sinopsis de un proyecto fílmico

Excelente escenario de nuestra desolación sideral. Inuit, exterminio, reagrupamiento, suicidio lento en el piélago tecnológico de nuestras urbes. Un desierto solipsista en lo personal y ultra-comunicado en lo tecnológico...

Vagar en tierra de ancestros, sin sus huellas y sus voces, sin apenas un hilo de cobertura que nos dé amparo desde ellos.

Los hombres estamos separados porque ya no tenemos algo otro que nos vincule, que no sea elegido por nosotros. Ninguna huella de origen paterno o materno, ninguna huella de antepasado que nos recuerde que no hay otra tarea que habitar lo inhóspito.

Y el ojo de la cámara, supongo, enfocándolo todo desde esa soledad de un cadáver anónimo, sin tierra.

Varados en un limbo helado. Somos metáfora de ese extranjero sin causa y sin origen, al que ya le cuesta reconocerse en cualquier escenario y que nunca puede estar seguro de entender lo que le rodea. También nosotros, primero arrancados sin piedad de todo arraigo, somos objeto de políticas de reagrupamiento que nos personifica en masa y nos arrojan a un tedio más infinito que el de un páramo helado, que al menos tenía toda clase de huellas.

Los inuit como signo del extranjero que somos en todas partes. Donde quiera que vayamos, transportamos el desierto del cual somos el único ermitaño. El sueño de un calentamiento global (según el cual la tierra se entera de nuestra importancia, de que el hombre y su sociedad existen) se congela en el enfriamiento local que nos convierte en zombis de ojos vítreos, extraños incluso para el médico que nos analiza en vivo.

Sólo dos pequeños peligros, a juzgar por esta breve sinopsis. Un exceso de calificativos, una redundancia adjetival que pueda esconder un poco el minimalismo de la sustancia, esta épica infraleve que se intenta narrar.

Y lo más importante, tal vez. Habría que poner un poco de esperanza en este continente helado. Pero surgiendo de la propia inhospitalidad. Nada de sensiblerías, pero sí un poco de calor vertical (sonrisas, rostros, algún que otro corazón que todavía late) en este silencioso terror inmanente al que estamos condenados.

Por lo demás, ya digo, suena muy bien esa idea de volver a dibujar una palmera en el borde de una mente que se asfixia en su ilimitada libertad.

Abrazos y perdona la tardanza,

Ignacio

Madrid, 16 de marzo de 2018


máscaras de verdad

Y dale con Nacho. Pues nada, me lo tomaré como una contingencia más. Ecos de viejas sendas perdidas de una inmanente microfísica del poder. Seguro que tengo alguna responsabilidad en ello.

Escribo esto a vuelapluma, aprovechando la confianza. Que no, queridos jóvenes, que es imposible. Mil compromisos políticos anteriores, que no tenéis por qué entender. Además, aunque me gustan vuestra urgencia, conviene darse un tiempo. El aire libre no me falta. Lo que necesito son buenas cadenas. Ya hablaremos al respecto.

Echadle un oído, mientras tanto, a mi conferencia reciente sobre el odioso dispositivo Foucault en la U. Complutense (en un congreso llamado "La actualidad de Michel Foucault"). O a esa entrevista que os envié, que repito más abajo, sobre Ética del desorden. Está llena de experiencias y afirmaciones que desbordan en aspectos cruciales la admirable ontología de Agamben y el Comité Invisible. Y esto a pesar de mi intensa complicidad con ambos, muy distintos, desde hace más de diez años.

No soy tan mayor como vosotros, pero hace mucho que leo a Agamben (sobre todo La comunidad que viene) y a Tiqqun. No es que haya nada que demostrar. Lo digo solo para indicaros que no soy, en cuanto a violencia se refiere, fácilmente impresionable.

No puedo desplazarme en esos días que me decís. Tengo ya una zona de dudoso aire libre que me espera, no sé si en Colombia o en Galicia. Pero me gustaría conoceros y cruzar con vosotros conceptos, bromas, experiencias y equívocos de lenguaje.

No podemos, no debemos, estoy de acuerdo, dejar pasar esta oportunidad. ¿Cuándo, dónde entonces? Tal como está el calendario, tiene que ser ya en abril. Puede ser en Madrid, pero me ofrezco también a acercarme a dónde me digáis.

Guardo las mejores impresiones para ese encuentro. No va a ser fácil, pero sí fructífero. Y a lo mejor, hasta divertido. Fue inolvidable, sin ir más lejos, el encuentro personal con Julien Coupat. Aunque él posiblemente no me recuerde, no importa, no soy rencoroso.

