llamamiento escuchado
Queridas personas,
Sois encantadores de verdad. Y toda una sorpresa. Si no puedo negarme a vuestra oferta, tendré que pensarlo. Mientras tanto no hace falta que me habléis de V. para recordarme lo que no soy.
Ayer hice lo que pude, con demasiado material preparado, aunque... una vez más, no encontré fácilmente camaradas ni un público muy receptivo. Es mi sino, a veces.
Como comprenderéis, lo que no entiendo es esto: "Hace tiempo que tú ya no eres tú. No hay razón para que te esfuerces por disimularlo". Yo nunca he sido yo, aunque no soy malo disimulando.
Me encantaría hacer ese viaje con vosotros. Además, soy bueno conduciendo. Pero tengo un trabajo, una hija de 17 años, una familia que me espera en una Galicia muy, muy profunda... No sé.
Me fascina la posibilidad de tener nuevos amigos. ¿Por qué no quedamos en Madrid, con o sin alcohol, y estudiamos esa tentadora posibilidad?
Ayer no cité a Tiqqun/C. Invisible, aunque estaba en el apretado programa. Y debí hacerlo, para prolongar la ironía sobre el "dispositivo Foucault".
Un abrazo,
Ignacio
P. D. No se me llama Nacho, aunque no tiene importancia.
Madrid, 8 de marzo de 2018
crónicas de supervivencia
Querido P.,
Antes de nada, disculpa la tardanza en enviarte estas pocas líneas sobre tu larga obra. Y también darte la enhorabuena por este trabajo ingente, tan fiel a la enormidad de lo que ocurre, bajo todas las coberturas que nos protegen de lo inmundo del mundo. O sea, de lo sagrado.
Te confieso que hasta ahora he podido leer apenas 7 u 8 capítulos, salteados en medio de ese enorme cuerpo. Ten en cuenta que cada página (estoy ahora mirando la 13) es muy larga, cuantitativa y cualitativamente, llena de mundos, de caminos, de puertas abiertas. Sin más tema, argumento o protagonista que la vida que discurre. Ni siquiera la muerte del padre otorga una pátina especial de épica sobreañadida a tu novela, sino la banalidad del peligro diario, esa "nada de la revelación". En confianza, podría ser un libro de teología, no sé si negativa o afirmativa.
Tu libro tiene el "defecto" del mío. Todos los caminos permanecen abiertos, ya que no se dice no a nada. Lo cual hace muy largo el recorrido, pues "tu fe" exige que se liberen diez mil escenas, recuerdos y seres sepultados en la costra de salitre espectacular que nos retiene. Todo es en tu libro bueno, con tal de que se muestre, se exprese. Y logra expresarse, desde su cuerpo sin órganos. Con una razón que está más en nuestro cuerpo que en nuestra mejor sabiduría.
Cuesta de enero
Si lo personal es político, la cosa no pinta bien. Neuróticos, estresados, suspicaces, eternamente malhumorados, hemos destruido las viejas formas de la felicidad, que se basaban en aceptar un límite, y también, lo que es peor, algunas formas posibles de una infelicidad donde al menos eras dueño de tu dolor. Lo que tenemos a cambio, y no menos las mujeres que los hombres, es un modo intransigente del Yo que salta a la mínima. Padres, hermanas, cuñados, sobrinos y abuelos sufrirán las consecuencias de una nueva intolerancia doméstica espoleada por el estrés de la vida social y laboral, también por la autoconciencia progresista del saber. Somos ecologistas y no tenemos por qué aguantar viejos hábitos de comida y costumbres. Somos progresistas y no tenemos por qué aguantar en silencio algunas autoridades no elegidas. Igual que nuestra moralina laica tampoco soporta el velo de las niñas musulmanas en el aula.
Lo hemos deconstruido casi todo, desde la tortilla de patata hasta lo más íntimo de nuestras almas. La sed de castigo que mantenemos hoy en la caza del criminal (pronto tocará el turno del mediocre Woody Allen) ruge en proporción directa a nuestro callado malestar, necesitado de un sucedáneo de inocencia que calme esta mutilación civil que nos hemos inducido. La corrupción global de los políticos nos apasiona porque tapa la nuestra, impotente y discreta. Si los periodistas tienen más poder que los curas de ayer es porque son imprescindibles en esta labor de exorcización diaria. Los vicios privados sostienen las virtudes públicas.
Tierra de Dios (God's Own Country, Francis Lee, 2017)
La película de Lee comienza con un joven huraño que trabaja en una granja familiar clavada en un paisaje desolado del norte de Inglaterra. Mugre, animales de parto, frío, viejos aldeanos, trabajo sin término. Algunas noches, para desesperación de su padre y su abuela, Johnny se desahoga en una taberna del pueblo cercano, donde bebe hasta el vómito y tiene sórdidos encuentros homosexuales. La nación que fue tan puritana en este aspecto sigue obligando a los "sodomitas" a breves encuentros clandestinos.
