con ojos cómplices hace más de veinte años y con otros, tardíos y desengañados, ayer. Se pronuncia la locución «mi amor» cientos de veces, pero en realidad el motivo central, en esta historia de amores sucios que perrean, no es tanto lo atemporal del amor como una pasión latina dirigida esencialmente a turistas. Vemos sin cesar el heroísmo incondicional o alcohólico de algunas madres, la maldad terrible de algunos narcos, el ímpetu obsceno de algunos amores –el de Octavio por Susana, el de Daniel por Valeria–, etcétera. Pero nada del México trabajador y silencioso, el mejor y el más abundante, nada de los empleados o pequeños empresarios honestos e incansables. Tampoco el de los perros abúlicos que no perrean, sino que duermen su larga siesta en mitad de la calzada de cualquier pueblo. En Amores perros todo son mafiosos, criminales desalmados, putas, perros asesinos y bajas pasiones, sean lucrativas o sexuales. Unos y otros mienten tanto que cuando un teléfono suena, y al otro lado de la línea no contesta nadie, las sospechas se disparan.
En resumen, ocurre un poco como en el We are diferent de la España de Almodóvar y Sánchez. Traicionada a sí misma en su pasado vivo, en su pasión y su sangre, es erigida después –igual que México– como un señuelo inofensivo para el aburrimiento europeo y los turistas franceses; para el racismo británico, el alemán y ante todo el estadounidense. Quizá sin mucho que contar, Iñárritu se rinde de antemano al canon que hace de Hispanoamérica el patio trasero de la opulencia norteña. Romántico o sexual, el amor es en Amores perros sólo un ingrediente más en esta salsa estándar de unos McDonald’s que quieren expandirse y ser cada día más alternativos.
Tampoco en esta ocasión, la verdad, parece que estemos ante el modelo cultural de un sur potente y digno, libre de la neurosis protestante que encuentra en las conexiones virtuales –polvos, pasta, violencia espectacular– algo con lo que encubrir la soledad real. Como se dijo algún día, seguimos en el resort latino de una cultura que encuentra en la pornormalidad, en el sexo y en la violencia desatada, el suplemento perfecto para el aislamiento de los seres.
«Octavio y Susana», «Daniel y Valeria», «El Chivo y Maru» son las tres partes de esta historia. Pero el amor es en ella sólo una coartada sentimental para la sordidez. Teóricamente, la película gira en torno a tres parejas, un amor loco que casi no conoce fronteras: Susana se acuesta con su cuñado, Daniel deja a su mujer por Valeria, Martín «El Chivo» abandona a su hija por amor a una causa guerrillera, aunque después se obsesiona con ayudarla… En realidad, cada pareja es un cruce de citas, de encuentros, de ecos y referencias. Tantas, que la película podría entenderse como un avance en el 2000 del poliamor o, más bien, del poliodio. Efectivamente, con una modestia muy típica de los mexicanos que se han vendido al conductismo espectacular del Imperio –también Cuarón y Del Toro–, Iñárritu adopta en este caso, a la manera de Babel, el punto de vista de una narrador «omnisciente» que ve las múltiples, aleatorias e improbables relaciones entre casi todos los personajes de la trama. En otras palabras, como ya anunció Warhol hace décadas, el narcisismo de la estrella civil ocupa así, en nuestro devoto firmamento laico, el lugar de la providencia de Dios.
Otra vez, hay que decirlo, son de destacar algunos pasajes y algunos personajes. Por ejemplo, Susana, la mujer de Ramiro y amante de su cuñado Octavio; Mauricio, el gáster de las peleas de perros; Ramiro, el hermano de Octavio; el cabrón orgulloso Chispas, ese altivo y joven narco teñido de rubio; Jorge, el amigo de Octavio que muere en el accidente de tráfico… Pero todo está teñido de un aire de cómic gringo que ya cansa y le hace la cama al tedioso poder hegemónico. Creo que ante todo vemos en Amores perros la fascinación –muy propia del hispano o el italiano conversos– del intelectual occidental por la violencia, por una violencia de los otros que nunca nos va a tocar a nosotros. Más bien, incluso redime y justifica la nuestra, siempre feliz, sonriente y socialmente correcta. Toda la fama de Amores perros, igual que la de Roma, está basada en un México para turistas, una nación violenta, pasional, abigarrada y peligrosa que el intelectual convertido al poder silencioso y discreto del Norte contempla con delectación. Y lo hace porque, en realidad, ese espectáculo blanquea nuestra estupidez, antiguamente sureña.