Como mi clandestinidad no tiene nada que temer, os dejo además mi teléfono. Espero vuestras señales. Un cómplice abrazo y hasta pronto,

Ignacio

 

Madrid, 11 de marzo de 2018


las horas que lo portan todo

Querido E.,

No te atormentes, Ética del desorden es muy difícil y a mí también me cuesta. Cada vez que lo abro veo cosas que ni recordaba que había escrito. Fue un lento y largo viaje donde intenté darle forma paciente a lo vivido y sentido durante décadas. Soy en ese libro original o preocupante solo si se lo lee desde la doxa de esta época, su ideología más inerte. De algún modo escandaloso mi libro no descubre nada nuevo, pues se limita a recorrer un rastro de sentido real que viene de muy atrás. Sentido, es cierto, tapado por unos cuantos santos laicos (Kant entre ellos) que, caricaturizados en consignas, nos impiden desde hace tiempo pensar. Y lo que es peor, oír y mirar.

Creo que, con los inevitables y humanos prejuicios, Carreño hace muy buenas preguntas desde el corazón del libro, que captó a vuelapluma. No en vano fue uno de sus pocos correctores.

Nada de irracionalismo, en efecto. Es otro modo de razonar el que defiendo, que está (como muestran esas más de cuatrocientas notas) en Leibniz, en Agamben y en Platón. En Descartes y Spinoza. En Nietzsche y en una amplia literatura, de Machado a Blake, de Borges y Joyce a Lispector. Por supuesto, también en el sabio Pessoa.

A los críticos que dicen que siempre digo lo mismo les respondo que son ellos los que siempre escuchan lo mismo, encerrados en una trinchera inamovible. Desde ella eso que oyen, que no les gusta nada ni les mueve a hacerse preguntas, resuena de la misma forma. Es como el alumno que te dice: "Profe, es que esas hojas repiten siempre lo mismo". Es para contestarles: es para ti lo mismo porque nunca has entrado en ellas, en sus mil matices. Desde fuera, suena a un chino que repite la misma letanía, incomprensible y cansina. Pero es cierto sectarismo, una especie de racismo sensorial el que crea ese espejismo.

Después, dos cosas más. En el fondo, sí defiendo otra ética, otra idea de una vida "mejor". Aunque enlazada, nada lejos de Lacan, al coraje estoico de empuñar los signos de lo que realmente ha ocurrido. Nada de fatalismo, pues. Como decía Deleuze, incluso una tontería entendida, querida en su "eterno retorno", ya no es la misma tontería.

Creo que no hay nada en mi libro de una espera de lo peor. Todo lo contrario. Intenté combatir el mal desde el corazón interno del mal, sin ninguna prisa en poner el mal en los otros, sustancializado en un semblante externo (los rusos, los chinos, los islamistas) que a nosotros nos deja absueltos.

Hace pocos días una amiga me dijo algo que en principio no me sonó bien, aunque ahora sí. Me dijo que mi libro era muy alegre y todo un "antídoto contra el suicidio". Creo que ahora lo entiendo. Tuve que bajar a las marismas del mal, una irremediable condición mortal que nos asusta, para desde ahí levantar un bien que no se derrumbe al primer golpe de viento. Esta vía forma parte (fíjate en las notas) de una venerable tradición occidental y oriental, aunque hoy es tapada entre nosotros por una huida hacia adelante que no podría traer más que consecuencias funestas.

Creo que hasta casi lo decía Freud, aunque tengo mejor relación con Lacan: Todo lo rechazado por mortal volverá algún día como algo letal. Pero antes habrá signos, que nos permitirán tomar medidas y cambiar. Quien no lo haga, que cruce los dedos y se encomiende a su dios.

Seguimos conversando el lunes, a las ocho y media. Gracias por ese heroico esfuerzo de honestidad. Pero date tiempo, por favor, yo también lo necesito.

Un abrazo,

Ignacio

Madrid, 10 de marzo de 2018


Las horas, que lo portan todo

Querido E.,

No te atormentes más: mi libro es muy difícil y a mí también me cuesta. Cada vez que lo abro veo cosas que ni recordaba que había escrito. Fue un lento y largo viaje donde intenté darle forma paciente a lo vivido y sentido durante décadas. Soy en ese libro "original o preocupante" solo si se lo lee desde la doxa de esta época, su ideología más inerte. De algún modo escandaloso, Ética del desorden no descubre nada nuevo, pues se limita a recorrer un rastro de sentido real que viene de muy atrás. Sentido, es cierto, tapado por unos cuantos santos laicos (Kant entre ellos) que, caricaturizados en consignas, nos impiden desde hace tiempo pensar. Y lo que es peor, escuchar y mirar.

