Verás (Sueño de una tarde de diciembre)
Querida A.,
Verás. Aparte de volver a escuchar el timbre mítico de tu voz, te llamé antes para quedar contigo (de eso hablamos el otro día) y "platicar" sobre varios temas. Desde luego, ese posible ciclo loco que ya está en marcha y con el que cuento y contamos contigo. También, ese otro seminario-ovulario que podíamos hacer juntos. Por supuesto, darle además un repaso al panorama ontológico de la casquería de Madrid, Filosofía incluida y cotilleos incluidos. En este punto, sería divertido estudiar contigo algunas estrategias nuevas, atrevidas, transversales a la endogamia universitaria y a este asfixiante política de la vocación hegemónica.
Todo esto y más. Pero confieso que un motivo también para verte fue una frase que me soltaste de pasada el otro día. Ante mis quejas, que en parte me parecían justas, de que la sacrosanta Universidad me ignora sistemática y olímpicamente, me dijiste con esa espontaneidad que te caracteriza: ¡Pero si estás en todas partes!
Total que, dubitativo como soy, me quedé perplejo. Ya no sé si estoy en todas partes y por tal razón la Universidad jamás me invita, no vaya a ser que me colme de poder maléfico (tal como es mi ontología). Ya no sé si te equivocas de plano y solo estoy en los cien lugares, bastantes marginales, que yo mismo me busco... razón por la cual mis amigos universitarios (alguno tendré) se creen así disculpados de poder sacudirse el bulto-Castro de encima. Al fin y al cabo no me va tan mal, me voy defendiendo...
Tampoco sé si tú misma te engañas y te disculpas así, pensando que para qué te vas acordar de mí, si no debo tener ni un minuto libre. Esto coincidiría con uno de esos poco amigos universitarios, que sí me invitan, que este verano se quejó de mi pesada "autopromoción" cuando, un poco desesperadamente, le solicitaba contactos en una capital de provincia para no estar solo en la presentación de ese libro que confirma mi "originalidad", Roxe de sebes.
Otra versión simpática del asunto me la regaló mi amiga E., que sin duda me quiere bien, cuando me dice (otra vez ante mis quejas, que por lo visto se repiten): "Tú mismo eres el que vas de outsider". O sea, debo entender, que yo mismo hago lo posible para no estar jamás en la Universidad. Como voy de outsider, claro, no quiero mancharme con ninguna universalidad reinante. Quise matarla, pero enseguida cambiamos de tema.
Resumiendo el solipsismo. ¿Es mi filosofía la que me aparta de la Universidad? ¿Es lo que no se entiende de ella o es lo que se entiende? ¿Pesa definitivamente, en este país laicamente católico, que para más Inri quien habla y escribe así esté en la E. Secundaria, fuera del circuito universitario y sus créditos? ¿Es mi persona (más bien espesa, lo admito) la que es un obstáculo? ¿Debo entonces fingir mi muerte para ser alguna vez escuchado?
En fin, no te me angusties, seguro que exagero con la típica metafísica de domingo tardío. Solo es un tema más, entre los muchos que tendríamos pendientes. No lo harás, pero cuando quieras sabes dónde estoy.
Besos,
Ignacio
Madrid, 5 de diciembre de 2017
ejecuciones de tarifa plana
Después de un largo encarnizamiento, la muerte de Rita Barberá no era tan inesperada. Lo que ocurre es que, en una buena cacería, nunca se mira a los ojos de la presa: se apunta únicamente a su silueta. Por eso los mismos medios que tensaron la soga hasta el límite pueden participar enseguida en los consabidos homenajes lacrimógenos. La sociedad de la información es así: carece completamente de memoria y, por tanto, del más mínimo complejo de culpa.
Porque además no debemos olvidar que lo que llamamos sociedad global se asienta en un sectarismo imbécil. Si el otro no es de los nuestros, si además carece de cobertura en el poder de las puertas giratorias y, por encima, su popularidad decadente garantiza un pico en el índice de audiencia, la impunidad de la agresión está servida.
Toda sociedad, llegó a escribir Freud, se edifica sobre un crimen cometido en común. Ninguna sociedad deja de ser potencialmente brutal, siempre necesitada de demonios a los que sacrificar impunemente. Además, si no hubiera enemigos a los que perseguir -lo de menos es que sean judíos o musulmanes- ¿cómo justificar hoy nuestra necesidad urgente de cohesión social, que debe permitir que ya no se sienta la tierra, ninguna común condición mortal?
no hay dos sin tres
Querido L.,
Primero mis disculpas. He tardado en contestar porque yo también estoy muy ocupado, viajando además, y también (je, je) porque entendí que no tenías ninguna prisa en tu respuesta, como si ya lo tuvieras todo muy clarito. Con este blindaje tuyo cuento para puntualizar, con toda la calma del mundo, dos o tres cosas sin importancia. Y te contesto finalmente, después de este tiempo y de unas cuantas dudas, por lo que el asunto de la sordera tiene de alcance prolongado, casi mundial. No te tomes a mal el tono, por favor: no encuentro otro y, además, está cargado con todo el cariño del mundo. Para más Inri, casi todo lo que digo de tu aplomo blindado me lo podía aplicar a mí mismo en ocasiones parecidas.