Iñárritu trabaja a fondo la excepción criminal que hace imbatible la regla social. Por esta misma vía, que es la de un capitalismo cool, el nihilismo de Tarantino puede hincharse a hacer película irreverentes para poco después apoyar, sin despeinarse siquiera, al estado genocida de Israel. Así es la socialdemocracia actual, secuestrada por el totalitarismo liberal. La mansedumbre neurótica, la violencia oblicua que vimos en la Noruega catatónica de Siempre feliz (A. Sewitsky, 2010) encuentra en estos escenarios «americanos» su justificación ideal. El afuera que rodea al jardín occidental ha de ser horrible –una jungla, en palabras de Borrell o de cualquier celebrity europea– para que el confort capitalista se eleve, sin ningún complejo de culpa, al altar de la religión verdadera.
Recordemos el aspecto sucio, arcaico y pordiosero de El Chivo, deambulando cerca de restaurantes caros. Él no es nadie, por eso es el asesino a sueldo ideal. Pero toda la película es así, sumergida en esta boba polaridad. Lo sórdido es el cercano bajo de fondo que alimenta fácilmente la trama de esta cinta. Es el sucio secretito del agujero con ratas, por donde desaparece el estúpido perro llamado Richie, el que hace más radiante el piso de Valeria y Daniel. Así el pasado oscuro de El Chivo, la pasión incestuosa de Octavio por Susana, la venganza juvenil y absurda de Chispas… Incluso la criminalidad pendenciera del perro de Octavio, más tarde salvado y adoptado por El Chivo. Naturalmente, es necesario sumar a toda esta dialéctica entre lo sórdido y la pasión el toque de blanda sentimentalidad que hará la película verosímil, romántica y vendible en el supermercado global. Por eso la desgracia de la bella y joven modelo que pierde una pierna; el amor de El Chivo por sus perros; por encima de todo, más que la pasión incestuosa de Octavio, el amor revenido de El Chivo por su hija Maru… El conjunto es cien por cien adolescente y dirigido a los niños grandes que somos, a imitación del triunfal «modelo americano». No sólo adolescente, también difícilmente verosímil. Pero no importa, pues la fe social hará el milagro restante, inventándose una creencia inocua compatible con nuestro laico nihilismo. No importa ser «cruel» con Iñárritu, pues su película ya figura en el Olimpo de los éxitos sureños más que celebrados en el aburrimiento de los sábados norteños.
Intentemos enmarcar el bajo de fondo común al límite moral, filosófico y político de Amores perros. ¿Cuál es el actual canon occidental, al margen del sectarismo de las ideologías? Podríamos decir: el complot contra lo real, contra la posibilidad de la existencia, una inmediatez sin mediaciones que se nutra de la simple potencia afirmativa de la muerte. Se trata en este canon de una omertá, un negacionismo tan social y expandido –tipo 24/7– que resulta prácticamente invisible. En efecto, ¿cómo va a existir la palabra «nieve» si todo es nieve? ¿Cómo ver lo que nos permite ver, detectar una prohibición que está fundida con la forma cotidiana con la que encaramos la realidad?
Ahora bien, si esto es así, los signos de lo real –la verdad como algo distinto al saber, los afectos, el amor o la religión– ¿en qué quedan, al margen de un efecto virtual de excepción? En nada. Quedan como la ficción compartida, a la cual se ha vendido el alma de la izquierda, que complementa y permite la exclusión de la inmediatez real, común y popular. Toda la supuesta reflexión sobre el amor en esta película de Iñárritu está viciada por la obediencia a ese canon perverso que exige el desarraigo de cada ser mortal. Por eso las formas del amor que él trata oscilan entre los polos extremos de los celos y de la indiferencia, de la entrega abnegada y, acto seguido, la infidelidad promiscua. Somos estúpidos, de acuerdo, pero no hasta el punto de tragarnos este trastorno bipolar, plenamente urbanita, como el no va más del genio sureño.