Con los inevitables y humanos prejuicios, creo que Carreño hace muy buenas preguntas desde el corazón del libro, que captó a vuelapluma. No en vano fue uno de sus pocos correctores.

Nada de "irracionalismo", en efecto. Es otro modo de razonar el que defiendo, que está (como muestran esas más de cuatrocientas notas) en Platón, en Leibniz y en Agamben. En Descartes y Spinoza. En Nietzsche y en una amplia literatura, de Machado a Blake, de Borges y Joyce a Lispector. Por supuesto, también en el sabio Pessoa.

A los críticos que dicen que siempre digo lo mismo les respondo que son ellos los que siempre escuchan lo mismo, encerrados en una trinchera inamovible. Desde ella eso que oyen, que no les gusta nada ni les mueve a hacerse preguntas, resuena de la misma forma. Es como el alumno que te dice: "Profe, es que esas hojas repiten siempre lo mismo". Es para contestarles: es para ti lo mismo porque nunca has entrado en ellas, en sus mil matices. Desde fuera, suena a un chino que repite la misma letanía, incomprensible y cansina. Pero es cierto sectarismo, una especie de racismo sensorial, el que crea en el otro esa especie de niebla.

Después, dos cosas más. En el fondo, sí defiendo otra ética, otra idea de una vida "mejor". Aunque enlazada, nada lejos de Lacan, al coraje estoico de empuñar los signos de lo que realmente ha ocurrido. Nada de fatalismo, pues. Como decía Deleuze, incluso una tontería entendida, querida en su "eterno retorno", ya no es la misma tontería.

La verdad, creo que no hay nada en Ética del desorden de una espera de lo peor. Todo lo contrario. Intenté combatir el mal desde el corazón interno del mal, sin ninguna prisa en poner el mal en los otros, sustancializado en un semblante externo (los rusos, los chinos, los islamistas) que a nosotros, de rebote, nos deja absueltos.

Hace pocos días una amiga me dijo algo que en principio no me sonó bien, aunque ahora sí. Me dijo que mi libro era muy alegre y un "antídoto contra el suicidio". Es posible que ahora lo entienda. Tuve que bajar a las marismas del mal, una irremediable condición mortal que nos asusta, para desde ahí levantar un bien que no se derrumbe al primer golpe de viento. Esta vía forma parte (fíjate en las notas) de una venerable tradición occidental y oriental, aunque hoy es tapada entre nosotros por una huida hacia adelante que no podría traer más que consecuencias funestas.

Creo que hasta lo decía Freud, aunque tengo mejor relación con Lacan: Todo lo rechazado por mortal volverá algún día como algo letal. Pero antes habrá signos, que nos permitirán tomar medidas y cambiar. Quien no lo haga, que cruce los dedos y se encomiende a su dios.

Seguimos conversando el lunes, a las ocho y media. Gracias por ese heroico esfuerzo de honestidad. Pero date tiempo, por favor, yo también lo necesito.

Un abrazo,

Ignacio

Madrid, 10 de marzo de 2018


llamamiento escuchado

Queridas personas,

Sois encantadores de verdad. Y toda una sorpresa. Si no puedo negarme a vuestra oferta, tendré que pensarlo. Mientras tanto no hace falta que me habléis de V. para recordarme lo que no soy.

Ayer hice lo que pude, con demasiado material preparado, aunque... una vez más, no encontré fácilmente camaradas ni un público muy receptivo. Es mi sino, a veces.

Como comprenderéis, lo que no entiendo es esto: "Hace tiempo que tú ya no eres tú. No hay razón para que te esfuerces por disimularlo". Yo nunca he sido yo, aunque no soy malo disimulando.

Me encantaría hacer ese viaje con vosotros. Además, soy bueno conduciendo. Pero tengo un trabajo, una hija de 17 años, una familia que me espera en una Galicia muy, muy profunda... No sé.

Me fascina la posibilidad de tener nuevos amigos. ¿Por qué no quedamos en Madrid, con o sin alcohol, y estudiamos esa tentadora posibilidad?

Ayer no cité a Tiqqun/C. Invisible, aunque estaba en el apretado programa. Y debí hacerlo, para prolongar la ironía sobre el "dispositivo Foucault".

Un abrazo,

Ignacio

P. D. No se me llama Nacho, aunque no tiene importancia.

Madrid, 8 de marzo de 2018


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