Fragmentos para una metafísica de la melancolía animal

Queridos, aquí va una primera y rápida aproximación a la espiritualidad asnal, aunque supongo que debería darle otra vuelta.

Podríais hacer una selección ad libitum de esos fragmentos para el día 6. Ayer el día fue radiante en Candeleda, pero (como suponíais) E. no quiere aparecer por Cruce. Si no, lo haría muy bien. También he pensado en mi amigo P. P., devoto de la sombra animal y autor de un soberbio Atlas zoopolítico. También está, insisto, la poeta E. P. Pero quedan poco días.

Xa me diredes. Ahí va el texto. Abrazos,

Adorable torpeza de belfo húmedo. El silencio de los campos, la figura de un animal solitario, atormentado. Bajo el zumbido de moscas de un tiempo muerto, lleno de vacío rural, la melancolía del burro es una mancha de atraso en nuestra dinámica pantalla total. Si la espuma del surf triunfa por doquier, un lento animal que no ríe ni baila (por mucho que agite la cola) tiene los días contados. El imperio de la depilación total liquida las matas de pelo erizado.

“Feo, católico, sentimental” (Valle-Inclán). Incluso Mantecao, conducido por la dulzura andrógina de Marianela, recuerda demasiado a la sentimentalidad de Juan Ramón, al orbe espectral de Pedro Páramo. Fuera sensiblerías y fantasmas del pasado. Hasta los zombis, con o sin Michael Jackson, deben hoy ponerse a saltar en nuestra incansable flash mob.

La prolongada inmadurez humana no solo tuvo que domesticar otras bestias que complementasen nuestra flaqueza. También conectamos con el mito del misterioso animal que calla. Nuestro irremediable subdesarrollo conectó con el torpor, la lentitud, la terquedad asnal. Así Cristo entra en Jerusalén a lomos de un asno, Cervantes hace delirar el orbe a lomos de un par de cuadrúpedos tristes. John Berger y la dulzura de los burros. Hasta los Rolling hicieron un homenaje a la paciencia asnal en Get yer ya-yas out!

Ahora bien, para nuestro fascismo emocional, y esta perpetua alarma social de nuestro capitalismo-marea, todo lo sentimental debe pasar al archivo numérico. La sociedad líquida no puede poner en primer plano a un sucio animal de secano. Tótem del pasado, ahora solo podrá subsistir como galán de concurso, portento sexual en videos porno o portador de turistas parapléjicos. Difícilmente podrá adquirir un lugar en la coreografía incansable de nuestra mundial clase media, en la quimioterapia de sus mil pantallas encendidas.

Bajo el bronceado de nuestra playas Uva queda, entre otros restos, el auténtico animal freudiano, su resignada relación con lo siniestro. Miren si no esa triste figura cubierta de pelo hirsuto, esa desesperante quietud tercermundista. Mascota gitana. Orejas grandes y velludas, figura desgarbada, ancas sin gracia. Sobre todo, esos ojos oscuros tapados siempre por un flequillo de tristeza. Benditos. Como algunos humanos tarados, apartando las moscas, trotan reconciliados con su infortunio.

Del mismo modo que la prostitución clásica entra en descrédito bajo nuestra luminosa promiscuidad global, ¿es posible que la especie asno esté en decadencia porque recuerda demasiado nuestra condición de animal de carga, de civil digitalmente endeudado? Debemos ser esclavos de un amo omnipresente e invisible. La otra esclavitud, doliente, queda para los inmigrantes. La nueva legión de esclavos es más diligente que los viejos animales de carga.

Welcome refugges. Pero que aprendan inglés, por favor, y sobre todo que no se traigan sus fetiches. Debemos parecernos hoy a un galgo, un husky siberiano o un caballo de carreras. Prolongando nuestra hipocondría dinámica, las mascotas que nos siguen deben confirmar el animal de exhibición que somos. En esta escenografía de alta definición norteña el burro es un estorbo. Por si fuera poco su cabello despeinado (nada que ver con Ronaldo), por encima rebuzna, quejándose de la imposibilidad de cualquier evolución.

El dogma de la diversión obligada, el éxito perpetuo y la velocidad de alta definición, convierte al borroso asno en un animal para pasear niños turistas en Chinchón. Arando se ora, decía Pound. Pero la desaparición de la España agrícola de la pobreza, maquillada tras las azuladas estrellas de la Unión Europea, convierte al burro en un recuerdo enojoso de nuestro reciente atraso mal afeitado.

Así pues, reciclado turístico. Cada uno de nosotros debe ser un extranjero conectado, nunca demasiado seguro de entender el entorno automatizado que le rodea. Lo terciario, su tren de alta velocidad debe dejar atrás la lenta suciedad terrenal. Y el asno, más que el caballo, nos ata al polvo de un lugar, al idiotismo local (que también Marx odiaba) y a unos dialectos rurales que necesitan subtítulos.

La demonización de la clase obrera y campesina implica no solo una rendición. Es necesario además que los antiguos obreros advengan por su propio pie a reciclarse en empleados informatizados del sector servicios. El trabajo manual desaparece en un capitalismo 24/7 invadido por un ambiente climatizado. Cada minuto debe ser el anuncio de una radiante ingravidez por llegar. En esta velocidad de escape, a lomos del Hummer o el iPhone, no tiene cabida un animal que no sueña con viajar.

Del arte conceptual al ecologismo, de la fusión musical al feminismo, nos rodean sonrientes instituciones de doma terciaria donde la primera mercancía es el material humano. Aun en las afueras, vivimos en el imaginario de un Skyline encendido cuyos reflejos deben abarcar al horizonte. Las palmeras palpitan en el extremo azul de un cielo mental. Y en esta infinita pantalla táctil no pinta bien un animal dócil, reconciliado con la tragicomedia de vivir. Y por encima, refractario a la depilación total que nos mantiene tersos.

Madrid, 27 de mayo de 2018