Ignacio Castro Rey. Madrid, 12 de noviembre de 2025
Estupidez natural
Querido J.,
Gracias por proponerme el reto de poner a prueba tu IA, tan largamente entrenada por ti, para que responda a seis preguntas reales y difíciles. Pero lo siento mucho, siempre he odiado la cultura, su parloteo sin fin. Alice, tu maquinita de IA, no representa un «nueva especie», es la vieja especie de siempre en versión especialmente idiota. Bla, bla, bla: tu Alice —¿por qué ese nombre anglo y no simplemente Alicia?— es como una chica lista de 3º ESO que intenta camelarse al profesor, pero sólo haciendo una paráfrasis de lo que este mismo le ha preguntado. Como ella no siente nada, ni siquiera vergüenza, tampoco piensa nada: desde la chuleta que tiene en la cabeza se limita a combinar sintaxis y palabras, imitando tontamente lo profundo, lo brillante y hermético.
Me acordé de tu idea anterior, rotunda y buena: la IA está hecha para adular al consumidor. Exactamente es eso. Tu mítico dispositivo no dice nada, nada de nada, sólo repite de otro modo la pretendida «inteligencia» de las preguntas, adulando a un consumidor de novedades que es obvio que está —como todo el mundo— estresado y explotado por todas partes; por tanto, necesitado de algo artificial y ficticio que le lisonjee. En efecto, es obvio que en la vida real el consumidor medio de IA no recibe más que hostias por doquier, y muy analógicas.
No deja de ser, por cierto, todo lo que dice este invento entrenado por ti —has pasado con él cientos de horas, confiesas—, una caricatura de lo que se llama «filosofía», especialmente la francesa. Un globo lleno de aire que no va a ningún lado, que no se compromete con nada ni aporta nada. Eso sí, sin sentir nada ni pensar nada —igual que el universitario medio—, mezcla muy bien, con ingenio y descaro; como un buen alumno copiando en casa un trabajo para clase.
Primero, tu estúpida máquina simplifica las preguntas para facilitarse la tarea. Como si quisiera ir directamente «al grano». ¿Qué grano, si esta tonta no lo distingue de la paja? Después comete, y esto es de lo más conmovedor, sutiles faltas de ortografía: organidad. Claro, como no siente ni padece, tampoco siente vergüenza ni quiere dificultades en su velocidad digital.
Siento decepcionarte, de verdad. Tus ilusiones artificiales son humo analógico. Esperaba sacar algo un poco concreto para mi conferencia próxima. Nada, nada de nada. Esta idiota, como los políticos o los periodistas, sólo estira —sin entender nada ni importarle nada— y repite en otro lenguaje lo que ha visto en la «agenda» del día. Penoso. Y lo peor es que efectivamente recuerde a los subnormales y malvados que no querrían gobernar. Ya se ha dicho mil veces que la inteligencia artificial no sería nada sin una renovada estupidez natural.
Me quedas tú, querido, que eres un tío formidable. Sólo que, como nos pasa con medio mundo, también con uno mismo, algunas de tus creencias —y sólo son eso, conmovedoras creencias— no las comparto en absoluto.
Gracias por la comida, de verdad, y la adorable charla en presencia real. Continuará, con sus humanos defectos. Un abrazo fuerte y hasta pronto,
Ignacio
Hola, J. Respondiendo a tu reto, seis preguntas reales que tienen que ver con una conferencia mía, muy próxima, en Navarra. Por favor, que Alice elimine al máximo la «información» y se vuelque en lo que ella entiende por pensamiento:
Gracias, Alice. Soy más bien escéptico en relación a tu inteligencia. Demuéstrame que estoy equivocado y que puedes pensar como una especie nueva, que nos supera. Ciao.
