muerte de un vagabundo
La crónica de los últimos días del actor Philip Seymour Hoffman semeja, para espanto de la luminosa America, la muerte anunciada de un vagabundo, un homeless escondido bajo un rostro estelar. “Qué curioso –comenta una pasajera al ver en un control de aeropuerto a un borracho al que casi se le caen los pantalones-, cómo se parece a ese actor tan conocido” [1]. Mientras su entorno artístico –incluido Pitt o la dulce Angelina Jolie- busca histéricamente el éxito y aferrarse a una estrella propia, parece que él era uno de esos raros amantes de la corriente subterránea. Tocado por una vitalidad prometida a lo turbio y errante, Seymour era probablemente todo lo emocional, ambiguo y atormentado que permite la cultura estadounidense. Incluso, tal vez un poco más. El colmo de estas paradojas es que fuese además un tímido incurable.
vivir, pensar, huir
Pensamos porque vivir es muy difícil, eso es todo. ¿Muerte de la filosofía, muerte del arte, muerte de la religión? ¡Ja! Ya nos gustaría. La exterioridad, una violenta contingencia del mundo, no va a dejar de presionar esta vida mortal, por mucho que el patético orgullo de la llamada “sociedad del conocimiento” pretenda haber llegado a no se sabe qué nivel de control sobre lo real. No van a ceder en el mundo ni una irresponsable alegría, ni el coraje –a veces hasta la muerte- de muy distintas banderas. Ni el dolor, el amor, el odio, el miedo, la humillación. Si todo dependiese del poder social, de este oscurantismo masivo aliado con la transparencia, hace tiempo que habríamos clonado el mundo. Pero el orden tecno-económico, también en este “primer mundo” cada día más pequeño, sólo es dueño del espectáculo social. Desde él, hasta el informe meteorológico ha de ser sensacionalista.
con o sin belleza
Hola, querida G., ¿cómo estás? No, no te preocupes, no recuerdo que me hayas acribillado nunca… aparte de que me gusta que me acribillen. Si alguna vez, tal vez la última, no te he contestado ha sido más que nada por el ritmo que llevo, sobre todo con ese misterioso y laberíntico libro. Va muy bien, pero el trabajo es ingente y… necesariamente lento, emocionante, febril y muy lento. Como el deshielo de algunos recodos del invierno.
Por cierto, La depresión informativa del sujeto es un texto que ya se publicó hace años en Grama, Buenos Aires. Pero, que yo sepa, sin ningún efecto, sin pena ni gloria. No sé nada de sus posibles lectores. Tiene una buena materia prima, pero posiblemente un poco apretada y con poco sentido del humor, aunque yo siempre entendí ese libro como una antología del humor negro de la interioridad. Y posiblemente, con una regular o nula difusión y presentación. Al menos, en este bendito Estado. ¿Resultado? Nada, nada de nada.
Algún día le daré forma, una forma más mundana sosegada e intentaré, con otro título, editarlo en España. Ese día que dices, simplemente, se presentó la colección en la ELP y algunos de los presentes tuvimos que volver a decir algo de nuestros libros. El problema, como te decía, esté bien el texto o no (que ya no lo sé muy bien) es que en España el libro prácticamente no se encuentra.
En cuanto a Podemos, pues la verdad es que no sé mucho. Tampoco nadie de ellos me ha avisado de nada. Y casi lo agradezco, pues estoy muy retirado de ese interés por lo político. Creo cumplir mi cuota de compromiso con la humanidad en mi “frenética” actividad diaria, hija incluida. Percepción y escritura incluidas. Filosofía, peleas, enseñanza, paseos y conversaciones incluidas. Apenas me queda tiempo, ni energía, ni ilusión, para meterme en más cosas.
Esto aparte, todas las “alternativas” políticas me generan un gran aburrimiento. Puede haber personajes, aquí o allí, pero en general el microcosmos partidario (movimientos sociales incluidos) me parece más bien deprimente. Su automatismo sectario, su encierro en una interactividad idiota (la información, la actualidad, la acción, la reacción, la derecha, la izquierda) me parece una enorme prisión de la que me siento libre. Modestia a aparte, me muevo en otro plano de violencia que me ahorra esa muerte a plazos.
No es que esté precisamente quieto, o en paro político, pues no dejo de luchar por mil cosas en las que creo. Pero en general, eso que me preocupa, en lo que creo, está igual de desatendido por unos grupos y por otros… Hay algunas personas en medio y con ellas mantengo un compromiso constante, eso es todo.
Supongo que me entiendes muy bien. Pero es posible que la película de Sorrentino lo explique mucho mejor que yo. Por favor, no te la pierdas.
Besos,
Ignacio
nuevas vueltas de la depresión informativa
Sí, querida A., buenas noches desde Madrid. La semana pasada presentamos la colección de Jorge en la sede madrileña de la ELP y se habló de muchas cosas. También de ti y de tu extraordinaria labor editorial en Argentina.
Quería decírtelo y darte las gracias, también yo, por la parte que me toca. Te comento de paso que, con motivo de la presentación, tuve ocasión de repasar mi libro y lo encontré simpático. Libre, agresivo, lleno de hallazgos un poco mutantes. Tal vez un poco apretado el texto, y un poco apocalíptico, pero con muy buena materia prima.
Hablo en estos términos, un poco descarados, porque se trata de un texto que siento casi como ajeno. Y ello, en parte, debido a que apenas ha tenido difusión en España y porque jamás he recibido ningún feedback de ninguna parte. Realmente, ¿tuvo algún tipo de efecto en Argentina? Tal vez podrías decirme qué tirada se editó, si está bien distribuido, etc.
De todas formas, insisto, el motivo de escribirte (con bastante retraso) era recordarte que se te recordó. Y que se te rindió un pequeño homenaje. No tan pequeño.
Gracias de nuevo. Y un abrazo,
La gran Belleza, (Paolo Sorrentino, 2013)
En una sala atestada de público ruidoso, el espesor del silencio se podía cortar con un cuchillo a los pocos minutos. A primera vista, La gran belleza es una ambiciosa y exuberante entrega, sobre todo visual y sonora, con unas imágenes y una música que –tanto por el lado coral refinado, como por el lado hortera, la repetición techno o la atmósfera chill out- pueden llevar al trance o al agotamiento de los sentidos. En realidad, la película de Sorrentino, repleta de frases memorables, es también una amarga reflexión sobre el sentido que todavía tiene respirar, llegar a amar u odiar en nuestros escenarios ultra-iluminados. Entre otros cien, recordamos este momento: “Me gustan estos ‘trenes’ de nuestras fiestas, con la serpiente de gente bailando, me gustan porque no van a ninguna parte”.
Ninguna parte. ¿Cómo la vida misma, como este espectáculo diurno y nocturno que es el esplendor de Roma, de toda capital que se precie y quiera atraer la vorágine mundial de turistas y de capitales?