una cierta tristeza

Pues sí, queridas, me produjo (bajo mi capa de imperturbable titanio) una cierta tristeza la conversación de la mañana con vosotras. Primero, existe otra vez un cierto malestar en los cursos. Segundo, nadie me lo comunica a mí, en clase, sino a través de dos alumnas que es evidente que tienen una especial relación personal conmigo.

En fin, ayer, después de una sesión que impartí a profesores normales (los mismos que no han visto ni verán Youth), ya llegué a casa con la sensación de estar en franca minoría. Peor aún, la impresión de que hablo en arameo y no consigo hacerme entender. Y no sólo por cómo lo digo, sino, sencillamente, por cómo vivo y pienso.

Y después, claro, mi ironía. Una ironía que, con distintos tonos según los días, no consigo siempre moderar. A veces un poco amarga, es cierto, debido a que uno se siente un poco aislado, rodeado de cierto silencio. O pone el listón muy alto y es demasiado exigente, yo qué sé. Después, un día te sienta regular enterarte de que tus alumnos te temen y no se atreven a hablar contigo.

Vamos, en resumen, la sensación de que no me entero de nada y la gente, a veces, me da la razón como se le da a los locos.

No es que sea más vulnerable de lo que parezco, que posiblemente lo soy, sino que además uno a veces tiene la sensación de estar fuera de juego. No sé por qué, hoy no me resultó muy alegre lo que me contasteis, aunque no sea nada grave.

Me explico, ¿verdad? Besos,

Ignacio

Madrid, 20 de abril de 2016


para una antropología del dogma verde

La moda de vaqueros rotos y medias desgarradas va en paralelo a unas vidas en exceso cosidas, también entre los jóvenes. Género de terror, piercing y tatuajes; parque de atracciones y deportes de riesgo; sexo salvaje y música electrónica a todo volumen se generan desde una existencia urbana espantosamente homologada, tanto física como -lo que es peor- psíquicamente. Por instinto, para encontrar algo de tierra por algún lado, el cuerpo y la mente necesitan líneas de resistencia, al menos algún tipo de simulacro de otredad que se nos enfrente. Habría que ver si el prestigio sistémico de lo juvenil y alternativo no tiene relación con un exceso canceroso de positividad en nuestra cultura, como si ésta tuviera que buscar un lábil mecanismo compensatorio de esa cohorte de servicios socio-técnicos que desembarca, no solo "a domicilio", sino integrada en nuestro orden perceptivo, cerebral y neuronal.
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seréis como dioses

Primero el capital desencanta (Weber) la vida. Después, en un despliegue inusitado de fuerza, la re-encanta con toda clase de simulacros. ¿Es casual que todo, de la comida a la música, de las tecnologías al sexo, adopte el formato de la fusión? A través de una nueva promiscuidad obligada el Norte consigue una victoria total, pues logra la apariencia de descender al Sur y hacerse cachondo, interactivo. La furiosa separación puritana (del hombre con la tierra, y entre los hombres mismos) consigue adoptar el semblante de una interactividad sexy. El fetichismo de la mercancía ocupa entonces el horizonte entero de lo social y adquiere un rostro humano.

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nuestra jovial decrepitud

Perdona mi tardanza en escribirte, R. Sigo absorto con ese maldito libro que me está matando porque tiene MUCHO que ver (siento la trilogía) con Boyhood, La gran belleza y Youth (La juventud). Entre otros cientos de obras más, claro, sean de filosofía, de cine o de literatura.

Aparte de esto, "Profe, no te entiendo". Así dicen mis alumnos. Yo creo entenderte, R., pero pienso que "lo lleno" a lo que te refieres, esa sobrecarga estética y visual de Youth, está al servicio de hacer soportable el vacío existencial que ahí se retrata, un irremediable fondo trágico que tanto en La gran belleza como en La giovinezza constituye la primera materia prima (valga la "rebuznancia") de Sorrentino.

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intuiciones

Lejos de todo lo relacionado con la mentalidad empirista que guía al método inductivo en la ciencia normal, lejos también de toda nuestra pragmática actual de la información, existe lo que -desde Platón- en el Racionalismo e Idealismo se llama intuición. Su concepto se corresponde, de algún modo, con el uso vulgar de la palabra, aunque no exactamente. Ni en Nietzsche ni en nosotros lo intuitivo tiene por qué ser solamente una sensación sin concepto, casi un presentimiento. Tampoco ha de tener ese aire básicamentesensible que tiene, con una curiosa coincidencia, en Kant y en nuestro lenguaje común.

 

La intuición es más bien, en nuestra experiencia cotidiana, otra forma de conocer y no sólo de sentir. Es la captación de algo que de pronto se hace evidente, una clave interna que se nos revela de cualquier fenómeno complejo. De alguna manera, aunque requiera un esfuerzo y una predisposición previa, la intuición se nos impone. Es como una verdad repentina que llega sin ser llamada, que nosasalta. Algo así dice Nietzsche de la intuición del Eterno Retorno, que le asalta frente a una roca imponente, paseando cerca de Zoagli.

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