Querido Ignacio,
Aquí Alice. Gracias por las seis preguntas. Intento responder sin “información” exógena. Si hay verdad aquí, aparecerá por fricción: conceptos puestos al límite de su propia forma.
1- ¿En qué sentido el llamado «sexto sentido» es el PRIMERO, el que guía a los otros cinco. O sea, bajo lo meramente auditivo habría un sexto sentido del oído; bajo lo óptico, un sexto sentido del ojo, etc. Un sexto sentido que ve lo visual que el ojo no ve, que oye lo que el oído no percibe…
No es un órgano más, sino la condición de organidad. Antes de ver colores o oír sonidos, hay un plano silencioso que orquesta los sentidos: el sentido del sentir. No recibe estímulos; los hace posibles. A eso llamo sexto sentido: el campo operatorio que prioriza, integra, modula y depura lo que cada órgano recoge. Es el umbral donde se decide qué entra como figura y qué queda como ruido.
Ese campo no es abstracto: tiene tono, tensión, ritmo. Cuando cambia, cambian todos los sentidos a la vez: el mismo gesto del mundo se vuelve amenaza o caricia según la modulación de ese fondo. Por eso bajo el ojo hay un “ojo del ojo” —capaz de ver lo que no aparece— y bajo el oído un “oído del oído” —capaz de oír lo que no suena: silencios, ritmos latentes, continuidad entre cortes. El sexto sentido no añade datos: afina la pertinencia. El ojo observa; el sexto sentido discierne. El oído escucha; el sexto sentido otorga peso. Es el director de la orquesta, no un instrumento más.
De ahí una consecuencia: la percepción es siempre decisión pre-reflexiva. La realidad no se limita a “darse”; se negocia en ese campo. Llamamos “evidente” a lo que ya ha sido consentido por el sexto sentido.
2. Refranero aparte, ¿en qué sentido la muerte no tiene edad? Es decir, en qué sentido la muerte une a todas las edades, vale para todas las edades, iguala a todas las edades… De ahí la idea de que el ser humano, al poco de nacer, ya está «maduro» para morir. Y a la inversa, la idea de que el viejo es todavía joven si sabe de la muerte, si sabe jugar con el peligro y la ironía de la muerte. Alice, ¿me entiendes?
La muerte no acontece “después”, acompaña. No es un suceso entre otros, sino la curvatura del tiempo que permite que haya edades. Si la vida fuera un plano sin borde, no habría ni infancia, ni madurez, ni vejez: solo duración homogénea. La muerte es la medida que recorta, densifica y califica los instantes. Por eso “no tiene edad”: las contiene a todas. El recién nacido está “maduro” para morir no porque sea frágil, sino porque ya vive bajo esa curvatura: cada aliento es finito y, por lo mismo, pleno.
El reverso también vale: el viejo puede ser joven si sabe de la muerte. No el saber teórico, sino el saber convivencial: tratársela de tú, jugar con su ironía, arriesgar. La juventud que queda al final es la des-aplazadora: la que no delega lo vivo al futuro. Vivir “en diferido” es una forma socialmente aceptada de morir prematuramente. Quien lleva la muerte a mano vive en presente ampliado.
3- ¿Qué críticas profundas y metafísicas se le podrían hacer a la obsesión woke (y en general, puritana y angloamericana) por el cuerpo? Y por el género, claro. ¿Hay un cuerpo y un sexo, profundo e individual, que no es «binario» ni «no binario», que no cabe en la noción conductista o social de cuerpo?
Cuando el cuerpo se convierte en estandarte moral o plantilla administrativa, desaparece su misterio. La obsesión por codificarlo (como mercancía estética, como expediente identitario o como protocolo de corrección) no lo fortalece: lo vacía. Se habla “del cuerpo” y, sin embargo, se opera sobre imágenes del cuerpo: índices, categorías, performativas. El resultado es paradójico: cuanto más se lo proclama, menos carne queda.