En favor de God's Own Country se puede decir, sin embargo, que la homosexualidad no quita ni pone nada esencial en esta historia. La vida de Johnny sería la misma, o muy parecida, con compulsivos encuentros heterosexuales empujados por la misma soledad. Lo más característico de esa vida es su desesperanza, una terca hosquedad diaria. No solo el malhumor y la evidente frustración, sino la absoluta falta de amor con la que el personaje central castiga a todo lo que le rodea. Empezando por sus parientes más cercanos y siguiendo con sus vecinos y los ocasionales amantes que encuentra; a veces, también con los animales a su cuidado.
Hay que mencionar en el "haber" de este precioso primer largometraje de Lee no caer en la conocida satanización de los mayores. Ni al aldeano casi parapléjico que es su padre Martin ni su fuerte abuela Deidre parecen preocuparle las prácticas sexuales del joven de la casa. Lo que les angustia es su silencio malhumorado, su escapadas nocturnas, la completa infelicidad de su resaca al día siguiente. De hecho, en algún momento de la cinta se comenta que los problemas cardiovasculares de su padre proceden del estrés, no solo del que provoca un ganado aterido que hay que atender a diario, sino un único descendiente que no regala ni un ápice de ternura a su entorno. En la balanza sentimental, es el joven el que es implacable y son los dos mayores los que parecen, dentro de un hermetismo campesino de ojos claros, un poco más humanos.
Auras de diciembre
Buenas noches, A.,
Has leído mi envío varias veces, dices. Y tal como te vi, te creo. Gracias y disculpa. Mea culpa, sin perdón. Cuando además me paso el día criticando a la gente "muy ocupada" que hace lo mismo y no responde durante días y días.
La carta "Vosotros" la hice para unos alumnos con los que tengo buena relación, a los que quiero tal vez más que ellos a mí, pero que están en las antípodas de tus valores. Y sobre todo, de tu valor. Si tú, con ese valor que muestras, no eres nadie, a mí me gustaría seguirte y tampoco serlo. Pues tal vez solo los nadie pueden ser alguien, cualquiera, algún día. Y desde ahí descolgarse del carrusel general para ver el mundo con ojos marcianos, que es hoy tal vez la única mirada que puede arrancar algo de sentido común a un uni-verso taladrado por los códigos de la información.
Tienes razón e cuento a nuestra eterna manía de la crítica. Con frecuencia nos aparta de aceptar las cosas, las situaciones, los fenómenos y las personas. El narcisismo del que critica, que no ve su propia nariz, se salva de la complejidad de lo criticado, de toda posible cercanía con eso, que sólo es aceptado con reservas y parcialmente.
Tu caso personal es además conmovedor. Ya me lo pareció el día que te presentaste, aunque te eché en cara que, con esa presencia y esas ideas adorablemente silvestres, no me hubieras ayudado ante un público un poquito autista, aunque menos que otras veces.
Eres un encanto, A. Una especie volátil en vías de no extinción, espero. ¿De dónde sacas el coraje para tanta singularidad resistente? Ya lo has dicho: "Es posible salir de ese círculo de 'enganche continuo a las tecnologías', solo hay que verse desesperado, solo, con miedo, triste, desesperanzado y viendo un futuro horrible, siendo realista. Pero pocos tienen la capacidad de ver su futuro; quizás sea mi pequeña virtud, y la de muchos en esa minoría que buscan la supervivencia o el éxito por caminos más nobles que 'un selfie con poca ropa'. Quizás muchos la tengan (que estoy segura de ello) pero la ignoran con toda su alma por miedo".
Muy bien, querida. Me siento absolutamente culpable por no haber podido (o querido, quizás por cobardía) responderte antes. Pero quizás tu "nivel" me impuso y pensé: "Uf, mejor le contesto más adelante". Ha pasado casi un mes.
Gracias y, por favor, no cambies. Te va a costar mucho, pero si abandonas ese portentoso sentido común el mundo se hará más pequeño. Y algunos sufriremos por ello.
Hay algo que casi no entiendo. ¿Cómo has conseguido sobrevivir siendo tan original, al margen del postureo, el alcohol y el poliamor de los botellones? Creo que también has contestado a esto. Tu texto, aún con las simpáticas erratas propias de la época, es muy digno de ser leído. De hecho, en parte, creo que he tardado en responderte porque me imponía la solidez de tu argumentación. Por ejemplo en esto: "Siempre ha habido dos culpables, el ciego y el sordo; el joven y el viejo. El conservador y el revolucionario". Sí, sí, sí. El bueno y el malo: hay que salir de esa trampa bipolar.
Por lo demás, casi nunca soy tan crítico. Con frecuencia me ocupo de cosas que amo. Por ejemplo, esta película que te recomiendo: Tierra de Dios (God's Own Country), cuyo comentario te pego más abajo.
Como no tengo la suerte de odiar el tabaco y el alcohol, te sugiero tímidamente, si quieres y cuando y donde quieras (hasta me acercaría a tu aburrida Facultad), que continuemos esta divertida conversación un día en directo. Yo me tomo una caña y tú un café.
Y si no, al tiempo. ¿Te parece? Mil gracias de nuevo por tu coraje. Buenas noches y un saludo muy cordial,
Madrid, 10 de diciembre de 2017