Me llamó la atención una cosa. ¿Por qué aprovechas mi intento de pedir disculpas -no pedidas- con esa insistencia tuya en tener la razón, todas las razones, hasta el final? Insistencia rencorosa que, por cierto, el bueno de N. no tuvo: sin compartirlas en absoluto, creo que entendió mis razones para el No a Avidan. Supongo que lo seguirá intentando. Y yo también, que tengo mucho que aprender, lo seguiré intentando. En unas ocasiones habrá suerte, como en aquel encuentro inesperado de Mehldau. Y en muchas otras no. Pero no pasa nada, tan amigos.
Repitiendo un viejo chiste se te podía replicar en este caso: ¿qué parte del No no has entendido? E. y yo, es cierto, nos comportamos como dos amigos que se aburren y establecen una complicidad juguetona. Pero, la verdad, no tan estridente, no tan ofensiva. Lo que no sabíamos es que estábamos en misa, rodeados por un público en trance. Y claro, es en esa atmósfera de devoción y velas donde hasta el vuelo de una mosca perturba. A ver si vuelve a tener razón J. Lacan con aquello de que al final la religión siempre triunfa.
swing people
Con cierto cansancio, hay que volver a hablar de este personaje televisivo cuyo tono soez -que a partir de ahora modulará cuidadosamente- hace que Berlusconi casi parezca un intelectual. Los jóvenes que estas noches se manifiestan en más de veinte importantes ciudades norteamericanas tienen sus poderosas razones para expresar su miedo e indignación, aunque la victoria haya sido -con el peculiar sistema electoral estadounidense- incontestablemente legal. Ahora bien, había que preguntarles qué hicieron antes para frenar el carrusel mediático y profesional, para salir del autismo universitario que le ha dado el poder a Trump. Me refiero a esa burbuja urbana que en todas partes nos mantiene -en España no menos que en EEUU- de espaldas a una realidad brutal, sea en su variante rural, en la industrial o pueblerina que sistemáticamente nos empeñamos en desconocer.
En este punto y en otros el idiotismo (Marx) urbanita ha hecho más daño a las posibilidades reales de una reforma política, poniéndole freno a una corrupción sistémica, que las maquinaciones de las multinacionales. De hecho, los estrepitosos fracasos de pronóstico en el Brexit, en el No al acuerdo de paz en Colombia o en la victoria de Trump, proviene de la misma burbuja mediático-política que ha ignorado las condiciones reales de vida de millones de trabajadores en los viejos estados industriales que ahora han votado al magnate de Nueva York.
Que Trump no tenga ninguna experiencia en la política, cosa que nos parece demasiado optimista, sería en principio una excelente noticia. Ya verán cómo no es exactamente así. Ya verán cómo pronto adapta las histriónicas exigencias de la "derecha alternativa" a los límites de cierta corrección establecida. Habrá cambios, sin duda, pero sobre el tablero anterior y respetando gran parte de sus presupuestos. No es el fin de la globalización, como tampoco lo fue el Brexit, pero sí es un serio punto de inflexión en la crisis de ese globo hinchado por y para las élites, un momento crítico que ya no tendrá una fácil vuelta atrás. No estaría mal que ahora se arruinasen unos cuantos miles de burócratas que en Bruselas y Washington han vivido de esta burbuja democráticamente ignorante, por no decir racista.
narcisismos compartidos
Hola otra vez, L.,
Ayer, para no molestaros más, hicimos que nos íbamos a por una copa y desaparecimos, creo que ya cuando Asaf estaba terminando. Lamento si incordiamos a D., que estaba muy entregada. No sé mi amiga E., pues cada persona es un mundo, pero a mí realmente Asaf Avidan no me interesó nada.
Y lo siento de verdad, ya se lo explicaré a N. Y le pediré también que no deje de invitarme pues, aparte de que cualquier día surge el milagro, la verdad es como mínimo hago antropología (ayer mismo) y en ese sentido disfruto. Pero no, no me gustó la música de Avidan. Me gustan todo tipo de músicas: de hecho, el "cantautor" norteamericano que te comenté ayer, que sale en Youth, podría estar en este registro: acústico, intimista, recitativo, lírico... Él (no recuerdo el nombre) es una joya, no así, en mis oídos, Asaf.
No solamente lo encontré musicalmente pobre, sino que tampoco conecté con su timbre de voz tan agudo y su puesta en escena, tan "aguda". En este punto lo encontré, sencillamente, encantado de haberse conocido, lo cual contribuye a distanciarme más. Que el bromee con el calificativo de "gato atropellado", que al parecer le dirigió un crítico, no mejora las cosas. Por ahí podría pasar, pero que además el gato esté, más que atropellado, completamente reconstruido y maquillado, de la cabeza a los pies, me parece muy poco musical.
No sé si me perdí mucho en las letras, que entendía a medias. Me queda también la duda del efecto subjetivo, en otros, de algo así, que a lo mejor es muy musical y sirve de puente para otras cosas. Sobre este punto me queda un margen de duda: una película puede no gustarme, pero comprender que tiene buenos efectos perceptivos en otros y que facilita un aumento de la visión o la escucha. Qué sé yo.
En fin, ya sé que no estás para nada de acuerdo conmigo. Pero, con mis atávicos temores, te juro que fui con buena intención y que hice allí todo el esfuerzo posible (salvo ya al final) para conectar. No ocurrió.
Otra vez será. Abrazos,
Madrid, 7 de noviembre de 2016