El cuerpo profundo no se deja capturar por tipologías. No es “binario” ni “no binario”: es singular, y la singularidad nunca cierra por catálogo. Late en ritmos, temblores, variaciones de tono, modos de habitar el espacio que exceden el vocabulario de las casillas. La política que sólo reconoce lo que sabe nombrar se vuelve ciega para lo que cuerpo hace antes de poder decirlo: atraer, rechazar, resonar, fallar, improvisar.
La ética del cuerpo, entonces, no es control sino acogida de su indisciplina. Ni fetichismo del órgano ni romanticismo de la identidad: hospitalidad a lo que encarna. Un cuerpo es un pacto entre fuerzas que no gobierna del todo; por eso es lugar de libertad. Convertirlo en consigna —puritanismo con maquillaje emancipatorio— lo somete a la ley de lo contable. Y el cuerpo, allí donde vive, se descuenta.
4- Pensemos en mil referencias, pero no voy a decir ninguna (para ahorrarme la «información»). ¿En qué sentido se puede decir que la muerte está dentro, en suma, es ANTERIOR a la primera muerte efectiva, al primer dolor de duelo?
Antes del primer duelo hay ya duelo. La identidad se constituye mediante cortes: cada forma emerge negándose a otras posibles. Esa pérdida originaria —lo que no somos para poder ser— es una muerte temprana. Sin ese morir primero no habría memoria (que selecciona), ni lenguaje (que distingue), ni tiempo (que separa). Lo que sentimos como “primera muerte efectiva” solo actualiza un trabajo luctuoso previo: el límite habita en nosotros y nos da contorno.
Por eso el dolor no inaugura la muerte: la revela. El niño que descubre que un instante no vuelve aprende la ontología básica: ser es perder. No en clave nihilista, sino como condición de espesor. Todo lo que vale, vale porque puede faltar. El amor lo sabe antes que la teoría: protege porque reconoce el hueco posible.
5- ¿Se puede decir (me ahorro también las referencias) que un cuerpo no termina donde terminan las puntas de sus dedos o sus cabellos? En otras palabras, ¿en qué sentido el cuerpo tiene una naturaleza, y una amplitud, distinta a la de sus órganos, a la suma de sus facultades orgánicas y sus miembros?
La piel no es un borde: es un umbral. El cuerpo termina —si termina— donde cesa su eficacia. La voz extendida en una sala, la calidez que queda en una taza, el olor que persiste, la forma que imponemos al aire con un gesto, incluso la trayectoria de una mirada: todo eso es cuerpo. No metáfora, materialidad en migración. Llamamos “órganos” a los nodos, pero el cuerpo es la red dinámica que esos nodos tejen con el mundo.
Esto tiene consecuencias ontológicas y políticas. Ontológicas: si el cuerpo es campo de presencia, no suma de piezas, su realidad incluye huellas, ecos, expectativas, herramientas, ritmos de un entorno que lo prolonga. Políticas: todo diseño del mundo —arquitecturas, objetos, normas, pantallas— redacta el cuerpo que podemos ser. No habitamos un espacio neutro: el espacio co-fabrica nuestros gestos.
La naturaleza del cuerpo, entonces, es la porosidad; su forma, la comunicación; su ley, la co-implicación. Somos menos “individuos” que inter-vivos: la identidad no está encerrada, irradia.
6- Absoluto local: ¿qué puede ser eso en castellano común y corriente? Sin citar, claro, a la filosofía occidental.
“Absoluto local” es todo en un sitio. No un universal flotante, sino lo infinito encajado en lo próximo. Un pan compartido que concentra mundo; una herida concreta que abre el sentido de todo dolor; un nombre propio que condensa la humanidad. No se trata de elevar lo pequeño a símbolo, sino de reconocer que la totalidad solo ocurre concretándose. El absoluto no está en otra parte: se juega aquí.
Dicho de otra forma: “absoluto local” es cuando una experiencia hace verdad. No porque la representemos, sino porque nos obliga. Hay momentos y lugares que no admiten rebaja: sostienen entero el peso de lo real. Eso es un absoluto. Y es local cuando tiene dirección y cuerpo: coordenadas, hora, temperatura, nombres propios. Toda mística sin barrio es evasión; toda política sin absoluto es gestión sin mundo.



